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El Malpensante

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De los libros a Petkoff

Un hallazgo en una librería de viejo fue el primer contacto que el autor de este texto tuvo con el político y escritor venezolano Teodoro Petkoff. Una íntima amistad empezó a hilarse desde ese momento hasta hoy, en medio de los libros compartidos y los avatares de una izquierda venezolana marcada por la ilusión y la decepción.

© Catálogo fotográfico de Vasco Szinetar

EN FEBRERO DE 1967, Teodoro Petkoff Malec (El Batey, estado Zulia, 1931), entonces joven comandante guerrillero del Partido Comunista de Venezuela, se fugó de manera espectacular, a través de un túnel de cincuenta metros excavado bajo la prisión militar donde él y otros altos dirigentes comunistas purgaban una condena de treinta años por rebelión. Forzosamente, Petkoff hubo de dejar en su calabozo los libros que había leído y anotado durante su cautiverio. La fuga por “el túnel del [Cuartel] San Carlos”, como se le conoce, no fue la única de las legendarias evasiones petkoffianas desde prisiones tenidas por inexpugnables –en una de ellas, anterior a la que aquí comento, logró descolgarse con una soga desde el séptimo piso del Hospital Militar de Caracas–, pero sí la que liminarmente atañe a estas notas.

 Pocos años más tarde, andaba yo en mis tempranos veinte y camino a un cine del centro de Caracas cuando me detuve a echar un vistazo a los puestos de libros de segunda mano del ya desaparecido Pasaje Coliseo, muy cerca del Capitolio Federal. Revuelto con novelitas rosa o detectivescas, bestsellers de Jacqueline Susann y Frederick Forsyth, manuales de contabilidad y libros de derecho, hallé un ejemplar usado de La Guerra Civil Española, de Hugh Thomas.

Era una segunda edición, publicada en 1962 por Ruedo Ibérico, la parisina editorial que fundaron Pepe Martínez Guerricabeitia y otros cuatro exiliados españoles. Yo tenía noticia de aquella obra, pero nunca había tenido la ocasión de leerla.

El ejemplar se encontraba en estupendas condiciones y, aunque al hojearlo advertí que estaba profusamente subrayado a lápiz en dos colores (azul y rojo), el precio era una ganga, sobre todo considerando que no era nada fácil por entonces hacerse en Caracas de aquella legendaria edición. Gasté lo que llevaba encima y me fui andando hasta la cercana Plaza Bolívar donde me senté en un banco a leer a la sombra de los jabillos. Solo entonces llamó mi atención la firma del antiguo dueño: una firma discreta, minúscula aunque muy legible, en un ángulo de la portadilla: “Teodoro Petkoff”. Luego –me dije– los subrayados bicolores debían ser...

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