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El Malpensante

Literatura

Estación Tolstoi

Un escritor viaja a Moscú para dar una conferencia sobre Mutis y pide que lo lleven a la última morada de un admirado clásico ruso. Así, emprende un recorrido lleno de desencuentros con el socialismo de su juventud y de paralelos literarios entre escritores eslavos y latinoamericanos, hasta llegar al culmen de su peregrinaje.

Ilustración de Pablo Bedoya.

La invitación me tomó por sorpresa. Había querido ir a Moscú en tren desde París cuando era estudiante de literatura en la Sorbona, pero eso no pasó de ser una ensoñación literaria. Desde Medellín, entre cuyas montañas me he sentido siempre enclaustrado, dicho anhelo parecía aún menos realizable. Una colega de la Universidad de Antioquia, doctorada en la Unión Soviética, fue la invitada. Pero como a ella no le interesaba mucho la obra de Álvaro Mutis, y además no tenía tiempo para preparar las charlas, me pasó la propuesta. Perplejo dije que sí, pero puse una condición al agregado cultural de la embajada en Rusia. Con gusto hablaría en Moscú sobre Mutis, pero si me llevaban a Yasnaia Poliana.

En dos semanas escribí las conferencias. El agregado creía que, después de García Márquez, Mutis era el escritor que los lectores rusos debían conocer. El propósito de las charlas nuestras –otra profesora de la Universidad Nacional también había sido invitada–, dirigidas a los espacios académicos hispanoamericanos de Moscú, era presentar la obra de quien es el autor colombiano más notable después del Premio Nobel. Inmerso en el mundo de Maqroll el Gaviero y sus destinos aciagos, me preguntaba cuál podría ser la relación entre Mutis y Tolstoi. Los dos escritores me despertaban hondas simpatías. Ocupaban, incluso, un puesto significativo en mi aprendizaje de la escritura. El papel revelador del Tolstoi de La muerte de Iván Ilich, cuando yo tenía dieciséis años, y el papel similar de “La muerte del estratega” cuando pasaba de los veinte. En alguna entrevista había leído que Mutis prefería, por encima de las obras mayores, los relatos de guerra de Sebastopol, y que esta obra temprana anticipaba, a su juicio, los logros narrativos de Tolstoi. Y tal vez sea cierto que ningún pasaje de Guerra y paz, prolija en las descripciones de las estrategias militares y profusa en su crítica a las guerras napoleónicas, tenga la intensidad desgarrada de las crónicas sobre Crimea tramadas por un joven todavía insuflado de patriotismo y amor incondicional al zar.

El viaje a Moscú fue inolvidable por una razón. La embajada colombiana nos puso tiquetes de primera clase. Nunca hasta entonces había viajado de este modo, y la experiencia causó en mí una impresión traumática. Constaté que durante más de treinta años había cruzado el Atlántico en una vergonzosa incomodidad. Esta vez podía acostarme del todo en la silla, beber y comer lo que quisiera, dormir sin percibir el ruido de las turbinas. Comprendí, mejor dicho, lo que significaba viajar como una especie de conde contemporáneo. Tolstoi lo había hecho así durante sus viajes a Europa, al mar Negro y al Cáucaso. Mientras gozaba del confort de Lufthansa, evoqué aquel episodio de la vida de Lev Nikoláievich cuando, en una peregrinación religiosa a las que tanto acudían los escritores rusos del siglo XIX, había tratado de pasar por un humilde vagabundo. Incapaz de soportar las asperezas de los hospedajes humildes, Tolstoi buscaba, sin embargo, el solaz exigido por su condición social y hasta se hacía masajear en las noches los pies fustigados por los caminos.

Esta contradicción, nunca resuelta del todo, es uno de los rasgos más llamativos de la personalidad de Tolstoi. Un hombre que nació afortunado, ajeno a las vicisitudes de la estrechez y la ausencia del dinero pero cuyo menosprecio al bienestar de los pudientes fue creciendo con los años. Una de las máximas tolstoianas, escrita desde la comodidad material de su autor, dice a propósito: “La pobreza es absolutamente necesaria a los que aspiran a la felicidad”. En realidad, Tolstoi buscó esa felicidad con ahínco, solo para alcanzarla por períodos breves. Pocos escritores como él fueron atormentados por su condición de aristócrata. Henri Troyat, uno de sus biógrafos, lo define como “un hombre desdichado por ser dichoso”. La desdicha de Tolstoi fue de tipo moral, que es de las más dolorosas. Su incomodidad se acrecentaba cuando concluía que él, y nadie más, era la piedra de toque de ese lujo execrable. Pero ante la molicie Tolstoi trató de oponer, especialmente en sus últimos años, una sobriedad en la que prevalecieron el vegetarianismo, las labores del campo, la abstinencia sexual y una solidaridad con los humillados y ofendidos del mundo. Vapuleado por esta crisis que le generaba su propia holgura, escribió en su diario: “¡Qué difícil mi situación de escritor famoso! Solo con los campesinos soy un hombre totalmente simple, es decir, un hombre verdadero”.

