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El Malpensante

Literatura

Candelario Obeso

Y el niño descamisado con un costal al hombro

Separadas por más de un siglo, la vida del poeta Candelario Obeso y la del autor de este texto están tan marcadas por las letras como por el color de la piel. Una humillante anécdota escolar recuerda lo que significaba para la educación colombiana ser negro hace apenas un par de décadas.

 

Ilustración de Juan Gaviria

En los libros con que estudiaba la asignatura de español y literatura durante el bachillerato, no recuerdo haber visto la imagen del poeta negro Candelario Obeso. A decir verdad, no recuerdo haber visto la imagen de ningún poeta negro; es más, no recuerdo haber visto la imagen de ningún escritor negro. Quizá la ausencia del poeta de Mompox –esa villa que se derrite desde tiempos coloniales a orillas del río Magdalena en el Caribe colombiano– hace parte de una explicación más amplia y sencilla: simplemente, en los años ochenta, era poco probable que los negros salieran en los textos escolares de la nación, y cuando salían, aparecían como hombres, mujeres y niños sin nombres propios. A menudo, las pocas viñetas de gente negra presentes en los libros mostraban a seres desconsolados trabajando en plantaciones ardientes bajo la vigilancia de un caporal que exhibía un látigo sanguinario; cuadrillas de negros en taparrabos mazamorreando oro y desesperanzas en las minas; y cuerpos sudorosos cargando pesados zurrones en puertos caribeños con un fondo de elegantes damas blancas que se abanicaban aferradas al brazo de respetables hombres vestidos de lino y sombrero.

La imagen de Candelario Obeso Hernández, el mulato que como casi todos los mulatos de esa época había nacido del “privilegio” que gozaban los hombres blancos para embarazar mujeres negras pobres; el hombre que había publicado el libro de poemas Cantos populares de mi tierra en 1877, con el que habría de revolucionar la manera de hacer poesía en esta nación que paría soldados, políticos y poetas a raudales; el precursor de la poesía negra en Colombia, no estaba en los manuales escolares.

Lo que sí estaba en el libro Lenguaje total 3, con el que cursé la materia de español y literatura de octavo grado en el Colegio Upar de Valledupar, era un relato de los indígenas noanamaes del Chocó. Se titulaba “Los negros que se quedaron con los pies blancos” y contaba cómo Ewandama, el dios creador, había hecho a los hombres de color negro, pero luego decidió blanquearlos obligándolos a bañarse en un río de leche. Los primeros que llegaron salieron totalmente blancos, pero el agua se oscureció un poco, de m...

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Javier Ortiz Cassiani

Es candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador habitual de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante.

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