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El Malpensante

Música

La fuga imposible de Bach (y su ofrenda musical)

El más ilustrado de los déspotas exigía la más barroca de las composiciones. Bach sortea el reto musical impuesto por el “rey filósofo” dedicándole una maravilla matemática y autorreferencial que nadie había sido capaz de concebir.

©Ilustración de Jason Fonseca

El 7 de mayo de 1747, sin haberse acabado de cambiar la ropa de viaje luego de arribar a Postdam, Johann Sebastian Bach fue llamado por el rey Federico el Grande para que asistiera de inmediato al palacio de Sanssouci. Una cosa semejante era típica del rey, recuerda Voltaire en sus Memorias. Él mismo había pertenecido a su corte como “ateo real”, según título autoconcedido. Federico era el emblema de la contradictoria figura del déspota ilustrado, la última estirpe de soberanos que creyeron poder combinar la monarquía y los valores emancipatorios del siglo XVIII. Una invitación entusiasta, afanosa y obligatoria estaba a la orden del día.

Federico era un rey único; tenía vínculos con las artes y las letras, algunos infaustos. Mal poeta, regular ensayista y flautista notable, había reunido en una sola figura lo propio del artista moderno: el ir y venir entre la mediocridad y el reconocimiento parcial. En el palacio de Sanssouci imperaba una paradójica liberalidad; Voltaire recuerda cómo todos reían, solo si él reía antes; se podía criticar, pero solo lo que él ya había criticado. En las tardes, Federico solía organizar veladas musicales en las cuales lucía sus habilidades como flautista. Ese 7 de mayo, Bach había llegado a la hora indicada. Con la flauta en la mano, preparándose para comenzar su recital, Federico lee el reporte que informa de la llegada del viejo Bach. De inmediato cancela el concierto programado y todo comienza a girar en torno a la expectativa que despierta el visitante. Carl Philipp Emmanuel Bach, hijo de Johann Sebastian, era Kapellmeister en Sanssouci y el rey llevaba tiempo gestionando por intermedio suyo una visita de su padre. Ese día había llegado.

El rey ansiaba mostrarle a Bach padre su más grande orgullo: quince fortepianos, la novedad musical del momento (y precursor del piano contemporáneo) que había comprado al fabricante Gottfried Silbermann de Friburgo. Silbermann, constructor de órganos, había dicho que crearía, a raíz de los nuevos avances, un fortepiano “perfecto” cuando aún la escena musical estaba dominada por el clavecín y el clavicordio. La diferencia entre el fortepiano y estos reside en que en el primero las cuerdas son golpeadas por un mart...

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Roberto Palacio F.

Es filósofo y autor de Sin pene no hay gloria(2008) y de Pecar como Dios manda. Historia sexual de los colombianos (2010)

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