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El Malpensante

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Muerto el 7 de julio

Styron no era apenas un connotado novelista, sino que escribió crónicas memorables como ésta, que relata su presencia en el entierro de William Faulkner, a quien siempre consideró su maestro.

Más que nada, detestaba que invadieran su privacidad. Aunque me hacen sentir bienvenido en casa de la señora Faulkner y su hija Jill y aunque sé que la bienvenida es sincera, me siento un intruso. El duelo es una de las pocas cosas privadas. Más que nada, Faulkner odiaba a aquellos (y había muchos) que se metían en su vida privada —chismosos y curiosos literarios ansiosos de proximidad con la grandeza y una pizca de fama reflejada—. Él mismo había dicho más de una vez, y con razón, que lo único que debía importarle a la gente sobre un escritor son sus libros. Ahora que está muerto y desamparado en el ataúd de madera gris, me siento más que nunca como un entrometido, husmeando en un lugar donde no debería estar.

El primer hecho del día, además del hecho final de una muerte que nos disminuye, es el calor, un calor que es como una pequeña muerte en sí mismo, como si uno se estuviera extinguiendo en un sobretodo de lana húmeda. Incluso los diarios de Memphis, 95 kilómetros al norte, han comentado el feroz clima. Oxford se ahoga en el calor, y lo que se siente alrededor de la plaza principal este sábado, poco antes del mediodía, es una languidez caliente y sudorosa que limita con la desesperación. Estacionados oblicuamente en la esquina, Fords y Chevrolets y camiones se cocinan bajo la despiadada luz del sol. La gente de Mississippi ha aprendido a moverse gradualmente, casi con timidez, en este clima. Caminan con precaución y deliberación. Bajo el pórtico del First National Bank y junto a los sombreados paseos alrededor de los tribunales, el tráfico de granjeros en camisa, húmedas amas de casa y negros se mueve lentamente y no tiene fin. Pintado alto y al costado de un edificio al oeste de los tribunales, y coronado por una bandera confederada, hay un gran cartel de al menos seis metros que dice “Colegio de Cosmetología Rebelde”. El cartel, la bandera y la pared, que dominan un ángulo caldeado de la plaza, están atrapados en una luz abrasadora y parecen cerca de la combustión. Es un calor monumental, tan desolador para el cuerpo, la mente y el espíritu que tiene la cualidad de una pesadilla apenas recordada, hasta que uno se da cuenta de que se ha encontrado con este calor antes, en todas esas novelas y cuentos de Faulkner donde este clima grosero —entre otros climas más benignos— se mueve con un realidad casi palpable.
 
En la oficina de la planta baja del diario de Oxford, Eagle, la editora y due&nt...

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