Google+ El Malpensante

Artículo

Contra el tiempo

¿Cuál es el remedio para esta enfermedad omnipotente? Un alegato contra el más inflexible de los dioses.

Ilustración de Nelleke Verhoeff

 

 

...Let us roll all our strength and all

Our sweetness up into one ball,

And tear our pleasures with rough strife

Through the iron gates of life:

Thus, though we cannot make our sun

Stand still, yet we will make him run.

Andrew Marvell, “To His Coy Mistress”.

Dios no existe, pero existe algo que ocupa holgada y severamente su lugar: el tiempo.

El tiempo es el reino de los hechos cumplidos. El tiempo avanza siempre y no tiene reversa. Lo que pasó pasó y no puede no haber pasado. Nada existe, que se sepa, por fuera del tiempo; todo está fechado. Los seres humanos tan solo contamos con la pequeña ventana de nuestro presente huidizo, el día a día que vamos viviendo y en el cual debemos atiborrar lo que nos sucede. También nos va quedando un precario sistema de recuerdos. Casi todo se olvida, es decir, se desecha pronto. El tiempo en últimas podría considerarse intemporal, porque nunca sale de sí mismo. El tiempo no tiene lugar porque está en todos los lugares de los que tenemos noticia. Con el tiempo no se puede hablar porque es sordo, ciego, intangible y mudo.

El cosmos no se hizo –si cabe utilizar este verbo hacer, tan afecto a la noción de creación– tomando en cuenta la escala humana. Nos decimos que las cosas están muy lejos o que pasaron hace mucho tiempo, pero allá afuera no hay ninguna conciencia de “lejos” o de “hace mucho tiempo”. Incluso se sospecha que podría existir un multiverso, del cual el universo hasta ahora conocido por nosotros sería apenas una fracción. Ninguna ley natural vigente dice que el universo debe tener término o límite. No podemos imaginar lo ilimitado, pero ese es un problema de nuestra imaginación, que no sirve para entender un ámbito en el que somos apenas un incidente diminuto. La noción de término la agregamos los humanos a partir de nuestra experiencia. Porque la que sí tiene un término clarísimo es la vida humana.

Una cita de san Agustín en

Página 1 de 2

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

Septiembre 2018
Edición No.200

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores