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El Malpensante

Ficción

Un trago de aceite

.

 

 

Ilustración de Sindy Elefante

 

Mi padre me llevó de la escuela un viernes. Se estacionó frente a la puerta principal, aguardó mirándose las uñas. Así, concentrado en sus cutículas, lo encontré al salir. Hizo una seña y subimos a su camioneta, una mole carguera con los costados recubiertos por la publicidad de la línea de jugo envasado que había distribuido hasta hacía un par de años. 

–Vamos a Chapala –dijo al poner en marcha el motor. Quería premiarme: la semana anterior, había ganado el concurso de mi distrito escolar con un cuentito sobre un caballero y un dragón. Mi texto pasó al certamen del estado. Si triunfaba también, llegaría al nacional. Los elegidos serían fotografiados junto al presidente de la república. No llegué a ser uno de ellos, por supuesto: la idea era que los niños escribieran cositas sobre la milpa de sus abuelos y no sobre un dragón. Pero ese era el horizonte aquel día y mi padre iba a recompensar mi victoria, dijo, con un viaje al mayor lago del país, a una hora de carretera de la escuela. 

Mi madre llegó quince minutos después y descubrió que ninguno de los niños uniformados que se arremolinaban entre la puerta y el carrito de los helados era el suyo. Fernandito, cinco milímetros más astuto que el resto de mis compañeros, le confesó que me había visto subir a la camioneta de colorines. A mi madre le temblaban manos y rodillas, pero al oírlo pasó del susto al odio puro. Mientras llamaba a su abogado, el vehículo de ribetes frutales avanzó, semáforo tras semáforo, y dejó la ciudad. 

El abogado escuchó la retahíla de espumarajos en el teléfono y supo que tenía que llamar a sus amigos del tribunal. Pero mi padre había elegido la fecha del secuestro con puntería: aquel viernes iniciaba el feriado de la Independencia patria, los tribunales habían cerrado a las dos y no volverían a abrir sino el martes. Saberlo no contribuyó a que mi madre se sosegara. En el departamento de mi padre no había nadie. De poco sirvió que mi madre rompiera las ventanas, todas, con el tacón del zapato. De nada, que marcara...

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