En el aeropuerto nos esperaba la comitiva de la embajada: el agregado cultural, un hombre de rasgos andinos sensible a la literatura, y su colaboradora, una rusa alta y delgada cuyo español fluido tenía entonaciones cundiboyacenses. Era medianoche cuando el auto atravesó el río Moscova y entramos a la ciudad. Delante de nosotros había un aviso de Coca-Cola, situado en lo alto de un edificio. En medio del frío del otoño, Moscú nos daba su bienvenida roja, fosforescente y neoliberal. Pensé entonces en la otra Rusia, la de la Unión Soviética, que tanto me atrajo en la juventud. De algún modo, yo formaba parte de una generación que había crecido bajo el fanal de ese comunismo internacionalista enraizado en la violencia revolucionaria. Aquella utopía del proletariado que nos encantó, en la medida en que la entendimos como la senda más loable hacia una justicia social colectiva, y que nos defraudaría por su deriva hacia el totalitarismo.

Pero si había deseado ir a la Unión Soviética en ese mes de septiembre de 2014, mis motivos fueron más literarios que políticos. El descubrimiento de la literatura rusa del siglo XIX fue el motor de ese entusiasmo. El primer encuentro con el Dostoievski de Crimen y castigo y el que luego tuve con los cuentos de Tolstoi me despertaron un interés ardoroso por Rusia. Esta especie de ansia intelectual y de sed espiritual no demoró en arrojarme a la música compuesta por el grupo de Los Cinco. Más tarde habría de llevarme al cine de Eisenstein y Tarkovski. Y luego me lanzaría a los poetas que tanto quiero (Mandelstam, Ajmátova, Pasternak y Tsvietáieva) y que la represión comunista quiso acallar. Comprendí que, al leer a Dostoievski y a Tolstoi, se delineaba una ruta capaz de llevarme directamente a esa humanidad eslava que oscila entre un misticismo religioso exacerbado y un compromiso social de rasgos más o menos mesiánicos. La caída del comunismo, no obstante, habría de cambiar mi rumbo. Como ya no se podía ir a Moscú –las repúblicas soviéticas se desplomaban como castillos de naipes ante el devenir de la historia–, mis pasos terminaron por conducirme a París. Esto no significó que la atracción por la literatura rusa se hubiera mitigado. Al contrario, fue en Francia donde aprecié mejor la transición entre los grandes escritores de la segunda mitad del siglo XIX y quienes vivieron la esperanza revolucionaria de 1917 y su paso siniestro al terror estalinista.

Fue con Stalin, justamente, que se fueron modelando mis primeras impresiones sobre Moscú. Al lado del Hotel Belgrad, donde nos alojaron, se levanta uno de esos edificios con los que el dictador dejó su impronta en la ciudad. A estas moles las llaman las Siete Hermanas de Stalin, y son como una mezcla de catedral gótica y rascacielos. Las edificaciones se yerguen en varias zonas, otorgándole a la urbe un toque de metrópolis futurista. Algo de los dibujos de Hugh Ferriss palpita en estas moradas monumentales e infaustas. El agregado cultural nos explicó que la que podíamos divisar desde el hotel había sido la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y que en ella se alojaron oficinas policiales encargadas de enturbiar el paraíso comunista. Tales metamorfosis urbanas, marcadas por improntas militares, habrían de transformar del todo la antigua apariencia femenina de Moscú. En Guerra y paz, Tolstoi dice que “cada ruso, viendo Moscú, siente que es una madre; pero cada extranjero, al contemplar la ciudad, sin conocer su significado de madre, percibe su carácter femenino”. La sombra de Stalin no solo era observable en esas construcciones grandiosamente masculinas –grandiosidad que remitía a la ampulosidad chapucera de esas otras arquitecturas de la Italia y la Alemania fascistas–, sino que respiraba aquí y allá en las conversaciones de las personas que encontré durante mis días moscovitas.

Transcurrida la conferencia sobre Mutis en la Universidad Lingüística de Moscú, tropecé con una circunstancia simpática. Un estudiante se levantó en el otro extremo de la sala magna y, trajeado con elegancia, formuló una pregunta. Pero antes me trató de “Su Excelencia”. En ninguno de los eventos adonde he ido a hablar de literatura me habían tratado de esta forma. Así que en la patria del comunismo, donde se buscó a través de un gigantesco despelote armado una igualdad social y económica, surgía un mancebo alto, rubio, hermoso –como uno de esos príncipes que surcan la obra de Tolstoi–, y le decía “Su Excelencia” a un profesor desconocido para preguntar cualquier cosa sobre literatura colombiana. Supongo que Mutis, admirador de zares, reyes y emperadores, se habría sentido feliz con aquel trato. A mí, inesperadamente, me sonrojó.

