Google+
El Malpensante

Ensayo

La risa de Voltaire

Una oveja descarriada del conservadurismo antioqueño viaja hasta Ferney buscando al padre de las Luces, ese al que de niño solo podía leer a escondidas.

Ilustraciones de Sako-Asko

Llego a Ferney buscando a Voltaire. Me ubico en el cruce de sus calles principales, frente a la estatua de bronce de Lambert. Observo el gesto del hombre magro apoyado sobre el bastón. Aquel que conserva la nobleza del servicio al otro o el ademán de humildad antes de que sobrevenga el ataque cargado de inteligencia. Me empino para otear mejor el rostro y encuentro la señal: el guiño sardónico en el rictus de los labios. Un poco más allá, como si estuviera al mismo tiempo en el Siglo de las Luces y en este que todavía no tiene nombre, escucho claramente que varios negros hablan un francés zarandeado por el azúcar y el mar de las Antillas. Los sigo en su chismografía criolla mientras le doy vueltas a la estatua. Mencionan ágapes comunales en las islas lejanas y se carcajean con espontaneidad. Estos negros, ahora franceses pero signados por su condición periférica, son muy diferentes del que Cándido encuentra en Surinam y quien, de modo paradigmático, le refiere la causa de sus males: “Se nos da un calzón de tela por vestido dos veces al año. Cuando trabajamos en los ingenios y la muela nos atrapa algún dedo, nos cortan la mano. Y cuando queremos huir, nos cortan las piernas. Como ve, a mí me sucedieron las dos cosas. Tal es el precio del azúcar que ustedes consumen en Europa”. Luego leo los agradecimientos escritos sobre la placa que la municipalidad de Ferney da al poeta filósofo. Al que se ocupó, con un espíritu entre capitalista y solidario, de los menesterosos de estos feudos. Feudos que sin él serían fantasmales para la curiosidad del viajero.

Sé que llamar filósofo a Voltaire es excesivo. Él nunca lo fue, según el rigor que nuestros tiempos otorgan a esta categoría. Los filósofos son quienes postulan sistemas de pensamiento y oxigenan las corrientes cognitivas que vendrán después. Voltaire no logró tales alcances. Solo fue un vulgarizador sagaz de conceptos y un difusor polémico de vocabularios. Aunque, sin duda, fue poeta. Un poeta al que se le comparó, en esos días suyos marcados por la solemnidad y la exageración, con Virgilio y Dante. Su poesía, sin embargo, se ha marchitado. Las grandes composiciones poéticas de Voltaire, dice René Pomeau, “son lamentables. Carentes de vida, sin color; en vano se busca en ellas la chispa volteriana”. Esa chispa que ilumina, de principio a fin, algunos de sus cuentos. Y es dudoso que un lector de hoy salga bien librado después de sumergirse en las páginas de su Henriada, especie de Eneida franca donde el evento central es la Liga y el héroe principal Enrique iv. Lo mismo podría decirse de su teatro, hoy irrepresentable. Las cincuenta y tantas obras que Voltaire escribió para granjearse el elogio de sus contemporáneos, como dice Goldzink, han sido “engullidas por las aguas negras del olvido”.

 El cielo de Ferney es de un azul pletórico. Pero el pueblo poco tiene que ver con el matiz de esas alturas. Es pequeño y da la impresión de ser un cruce de humanos que no tienen otro oficio que vender. Lo aventuro así porque hay una arteria por donde la gente va y viene y se sienta en las sillas de los cafés y curiosea en las vitrinas de los negocios. Todos se ven anónimos en la placidez de esta tarde de finales de abril. Como estoy retrasado con las exigencias del estómago, busco algo para comer, pero ya no hay almuerzo en ninguna parte. A pesar de que los sitios están abiertos, nadie quiere preparar nada en Ferney. Me entero, entonces, de que pasadas las dos de la tarde, en este villorrio no se da de comer al hambriento. Y a esa consigna todos se acogen con indiferencia plúmbea. Alguien, con una pizca de cortesía, me recomienda la panadería más próxima. Allí compro pan y queso. Me siento en la terraza de un café y pido una cerveza. Extiendo en la mesa mi pitanza. La moza pone la botella y me dice que está prohibido traer fiambres a su lindero. Ante tamaña mezquindad, me armo de valor. Le digo que soy un escritor colombiano que busca las huellas de Voltaire. Preciso que he atravesado el océano Atlántico y media Francia. Le recalco que el hambre es una condición natural de la criatura humana. La mujer, no sé muy bien por qué, me sonríe. Acaso la mezcla de Colombia y Voltaire en mi acento de vocales abiertas y nasalización torpe, la comida de turista regada en la mesa, le hacen cambiar de opinión.

