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El Malpensante

Crónica

Galarza el primer silenciado

De acuerdo con la Fundación para la Libertad de Prensa, el crimen cometido en abril de 2018 contra tres ecuatorianos en el departamento de Nariño eleva a 158 el número de periodistas asesinados en Colombia desde 1977. No existen estadísticas de fechas anteriores. Esta es la historia del primer periodista muerto, cuyo homicidio ocurrió hace 80 años.

 

El teniente Jesús María Cortés abraza a Gaitán tras el juicio por la muerte de Galarza, el 8 de abril de 1948.

Ilustración basada en la foto tomada por Luis Alberto Gaitán, "Lunga", ilustración de David Navia.

El 10 de octubre de 1938, La Voz de Caldas, uno de los diarios que circulaba en ese entonces en Manizales, publicó una nota sin firma en la que denunciaba maltratos contra los soldados del Batallón Ayacucho: “Caso concreto fue el sucedido la semana pasada cuando el oficial señor Jesús María Cortés dio una bofetada al soldado señor Roberto Restrepo y luego lanzándolo [sic] del primer piso del cuartel al patio. El soldado sufrió golpes de consideración”.

Esa noticia desató la ira del teniente Cortés, quien al parecer no era lector habitual de prensa porque no se percató de lo publicado sino hasta dos días después. El 12 de octubre envió un soldado al periódico, en el centro de Manizales, para que le comprara un ejemplar de esa edición. Lo atendió a las 2:00 de la tarde Gonzalo Jaramillo Jaramillo, jefe de redacción y autor de la nota, que aprovechó el encuentro para reconfirmar la noticia que había publicado:

–Sí, como no, yo presencié el asunto, el soldado cayó al piso.

La edición especial de La Voz de Caldas de Caldas que circuló el día siguiente reconstruyó en detalle lo ocurrido esa tarde. Una síntesis de esos diálogos permiten imaginar la escena de lo que pasó. De acuerdo con el periódico, una hora después llegó al periódico el teniente Jesús María Cortés preguntando:

–¿Quién es el responsable de este suelto, este que está aquí, en que me hacen unos cargos a mí? –tenía el periódico en la mano–. ¿Quién es el que responde por esto?

El jefe de redacción lo invitó a sentarse y conversar, pero Cortés le dijo:

–Quiero arreglar personalmente este asunto. Vea aquí mi revólver, saque el suyo –y sacó efectivamente una pistola negra.

Jaramillo le dijo que no aceptaba duelos y en medio de ese ambiente tenso llegó al periódico el fundador y director del diario, Eudoro Galarza Ossa. Pudo no ir esa tarde, o llegar unos minutos después cuando Cortés ya se hubiera ido, pero llegó puntual a la cita que el azar había previsto para él.

Galarza saludó amablemente al teniente, y este insistió en preguntar por el responsable del texto. El periodista invitó al militar a su oficina y leyó en voz alta la nota. Al finalizar los tres párrafos le preguntó:

–¿Es cierto, teniente?

Cortés respondió:

–Sí, pero yo no quiero eso, eso hay que rectificarlo.

Galarza le dijo:

–Teniente, aquí está la máquina y el papel para que usted lo haga. O mándeme una carta sobre el particular, yo la publico con mucho gusto.

Luego le tendió su mano para despedirse de él, pero en ese momento Cortés sacó su arma y dijo:

–Esto lo vamos a arreglar ya –y disparó su pistola en tres ocasiones.

Galarza no tenía arma, estaba descuidado. El primer disparo no hizo blanco; Galarza trató de defenderse, pero el segundo disparo impactó en su garganta y el tercero alcanzó su clavícula izquierda.

El periodista fue llevado inconsciente a la Clínica Restrepo, aledaña al periódico. A las 6:00 de la tarde los médicos confirmaron que su estado empeoraba y anunciaron una cirugía que luego suspendieron precisamente por la gravedad del paciente, quien falleció a las 10:15 de la noche “en medio de la consternación general”, según informó el diario La Patria al día siguiente, en una edición que mezcla los obituarios con la información sobre toque de queda por la crisis que desató el crimen.

