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El Malpensante

Artículo

Mínima defensa de los muchachos

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Por Andrés Burgos

Los futbolistas colombianos, dentro de la cancha, son capaces de hacer realidad tanto los actos más heroicos como las burradas menos conocidas en la historia de la humanidad. Fuera de la cancha, y con contadas excepciones, emplean su tiempo libre pateando busetas, golpeando a sus mujeres, estrellando carros contra postes y no falta el que guarda el arsenal de un mafioso en su casa.

¿Horrible? Sí, pero al menos por ahora debería continuar así.

Tengo motivos claros para pensar de ese modo. Uno de ellos es que soy un maldito egoísta y me gusta acercarme al fútbol como cualquier ciudadano romano lo hubiera hecho al Coliseo: sin prejuicios humanitarios. Evadiendo la realidad. Me siento estrechamente ligado a quienes van al estadio, o se sientan frente al televisor, para evitar pensar en la falta de empleo, en sus miserables salarios, en la violencia del país que nadie entiende y nadie detiene, en la pareja que los espera en casa y en todas las cosas ajenas a lo que sucede en el rectángulo de hierba que será culpable de las alegrías y tristezas de ese día.

En tal medida, no pido a los futbolistas que sean ciudadanos. Quiero que representen bien el rol de gladiadores y me den el derecho de juzgarlos con mi pulgar arriba y abajo. También espero que se queden en la cancha y no tener que compartir con ellos un lugar público. Prefiero que no llenen mi campo visual con sus cadenas de oro, vehículos y mujeres. Lo otro se lo dejo a la Fiscalía.

Además, sus excesos de humanidad, dentro y fuera del gramado, me llenan de alegría. Puede ser una perversión. Pero este tipo de hombres son máquinas incansables de producción de historias y los tipos aburridos necesitamos protagonistas que nos permitan asomarnos a sus vidas azarosas. Condimentamos así lo anodino de nuestras existencias sin arriesgar el cojín en el que estamos sentados cómodamente.

Gracias a Dios existen sujetos como el Tino Asprilla.

Claro está, yo también quisiera que el mundo fuera mejor. Me hubiera gustado ser rubio, medir un metro ochenta, vivir en Holanda y que mi equipo jugara como la Naranja Mecánica. Pero ninguno de estos ítems se acerca a lo que es mi realidad. Y si, de la noche a la mañana, nuestros jugadores resultaran siendo un cúmulo de modales y caballerosidad, me sentiría —además de orgulloso—traicionado...

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