El almuerzo fue después, en un restaurante de comida caucasiana. En medio de las berenjenas, las nueces, las tortas de queso, el pescado y un vino magnífico, se perfiló de nuevo la figura de Stalin. La nostalgia por el dictador planeó entre los profesores hispanistas rusos que habían traducido, eso lo supimos después, a Federico García Lorca y a Pablo Neruda. Uno de ellos dijo, para justificar su ponderación, que cómo podía evaluarse, si no era a través del balance férvido, a un hombre que había recibido un país con un sistema de energía deplorable para llevarlo, en cuestión de pocos años, a ser la potencia nuclear del planeta. Y se nos precisó que los tiempos de Stalin habían sido los del esplendor, mientras que los de ahora eran los de la decadencia.

“¿Y Putin?”, inquirió el agregado desde su puesto en la mesa. Hubo revuelo por la pregunta. Uno había sido un hombre de una sola pieza, férreo, como correspondía a su época. El otro, un estratega sinuoso que intentaba recuperar la grandeza menoscabada de una nación. Con todo, era evidente que los comensales consideraban a Putin un continuador de aquellos políticos típicamente rusos. Además –y esto nos lo explicaría el agregado a la salida del restaurante–, la imagen nefasta del presidente en Colombia no tenía nada que ver con la realidad rusa. Putin se había formado como abogado en la universidad más prestigiosa de San Petersburgo. Dirigió, es verdad, ese otro centro de la inteligencia llamado KGB, pero eso en vez de macularlo en los dominios políticos lo había fortalecido.

Es de Perogrullo afirmar que la grandeza rusa ha estado cimentada en la pujanza militar. Del mismo modo, parece arduo entender la esencia del líder de estas tierras, desde Iván el Terrible hasta Putin, sin sus armas y sus soldados y sus estrategas castrenses. Por tal razón Tolstoi es, en cierta medida, el más ruso de los escritores. En su obra, particularmente en la que fue escrita antes de la crisis espiritual, durante la redacción final de Ana Karenina, aparecen esas coordenadas de milicia unidas al nacionalismo más acendrado. Coordenadas que, sin duda, han alimentado la visión geopolítica del Putin que reclamó la península de Crimea y controló con mano severa la resistencia de los chechenos. El supuesto Tolstoi de Putin, es decir, el que tiene que ver con la defensa de Sebastopol ante la arremetida de las tropas francesas e inglesas, y el que describe la guerra en Chechenia en su novela Hadji Murat, no es, sin embargo, el escritor que persigo. De hecho, no se trata del mismo que influenció a una generación de pensadores, políticos y artistas con su mensaje pacifista. Mi Tolstoi es el que está al otro lado de esa grandeza nacional sustentada por las armas. Y varias veces, al leer los ensayos de su vejez, me he preguntado: ¿qué pensaría este atormentado universal del armamento nuclear ruso de la actualidad? No dudo que se espantaría hasta el marasmo. Porque el Tolstoi que me atrae, además del maestro de los cuentos y las novelas breves, es el que dio un paso adelante para cuestionar el equívoco de la guerra y sus motores fundamentales –la nación, la religión, el servicio militar–, y proponer un credo basado en la resistencia no violenta al mal. Y de ese Tolstoi a Lenin, a Stalin y a Putin hay una distancia descomunal.

Ilustración de Pablo Bedoya.

Esto, sin embargo, no es del todo cierto. Porque hay puentes que se levantan entre lo que deseó Tolstoi a través de la emancipación de los campesinos y la adquisición de una fraterna justicia social, y lo que pretendieron los comunistas de su época. Tolstoi denunció los desmanes de la Iglesia ortodoxa, el poder de los terratenientes y al gobierno zarista. La propiedad privada y el Estado clasista y represivo le parecieron formas erradas de la convivencia social. Ante las injusticias provocadas por la burguesía y la aristocracia de su tiempo, propuso una reforma agraria dirigida por asociaciones de pequeños campesinos libres e iguales. Sabemos que el comunismo, y sobre todo el comunismo primitivo, tiene aspiraciones similares. Pero lo que habrían de efectuar Lenin y Stalin, y el resto de los grandes jefes comunistas del siglo XX, dista mucho de lo propuesto por Tolstoi. Por ello mismo, resultan polémicas las impresiones de Lenin sobre el escritor. Aquella frase suya según la cual Tolstoi es “el espejo de la Revolución rusa” tiene un matiz acomodaticio insoportable. Y esta impresión se agudiza más cuando se es consciente del poco interés que Lenin manifestó por la literatura. Ahora bien, es evidente que el principal enemigo de Tolstoi y Lenin era el Estado zarista. Pero la solución buscada por cada uno fue diferente. En primer lugar, aparece el asunto de la violencia revolucionaria. Los marxistas y leninistas han entendido siempre la guerra como un catalizador eficaz de los actos revolucionarios. Lenin creyó que la única manera de derrotar al Estado zarista era a través de una revolución armada que él y su ideología siempre habían justificado. Pero para Tolstoi esa violencia, como cualquier otra, era una fuente más del mal.

