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El Malpensante

Literatura

De cómo escribí Los restos del día en solo cuatro semanas

Traducción de Juliana Solórzano

El último Nobel de Literatura encontró la semilla de su obra más famosa durante una suerte de terapia de choque.

Ilustración de George Anderson Lozano

 

Mucha gente tiene que trabajar horas extras. Sin embargo, cuando se trata de escribir novelas, el consenso parece ser que, después de cuatro horas o más de escritura continua, el rendimiento decrece. Siempre concordé más o menos con esta opinión, pero, cuando llegó el verano de 1987, me convencí de que un enfoque drástico era necesario. Lorna, mi esposa, estuvo de acuerdo.

Hasta ese punto, y desde que renuncié a mi empleo diurno cinco años antes, me las había arreglado razonablemente bien para mantener un ritmo constante de trabajo y productividad. Pero la primera oleada de éxito público después de mi segunda novela trajo consigo muchas distracciones. Posibles propuestas para mejorar mi carrera profesional, invitaciones para cenar e ir de fiesta, atractivos viajes al extranjero y montañas de correo electrónico acabaron con mi trabajo “serio”. Había escrito el capítulo inicial de una nueva novela el verano anterior, pero ahora, casi un año después, no había avanzado más.

Así que Lorna y yo ideamos un plan. Durante un período de cuatro semanas, despejaría mi agenda de forma despiadada y me sometería a lo que misteriosamente denominamos el “Choque”. Durante el Choque, no haría más que escribir de 9:00 a.m. a 10:30 p.m., de lunes a sábado. Tendría una hora libre para el almuerzo y dos para la cena. No leería, mucho menos respondería ningún correo, y no me acercaría al teléfono. No recibiríamos visitas. Lorna, a pesar de su apretado horario, cocinaría por mí y haría mi parte del trabajo doméstico. De esta manera, esperábamos, no solo llevaría a término más trabajo cuantitativamente, sino que alcanzaría un estado mental en el que mi mundo ficticio sería más real para mí que el verdadero.

Entonces tenía 32 años y nos habíamos mudado a una casa en Sydenham, al sur de Londres, donde por primera vez en mi vida tuve un estudio adecuado. (Había escrito mis dos primeras novelas en la mesa del comedor.) En realidad, era una especie de gran alacena en el rellano de la escalera y carecía de puerta, pero estaba encantado de tener un espacio donde poder esparcir mis papeles como quisiera sin te...

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