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El Malpensante

Perfil

El último samurái

Perfil de Óscar Castro

Fotografías de Ernesto Aponte

 

Admiración y desconcierto causaba Óscar Castro en quienes lo conocían. ¿En qué consistía el magnetismo inquietante de este jugador de ajedrez, acusado de ser borracho y despilfarrarlo todo, incluso su excepcional talento?

 

 

El maestro internacional de ajedrez Óscar Castro murió el pasado 12 de abril en Medellín, a los 62 años de edad. Él hubiera querido pasar inadvertido, y casi lo logra. Pero los genios llaman la atención, aunque no quieran; y a veces justamente la llaman porque no quieren. Uso esa gastada palabra porque no encuentro otra y porque David Bronstein, uno de los más grandes genios del ajedrez del siglo xx, le dijo una vez a Castro: “Usted es un genio”; y porque Leontxo García, apenas se enteró de la muerte de Castro, escribió una nota en El País de España en la que dijo: “Era un genio que nunca quiso ejercer como tal”.

Castro aprendió a jugar tarde en comparación con la mayoría de ajedrecistas y con el estereotipo del niño prodigio. Él decía que se había enganchado al ajedrez a los trece años (“crecí y aprendí a jugar ajedrez entre prostitutas”.) La metáfora adicta es mucho más exacta en este caso de lo que se piensa: como hombre propenso a las propensiones, vivió y murió como un yonqui del ajedrez. Solo quienes han sentido ese llamado irrenunciable de las piezas en el tablero escaqueado pueden comprender cabalmente que alguien sea capaz de entregar ya no horas ni días sino décadas a descifrar las interconexiones y las posibilidades del juego. En pocas e imprecisas palabras: el ajedrez le truncó una carrera en las matemáticas que apenas había iniciado.

En 1969 ganó el Campeonato Nacional Juvenil, y en 1970 ganó el Campeonato Nacional de Mayores. La gente de Antioquia vio algo excepcional en el muchacho e hicieron las gestiones necesarias para mandarlo al Mundial Juvenil en Estocolmo (1969). Allí se clasificó para la ronda final, perdió una interesante partida con Karpov –que luego sería campeón mundial– y le ganó al campeón de Hungría, Andras Adorjan.

Esos primeros torneos en Colombia lo cruzaron con el otro gran bohemio del ajedrez colombiano, Carlos Cuartas, quien murió hace casi cuatro años en Itagüí. Cuartas y Castro fueron amigos desde entonces hasta el final. (Una vez, a punto de empezar la primera ronda del Torneo Internacional de la Feria de Manizales, alguien se le acercó a Cuartas a preguntarle por Castro. Cuartas dijo que habían estado jugando en Cali y que Castro se había quedado bebiendo pero que no demoraría en llegar. Alguien apuntó que Cali estaba muy peligrosa y que los ladrones estaban usando mucha escopolamina y que temía por el destino de Castro. Cuartas lo tranquilizó: “No se preocupe que él llega después de acabar con la escopolamina”.)

Todos los que lo conocieron expresan esa impresión de que Castro, absurdamente, renunció a su destino de gran jugador. Todos, al mismo tiempo, reconocen que fue alguien o algo singular: como esa gente cuya principal obra en la vida son ellos mismos. Cuando Castro estaba conectado con el espíritu del juego era realmente grandioso. Despreocupado hasta lo inconcebible, desapegado de todo lo que a los demás nos enloquece, podía jugar maravillosas partidas en torneos en los que sin embargo le iba mal. Es el caso del Interzonal de Biel, en 1976, en el que quedó de antepenúltimo (puesto 18 de 20), pero les infligió dos impresionantes derrotas a Tigran Petrosian (el noveno campeón mundial y un jugador que tuvo una muy pobre relación con la derrota) y a Efim Geller (un eterno candidato al título mundial y uno de los más grandes jugadores del siglo XX). Petrosian llevaba una racha de varios años sin perder una partida, le ofreció empate a Castro en dos ocasiones pero este lo rechazó, y terminó perdiendo con el colombiano. Cuando se enteró del suceso, “el Terrible” Viktor Korchnoi le hizo llegar a Castro un telegrama de felicitaciones con cien dólares de regalo. (Korchnoi odiaba a Petrosian y a todos los jugadores soviéticos fieles a la línea oficial del partido comunista. En ese momento estaba en Ámsterdam y tres días después defeccionó y se quedó a vivir como asilado político en los Países Bajos, y continuó siendo uno de los mejores del mundo por varias décadas.) En un periódico francés, la partida contra Geller fue reproducida bajo el título “Quand Castro voit longue”, y la partida que le ganó Castro en 1979 al gran maestro islandés Gudmundur Sigurjonsson (una miniatura formidable, según Boris de Greiff, la mejor que había jugado Castro) fue presentada por el British Chess Magazine como “trampa diabólica”. (Boris de Greiff le dijo a Luis H. Aristizábal que esa es la mejor partida “desconocida” que incluyó en su magnífico libro Mil y una partidas de ajedrez.)

