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El Malpensante

Artículo

Rodilla Cyborg

Un pequeño tropiezo, un raspón insignificante y un mínimo descuido terminaron cambiando la vida de esta autora y editora ecuatoriana. ¿Qué podemos aprender de nuestro cuerpo cuando ya no sabemos cuánto de él nos pertenece y cuánto corresponde a las bacterias, la pericia médica o la ciencia ficción?  

©Ilustración de Martín Sánchez

Entra un doctor, no me saluda, pero toma mi brazo, lo gira, y le da unos golpecitos a la piel para ver la calidad de mis venas. Eso supongo, porque no dice nada. Luego se va y nadie entra por mucho tiempo. Estoy en la habitación de un hospital, tendida en una cama con un sofá de cuero marrón a un costado y un televisor plasma en la pared frente a mí. No pienso en los golpecitos, pienso en que me van a operar y en que dos horas antes había llegado donde un traumatólogo para que me revisara la pierna. Venía a que me curara, me diera una pastilla o pomada y me mandara a casa. Y ahora uso una bata celeste, estoy desnuda debajo de ella y espero a que se desocupe un quirófano. Pienso, también, que no tengo mi estuche para los lentes de contacto y me pregunto qué voy a hacer con ellos cuando me bajen a la sala de operaciones. Me agarro de eso para no pensar demasiado en la operación. Hace frío y la cobija de la cama de hospital es muy delgada. Afuera desciende la neblina y comienza a chispear, es tan leve la lluvia que no llega a rozar los vidrios de la ventana. Entra otro doctor y me dice: “Tenemos que darte un antibiótico de amplio espectro porque no sabemos cuál bacteria provoca la infección. Es muy fuerte y no te lo podemos aplicar de manera intravenosa porque te quemaría las venas...”. Apoya su mano en mi antebrazo y luego me dice: “Por eso te vamos a poner un catéter en el corazón para que el antibiótico circule por todo tu cuerpo y la infección no llegue a tus huesos. Tranquila”. Esboza algo que parece una sonrisa y antes de que pueda preguntar, se va. Tranquila. Me van a colocar una pequeña bomba en el corazón que cada tanto irá suministrando antibiótico; un antibiótico tan fuerte que podría quemar las paredes de mis venas y que ahora va a ir directo a mi corazón. Ese músculo que siempre he imaginado frágil. Antes de esa tarde les hubiera apostado más a mis venas que a mi corazón, aunque, tampoco, nunca, se me habría ocurrido apostarle a ninguna parte de mi cuerpo. Cuando entra una enfermera a tomarme la presión, le pregunto cuándo me ponen el catéter. Me dice que tiene que ser en una sala antiséptica porque, si se llega a infectar la aguja de la sonda, moriría.

Antes, por la tarde, en la consult...

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Gabriela Alemán

Recibió el Premio Nacional de Narrativa Joaquín Gallegos Lara, en dos ocasiones, por su libro de cuentos "La muerte silba un blues" (2014) y por su novela "Humo" (2017).

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