Al ver cómo se llevó a cabo la Revolución comunista y el número excesivo de muertes que ocasionó, Tolstoi hubiera dicho que la solución fue tan terrible como el problema resuelto. Y se habría escandalizado todavía más al comprobar que el proyecto social comunista se cimentó en un Estado patológicamente policivo. Lo de Tolstoi consistió, recordémoslo, en una apasionada búsqueda del amor y la paz. Creía que eran las únicas fuerzas transformadoras y benevolentes de la sociedad. De ahí que su actitud esté en la antípoda respecto a la del comunista convencido de la violencia como método de lucha y victoria. No se olvide que, por otra parte, en su ensayo El reino de Dios está en vosotros, Tolstoi dirige su ataque a las sociedades europeas de entonces, cuyo modus operandi estaba anclado en la práctica sistemática de la guerra. Pero como el paisaje nacionalista guerrero sigue imperando en la geopolítica del siglo XXI, este ensayo es de una vigencia irrebatible. Leído hoy comprendemos, como afirma W. B. Gallie, que Tolstoi en verdad ataca todos los militarismos burocráticos y estatales.

En cualquier caso –digo esto cuando el agregado de la embajada nos lleva al hotel–, el pensamiento social de Tolstoi no es, a pesar de los atisbos del visionario religioso que incomoda a muchos lectores de su obra narrativa, una antigualla. Tolstoi sigue siendo, con Thoreau y Gandhi, uno de los promotores fundamentales de la desobediencia civil. Con él se han fortalecido –ante el panorama consumista, idiotizado y enfermo de las sociedades capitalistas de hogaño– las aldeas ecológicas, vegetarianas, autosostenibles y antinacionalistas que se diseminan aquí y allá. Y con respecto a la relación con los líderes comunistas del siglo XX, Tolstoi señala un camino encomiable de perfectibilidad, mientras que aquellos envilecieron, ensangrentándolo cada uno a su modo, el breve paso del hombre sobre la Tierra.

La “grandeza” rusa, sin duda, es un fenómeno complejo. Por una parte, hay una peculiar grandeza presente en su literatura, desde Pushkin hasta Solyenitzin. En el Dostoievski del Diario de un escritor, por ejemplo, está vinculada a la condición eslava y al ejercicio de un cristianismo que no desdeña la experiencia de la culpa. Solo Rusia, explica Dostoievski, ha sido designada por Dios para que se hunda en el fangal de la historia, beba la hiel de los padecimientos y acceda a su redención final. Las peripecias de Raskolnikov, en Crimen y castigo, actúan como un reflejo de ese rumbo tortuoso. De allí el papel que Rusia ocupa en la salvación del hombre y del mundo. Como si Jesucristo se hubiera encarnado en las vidas de esos seres anómalos –empleadillos, estudiantes, prostitutas– que desfilan en la obra de Dostoievski. Tolstoi, por su lado, no se aleja de esta órbita. Él creía que cuestionando las instituciones oficiales propiciadoras de la violencia, y siguiendo los preceptos de los Evangelios y las enseñanzas de Confucio y Lao Tsé, Rusia, y con ella la humanidad entera, superaría el mal que la sustenta y la rodea. Ambos escritores vieron en la figura de Cristo la solución a todas las crisis. Crisis –y Tolstoi más que nadie las entendió así– debidas a la institucionalización perniciosa que las iglesias han hecho del mensaje de Jesús, y a su vínculo con la conformación de los Estados-nación militaristas. Es aquí, entre otras cosas, donde se enlazan estos dos gigantes de la literatura. Dostoievski, diciéndonos que se debe atravesar el campo minado por el mal que significa toda vida, para recibir el perdón que ofrece Cristo. Un perdón y un amor que, al leer las peripecias de Dostoievski y las de sus propios personajes, poseen un costo anímico tremendo. Y Tolstoi, mostrando una dirección igualmente extrema. Extremismo que se manifiesta al romperse con todas las instancias del poder político, militar y religioso para lograr una salvación terrena como antesala de la salvación eterna. Ambos creyendo, como dice el hombrecillo elemental de Guerra y paz, Platón Karataiev, que los hombres “no se deben regir por la razón, sino simplemente por la voluntad de Dios”.

