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El Malpensante

Portafolio gráfico

Fotógrafo, como todo el mundo

Un poeta alaba y se cuestiona los avances de la fotografía digital que le han permitido, pese a su torpeza, registrar cuanta imagen le atrae. Ensayo sobre la feliz ignorancia de la técnica y la confianza en el azar para capturar la belleza.

 

Soy fotógrafo porque todo el mundo es fotógrafo. Todo el mundo es fotógrafo porque tiene teléfonos que también son cámaras, sala de entretenimiento y transmisores de mensajes y etcétera. Mi teléfono es distinto, solo es un teléfono, pero tengo una cámara aparte, una cámara que es solo cámara. Por eso mismo ahora soy como todo el mundo, pues todo el mundo tiene cámara y eso modificó todo, desde las formas de relacionarse hasta la filosofía: antes, la fotografía podía ser la prueba de que algo pasó, pero ahora no ha ocurrido nada que no haya sido fotografiado. Si no hay fotos, es que no sucedió.

La cámara que tengo es buena fotógrafa, no yo. Y no la sé manejar aprovechando todas las posibilidades y todos los botones y giros que tiene. Es una Lumix con lentes Leica. Yo no acabo de integrarme a ella. Sé hacer zoom, sé hacer clic, sé dos o tres detalles más (cómo borrar, por ejemplo). La foto no es un fin, aunque acabará por serlo; es, más bien, otra forma de interrogar lo visible, una forma de detener el tiempo.

Más allá de las épocas en que la fotografía era tomada sobre una película que se llevaba al cuarto oscuro y se pasaba por químicos hasta obtener un negativo que, después, había que someter a la luz para obtener copias que se imprimían, se lavaban y se secaban en un minucioso ejercicio sometido a duraciones precisas y a paciencia de monje; más allá de épocas en que podías disparar un máximo de 72 veces por cada rollo cuando no 36, 24 o apenas 12 (entonces había que medirse, aprovechar cada clic); más allá de iluminar espacios de estudio a manera de escenarios, en lugar de incorporar la cámara al paisaje de modo que no se nota que trabaja; más allá de todas esas diferencias, mi cercanía con la fotografía se consolidó cuando ya las probabilidades de tomar una buena foto sin dominar el instrumento, con mal pulso y desde la miopía, se elevaban en razón de poder disparar ilimitadamente: a mayor cantidad de fotos tomadas, era más probable que hubiera alguna buena.

Yo escojo temas y hago clic sobre un botoncito. El azar, solo el azar, podrá producir un milagro, un glimpse, un destello, algo que no vemos de ordinario, que está ahí pero que solo es visible con el tiempo detenido en el instante preciso; es decir, solo es visible, por casualidad, si acaso, en una foto. Asuntos que el fotógrafo no se ha propuesto, que son el azar puro, por fin visible.

 

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Quienes dijeron las cosas más pertinentes sobre la fotografía lo hicieron antes de la invención de la cámara digital. Y esta es otra cosa, tanto por la forma de producción, como por la forma de reproducción. En cuanto a clics, vamos del fusil recargable con cada disparo a la ametralladora de repetición. Es significativa, también, la diferencia de tiempo entre oprimir el obturador y ver la foto: en el caso de la fotografía convencional es, mínimo, de horas; en cambio, la cámara digital permite fijar –¡y mostrar!– la foto desde el mismo instante en que se toma, y aun antes.

Si leemos un clásico del tema, Sobre la fotografía, de Susan Sontag, anterior a la masificación de la toma y reproducción de fotos con cámaras digitales y, más, con teléfonos que son cámaras, las cosas toman algunos rumbos extremos y otros iluminantes. Por ejemplo, cuando noto la posibilidad de archivar quinientas fotos en mi Lumix, de gastarme dos o tres minutos pasándolas a otros depósitos y dejarla lista para volver a disparar otras quinientas fotos; este sería el momento para recordar que la señora Sontag se ocupó de sentenciar que “todo uso de la cámara implica una agresión”. En verdad no estoy tan seguro de predicar lo mismo y en forma tan enfática sobre la cámara digital. La masificación de su uso domesticó el sentido agresivo que tenía desplegar un armatoste que está en manos de un solo sujeto entre la multitud. La cámara aparecía en las grandes ocasiones, envolvente, invasiva. El fotógrafo imponía su agenda a la concurrencia. Ahora todos la tienen a mano y basta un movimiento que nadie nota para contar con la posibilidad de hacer fotos. Como pasaba en la guerra fría: si todos están armados, nadie está armado.

Hay dos frases de Susan Sontag que bien merecen un comentario a posteriori, ya teniendo en mente que todo el mundo carga una cámara. Como un elogio, doña Susan dijo que “las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar”. Pero ese elogio se muta en una crítica mordaz a la elocuente muestra de egolatría que es la moda de las selfies. Sí, cada uno cree que merece ser mirado en medio del inacabable derby de egos. Siguiendo con el abuso de las citas de la señora Sontag, vale la pena mencionar precisamente aquí, en ese punto en que recuerdo el onanismo fotográfico, su definición: “Las cámaras son máquinas que cifran fantasías y crean adicción”.

