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Breviario

2100

Aunque pensar en el futuro no siempre es reconfortante ni esperanzador, tampoco tendría por qué ser sinónimo de predicciones apocalípticas y catástrofes. En esta ocasión, un autor juega de Nostradamus y se imagina el estado del mundo que heredarán sus nietos: ancianos felices, jugueteando sobre jardines que antes eran minas de carbón, pero que nunca alcanzarán la cada vez más avanzada edad de jubilación.

Para entonces, mis cenizas ya llevarán muchos años reintegradas a la naturaleza y mis dos hijos, si todavía viven, habrán cumplido 92 y 89 años respectivamente.

Todos esos niños que uno ve ahora en las guarderías serán venerables ancianos, si sobreviven, y muchos sobrevivirán, dado el impresionante avance de la medicina.

El mundo estará lleno de jubilados que aún no han nacido. Será casi imposible que la edad de jubilación no haya aumentado hasta, digamos, los 75 años, con algunas salvedades. Entre otras, a fines del siglo XXI, ¿cuáles serán las profesiones peligrosas que ameriten una jubilación anticipada?, ¿astronautas, argonautas del océano profundo? Ni idea.

Habrá una cantidad incalculable de basura digital, pues a diario se graba más de la que se borra.

También habrá muchísima basura “artística”, de esa que a estas alturas cuesta millones. Pero la mazacotuda mensajística en la que toda ella se basa carecerá de sentido. Quizás despierte un poco de ternura tanta ingenuidad.

La desigualdad entre las personas no habrá desaparecido y mucho menos entre las naciones. Uno piensa en ciertos Estados petroleros actuales y presume que para esa época estarán rezagados, si no es que habrán caído en el caos. Tal vez, incluso, ya entonces empiece su recuperación resignada.

La riqueza de algunos alcanzará cotas hoy impensables. Igual, aparte de poder, los muchos ceros a la derecha no aportarán sino pocas cosas de veras exclusivas a sus dueños.

Con la salvedad de aquellas minorías que siempre se echan a perder, la gente se ocupará, aunque sea imposible saber exactamente en qué.

La electricidad será la reina: todos los carros, los trenes y hasta los barcos serán eléctricos. El mundo estará lleno de baterías de cuanto tamaño y habrá otras formas de almacenar energía.

Lo que quede de los hidrocarburos servirá tal vez para fabricar objetos. En cuanto a los combustibles, los líquidos serán usados de repente en los aviones, pero vaya uno a saber si los habrá propulsados por gases o eléctricos. Aunque yo no...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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