 

 

Los aficionados colombianos asistimos a varios momentos similares contra jugadores menos destacados –lo cual no importa ni le importaba a Castro–, en los que el genio lograba la conexión que todos los ajedrecistas buscan con las ignotas leyes del juego. Alguna vez dijo que su única aspiración era “jugar bellas partidas y, si es posible, ganar”. Esa frase revela sus prioridades: primero la belleza y luego, si es posible, el triunfo. A la belleza tuvo acceso como pocos, al triunfo no. Había aprendido de Carlos Cuartas que el triunfo o la derrota son apenas incidentes: lo que importa es jugar, si acaso.

Esos años de la segunda mitad de los setenta y comienzos de los ochenta fueron probablemente los mejores de su carrera deportiva, si es que puede usarse esta engañosa expresión en el caso de Castro: en 1976 quedó segundo en el Torneo de Costa Brava, donde derrotó a otro de los mejores del mundo, Bent Larsen, famoso por fuera del tablero por haber sido un niño prodigio y por su visión estética del juego. (En una entrevista, Borges menciona aprobatoriamente que Larsen, en una ocasión, jugó hasta recibir el jaque mate –una práctica inusual, ya que los jugadores abandonan cuando saben que están perdidos– únicamente porque quería ver realizada la bella secuencia de jugadas sobre el tablero.) Acerca de esa partida me cuenta Luis H. Aristizábal que Castro le dijo no sentirse muy orgulloso, ya que Larsen no había dormido la noche anterior. Luis H. le preguntó a Castro si él sí había dormido, y este le dijo: “No. Pero es que yo estoy acostumbrado”. En 1980 quedó segundo en el Torneo de Linares, uno de los más fuertes del mundo, y tanto en 1980 como en  1981 ganó el Festival de Benidorm. En esos años jugó con el equipo de ajedrez del Club Olot de Cataluña y en 1977 ganaron el Campeonato de España por Equipos.

En su obituario, Leontxo García apunta que Castro “era mucho más popular que lo normal con su categoría como jugador”. Se refiere a que Castro no llegó a convertirse en Gran Maestro (el escalón más alto en la clasificación de la Federación Internacional de Ajedrez, FIDE) y permaneció en una modesta posición en la clasificación de Colombia y el mundo. Todos los que conocemos algo del ajedrez colombiano sabíamos que Castro tenía una fuerza de juego superior a la de varios jugadores que están mejor clasificados que él. En varias ocasiones lo vi enfrentar a algunos de los grandes maestros colombianos y, cuando estaba en forma, podía barrerlos del tablero. Pero, aunque la popularidad de Castro se basaba en algunas de las hazañas ajedrecísticas que mencioné, se debía principalmente a lo que él era dentro y fuera del tablero. Era una suerte de Diógenes el Cínico de final de milenio. En un mundo en el que todos queremos ganar, ser admirados y tener cosas, él solo quería jugar y contemplar la belleza; en un juego, deporte o lo que sea que fuere el ajedrez, en el que los profesionales van detrás de los premios y el reconocimiento, él rechazó todo eso y, con su enorme talento, tenía las mismas aspiraciones que cualquier jugador de café: “jugar bellas partidas”; en un mundo en el que muchos de nosotros somos incapaces de dormir sin un techo sobre la cabeza, él vivió y murió en la calle. A los jugadores disciplinados y estudiosos, pero con menos fuerza natural, les parecía una especie de alienígena que derrochaba su genio en banalidades y distracciones como la literatura (era un lector omnímodo) y el vicio (era un bohemio integral: podía dedicarse, como en un oficio que requiere concentración y esfuerzo, a beber por semanas, meses).