***

La primera vez que escuché hablar sobre Eudoro Galarza Ossa fue en marzo de 1998. Yo trabajaba como corresponsal de El Espectador en Manizales y el periódico estaba preparando una edición especial por los 50 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. El editor Jorge Cardona Alzate me pidió buscar a alguien que hablara de Eudoro Galarza, el primer periodista asesinado en Colombia. Yo estudié primaria y bachillerato en Manizales y estaba recién graduada en comunicación social y periodismo, pero jamás había oído ese nombre. En mi ciudad no hay un busto, un parque, una calle o una placa que recuerde a Galarza y en la universidad nunca lo mencionaron. Entonces, ingenuamente pregunté:

–¿Y qué tiene que ver Galarza con Gaitán?

Cardona, con su perenne vocación de pedagogo, me explicó:

–Gaitán sacó libre al asesino de Galarza la noche anterior al Bogotazo.

Empecé la búsqueda como se hacía antes de que WhatsApp, Facebook y Google vinieran a facilitarles la vida a los reporteros: cogí el directorio telefónico y empecé a marcar uno por uno, y por orden alfabético, los teléfonos de los pocos Galarza que aparecían. La cuarta llamada fue la vencida:

–Yo soy su hijo –me anunció la voz al otro lado de la línea.

Si el muerto hubiese sido Jaramillo, Mejía, Arango o Restrepo, la búsqueda quizás habría tardado días.

Eudoro Galarza Ossa en la primera plana de la edición 3.000 de La Voz de Caldas, publicada el sábado 10 de abril de 1937.

 

Elí Galarza Jiménez me citó en su oficina de abogado, en el edificio Plaza Centro. Tenía un crucifijo grande en la pared y un cuadro con la imagen de su padre. Era el menor de tres hermanos. Su papá se casó en 1919 con Magdalena Jiménez y al poco tiempo nacieron sus hermanas: Nora, que trabajó en La Voz de Caldas al lado de su padre y murió años después en Bogotá, y Lucía, la segunda, que también se radicó en Bogotá. Solo Elí se quedó en Manizales, en donde ejerció como abogado y, al igual que su padre, fue dirigente del Partido Conservador en Caldas.

Tiberio Galarza Ossa, hermano de Eudoro, trabajó en La Voz de Caldas principalmente como fotógrafo. A él se le deben algunas de las imágenes más valiosas de la arquitectura republicana del centro de Manizales de comienzos del siglo XX. Pero la muerte de Eudoro clausuró para la familia los escarceos periodísticos. El diario, fundado el 17 de enero de 1926, tan solo sobrevivió seis meses a la muerte de su director y dejó de circular el 2 de mayo de 1939, luego de trece años y 3.624 ediciones. Ninguno de los hijos o nietos de Galarza se dedicó al periodismo, y el archivo de La Voz de Caldas permaneció guardado durante décadas en la casa de su hijo Elí, hasta que finalmente lo donó al Banco de la República en 1995, al cumplirse un siglo del nacimiento de su papá.

En el diálogo que sostuvimos, Elí recordó que el proceso judicial por el homicidio de su padre empezó en Manizales y que, para representarlos, su familia contrató al abogado Mario García Herreros. Luego el caso fue trasladado a Bogotá por falta de garantías, dado que el procesado era un militar. En la capital, la defensa del teniente fue asumida por Gaitán, “un demagogo que consiguió convencer a los jueces con la fuerza de la oratoria más que con argumentos jurídicos”, en palabras de Elí. Su testimonio salió así en el especial de El Espectador sobre los 50 años del Bogotazo, acompañado de la última foto que se conoce de Gaitán antes de morir: una imagen en la que el teniente Cortés abraza al líder liberal y este sonríe o hace una mueca difícil de discernir. Por supuesto no faltaron los reclamos de los lectores gaitanistas.

***

No es gratuito que en la nota publicada por La Voz de Caldas, al día siguiente de la muerte de Galarza, se diga que el periodista “no tenía arma, estaba descuidado”. Aunque parezca extraño hoy, lo usual en esa época era andar armado, como lo retrata bien Alonso Aristizábal en su novela Una y muchas guerras, que narra la violencia partidista de los años treinta en Caldas, anterior a lo que se conoce como la Violencia.

La novela de Aristizábal comienza con un hecho histórico: el 18 de junio de 1935, en pleno centro de Manizales, a la vista de numerosas personas, el coronel liberal Carlos Barrera Uribe le disparó en repetidas ocasiones y golpeó con su arma al excontralor y columnista Clímaco Villegas, que falleció 93 días después. Durante su ejercicio como contralor, Villegas había denunciado irregularidades cometidas por el coronel Barrera en Armenia. En Una y muchas guerras, Aristizábal recuerda que Gaitán asumió la defensa de Barrera cuando el caso fue trasladado a Bogotá. El juez Bernardo Arias Trujillo impartió cuatro órdenes de arresto que la policía, al mando del coronel Barrera, se negó a cumplir. En consecuencia, el 18 de diciembre de 1936, Arias Trujillo, quien ya era reconocido en el medio por la reciente publicación de su novela Risaralda, presentó renuncia a su cargo ante el Tribunal Superior de Caldas. Pero tras la presión de los conservadores, Barrera finalmente fue detenido en 1940 y permaneció quince meses bajo arresto.

En su novela, Alonso Aristizábal destaca que Jorge Eliécer Gaitán, el mismo abogado del coronel Carlos Barrera, asumió luego la defensa del teniente Jesús María Cortés, y deja ver una línea de estrecha relación entre el Partido Liberal y las fuerzas militares de la época.

Al parecer, los hechos violentos protagonizados por militares eran frecuentes en esos años, así como sus relaciones hostiles con la prensa: tan solo una semana antes del crimen de Galarza, el 7 de octubre de 1938, ocurrió en Bogotá un atentado contra el jefe de redacción de El Espectador, el huilense Alberto Galindo, quien fue atacado con sable y garrote por dos oficiales del Ejército en estado de embriaguez. El ataque casi le cuesta la vida al periodista. Así mismo, la edición de La Patria que registró la muerte de Galarza trae otra nota menor bajo el título de “Un incidente”, en donde se relata que el periodista Hugo Jaramillo, conocido como “Harry”, director del radioperiódico Pregones de Manizales, buscó al capitán del Ejército, Gerardo Varona, para obtener una reacción sobre el atentado contra el director de La Voz de Caldas, y aquel le respondió:

–Yo no me desacredito hablando con un periodista como usted.

Pero no solo los militares agredían a los periodistas. El mismo Eudoro Galarza, en la autobiografía que publicó en La Voz de Caldas cuando cumplió 40 años, narró un incidente que pudo resultar mortal:

Dirigía El Diario y hablé una vez de lo poco que los obreros se preocupaban por estudiar e ilustrarse, anotando que su única preocupación era vestirse muy bien, lustrarse los botines y usar flamantes corbatas. La indignación que esto les produjo fue espantosa, protestaron en carteles y organizaron una manifestación que se iniciaba desde la Plaza de Bolívar, con un discurso del poeta Gilberto Agudelo. Se presentó en la oficina un gran tumulto de obreros y arrojaron las primeras piedras que cayeron sobre mi escritorio. El inspector de Policía don Jesús Correa Uribe ordenó cerrar. En esa empresa se ocuparon algunos de los que conmigo estaban, la pedrea y la vociferación continuaban en la calle. De pronto mi amigo Vicente Rivas dice: “Se tomaron la dirección”, me entregó un revólver, pues yo no tenía arma de ninguna clase, y me vine del interior hacia la oficina mencionada. Cuando llegué efectivamente se abría la puerta y un obrero con cuchillo en la mano fue a entrar primero que la multitud. Tendí el revólver y dije: “Al primer... (tuve un recuerdo no grato para las respectivas y virtuosas madres) que dé un paso adelante lo mato”. El obrero retrocedió, la multitud también y se abrió en dos alas la gente. La puerta volvió a cerrarse, examiné el revólver después de este suceso y no tenía ni un proyectil. La pedrea que empezó a las seis terminó a las nueve por consunción, pues llovió a torrentes y la gente fue poco a poco disolviéndose.

Luego de la asonada se acostumbró a vivir armado y años después, cuando ya era director de La Voz de Caldas, sufrió otro atentado del que salió ileso por puro albur. Galarza era un reconocido miembro del Partido Conservador, había sido concejal y suplente para la Cámara de Representantes y la Contraloría del departamento. Aunque su periódico era tan godo como él, en sus páginas había espacio para denuncias de todo tipo, incluyendo las que involucraban a sus copartidarios. Galarza, que gracias a sus contactos políticos vivía muy bien informado, denunció manejos inadecuados en la Tesorería Municipal, a cargo del conservador Eduardo Londoño Villegas...