Más tarde una ligera modorra me envuelve. En medio de la languidez de Ferney, y como para despertarme, me pongo a pensar en lo que aquel doblete (Colombia y Voltaire) podría significar. Es, de algún modo, entrar en los terrenos de la intolerancia religiosa y el respeto por las creencias del otro. Referirse a la laicidad como escudo y al cristianismo más estólido. Es oponer a las corridas de toros y a los meaderos de las verbenas populares una biblioteca silenciosa, un jardín recorrido por estetas incrédulos tocados por el tedio. Mi madre, que se educó bajo los infundios del padre Astete, no quería a Voltaire en absoluto. Ese menosprecio era una herencia ardua de superar, en su época conservadora, por su condición de mujer antioqueña. Casi todas mis amigas de la adolescencia, educadas en colegios monjiles, veían en Voltaire a un demonio al cual no había que arrimarse. Pensarían ellas que, bajo esa tela con la que medio se cubre el Voltaire del escultor Pigalle, podría estar adormecido, aunque vigilante, el miembro azufrado de un perturbador de menores. Pero como yo estudié en un liceo público, plagado de ideas sediciosas, Voltaire fue un maestro que siempre estaba haciéndome un gesto de malicia ante la bobería del rebaño que me rodeaba.

Las primeras lecturas de Voltaire las hice a escondidas de mi madre. Como si estuviera repitiendo su historia en la que ella, una muchacha curiosa cuyos padres habían nacido en una región moldeada por las ideas regresivas de Pedro Justo Berrío, leía a hurtadillas a Vargas Vila. La diferencia entre Voltaire y Vargas Vila es, sin embargo, ostensible. Comenzando porque el uno era un maestro del estilo y el otro un escritor desaliñado, a pesar de la enjundia de sus alegatos. Las dos caras de Vargas Vila, el que vitupera y el que canta al amor, son discutibles desde el punto de vista de la elaboración artística. El que alega es interesante por el anticlericalismo y el antimperialismo muy acomodado ya a los inicios del siglo XX, pero se le va la mano en la tirria, y lo suyo parece por momentos cantaleta. Muy parecida, entre otras cosas, a esa que permea la obra de Fernando Vallejo, otro de los bastardos volterianos de nuestro país intemperante. Y el Vargas Vila sentimental es un modernista menor, lleno de apasionamientos adjetivados que hoy forman parte del patrimonio gris de la literatura colombiana. Voltaire, en cambio, no ignoraba que cualquiera que sea el escrito literario, incluso los libelos incendiarios, este debe pasar por una búsqueda de la precisión. Precisión y vigilancia que funcionan en sus cuentos, pero malogran su poesía. Y acaso sea una exageración afirmar que Flaubert haya sido el primero en mostrar la eficacia del mot juste. Tal vez fue el primero en elucubrar sobre estos asuntos con agudeza, porque, en semejantes lides, el señor de Ferney era el guía del iconoclasta de Ruan.

Pero en esta comparación entre Voltaire y Vargas Vila ya veo al enjuto francés atajándome y diciéndome: un momento, ciudadano colombiano, no malinterprete las cosas, en literatura y en la vida misma lo más importante no es escribir bien, sino pensar bien y, sobre todo, obrar con inteligencia. “Escribo para actuar” fue una de las consignas de Voltaire que, desde entonces, puede aplicárseles a los escritores que actúan como conciencias más o menos libertarias de sus respectivas sociedades. En este campo, Voltaire se erige como uno de los modelos más encomiables en el horizonte de las letras. A la hora de enfrentar a los poderosos y la injusticia de sus instituciones, no vaciló en pronunciarse. Y el blanco contra el que más disparó fue el fanatismo religioso. Fanatismo que, en su Diccionario filosófico portátil, define como aquel frenesí capaz de conducir a la gente a matar en el nombre santo de Dios.