Hay gente que no diferencia entre lo que hace, su oficio o profesión (los griegos, más sabios en todo que nosotros, no diferenciaban y llamaban a todo eso arte o ciencia), y su vida. Ante el tablero, Castro desplegaba las mismas virtudes socráticas, cínicas, estoicas, que lo hicieron un enigma para todos nosotros por fuera del tablero. Recuerdo, por ejemplo, un torneo clasificatorio para la final del Campeonato de Mayores de Colombia. Era en Medellín, iba punteando otro maestro internacional y jugaba la última partida contra Castro. Con un empate, el otro se alzaba con el torneo, y los dos, él y Castro, clasificaban para la ronda final. Era normal esperar un empate arreglado, y el otro le hizo llegar la propuesta a Castro. Casi cualquiera habría aceptado de inmediato. Castro rechazó la oferta. Ya en la partida, el otro le ofreció a Castro el empate más la plata del primer premio, y Castro rechazó de nuevo. Al final, jugando con negras, borró del tablero al otro, ganó el torneo, la plata (que luego despilfarró en cuestión de horas) y se clasificó para la ronda final.

 

En ese mismo torneo, Castro anduvo todo el tiempo con un libro de literatura japonesa, Hagakure de Yamamoto Tsunetomo (que se traduce como “a la sombra de las hojas” y contiene el código guerrero del samurái). Mientras todos los jugadores, jóvenes y viejos, estudiaban las publicaciones especializadas de ajedrez más importantes (el Informador y la Enciclopedia yugoslavos –todavía, ¡ay!, existía Yugoslavia–), Castro leía el libro de los samuráis. Al final del torneo, durante el acto de premiación, un muchacho que apenas se iniciaba en las competencias se le acercó, pasmado, le señaló el libro y le preguntó si eso era lo que él, Castro, estudiaba para jugar al ajedrez. Castro le contestó: “Claro. Las leyes del samurái. ¿No ve que esto es un campo de batalla?”.

¿Hasta dónde llega nuestra admiración por aquellos que pueden llevar vidas que seríamos incapaces de soportar por un día siquiera? En 2008, Castro se clasificó para la Olimpíada que se jugaría en Dresden. Tenía algunos problemas con sus documentos (la cédula empeñada en un bar, el pasaporte en otro) y, ante la demora para presentarlos, la Federación Colombiana de ajedrez (Fecodaz, sí, incrédulo lector, tal cosa existe) decidió sacar a Castro del equipo olímpico y darle el cupo a otro jugador. Castro perpetró una carta de reclamo y uno de los directivos de Fecodaz le respondió con una larga filípica en la que, entre regaños y consejos, le recordaba a Castro algunos episodios supuestamente vergonzosos de su carrera. Usando el recurso retórico de enumerarle a Castro las cosas que él, el funcionario, no había hecho en la vida (que eran, precisamente, las que sí había hecho Castro), en el mejor momento le dice:

Maestro, yo nunca he sido acusado ni estado preso en Rusia por prostitución. Nunca le he echado borracho la madre al presidente de la FIDE en alguna olimpíada y ni he sido sancionado por eso. Nunca me ha guardado la policía por empelotarme en lugares públicos… Nunca en el Continental de Argentina llegué borracho a la sede a las cuatro de la mañana con mariachis despertando a todos los demás jugadores, haciendo quedar mal el nombre de Colombia… Nunca después de un torneo en Duitama me he gastado en una noche cuatro millones de pesos de la premiación en un lupanar, llevándome a jugadores jóvenes y produciendo tal escándalo que el alcalde no volvió a patrocinar torneos de ajedrez.

