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El Malpensante

Entre el aplauso y la taquilla

El valor de la cultura

Traducción de Karim Ganem Maloof

Una arqueología de las palabras que conforman las industrias culturales: valor, cultura, creatividad, clases sociales, estética. Un barullo de conceptos que tratan de abordar la actividad más humana en términos que a veces no le corresponden

La sociedad contemporánea es compleja. Está gobernada y es administrada por un conjunto de políticas, prácticas y técnicas contradictorias, y nada expresa mejor esas contradicciones que las políticas culturales. Tomemos como punto de partida el significado de tres términos claves: cultura, valor e industrias creativas.

El filósofo político Ricardo Blaug afirma que la palabra “valor” tiene al menos tres significados: uno económico (la idea de precio, cuánto cuesta un producto o servicio en relación con otro); un valor que se refiere a la preferencia de un servicio y la satisfacción que produce en un momento específico (su beneficio o provecho); y, finalmente, valor como aquellos que derivan de un debate ético y moral y que siempre serán discutidos con vehemencia, como la integridad. Así que “valor” describe una idea económica, una idea sobre la preferencia personal, y una idea moral.

La complejidad que rodea el término “valor” explica la del verbo “valorar”. El antropólogo Daniel Miller, en sus estudios sobre el Best Value, programa público del gobierno del Reino Unido, es enfático en que el valor entendido como precio está en franca oposición al valor entendido como beneficio y carácter moral. Para Miller, y para muchos otros economistas, los valores son irreductibles a un precio, algo que no puede expresarse en términos monetarios. Ello es otra expresión de la vieja tensión entre formas de actividad económica, como el mercado, y la visión influenciada por el modernismo de prácticas artísticas y culturales. Pese a que esta tensión es importante, hay momentos en los que valor, precio y valores se encuentran.

Este carácter complejo refleja a su vez el de la palabra “cultura”, un concepto tan familiar como difícil de precisar. Remitiéndonos a la era victoriana, la cultura se asociaba con el mejoramiento espiritual y moral que otorgaba la contemplación de “lo mejor que ha sido pensado y dicho”, como expresó Mathew Arnold. Sin embargo, para la década de 1960, la cultura empezó a ser entendida de forma antropológica, relacionándose con la construcción y trasmisión de significado, y con los artefactos y actividades asociados al estilo de vida de una comunidad determinada.

La sociología alemana y la francesa complicaron aún más las cosas. El Romanticismo alemán introdujo la distinción entre Zivilisation y Kultur, ...

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Dave O' Brien

Catedrático en políticas culturales en el Goldsmiths College, de la Universidad de Londres. Publicó recientemente su libro "Cultural Policy".

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