Hay otro punto sugestivo en la vida y obra de Tolstoi. Se trata de la conflictiva relación del artista con el moralista. Para algunos, entre ellos Vladimir Nabokov, este abrazo es el gran distintivo del conde. Pero Nabokov dice que se trata de “la misma voz lenta y profunda”, del “mismo hombro robusto” capaz de levantar “una nube de visiones o un fardo de ideas”. Este vaivén entre el hallazgo de esencia estética y la pesada elucubración moralista quizás se deba a que Tolstoi conjuntó en su persona un apetito sensual desbordado y una conciencia moral aguda. Es decir, fue un hombre que apuró su tiempo entre una exorbitante ansia de vida y el más profundo horror corporal hacia la muerte. Hay quienes piensan que en literatura debe primar lo artístico sobre lo moral. Y ahí están Flaubert, que se aburría insondablemente ante las reflexiones paquidérmicas de Guerra y paz, y Nabokov, quien dice que, desde el punto de vista estético, Tolstoi cometió un gran error al introducir parrafadas tediosas sobre los problemas agrarios en Ana Karenina. Hay otros, sin embargo, que buscan con gran interés, no solo en los cuentos y novelas, sino en la lectura de los diarios y sus últimos ensayos, la parte moral por considerarla de trascendental importancia. Tolstoi, desde muy joven, fue consciente de lo necesaria que es una literatura moral. Pensaba que escribir sin considerar estos rasgos era hacer algo decadente e insustancial. Con el paso de los años, sus impresiones al respecto se tornaron radicales. A tal punto que entre la belleza y el bien terminó inclinándose por lo segundo. Aquel arte que solo buscaba la belleza le parecía sensual, vicioso y favorable al diletantismo egoísta. Son bastante conocidos, además de desafortunados, sus conceptos negativos sobre el arte de Shakespeare y Beethoven. La sonata a Kreutzer, en este sentido, no solo es un estudio impresionante de los celos que el Shakespeare de Otelo habría aplaudido, sino un ataque feroz a la capacidad subyugadora, y por lo tanto alienante, de la música beethoveniana. Thomas Mann, sin embargo, resolvió tales desatinos al explicar que en Tolstoi el hombre siempre había sido más grande que el artista y más poderoso que el pensador.

Las paradojas del conde podrían llenar un libro entero. Una de las más notables tiene que ver con esa lujuria suya que no desfallecía y su deseo igualmente inextinguible de ascetismo. Los diarios lo reflejan con claridad meridiana. Comienzan en marzo de 1847, con la referencia a una gonorrea, y terminan en octubre de 1910, con un propósito de no pecar y de no albergar maldad en su corazón. Ahora bien, ni en los peores momentos de sus angustias incesantes Tolstoi fue ateo. Al contrario, el mundo de los hombres sin Dios le era no solo imposible, sino aberrante. Pero sus escritos supieron poner en tela de juicio toda religión institucionalizada. Creó una, aunque jamás dirigió su comunidad, en la que, valga la pena precisarlo, hubo tolstoístas más radicales que él mismo. Tolstoi fue a la guerra y recibió condecoraciones por su arrojo, pero fustigó el militarismo hasta el punto de reclamar la abolición del servicio militar obligatorio por considerarlo un atropello a la dignidad humana. Amó a su mujer, aunque también la despreció. Ella satisfizo aquella garosidad sexual de fauno y le dio numerosos hijos, pero Tolstoi veía en su esposa a la más peligrosa representante de la concupiscencia y a una emisaria nociva de la propiedad privada.

***

Fueron la rusa esbelta y su madre quienes nos sirvieron, a mí y a mi colega colombiana, de guías en el viaje a Yasnaia Poliana. Un domingo de septiembre en que hacía una mañana espléndida partimos de Moscú. Los doscientos kilómetros los haríamos, primero, en metro hasta las afueras de la capital y, luego, en colectivo hacia Tula. De allí tomaríamos un bus que nos conduciría a la casa natal de Tolstoi. Días antes habíamos recorrido la Plaza Roja. Visitamos el suntuoso conjunto de las catedrales de San Basilio y Kazán. Divisamos el imponente Kremlin y pasamos de largo por el sitio donde Lenin sigue momificado. Yo quise que recorriéramos la calle Arbat y que fuéramos a la casa de Gogol. Pero la chica nos propuso ver la Tumba del Soldado Desconocido, monumento a la Gran Guerra Patria. Aceptamos y pude presenciar una de las formas de ese patriotismo ruso que aún persiste entre las nuevas generaciones. Debo reconocer que siempre me han conmovido los monumentos levantados en honor de las hecatombes humanas. Pero la mía es una conmoción que se nutre del rechazo. Aquel monumento es impresionante. Ubicado detrás de los muros del Kremlin, está compuesto por varios bloques de pórfido rojo donde hay tierra proveniente de Leningrado, Kiev, Odesa, Sebastopol, Minsk, Kerch y Tula. Una llama “eternamente” prendida, custodiada por guardias de honor, recuerda el precio de la victoria soviética ante el enemigo nazi: veinte millones de personas, en su mayoría jóvenes soldados. En la lápida principal está escrito: “Tu nombre es desconocido, tu hazaña es inmortal”. La muchacha, mientras nos iba traduciendo las palabras de esas placas, matizaba el recorrido recordándonos que habían ganado esa guerra y que, de no ser por ellos, los fascismos europeos se hubieran desparramado por el mundo como una peste. Nuestra guía aprovechaba entonces para manifestarnos una vez más su altivez rusa. Antes, durante uno de nuestros recorridos por Moscú, en el taxi en el que íbamos hacia la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos, había tenido lugar un diálogo entre ella y el conductor en torno a la invasión de Crimea. Putin la había ordenado recientemente y la conclusión de ese palique, que se nos iba traduciendo, fue clara: Crimea había sido siempre rusa, y Ucrania, al pedirle ayuda a la Unión Europea y a Estados Unidos para que intervinieran en una pelea desigual, había cometido un acto de traición. En fin, yo escuchaba esas continuas declaraciones de la jactancia nacionalista con un poco de perplejidad, pero jamás con devoción. No ignoro, por supuesto, que fue gracias al sacrificio del pueblo soviético, dirigido por Stalin, que Hitler fue derrotado. Más de un siglo antes, el pueblo ruso demostró una resistencia similar con la invasión napoleónica que, de modo inolvidable, Tolstoi recrea en las últimas páginas de Guerra y paz. Pero esto no me impide juzgar esos y los otros gigantescos vertederos de sangre, cometidos por los bandos militares, como algo siniestro y vil.