¡Ah, los fanáticos de la religión!, me digo al iniciar el ascenso hacia el castillo de mi peregrinaje. Desde lo alto, la villa de Ferney se contempla con amplitud. El horizonte es diáfano y, por uno de los flancos, se asoma el lago que rodea a Ginebra. Voltaire, enfermizo como el que más, fue feliz en estos parajes. Se sentía protegido de las persecuciones y se sabía benefactor de la comarca. Aquí pudo respirar la expansión de su razón y de su disputada y por fin adquirida libertad. Esa que habría de desembocar en la tolerancia civil y religiosa como destino ideal de las colectividades humanas. Hasta estos predios llegaban de todas partes de Europa los admiradores de las Cartas filosóficas para tomarse un café con él, y desde aquí partían sus escritos en los que defendía a los ultrajados y atacaba la necedad de los reaccionarios. Fueron tantos los fanáticos en ese siglo XVIII europeo y sus comportamientos tan funestos, que se termina entendiendo por qué a Voltaire se le fue la mano en su lucha contra el cristianismo. “Écrasez l’infâme!”, fue otro de sus lemas para enfrentar la superstición amañada de los eclesiásticos. Y todo lo que le oliera a María virgen madre y a su hijo crucificado, a dogmas tan impenetrables como cerriles, a sacerdotes y a feligresías de caverna, lo llevaba a levantar la voz para denunciar las rabias del fanático.

John Gray, uno de los críticos más certeros de Voltaire, dice que aquellas libertades por las que lucharon los enciclopedistas, con el hombre de Ferney a la cabeza, y que tanto ayudarían a la construcción de las democracias modernas, eran en verdad más o menos las mismas por las que un cristianismo de avanzada había combatido. Creían, el uno y los otros, en una suerte de emancipación universal. Los unos pensaban que para realizarla era menester el saber, y el otro concebía esta especie de salvación a partir de la fe. Ambos, conocimiento y fe, debían ejercer un rol liberador y, por lo tanto, eran condiciones dignas para producir el bienestar o la felicidad. De cualquier modo, explica Gray, “Voltaire creía en una versión laica de la Providencia cristiana”. Por tal razón, no hubo una ruptura radical entre algunos valores del cristianismo y el movimiento filosófico de los franceses, sino una continuidad evidente.

Pero fanático es fanático en cualquier parte y en cualquier época, pensaba yo. Y ya quisiera recostarme en la convicción de que ese espécimen ha desaparecido de la geografía terrestre. Nacido en el país donde nací, sé que ellos, como los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes y los corruptos, continúan proliferando a la manera de las cabezas de una hidra. Voltaire propone, sin embargo, que el remedio para los intolerantes es una buena dosis de filosofía capaz de apaciguar las vociferaciones del frenético. Aunque en este siglo XXI tales soluciones siguen siendo el privilegio de unos pocos. Así en Europa el panorama actual muestre sociedades donde los fanáticos son insulares y la cuestión religiosa un asunto superado por el laicismo, en otros continentes se han convertido en legión. Las religiones monoteístas, que creyéndose depositarias de la palabra de Dios solo manipulan su balbuceo, se han desparramado como azotes arduos de erradicar. Basta mirar el mundo islámico en el cual el fanatismo ha devenido en terrorismo. O el latinoamericano cuyo paisaje está sembrado de sectas cristianas proclives a pensar que es más importante obedecer a Dios que a los mismos hombres. Pero seamos ilusos por un momento y acojamos aquella apreciación volteriana de que mientras más sectas existan, mucho mejor, pues son menos peligrosas y la multiplicidad habrá de aniquilarlas inevitablemente.