Repartidores y vendedores frente al edificio de La Voz de Caldas (1937)

...quien me envió una carta tremenda exigiéndome la rectificación o amenazándome en caso contrario con unos latigazos, con plazo para todo de 24 horas. Le contesté negándome a la rectificación y lo llamé por teléfono para preguntarle si había recibido la respuesta. Me contestó que sí, pero me hizo la observación de que tenía yo 24 horas de término. “Renuncio a los términos”, le contesté. Vino a buscarme y me invitó a que fuéramos a un solitario lugar. En la esquina del Palacio Episcopal paramos. “Este es el punto”, me dijo. “Me parece muy bueno”, le contesté. “¿Está usted armado?”. “Claro, me hubiera apenado venir a un lance de esta clase sin una aguja”. Retrocedí siete pasos, saqué el revólver, sacó su pistola y me dijo: “Dispare usted primero, don Eudoro”. “No señor”, le dije yo, “vamos a dispararnos a la voz de tres y yo cuento... una... dos... tres”. Yo vacié todos mis tiros, con buena fortuna para don Eduardo, pues solo apareció con un resbalón de proyectil en el lado izquierdo de la frente y con perforación de un sobretodo grueso que llevó a este singular duelo. Yo me escapé porque, a Dios gracias, la pistola, una bella pistola de caballería, se le enmascaró, según dijo, y no dio el fuego necesario para haberme expedido pasaporte para la otra vida.

Los duelos de Galarza no solo eran armados. De hecho, su vida entera fue un lance constante contra la adversidad, que le dio la valentía necesaria para convertirse en una voz independiente y fuerte en su medio.

Nació el 4 de abril de 1895 en Caramanta, Antioquia, y fue el mayor de cinco hijos. Su padre, Eladio Galarza, fue su primer maestro “y si tengo grandes las orejas, fue de tanto que me las haló por lo bruto que yo le parecía”. Cuando tenía diez años su familia se mudó a Manizales y a los quince lo internaron contra su voluntad en un regimiento militar en donde permaneció 22 meses. Al salir se empleó como maestro rural en Líbano, Tolima; luego volvió a Caramanta y después vivió en Riosucio y Arrayanal (hoy Mistrató). Trabajó en Belén de Umbría como oficial de la Alcaldía y luego volvió a Manizales, en donde se empleó como portero de la Escuela Normal de Varones, oficio que alternó con estudios que le permitieron ocupar los cargos de escribiente y secretario del Juzgado 2° del Circuito.

A sus 22 años incursionó en el periodismo. “En febrero de 1918 el doctor Justiniano Macía me llamó a la redacción inferior de su gran diario Renacimiento en donde estuve hasta 1922, después de haber sido director; pasé a la dirección de El Diario de Pedro Luis Rivas, el cual estaba prohibido por el ilustrísimo señor obispo Hoyos”, cuenta Galarza en su autobiografía. El Renacimiento debía su nombre a una imprenta homónima que Aquilino Villegas y sus hermanos llevaron a Manizales en 1905. Por su parte, El Diario fue el sucedáneo de El Eco, un periódico de combate fundado en 1914, que defendía las ideas de la recién creada Unión Republicana.

En la década de los veinte, tres grandes incendios arrasaron buena parte del centro de Manizales. El primero tuvo lugar el 19 de julio de 1922, el segundo y más grande ocurrió el 3 de julio de 1925 y el tercero se registró el 20 de marzo de 1926. El segundo de los incendios destruyó la sede de El Diario. Por ello, al verse sin trabajo, Eudoro Galarza Ossa viajó a Bogotá, en donde trabajó tres meses en El Tiempo “por invitación especial de don Fabio Restrepo, gerente de la empresa, y del doctor Eduardo Santos, propietario y director”.

Para ese entonces, Galarza ya tenía esposa e hijos y no aguantó la vida en la capital sin su familia. Aunque su paso por El Tiempo fue corto, la experiencia le dejó dos enseñanzas importantes: su contacto con la prensa liberal le ayudó a morigerar, al menos en el periodismo, el fanatismo partidista que otros conservadores caldenses contemporáneos profesaban; así mismo, la posibilidad de trabajar en un periódico moderno y grande le dio pistas sobre cómo organizar su propia empresa en temas relacionados con la impresión, el manejo de las fotos, las ilustraciones y las tintas, la distribución, la vinculación de colaboradores y el acceso a cables de información internacional.