 

 

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Para Walter Benjamin, durante siglos, las obras de arte fueron únicas e irrepetibles. Tenían un “aura” que las sacralizaba. En ese estado de cosas aparece “el primer medio de reproducción de veras revolucionario, a saber, la fotografía”, y por primera vez en la historia universal, “la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. La obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida. De la placa fotográfica, por ejemplo, son posibles muchas copias; preguntarse por la copia auténtica no tendría sentido alguno. Pero en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber, en la política”.

No estoy seguro de que la dimensión preponderante sea la política. La palabra “praxis” es poco práctica. Benjamin dice cosas brillantes, lo que le ha conquistado fervorosos lectores; el problema es que esas agudezas están mezcladas con prescripciones derivadas del teorema del materialismo histórico y, desde cierto momento, él tuvo la necesidad de ser ortodoxo frente a esa versión de la sociedad. Ahora, a la altura de la cámara digital, cuando todos somos fotógrafos y todos somos público, es la puesta en evidencia de que hay sobreproducción de basura. El punto lo vislumbró Aldous Huxley –y lo cita Benjamin–: “Los progresos técnicos han conducido... a la vulgarización... Las técnicas reproductivas y las rotativas en la prensa han posibilitado una multiplicación imprevisible del escrito y de la imagen. La instrucción escolar generalizada y los salarios relativamente altos han creado un público muy grande capaz de leer y de procurarse material de lectura y de imágenes. Para tener este a punto, se ha constituido una industria importante. Ahora bien, el talento artístico es muy raro; de ello se sigue... que en todo tiempo y lugar una parte preponderante de la producción artística ha sido minusvalente (sic.). Pero hoy el porcentaje de desechos en el conjunto de la producción artística es mayor que nunca... Estamos frente a una simple cuestión de aritmética. En el curso del siglo pasado aumentó en más del doble la población de Europa occidental. Calculo que el material de lectura y de imágenes ha crecido por lo menos en una proporción de 1 a 2 y tal vez a 50, o incluso a 100... El consumo de material de lectura y de imágenes ha superado con mucho la producción natural de escritores y dibujantes dotados... Resulta por tanto que, hablando en términos absolutos como en términos relativos, la producción de desechos es en todas las artes mayor que antes; y así seguirá siendo mientras las gentes continúen con su consumo desproporcionado de material de lectura, de imágenes y sonoro”. Ja, esto lo dijo Huxley antes de que todos anduviéramos disparando nuestras máquinas de retratar y, sobre todo, nuestros teléfonos.

Está claro, pues, que no tomo fotos porque me crea un artista, ni siquiera porque crea que llegaré a serlo. Mi sola falta de formación técnica me limita al nivel más elemental para el manejo de la cámara. La cámara me puede. Entonces decido que ella decida: a priori escojo el modo “auto inteligente” en el botón respectivo y le dejo a mi Lumix la abrumadora función de pensar. Ella es la que, regida por el acucioso azar, hace buenas fotos. Mi dedo es un mecanismo más, parte del atarantado autómata que hace clic como quien juega a la lotería.

Todo es puro juego, ganancia extra, monedas, si lo comparo con lo esencial. Para mí lo esencial, lo más gratificante, es la toma, una entre cientos, que detiene el tiempo en un instante y es cuando queda en la foto algún prodigio, un milagro. Siempre se trata de algo nuevo que uno descubre después, cuando ve la foto con cuidado, algo que es riguroso producto del azar.

 

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Mi gusto por tomar fotos está acotado por temas. Desde mi ventana tomo el cerro de Monserrate. Tengo muchas fotos de Monserrate. De día, de noche, con el sol encima, nublado, oculto, emergiendo de las nubes, de cerca, de lejos, de más lejos. Cuando se incendia, cuando brilla, cuando la lluvia oscurece sus verdes. Reflejado en la vidriera de un edificio, colándose por entre las ramas de un árbol que tengo a pocos metros. Contra el cielo, dejándole al azul la mayor parte del espacio de la foto, capturando las nubes hoy blancas, mañana grises, que se le atraviesan, que lo rondan.

Me gusta tomar fragmentos de la realidad que puedan ser leídos como cuadros abstractos, como dibujos geométricos. Me gusta hacer retratos, primeros planos, pero me dejan de interesar si el retratado posa. Prefiero que no se dé cuenta o que sea indiferente a una cámara que procuro que no se note.

Me gusta tomar Ícaros. Así llamo a los seres que no tienen los pies sobre la tierra, personajes de circo, o lavadores de fachadas, o practicantes que usan la patineta como pista para volar. ¿Por qué me interesan? Debe ser por contradecir a las matemáticas. Seres que, con cero piernas, se mueven mejor que yo con una sola. Y, al contrario de los cerros que permanecen quietos mientras los retrato, los Ícaros están en movimiento y el efecto de la fotografía es detener el tiempo, fijar un instante de inmovilidad, suspender los relojes. Y entonces aparecen los milagros. Milagros invisibles mientras el tiempo corre. De repente, un hombre que lava una enorme fachada sin ventanas parece un fabricante de nubes; o un chico impulsado con su patineta vuela por los aires y, oh prodigio, la sombra que proyecta es, con toda claridad, la silueta de un pájaro posado en una rama. Milagros. Escasos milagros que me tienen haciendo clic.

 

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Darío Jaramillo Agudelo

Poeta, novelista y ensayista. Se desempeñó como subgerente cultural del Banco de la República, dirigió el Boletín Cultural y Bibliográfico y es miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados. Invitado Festival Malpensante en el 2009. Ganador del premio Nacional de poesía en 2017

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