Ahora bien, el tópico de la “emancipación universal” adquirida a través de la razón es quizás uno de los más controvertidos de Voltaire y del movimiento de las Luces. Porque esa pretendida “emancipación” ha conducido a una homogeneidad cultural desoladora. Y esta homogeneidad está anclada, vale la pena precisarlo, en el saber ilustrado y en la visión científica de los fenómenos naturales. La confianza en el progreso racional, que varias revoluciones han impuesto a sangre y fuego, desembocó en una comprensión positivista del universo en cuyo centro se yergue ese hombre arrogante y consumidor de todos los bienes ofrecidos por la naturaleza. Un modelo así ha minimizado la diversidad de las culturas, sigue abogando por un desarrollo tecnológico desaforado y concibe el cosmos como una fuente de extracción perpetua. La gran sociedad emancipada y globalizada, modelo para la humanidad según Voltaire, ha terminado por asumir la cara de un imperialismo neoliberal devastador. Esta concepción, por supuesto, es tan criticable como peligrosa. Pero la verdad es que he venido hasta Ferney motivado por otras realidades que también encarna Voltaire. Estoy aquí, y no en la casa parisina donde murió rodeado de un reconocimiento multitudinario, ni en el castillo de Cirey donde vivió su amor con madame de Châtelet, ni en su tumba del Panteón donde está detenido en la pétrea gloria nacional, porque fue en este lugar donde surgió la noción del intelectual moderno. Con Voltaire, mejor dicho, nace el escritor que es comprendido no solo como un hacedor de libros, sino como una conciencia liberadora. Estoy en Ferney porque, al igual que Nietzsche, considero que Voltaire, en lo que tiene que ver con el sometimiento de los individuos a la institución religiosa, fue una de esas inteligencias que han ayudado a que seamos menos miserables y más dignos.

Al divisar la entrada del castillo, recuerdo entonces a Gómez García. Hacía unos meses este colega de la Universidad de Antioquia se había cruzado en clase con un energúmeno similar a esos que atraviesan la obra de Voltaire. Gómez García hacía un recorrido por el siglo XVIII y trataba de describirles a sus estudiantes cómo había sido el combate, en aras de lograr la secularización del conocimiento, entre los autores de la Enciclopedia y el Antiguo Régimen. En algún momento, Gómez García decidió hacer una de esas paráfrasis que en él abarcan tres de las cuatro horas que dura el bloque de nuestras clases universitarias. Se refirió a los escritos de Voltaire sobre la Iglesia y, particularmente, sobre la Biblia. Dijo algunas cosas sobre el “Sermón de los cincuenta” y el “Examen del señor Bolingbroke”, textos que arremeten contra las supersticiones, incongruencias y crueldades del Antiguo y el Nuevo Testamento. Dijo, apoyándose en François-Marie Arouet, que el cristianismo no era más que una secta que había pervertido, con sus excesos sin cuento, la religión natural. Y allí fue cuando se presentó la intransigencia del fanático. Se trataba del más viejo de la clase. Era pastor en una iglesia poliédrica de uno de los barrios populares de Medellín, pero también se interesaba por la filología hispánica. Mientras escuchaba a Gómez García detallar las ironías de Voltaire, que cuestionan las verdades del Génesis, al estudiante se le enrojecieron los ojos, la saliva se le precipitó en la boca y se le fue encima al profesor. Los compañeros controlaron al acalorado, quien salió tirando la puerta con tanto encono que algunos vidrios de la ventana se quebraron. En el corredor, en tanto Gómez García se arreglaba el cuello de la camisa, oyeron que el otro gritaba:

–¡Blasfemo!

El asunto se hizo público. Gómez García escribió una carta en la que denunció la afrenta y solicitó una sanción. La universidad nombró un grupo de tres profesores para que evaluara el caso y emitiera un concepto. Para mi sorpresa, fui llamado a formar parte de esa comisión. Indignado, propuse que se expulsara al frenético pastor. Pero conflictos de esta índole, en una institución educativa oficial colombiana, no son tan fáciles de resolver. Nos vimos envueltos, de pronto, en un embrollo burocrático de matices policivos. Había que hablar con los protagonistas del altercado, entrevistar a cada uno de los estudiantes testigos, grabar las conversaciones, tomar fotografías, escribir un informe objetivo y enviarlo a un alto comité para que desde allí se tomara la decisión. Pero esta, luego de tantos ires y venires, nunca se tomó porque el delirante, al saber que podía ser castigado, ofreció excusas. Y Gómez García, que es un genuino espíritu volteriano, es decir comprensivo con el otro, perdonó la ofensa y retiró la denuncia.

