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El Malpensante

Breviario

Danzar para morir

Ko Murobushi, maestro del butoh, en cinco actos

Preludio

Adolescentes flacos, con los ojos desorbitados, maquillaje blanco y los miembros crispados imitaban los cuerpos detenidos en el instante horroroso en que trece kilotones estallaron sobre Hiroshima y Nagasaki. Ko Murobushi, quien creció viendo caminar por la calle a los quemados de la bomba atómica, estudiaba en la Universidad de Waseda mientras los movimientos estudiantiles antinorteamericanos crecían como espuma. Se dejó conquistar por una danza inspirada en la naturaleza que, con expresiones grotescas, enfrentaba los milimétricos movimientos de las danzas occidentales. Murobushi viajó hasta Asbestos Hall, el estudio del fundador del butoh, Tatsumi Hijikata, y en 1969 empezó a estudiar danza bajo su tutela.

I. Un niño de unos tres años se tambalea en la playa de Shonan. Un cuerpo más grande, tieso y cubierto de algas yace cerca, empujado suavemente por las olas. Se acompañan el uno al otro, hasta que un adulto espanta al niño y se lleva al muerto.

–A veces me imagino bajo una capa de pasto marino después de haberme ahogado.

Así fue como Ko Murobushi, último heredero del grupo que fundó el butoh en Japón, tuvo su primera experiencia con la muerte: un niño testigo de la danza inmóvil de un ahogado.

II. Butoh traduce “danza de la oscuridad”. En 1971, Murobushi partió hacia las montañas de Yamagata para estudiar las momias de los monjes budistas llamados yamabushis, quienes en busca del ascetismo, morían en meditación (luego sus cuerpos se momificaban a lo largo de quinientos años). Al volver, formó la compañía Dairakudakan en las lejanas montañas de Fukui, de cara al Mar de Japón.

Komuso (“Monje errante”) fue la primera obra en que bailó envuelto en trapos como una momia. Danzaba tensionado, como si hubiese despertado de una muerte de muchos siglos. “Vida y muerte se disputan siempre el cuerpo”, dijo Murobushi al crítico de danza Tatsuro Ishii en una entrevista para la Red de Artes Escénicas de Japón, en 2011. Komuso es la puesta en escena de la errancia de los yamabushis, un viaje que conduce hacia la muerte sin necesariamente desplazarse del mismo lugar.

Corría el invierno de 1976. La audiencia acudía fascinada al corazón de una montaña helada a ver a un hombre pequeño y jorobado apenas moverse, bailar en la oscuridad.

III.  En 1978, Murobushi presentó en París El último edén y...

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