No recuerdo la estación de tren a la que llegamos, cerca del hotel, pero desde que me senté en el vagón fui sumergido en una suerte de túnel. Era uno de esos trances anómalos que me asaltan con frecuencia en los espacios cerrados. El tren estaba lleno ese domingo y el ruido que hacía era ensordecedor. Sentí con agobio que viajaba hacia el final de una pesadilla. Supuse que estaría encerrado por siempre en un lugar donde no comprendía nada. En efecto, todos los avisos estaban en ruso y la poca gente que hablaba lo hacía como con señas. Entonces recordé uno de los momentos más estremecedores de La muerte de Iván Ilich. Aquel en que empieza el grito final del enfermo, que durará tres días. Se me puso la carne de gallina al imaginar que nuestro tramo emprendido en el metro de Moscú iba a durar el mismo tiempo. El corazón se me engarrotó y me dio un conato de asfixia. Busqué a mi amiga profesora como para pedir ayuda. Pero ella estaba sentada lejos, al lado de nuestra guía y su madre. Como para sacarle el cuerpo a la desazón, me acordé de la forma en que a Iván Ilich lo hunden en un agujero. El narrador del relato compara la sensación de Ilich con los vaivenes de un vagón de tren. Pero el de Tolstoi no andaba debajo de la tierra y este en que íbamos se me presentó como una metáfora del extravío. “¿Hacia dónde vamos?”, me pregunté. Sí, sabía que nuestro destino era Yasnaia Poliana, pero esto no desalojaba la posibilidad de que nos dirigiéramos hacia el núcleo de una circunstancia temible. La verdad, en todo caso, es que al bajar, casi una hora más tarde, en la estación donde tomaríamos el colectivo, yo estaba empapado de sudor. Salí y divisé el firmamento espléndido del otoño. Iván Ilich, horas antes de fallecer, también columbra una luz. Teníamos encima un cielo despojado de nubes, de un azul rotundo, y dije para mí las palabras con las que Tolstoi cierra el que acaso sea su relato más memorable: “En vez de la muerte hay luz”.

 Subimos al colectivo. Me acomodé al lado de una ventanilla, en la parte delantera del coche, y mis acompañantes en la parte de atrás. Ellas se veían radiantes y la madre y la hija tarareaban una canción rusa que sonaba en el radio del auto, cuya letra le iban traduciendo a la profesora. Algo pasaba porque nos detuvimos en la carretera. Durante casi una hora avanzamos con lentitud. El motivo del retraso por fin se nos develó. Pasamos al lado de una gigantesca tractomula que llevaba algo también enorme. Traté de descifrar en vano la máquina remolcada. Parecía una grúa. Semejaba un tractor. Uno de sus flancos recordaba un taladro. En otro más se delineaba un modelo arcaico de reactor nuclear. Su coloración era la del óxido y la vetustez lo hacía ver como una criatura tan cansada como inútil. “¿Para qué había sido diseñado?”, me pregunté. ¿Para herir la tierra? ¿Para infamar el cielo? ¿Para enturbiar el agua? ¿Para castigar a los disidentes? ¿Para fusionar un átomo sagrado caído en la calculada experimentación de los hombres de ciencia? Pero algo importante debía tener porque, en vez de haberla dejado tirada en un cementerio de objetos inservibles, esta cosa inmensa y corroída estaba montada en un camión moderno. Y a este, a su vez, lo vigilaban decenas de hombres uniformados. Cerca de ellos, otro grupo de agentes de tránsito hacía lo posible para que el embotellamiento no desembocara en el caos.

Una máquina de este tipo surge en “Cocora”, un poema en prosa de Álvaro Mutis. Distinta a la que nos habíamos topado en el camino a Yasnaia Poliana, la de este texto es abandonada en lo más profundo de una mina. El que narra es Maqroll el Gaviero, quien ha dejado el mar para internarse en las montañas andinas. Tanto la mina, donde no hay ningún tesoro, como la máquina, que no se sabe para qué sirve, actúan como una metáfora certera de la unión entre ciencia y tecnología. Maqroll le da vueltas y vueltas a esa construcción calamitosa hasta concluir que es como “una representación absoluta de la nada”.