Pese a que estas remembranzas me apenaban de Medellín y sus espacios pedagógicos, todavía vapuleados por las tendencias más retardatarias del cristianismo, siento un fresco entusiasmo al entrar en los dominios del castillo. Mi sangre se estremece ante la visión de los senderos cercados por ramas de árboles frondosos. Supongo, por un instante, que basta pestañear para que el hoy se difumine y el tiempo retroceda y esté dispuesto a tomarme un café allongé con el respetable caballero de esta propiedad. Pero mejor me doy a contemplar la variedad de flores que vivifican los jardines. Les allées están bien demarcados y es fácil darse cuenta de que todo allí se rige por el orden típico del clasicismo francés. A mi derecha se levanta la pequeña iglesia. Su fachada vetusta, los muros invadidos por las hiedras bermejas y solferinas de la primavera, le otorgan una cierta desidia. La luz es pródiga en delinear los relieves de la edificación y en lo alto, bajo el reloj que marca la hora, está la frase: “Deo erexit Voltaire mdcclxi”. Río al notar que la palabra “Deo” es más pequeña que “Voltaire”. Estaba en su propiedad, faltaba más, y el dueño podía hacer lo que quisiera en ella. Pero esto no era del todo cierto en una época tan asfixiada por la acción del clero. La verdad es que Voltaire quiso demoler la iglesia porque, al entrar en sus dominios, le ocultaba la vista suntuosa del castillo. El obispo más próximo se lo prohibió con la amenaza de excomunión y el escritor hubo de conformarse con remodelarla y con grabar aquellas palabras en latín, jactándose de que su pequeño templo era el único dedicado solamente a Dios y no a cualquier santo o virgen aparecidos. “Prefiero construir una iglesia para el patrón y no para los criados”, se justificó Voltaire ante uno de sus amigos.

Decido no entrar al recinto sagrado y, más bien, me paseo por l’Orangerie. Allí doy con las pancartas. Los administradores del museo se han tomado el trabajo de seleccionar frases de Voltaire para condimentar la visita. La sensación que tengo es como si estuviera en una especie de sala de lectura al aire libre. Leo un “No me gustan los héroes, hacen demasiado ruido”, que me reconforta. Saco mi libreta y la escribo pensando que la frase merece ser el epígrafe de un libro antipatriótico y antinacionalista, de esos que pocas veces se escriben en Colombia, país donde se padece el patriotismo más ridículo y el nacionalismo más vulgar. Después leo algo que resume la posición de Voltaire frente al tema de las creencias religiosas: “Si hubiera una sola religión, se temería el despotismo; si hubiese dos se degollarían entre ellas; si hubiera treinta, vivirían en paz”. De estas palabras se desprende la esencia de lo que Voltaire propone en el Tratado sobre la tolerancia, es decir, la conformación de una suerte de gobierno, manejado por déspotas cultos, que permita la coexistencia pacífica de diferentes credos religiosos. Un poco más allá, movidas por un viento juguetón, están las pancartas dedicadas a los libros. Hay una a la que me he adherido incondicionalmente desde que hice de la lectura un hábito: “Pongo los buenos libros entre las cosas absolutamente necesarias”. Sé que adentro, en el castillo, no queda rastro alguno de la gran biblioteca. Conformada por casi siete mil volúmenes, muchos de los cuales conservan los subrayados y las anotaciones de lectura, la biblioteca de Voltaire fue adquirida por Catalina ii de Rusia, una de sus protectoras, a los pocos meses de la muerte del escritor. Marie-Louise Denis, la sobrina amante, quien acompañó a Voltaire en su estancia en Ferney, se deshizo de la morada y de la biblioteca apenas murió el tío y, cansada de la frugal vida en el campo, se estableció de nuevo en París. La reina quiso construir una copia del castillo de Ferney en San Petersburgo para albergar la biblioteca de su protegido y decirle a la posteridad que ella había sido su musa y su benefactora. Pero este proyecto jamás se realizó.

