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El Malpensante

Artículo

Ahogarse en una copa

Memorias improbables de un borracho grecocaldense

Sitios de encuentro y efusión de ideas, las tabernas son al Eje Cafetero lo que el ágora a la vieja Atenas. Así lo recuerda, entre lagunas, un veterano borrachín de la filosofía. Este texto hace parte de una antología de grandes bebedores colombianos, próxima a ser publicada por Libros Malpensante. 

Para Óscar Berrío

© Matthew Bowden • Freeimages

 

Cuando salíamos de la escuela San Luis Gonzaga en Manzanares (un garrafal municipio del departamento de Caldas), algunos solo teníamos que recorrer cuatro calles y los que iban más lejos no tenían que cruzar más de doce, porque Manzanares es un pueblo pequeño. No importa qué tan cerca fuera uno, de cualquier modo pasábamos por el frente de algunas de las innumerables (así nos parecían) cantinas del pueblo. De día y de noche había muchos borrachos dormidos sobre las mesas y, con cierta frecuencia, se desataban peleas a machete o botellazos. Era un espectáculo tremendo. La mayoría soñábamos con ser ambas cosas cuando grandes: borrachos dormidos sobre las mesas, y borrachos que reciben y propinan machetazos y botellazos. La mayoría cumplimos nuestros sueños y ya se sabe que una de las dos grandes tragedias de la vida es obtener lo que uno quiere.

Comencé mi vida de borracho a los trece años. Ya había pasado de la primaria al bachillerato en el Colegio del Rosario, regentado por monjas. De allí nos expulsaron a varios amigos y a mí, y pasamos al Instituto Manzanares. Se decía que la característica que identificaba a los estudiantes, profesores y egresados del Manzanares era que todos le habían pegado alguna vez un puño al rector, porque era muy mal borracho (con los primeros tragos, comenzaba a fungir de ministro de educación, lo que al comienzo era gracioso pero al final cargaba a todo el mundo). El coordinador de disciplina y profesor de trigonometría se sentaba todos los días en una mesa de El Gran Bar en una esquina de la plaza principal, más o menos a las seis de la tarde, y caía religiosamente al andén de la entrada una vez llegadas las once de la noche. Ese era su límite. Los más jóvenes seguíamos bebiendo hasta la madrugada. En algún momento recogíamos al profesor y lo llevábamos hasta su casa. Ese mismo día el coordinador estaba recién bañado, como una lechuga, a las seis y media de la mañana en la puerta del colegio, malencarado y dispuesto a distribuir regaños y sanciones.

En aquella época ...

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Pablo Arango

Es profesor de filosofía en la Universidad de Caldas. Ha publicado los libros 'De la belleza y otros caprichos de conservador' (Universidad de Caldas, 2006) y 'Grandes borrachos colombianos. Vol .1' (Editorial Libros Malpensante, 2016)

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