En Tula comimos algo frente a la catedral de Uspenski. Hablamos con la madre de nuestra guía del paso del comunismo al capitalismo. La mujer era una de las tantas rusas que vivieron con la plena confianza de que, más allá del edén comunista, existían comarcas desdichadas que transcurrían en medio de la mentira del consumo y la publicidad. Durante años fue maestra de escuela, y su vida y la de sus hijos pasaron sin mayores tropiezos. Pero, sorpresivamente, todo ese orden de cosas, en el que nunca hubo comodidad excesiva y sí un bienestar amable, se derrumbó. Entonces empezaron las dificultades para conseguir sustento. Numerosos menesteres y la inmersión desesperada en la economía del rebusque, porque las ayudas estatales se desvanecieron con rapidez. Escuchando a esa mujer fornida y de mirada resignada, de ojos azules y espesa cabellera, recordé una caricatura de El Roto que muestra a un grupo de mujeres del este vendiendo las insignias militares de la guerra fría en un mercado callejero. Una de ellas le dice a la otra, ante la fila de los turistas compradores: “Durante más de setenta años no pudimos entender muy bien lo que era el comunismo. Nos han bastado unas horas, sentadas aquí, para saber lo que es el capitalismo”.

Más tarde subimos a la buseta. Nos tocó de pie porque estaba, como el tren de Moscú, atestada. Una música sonaba estridente. Se mezclaban baladas gringas, canciones rusas, melodías de otras partes del mundo. Cuando íbamos llegando a nuestra parada, la voz de Shakira inundó el ámbito. La profesora me sonrió. A mí me llegó una impresión incómoda. Mi peregrinación a Yasnaia Poliana asumía, inesperadamente, un matiz banal. Yo iba tras el rastro de un hombre que había sido como un faro cristiano de la anarquía. Alguien que, como dijo Briusov, aunó en su figura la fama de Voltaire, la popularidad de Rousseau y la autoridad de Goethe. Alguien a quien Gorki 

comparó con “un dios ruso sentado en el trono de arce debajo del tilo dorado”. Y he aquí que unos sonidos me situaban en una época donde lo que predomina es la algarabía y la fatuidad.

Pronto descendimos. Caminamos unos metros y entramos de lleno en el mundo natural de Tolstoi. El matiz ocre de los árboles, quemados por el frío que iniciaba, los prados de un verde fulgente y los fluidos del agua que iban y venían por el campo, me llenaron de exaltación. Pasamos por una gran escuela que funciona allí, continuación estatal de la que había fundado Tolstoi para implementar su propia pedagogía basada en el ejercicio de la libertad y el respeto a los niños. Y llegamos a la entrada de Yasnaia Poliana. Había tiendas de suvenires, restaurantes, buses y coches estacionados. No tardé en darme cuenta de que ese lugar, que fue para su propietario la mayor delicia en medio de una Rusia injusta y detestable, ahora era parte de una industria turística formidable. Concluí con ironía que nunca se sabe para quién trabajamos. Grupos de personas deambulaban por todas partes. Unos iban con guías, otros caminaban a su aire. En ciertos lugares, en las proximidades del riachuelo que pasa por allí, parejas de recién casados, con sus atavíos matrimoniales, posaban para los fotógrafos de ocasión. Había algunos más que trotaban por las sendas rodeadas de arbustos. Esas plantas seguían siendo, tal vez, las mismas que el joven Tolstoi, acosado por su lascivia sin pausa, buscaba para tumbarse con alguna campesina deseada.

Mientras pensaba en esa tríada de vicios que abrumó a Tolstoi durante tanto tiempo –la lujuria, la vanidad, el juego–, entramos a la casa principal. Decían las consignas que el orden de los muebles y demás objetos era el mismo dejado por el anciano esa fría madrugada de octubre de 1910 cuando, por fin, abandonó sus tierras y su familia. ¿Durante cuántos años había anhelado esa partida? Si nos atenemos a los diarios, la desazón de querer irse y no poder hacerlo abarcó más de treinta años. Había que ponerse unas bolsas especiales en los pies para no estropear con nuestras suelas forasteras el santuario del escritor. Pero, desde que dimos los primeros pasos, percibí que este altar de la literatura era compartido. Es más, me pareció que Sofía Andréievna Behrs, aquella esposa servicial y a la vez aborrecible, seguía siendo la dueña verdadera de estos aposentos. Su presencia planeaba ampliamente en cada rincón. Y si era verdad que la organización doméstica aún prevalecía, esta armonía, este equilibrio, este universo íntimo que marcó las alegrías y desgracias de una familia, se debía enteramente a la mano de la señora Tolstoi.

