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El Malpensante

Iceberg

FAHRENHEIT 752

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Fahrenheit 752

 

Desde hace unos años los profetas del evangelio tecnológico nos traen locos con la alharaca de que el funeral del libro, tal y como lo ha conocido la humanidad desde los tiempos de Johannes Gutenberg, está próximo. Pasada la perorata que dirigen de preferencia a los amantes del viejo artefacto, se ponen sentimentales y nos dan un muy sentido pésame con un par de palmaditas en la espalda; luego, nos regalan alguna fotocopia de un artículo en que Bill Gates, agelasta entre los agelastas —o sea, un “muggle” primordial (ver abajo)—, describe el aparatico de “papel” electrónico que ha de reemplazar al libro impreso. ¡Cheers, pues!

Sin embargo, las noticias de los últimos días no son buenas para estos predicadores de la lectura virtual. El pasado 8 de julio, al vuelco de la medianoche, tuvo lugar una escena que no habría imaginado ni siquiera Ray Bradbury en Fahrenheit 451, su libro clásico sobre la desaparición de los libros. Esa noche había manadas de niños haciendo cola de la mano de sus sonrientes progenitores, con los ojos incandescentes por la expectativa de comprar la última novedad. ¿Era acaso la más reciente versión de un video juego sobre extraterrestres o alguna mini palmpilot que les garantizaba el ingreso directo al cielo de la cibernética sin pasar por Salida ni cobrar 200? Para nada; los niños hacían cola para comprar un libro, y no un libro cualquiera, ¡sino un libro de 752 páginas! Y esto, clichés aparte, es un acontecimiento histórico, pues es de lógica que si a los ocho años de edad uno anda fanatizado por un libro, lo más probable es que a los 88 todavía lo esté, hecho que pospone el huracán de papel cristalizado y los arrasadores cachivaches de Bill Gates hasta quién sabe cuándo. Así que, sintiéndolo tanto, los profetas van a tener que esperar bastantes décadas antes que el acta de defunción del prodigioso y viejo invento de don Johannes sea definitiva. Para entonces los niños de hoy serán viejos y los adultos actuales seremos humo o abono, según nos cremen o nos entierren, de modo que ya la cosa no importará tanto.

¿Quién está detrás del crucial acontecimiento? Pues una señora de 34 años llamada Joanne Kathleen Rowling, discípula declarada de Jane Austen e hija de un aprendiz de ingeniero que trabajaba en la división de motores de avión de l...

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