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El Malpensante

Breviario

Vibraciones

La vida concede un número limitado de latidos. Un ensayo sobre el ritmo al que animales y humanos desgastamos nuestros corazones.

Ilustración de Daniel Liévano

Consideremos al colibrí por un momento. El corazón de un colibrí late diez veces por segundo. El corazón de un colibrí es del tamaño de un borrador de lápiz. El corazón de un colibrí es gran parte del colibrí. “Joyas voladoras”, así los llamaron los primeros exploradores blancos de América, quienes nunca habían visto tales criaturas porque los colibríes solo vinieron al mundo en América y en ningún otro lugar del universo; más de trescientas especies que vibran, zumban y polinizan trepidantes zonas horarias alejadas nueve husos de las nuestras, con corazones que palpitan más rápido de lo que podríamos oír aun si presionáramos nuestras orejas de elefante en sus pechos infinitesimales.

Cada uno de ellos visita mil flores al día. Pueden lanzarse en picada a 97 kilómetros por hora. Pueden volar hacia atrás. Pueden recorrer más de 805 kilómetros sin detenerse a descansar. Pero cuando descansan se acercan a la muerte: en las noches heladas, o cuando están muriendo de hambre, se sumergen en el letargo; al dormir, su tasa metabólica disminuye a una quinceava parte de su ritmo normal, sus corazones apenas laten, se amodorran casi hasta detenerse, y si no entran pronto en calor o si no encuentran algo dulce, esos corazones se enfriarán hasta que el colibrí deje de ser. Pensemos por un instante en los colibríes que hoy, este mismísimo día, no abrieron sus ojos en América: los barbuditos cascocrestados, los cola de raqueta, los de silfos celestes, los capirotados, los topacios colicanelos, los picopunzón, los cometa roja, el tucusito amatista, el pico espina arcoíris, el esmeralda ventridorado, el siete colores, el mango picolezna, el inca buchidorado o el cola de espátula, cada uno lo más maravilloso que jamás se haya visto, cada arrollador corazón salvaje del tamaño de la uña de un niño; cada desmedido corazón silente convertido en una brillante música callada.

Como todas las aves voladoras, pero incluso más, los colibríes tienen feroces metabolismos. Para lidiar con ello, tienen autos de carrera por corazones, que consumen oxígeno a un ritmo pasmoso. Sus corazones est&aa...

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