A su regreso de Bogotá, Eudoro Galarza Ossa tenía 30 años y había dedicado más de siete al periodismo. Decidió aprovechar esa experiencia y se concentró en fundar su propio periódico, La Voz de Caldas, en asocio con Juan Pablo Araque y Arturo Zapata Tirado, y con el apoyo de su hermano Tiberio, exempleado de La Patria. El periódico empezó a circular en enero de 1926 y pronto pudieron comprar su propia tipografía. La bonanza cafetera de la época le dio un fuerte impulso al comercio, lo que sumado a la banca local benefició a La Voz de Caldas, en cuyas páginas abundaron los avisos publicitarios. Según contó muchos años después Arturo Zapata en un reportaje, “importamos la primera imprenta completa para un diario, con fotograbado, que era entonces grande y desconocida su novedad”. En 1929, cuando la sociedad se disolvió, cada cual quedó con lo que le interesaba: Galarza con su periódico y Zapata con la imprenta, que lo convirtió en el principal editor de Caldas en la primera mitad del siglo XX.

La Voz de Caldas era un periódico de interés general. Tenía corresponsales en distintos municipios del Viejo Caldas; incluía entrevistas, reportajes, información internacional, numerosas fotografías y extensos editoriales en su primera página. De acuerdo con el historiador Pedro Felipe Hoyos Körbel, “la filiación conservadora de La Voz de Caldas fue cuidadosamente matizada por el equipo editorial de Galarza Ossa, logrando un periódico muy ecuánime, que para esos tiempos en Colombia era algo diferente”.

Ese mismo equilibrio informativo fue destacado por El Tiempo en una nota publicada sobre la entonces reciente fundación de La Voz de Caldas:

Bajo la muy acertada dirección de don Eudoro Galarza Ossa, importante personalidad de Caldas y escritor de claros talentos, acaba de aparecer en Manizales La Voz de Caldas, diario de intereses generales, destinado a desarrollar en la renaciente capital de “la falange indomable” una patriótica labor de cultura y a ser el vocero de los grandes problemas que confronta el progreso del departamento montañero. Es más que un periódico de política, combativo y exaltado, como suelen serlo los que en provincia hacen una finalidad irremediable de la política; un diario de tendencias nacionales, mesurado y sereno, como lo es el temperamento fino, espiritual y cultivado de su digno director.

Como era común para la época, el periodista Galarza Ossa mezclaba su oficio con la literatura y la actividad política y cívica. En su autobiografía indicó: “No he escrito ningún libro, pero según mis cuentas sobrepasan [el número] de cinco mil los editoriales y artículos de fondo que he escrito, sin contar apuntes ligeros y sueltos... Me gustaba el género de cuentos y escribí varios, uno de ellos ‘Esperanza’, laureado en Manizales. Escribí unos treinta o cuarenta cuentos, muchos de los cuales fueron publicados en Cartagena, Barranquilla, Bogotá y Medellín; los escribía con el seudónimo de Julio Tasarin, de quien habla el padre Fabo en su historia de Manizales, en términos llenos de elogio”. Además, escribía tres artículos semanales para La Patria y oficiaba como socio fundador del Centro Rubén Darío en Manizales y miembro del Centro de Historia de Caldas.

Eudoro Galarza Ossa entrevista a Rafaela Londoño, anciana de más de 120 años, para La Voz de Caldas (sábado 10 de abril 1937)

Pese a su militancia partidista, Galarza Ossa fue consciente del valor de la independencia en el periodismo. En el editorial publicado en la edición 3.000, año y medio antes de su muerte, advierte:

Hemos querido dejar siempre tras nosotros una huella inconfundible de propia independencia de carácter libre y elevado y en este día nos dice la conciencia en el corazón con amorosísimo murmullo que con lealtad hemos cumplido nuestro propio precepto, sin haber empañado hasta ahora la cristalina bola de nuestra ética, que rueda y rueda pero conservando su propio brillo en todas horas. Estamos orgullosos, sí; pero envanecidos no, y reconocemos y declaramos que el triunfo hoy alcanzado con nuestra modesta empresa periodística no a nuestro solo esfuerzo es debido, que poco hubiéramos hecho, o nada, si hubiéramos sido solos, si hubiéramos sido robinsones de isla solitaria.

Fueron múltiples las denuncias periodísticas que escribió en La Voz de Caldas. En el editorial publicado en el periódico tras su muerte, firmado por Aquilino Villegas Hoyos, el líder conservador destaca las cualidades periodísticas e investigativas de Galarza:

Nada le detenía y con una crudeza desaforada, con hambre y sed de justicia, contra todo y contra todos, adelantaba él solo las investigaciones y las iba revelando al público, cumpliendo el más duro y amenazante de los deberes, y su esponja de acero pasaba sobre la vida manchada mondando hasta las entrañas de la lepra purulente. Recuérdese si no sus investigaciones sobre la instrucción pública de la república beligerante de don Alfonso López o de los crímenes horrendos del pabellón de tuberculosos.

Ese mismo arrojo lo destacó La Patria en el editorial publicado tras el crimen: “Valiente, de un valor casi temerario, supo responder como hombre por todas y cada una de sus palabras. A pesar de ser un católico convencido, no rehuía duelos ni lances personales. Parecía encontrar su reposo en la lucha”.

***

El teniente Jesús María Cortés disparó en tres ocasiones contra Eudoro Galarza Ossa, el 12 de octubre de 1938, y lo mató. Hubo numerosos testigos del crimen y el mismo homicida jamás negó lo ocurrido. Sin embargo, casi diez años después la justicia lo declaró inocente por considerar que el acto se produjo en legítima defensa del honor militar. El autor intelectual de este argumento jurídico fue Jorge Eliécer Gaitán Ayala, que para la época ya había sido alcalde de Bogotá, ministro de Educación, congresista, y alternaba su agenda de candidato presidencial por el Partido Liberal con su ejercicio como abogado litigante en asuntos penales.

Luego de disparar, Cortés fue conducido desde la sede de La Voz de Caldas a un calabozo del Batallón Ayacucho, que él mismo regentaba. Ante el malestar y la tensión por el toque de queda, el propio presidente Eduardo Santos hizo las gestiones para que lo entregaran a la justicia ordinaria, lo trasladaran a la cárcel y lo mantuvieran incomunicado. En el interrogatorio que se llevó a cabo el 13 de octubre, Cortés fue asistido por Manuel Ocampo, senador y jefe del liberalismo en Caldas. Según informó La Patria, al final de la diligencia le levantaron la incomunicación, quedó en libertad parcial dentro del cuartel del regimiento y el Ministerio de Guerra no expidió ninguna orden de suspensión de la actividad militar del asesino, quien sin embargo permaneció detenido de manera preventiva 114 meses, hasta que el juez lo declaró inocente.

Hay varias versiones sobre por qué el caso judicial fue trasladado de Manizales a Bogotá. El periodista Orlando Cadavid Correa, colaborador del historiador Arturo Alape –autor de El Bogotazo– en la reconstrucción de los hechos previos al 9 de abril de 1948, dice que el objetivo fue “rodearlo de garantías, porque supuestamente se trataba de un militar y podría ser absuelto”. Sin embargo, cuando hablé con el hijo de Galarza, este me manifestó que el traslado del proceso terminó afectando los intereses de la familia, dado que su abogado, Mario García Herreros, no podía hacerle fácil seguimiento al expediente desde Manizales y la familia no contaba con recursos para contratar un defensor en Bogotá.

En un caso de clara flagrancia como este, otro penalista quizás habría intentado obtener una disminución de la pena. Gaitán se la jugó desde el comienzo por buscar la absolución del acusado y para ello usó todos los conocimientos de derecho que había obtenido en la Universidad Nacional y en la Real Universidad de Roma, en donde fue alumno destacado de Enrico Ferri, conocido por sus teorías sobre la psicología criminal.

Esa sólida formación jurídica, sumada a su innegable capacidad retórica, se evidencia en el alegato que presentó el 8 de abril de 1948 en la audiencia final del proceso. La diligencia se realizó en el Palacio de Justicia, ubicado en la calle 11 con carrera sexta de Bogotá, ante el juez Pedro Pérez Sotomayor. En la novela El crimen del siglo, incluida en la trilogía sobre el 9 de Abril, del escritor Miguel Torres, el juez se presenta como “Perepe”, encargado del Juzgado 5º Superior de Bogotá y persona cercana a Gaitán.