Como puede verse, la envidia del funcionario va in crescendo. No solo la de él. La mayoría de jugadores habría querido recordarle la madre a Florencio Campomanes, el presidente de la FIDE durante catorce años, quien la manejó en una manguala con los rusos, en el estilo mafioso instaurado por el gran jugador y canalla Mijaíl Botvínnik (para evaluar el resto de las ejecutorias de Castro propongo esta versión del imperativo categórico: actúa de tal manera que puedas soltar una carcajada en el lecho de muerte si lo recuerdas). El tipo termina la carta sugiriéndole a Castro que se mire en un espejo para que encuentre “al verdadero causante de tus desgracias”. Castro puso punto final al incidente con una nota en la que desistía de insistir con la olimpíada y remataba siguiendo el consejo: “Me miro al espejo y veo con sorpresa mi rostro surcado por arrugas, pero constato que la mayoría son de reírme. Os dejo con vuestras disputas, seguid felices”.

 

El otro apunte de Leontxo García que no quiero dejar pasar es que recuerda que Castro era “generoso hasta el absurdo”. La sorpresa con que jugadores y aficionados lo veían deshacerse de la plata que ganaba en los torneos era el equivalente exacto del asombro de sus contrincantes ante las jugadas geniales en el tablero. Castro recibía un premio de ocho millones de pesos en un torneo y en unas pocas horas ya había repartido la mitad entre prostitutas y mendigos. En una semana, en un día a veces, ya no tenía nada y volvía a pedir prestado. Su forma de obtener plata consistía principalmente en pedir prestado, ganar torneos y dar clases de ajedrez. Con preponderancia de lo primero, desde luego. A Leontxo García le dijo una vez: “Hay días en que me levanto y decreto una amnistía general para mis deudores y acreedores. Estos son siempre más numerosos”. Pero la gente le volvía a prestar porque era imposible resistirse a su magnetismo, a la impresión de que estábamos obligados a cuidar del genio; y porque muchos habrían pagado por una borrachera con él o por unas cuantas palabras. Cargaba todas sus pertenencias en una bolsa de plástico: un libro, un cepillo de dientes y unos calzoncillos y, cuando entraba en sus maratónicas borracheras, lo perdía todo menos su alma: podías conversar con él por horas, aunque estuviera borracho. Era mucho más estimulante y divertido que las conversaciones con muchos sobrios.

“Uno sabe que llegó a Colombia porque todas las mesas son cojas”. Este aforismo resume la visión de Castro: percibía perfectamente el desajuste, pero no se quejaba; veía la brecha entre las cosas como son y como deberían ser, pero sabía que es insalvable; caminó siempre por el filo de una cuchilla a cuyos lados estaban la parodia y la seriedad, el absurdo y la belleza.

Un amigo cuenta que Castro tuvo problemas con la policía en Viena por dormir en un parque (aunque tenía habitación en un hotel). Esto era usual y las historias abundan. El pasado 28 de marzo se coronó campeón de un torneo en San Antero en el departamento de Córdoba (en el que participó el actual campeón nacional, Gran Maestro, Alder Escobar, quien hizo los mismos puntos que Castro pero no fue favorecido por el sistema de desempate.) Como de costumbre, se puso a beber. El 8 de abril algunos amigos lo acompañaron en los tragos para celebrarle el cumpleaños en un club de ajedrez en Medellín. Como de costumbre, siguió bebiendo. El sábado 11 de abril, o la madrugada del 12, se cayó en la avenida La Playa en el cruce con la carrera Girardot, se rompió la cabeza y murió. En las fotografías del levantamiento está tendido debajo de un árbol, con las manos cruzadas sobre el pecho, como si se hubiera acostado a dormir. Casi no encuentran a un familiar para reclamar el cadáver. Los ajedrecistas recogieron plata, como para una borrachera de parque, para cubrir los gastos del entierro. Lo velaron jugando al ajedrez y bebiendo, entre risas y algunas lágrimas. No puedo imaginar un mejor final de partida.

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Pablo Arango

Es profesor de filosofía en la Universidad de Caldas. Ha publicado los libros 'De la belleza y otros caprichos de conservador' (Universidad de Caldas, 2006) y 'Grandes borrachos colombianos. Vol .1' (Editorial Libros Malpensante, 2016)

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