Las fotografías o dibujos la mostraban a ella y a sus hijos, a ella y a su esposo, a ella y a sus amigos más cercanos. Los muebles y los pianos, las plumas y los tinteros, los floreros y los medallones conservaban su impronta indeleble. Incluso allí donde el patriarca se había retirado para escribir, tejer sus ropas de mujik y prodigarse el sosiego raras veces hallado, flotaba el eco pujante de Sonia, que era como su esposo la llamaba. Ella sabía entonces por lo que luchaba cuando a Tolstoi se le ocurrió pensar, decir y escribir que todo ese entorno, con ella en el centro, era la causa de muchas de sus angustias. Sofía, que fue motivo de la alegría amorosa durante los primeros años de matrimonio, después habría de convertirse en la personificación de la ambición material y del deseo sexual irrefrenable. Pero fue ella tal vez su gran amigo durante los cincuenta años compartidos. Y durante ese tiempo se encargó de la protección de sus hijos y de las familias de ellos. Trató, por todos los medios, de que nada peligroso –desde los rumores malsanos hasta las sublevaciones incendiarias– perturbara a su esposo para escribir. Fue ella quien logró que Tolstoi tramara, con la calma requerida, sus dos novelas cimeras. Fue ella quien lo llamó siempre al orden para decirle que lo suyo era la creatividad del artista, y no los delirios del profeta ni los sacrificios del santo. Pocas mujeres como Sofía tan conscientes de lo emocionante y espantoso que es vivir con un genio. Esa especie de desierto, al decir de Gorki, donde el sol lo calcina todo, un sol a punto de extinguirse y que es amenazado por una noche oscura e interminable. Abnegada, Sofía copió siete veces el mamotreto de Guerra y paz. Vigilante, estuvo al tanto de las ediciones de sus obras y los derechos de un autor que se leía en todos los rincones del planeta. Y protegió a Tolstoi, con su humor áspero y sus reservas insoportables, de toda esa plaga de parásitos que lo asediaron cuando la celebridad llegó. Por estas razones, y por muchas otras que pertenecen al ámbito de los intríngulis familiares, resulta limitado y mezquino imaginar a Tolstoi sin su esposa. Junto al escritorio del hombre, tanto en la casa de Yasnaia Poliana como en la de Moscú, están la mesita y la silla donde Sofía se sentaba atenta a las solicitudes caudalosas de su hombre.

¿A quién darle la razón?, me pregunté cuando vi una de esas fotografías en las que la numerosa familia Tolstoi posa con sus trajes de aldeanos nobles. En esta peleadera permanente, unos hijos estaban con la madre histérica y otros con el padre acongojado. Lo cierto es que estar allí, en medio de un conflicto familiar que no esquivaba ni lo moral, ni lo económico, ni lo literario, debió ser una desgracia. Desgracia que se soporta leyendo los diarios y los testimonios de los familiares y allegados, pero que nunca quisiéramos padecer en carne propia. Un trazo de injusticia se atraviesa, empero, cuando conocemos el destino final de esta pareja que se amó con tanta intensidad. Tolstoi está muriéndose de neumonía en la estación de Astapovo, y él y los hijos que lo consienten impiden que Sofía Andréievna entre al sitio donde alojan al enfermo y pronuncie su último adiós.

Al salir de la casa me separé de mis acompañantes para dirigirme a la tumba. Busqué unos minutos de recogimiento e imaginé la huida definitiva de Lev Nikoláievich. El frío de la madrugada. Los pasos del viejo padre y su hija cómplice. La manera dulce en que ella lo abriga para que soporte los vientos helados. La mirada azul penetrante y de cejas enmarañadas que él lanza a los objetos perfilados en las sombras. El corazón que a ambos se les quiere salir del pecho. Tolstoi no sabía muy bien hacia dónde iba. Quizás buscaba el sosiego con desesperación. Yo, lo confieso, también escribí, como otros, un poema juvenil que quise incluir en mi libro Viajeros y no lo hice. Allí pregunto al maestro: “¿De qué sirve escapar en la madrugada para intentar de nuevo la libertad, la vida, el ser?”. Stefan Zweig comenta que no existe ningún mausoleo que despierte en quien lo visita lo humano con tanta fuerza como ese promontorio silencioso y humilde donde está enterrado Tolstoi. En medio del bosque, entre los árboles que él amó –las encinas, los álamos, los tilos, los abedules–, está el lugar escogido. Por petición suya, no hay nada escrito en la tumba. Ni siquiera rastro alguno que recuerde lo fúnebre. Tolstoi, que tanto escribió, comprendía que no había mejor compañía que el viento y la lluvia, que las voces de los pájaros y los insectos. Al lado de ellos, la palabra escrita le parecía inútil. ?

 

El Retiro, enero de 2018

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Pablo Montoya

(barrancabermeja, 1963). Escritor y filósofo con estudios de música. Ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2015 y del Premio José María Arguedas de Casa de las Américas en 2017 por su novela Tríptico de la infamia. En 2016 recibió, además, el Premio José Donoso como reconocimiento al conjunto de su obra.

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