Con su oratoria y su capacidad histriónica, Gaitán logró convencer al juez de la inocencia de Cortés, en una defensa con apartes que pueden leerse en distintos libros publicados en los últimos setenta años, que van desde Las mejores defensas de Gaitán, hasta el más reciente, Insulto: breve historia de la ofensa en Colombia, de Juan Álvarez. Juzguen ustedes:

Claro está que un hombre sin sensibilidad en su carrera; claro que uno de esos sujetos indiferentes a las exigencias éticas que demanda la vida; claro está que esa displicencia que nosotros tenemos para acometer los problemas que nos recomiendan no podrían forjar un criterio justo para juzgar al teniente Cortés. La displicencia, la falta de amor, la falta de fe, de tenacidad y voluntad que caracterizan a la mayor parte de los colombianos en las tareas que se les confían; el sentido de la desorganización, el sentido andaluz de la vida, el creer que hay que vivir la existencia buena porque mañana se termina, no son factores de altruismo sino de bajeza, perjudiciales para la vida colectiva. Aquí está sentado el teniente Cortés, precisamente por ese pecado de sus virtudes. Para él no había elasticidad en su carrera; era enérgico y –como lo dice alguno bellamente– más enérgico consigo mismo que con los demás. Y fue en virtud de ese sentido del pundonor; en virtud de ese sentido que lo alejaba de los juegos para entregarse al estudio y compensar con la voluntad y la tenacidad lo que la inteligencia le robaba a la vida; por esa virtud precisamente salió del cuartel para reclamar una rectificación. Los andaluces no entienden de esas cosas. Los hombres laxos, los que no tienen la vitalidad del deber, del coraje, de la seriedad ante el drama de la vida, no entienden lo que este muchacho pudiera sentir entre sus venas, cuando así se ultrajaba al Ejército; cuando se echaban por tierra las leyes que establecen la reserva en la disciplina interior del Ejército. Esas gentes no entienden la personalidad de Cortés. Ignoran también que si salió del cuartel no fue por motivo determinantemente bajo, sino porque era hombre que tenía un alto, agudo y severo criterio de lo que son la dignidad y el deber del militar colombiano.

La audiencia finalizó a las 2:05 de la mañana. En un texto del profesor de derecho y ex registrador nacional del Estado Civil, Carlos Ariel Sánchez Torres, se señala que:

El juez Pedro Pérez Sotomayor dijo respecto del teniente Cortés que este había actuado en legítima defensa del honor militar, la defensa fue proporcional a la agresión. La absolución fue íntegra por justificación del hecho. Los aplausos y vítores en honor a Gaitán no se hicieron esperar; fue sacado en hombros al frío penetrante de la noche. Del Palacio de Justicia se fueron a celebrar al grill Morocco en la 23, en donde Gaitán apenas permaneció algún rato, sin que nadie imaginase lo que sucedería tan solo unas pocas horas después.

Lo que sucedió menos de once horas más tarde fue que mataron a Gaitán en la carrera séptima de Bogotá, unos pocos metros al sur de la avenida Jiménez, y el mismo Pedro Pérez Sotomayor asistió a la autopsia en su calidad de juez.

Sobre la relación entre ambos juristas no existen suficientes evidencias que permitan afirmar que la amistad podía viciar la transparencia de los fallos del juez cuando Gaitán actuaba como defensor, pero alrededor de esa amistad sí existen otras curiosidades: el libro de Herbert Braun, Mataron a Gaitán, cuenta que, al menos en una ocasión, el juez le advirtió al político sobre el riesgo en el que se encontraba porque cualquier persona que quisiera dañarlo podría caminar sin control hacia su oficina. La reacción del caudillo fue mofarse de esa preocupación. Al comentario de Braun se suma otro del historiador Jaime Vargas Izquierdo en una nota publicada en El Tiempo, en 2008, donde asegura que Perepe guardó para sí la cédula, las gafas y un mechón de pelo de Gaitán que obtuvo en la diligencia de la autopsia y los cargaba como un tesoro. Años después, el juez le regaló esos objetos a Alberto Plata, ciudadano de Casanare radicado en Sogamoso.

