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El Malpensante

Educación

Contra la identidad

El optimismo académico populariza conceptos pegajosos que nadie sabe definir con precisión y que luego tienen consecuencias considerables. Por ejemplo, el muy ajetreado concepto de identidad.

Como tantas veces en su historia, los colombianos creen que el país está en una encrucijada en la que hay que pensar de dónde venimos y para dónde vamos. La cultura colombiana es cada vez más un nudo en el que resulta imposible diferenciar lo local y lo global, lo autóctono y lo extranjero, y esto inquieta a quienes sienten que podemos terminar sumergidos en una cultura indiferenciada, internacional e igual a la de cualquier otro país. Esta inquietud se ha expresado, en los últimos diez años, en angustiados cuestionamientos de la identidad nacional, en ruidosas lamentaciones sobre la ausencia de un proyecto nacional, en inquietas discusiones sobre la debilidad de nuestra formación nacional. Con frecuencia se propone una fórmula confusa y mágica para enfrentar nuestros problemas: debemos reforzar nuestra identidad nacional1. En este contexto quizá se explique que se reúna un congreso de bibliotecarios convocado para discutir el papel de la biblioteca como “espacio para la construcción de identidad”. Sin embargo, una reflexión atenta sobre los debates alrededor de la identidad y sus diferentes variantes —identidad cultural, identidad étnica, identidad local, identidad de género, etc.— muestra las dificultades de un concepto que pocas veces tuvo precisión y claridad. Por otra parte, las invitaciones a construir identidades carecen de contenido concreto, y quienes las hacen se apresuran a quitarles fuerza a las propuestas, señalando que plantean identidades abiertas, contradictorias, variadas, variables, múltiples, polisémicas, polifónicas, multívocas o indefinidas, que no existen o que todavía no han existido, es decir, que son identidades que tienen muy poco de identidad, en el sentido original y común de la palabra.

En vista de esta confusión, trataré de mostrar por qué considero que en vez de seguir tratando de redefinir la identidad para evitar los rasgos fastidiosos y las aristas molestas del concepto, lo que ha llevado a un uso perfectamente informal, descuidado y arbitrario de esta palabra2, es preferible abandonarla del todo y tratar de encontrar nuevas formas de definir la situación cultural del país y las relaciones entre sus procesos culturales, así como las definiciones de nación, región, etnia y localidad. Asimismo me parece necesario discutir esas estrategias que supuestamente refuerzan la capacidad creativa de los colombianos y la capacidad para reelaborar la cultura local y universal en forma activa.

 

 

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Comentarios a esta entrada

Diego Florez Delgadillo

Señores editores, me dejaron en ascuas, el texto está incompleto. Gracias

Su comentario

Jorge Orlando Melo

Fue director de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Ha publicado, entre otros títulos, Bibliotecas y educación.

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