La muerte de Gaitán y el Bogotazo impidieron que la prensa registrara las noticias relacionadas con la absolución del asesino de Galarza. En el diario La Patria de Manizales no se publicó ni siquiera una nota breve sobre el tema en la semana siguiente al Bogotazo.

Aunque con el tiempo empezaron a aparecer voces de rechazo al sentido del fallo –como la de Alberto Lleras Camargo en la revista Semana, donde el político escribió que la absolución era notoriamente injusta–, lo cierto es que el nombre de Eudoro Galarza Ossa cayó en el olvido y solo volvió a aparecer de vez en cuando, vinculado a las últimas horas de Gaitán.

Así como el tiempo diluyó su nombre, también borró su rostro. Aunque el hermano de Eudoro, Tiberio Galarza, era fotógrafo, su familia no tiene ni una sola foto del periodista asesinado. Tampoco hay imágenes suyas en el archivo gráfico del diario La Patria, y cuando en Google se busca su imagen llueven fotos de Gaitán. Las únicas que se conservan corresponden a imágenes impresas en papel periódico en 1937, en la edición 3.000 de La voz de Caldas: un retrato no muy grande, que su hijo Elí Galarza amplió y colgó en su oficina, y otra foto en la que se ve entrevistando a una mujer, en un artículo que lleva por título: “Una anciana de más de 120 años”.

En 2001, El Tiempo publicó un documento recién desclasificado por la CIA, que incluye la transcripción de una audiencia a puerta cerrada sostenida entre Clarence Brown, presidente del Subcomité Especial en Desembolsos para Departamentos de la Rama Ejecutiva, y el almirante Roscoe H. Hillenkoetter, director de la CIA, una semana después del crimen de Gaitán. El texto es una verdadera joya en materia de inteligencia policial: se trata de un documento que tuvo carácter reservado durante cincuenta años y que consiste básicamente en una mezcla de peras con manzanas. En la audiencia, el director de la cia explica que el asesino de Gaitán fue José Sierra, en una clara confusión con Juan Roa Sierra. Dice que este era sobrino de un oficial del Ejército de apellido Galarza Ossa y que el crimen fue una venganza familiar. Con razón Gloria Gaitán, la hija del caudillo liberal, reaccionó con desconcierto al conocer el documento que tan celosamente había guardado la CIA: “Roa Sierra no era sobrino ni pariente de Galarza, este no aparece en ninguna parte del expediente ni en el informe de Scotland Yard”.

Así como el nombre de Eudoro Galarza Ossa cayó con los años en el olvido, Jesús María Cortés se convirtió, luego de recobrar su libertad, en un personaje de muy bajo perfil y figuración. Carlos Galarza Jaramillo, hijo de Elí Galarza Jiménez, me contó el año pasado que en una ocasión el periodista Darío Arizmendi invitó a su papá a un programa de televisión para hablar de lo ocurrido con su abuelo. “En algún momento Arizmendi le preguntó a mi papá si quería conocer al teniente Cortés y él de una forma muy radical le contestó que no. Creemos que quizás el teniente estaba tras bambalinas, listo para salir al set, pero mi papá no quiso verlo”.

Cortés nunca se arrepintió de su crimen, según escribió el periodista bumangués Jorge Consuegra, quien lo buscó para escribir un texto posteriormente publicado en la revista Cromos: “Cuando lo entrevisté cuatro décadas después, le dije que si se volvía a presentar esta situación él lo volvería a asesinar, y me dijo con firmeza que sí ‘pues el uniforme es para respetarlo’... Sin palabras... Con el periodismo que hacemos, todos los días morimos un poco”.

La vehemencia de la respuesta de Cortés contrasta con el recuerdo que tengo de la parquedad de Elí Galarza Jiménez cuando lo conocí en 1998. En esa charla que sostuvimos en su oficina de abogado le pregunté por el asesino de su padre y guardó silencio. No usó calificativos. Después, con un tono neutro e informativo, me dijo:

–Lo único que sé es que vive en libertad en algún lugar de Santander.

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Adriana Villegas Botero

(Manizales, 1974). Periodista y abogada. Dirige el Programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales. Autora de la novela El oído miope (Alfaguara, 2018).

Agosto 2018
Edición No.199

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