El vínculo de Voltaire con los poderosos de la época es una de sus facetas que más suscitan reserva. Esa búsqueda incesante de su aplauso a través de una serie de obras que nadie lee ahora. Ese Mahoma que obtuvo una medalla papal, esa Princesa de Navarra escrita para el matrimonio del delfín, ese “Poema de Fontenoy” que celebra la victoria en una batalla, ese Templo de la gloria en donde se compara a Luis xv con Trajano. Aquellas infatigables gestiones, atiborradas de lambonería impúdica hacia la aristocracia, para entrar a la Academia Francesa y ser nombrado cortesano. Todo este ir y venir de Voltaire produce una suerte de pena y revela la ambición desmesurada del escritor por tener la aprobación de los acaudalados. Pero Voltaire se granjeó enemigos aquí y allá y estos lo mandaron, desde muy temprano, a la cárcel por la virulencia de sus escritos. Uno de ellos, Rohan-Chabot, incluso ordenó darle una felpa humillante. Lo mejor para Voltaire, y él terminó entendiéndolo cabalmente, no eran esas zalamerías reales, sino el exilio. Estar afuera, expulsado, lejos, sentirse y saberse libre, fueron las coyunturas indicadas para que su obra más importante se escribiera. Pero, al verse desdeñado o atacado por unos soberanos, buscaba el amparo de otros. Y ahí estaba el que halló con Federico ii de Prusia, a quien dedicó panegíricos melosos que lo comparaban con César y Marco Aurelio. O la zarina rusa a quien no vaciló en cantarle versos en los que se dice que la monarquía es el bien querido por las sociedades más adelantadas. Voltaire, en realidad, fue un burgués con anhelos aristocráticos. En esto anticipa al Goethe del Wilhelm Meister, quien pensaba que el destino grande de todo aprendizaje humano consiste en alcanzar los honores brindados por la nobleza más culta y adinerada. Pero recuérdese que la fortuna que consiguió Voltaire no fue otorgada por los reyes y sus cortes (¿cómo podría sacarla de ese lado, si se mantenía en pugna con ellos?), sino que una buena parte de ella la obtuvo a través de negocios brumosos. François-Marie Arouet supo, desde muy temprano, y esto acaso justifique su comportamiento reprochable, que para gozar de la libertad era fundamental ser rico. Y a eso se dedicó con una astucia obsesiva. De tal manera que terminó prestándoles dinero a los aristócratas europeos y comprando el domino de Ferney donde logró ser el dueño no solo de esa comarca sino de sí mismo, y no depender, en cuestiones económicas, de nadie.

La admiración de Voltaire por los déspotas ilustrados, a los que a veces denominaba “reyes filósofos”, va de la mano de su desprecio por el pueblo, al que llamaba “la chusma” y el cual, a su juicio, no merecía mayor atención. Y si había un fervor hacia la democracia como forma de gobierno, era para la que había administrado la Atenas antigua, porque a los republicanos de su entorno los medía con desconfianza. Voltaire creía a pie juntillas que el despotismo era la senda que llevaba al progreso. En esta perspectiva, su eurocentrismo, orientado por un grupo de beneméritos ciudadanos blancos, miró despreciativamente las periferias coloniales y sus habitantes de razas inferiores. Pero esas periferias ya son países independizados y sociedades diversas, y cuando, desde allí, confrontamos valoraciones y análisis como los suyos, se notan las limitaciones. En efecto, Voltaire está lleno de las contradicciones típicas de su tiempo. Hablaba de dignidad humana y protestó contra la esclavitud, pero era accionista en el mercado del azúcar, el tabaco y el cacao de la Compañía de las Indias que ejercía la trata de negros. Criticó la guerra pero se beneficiaba de ella al ser, también, accionista en negocios de venta de armas. A su manera, él es una suerte de precursor de los grandes ricos de la Francia actual. Se creen los representantes de la magnanimidad humana y tienen sus fortunas mezcladas con la escoria del armamentismo. Pero así de paradójicas eran aquellas luminarias de las postrimerías del Antiguo Régimen. No en vano, Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces pone a deambular por el Caribe un barco esclavista llamado El Contrato Social.

En el vestíbulo del castillo, a cada lado de la puerta, tropiezo con las estatuas de Voltaire y Rousseau que Lambert, uno de los últimos propietarios de Ferney, hizo poner. Resulta gracioso que los dos hombres de letras más importantes del siglo XVIII francés estén aquí, no careándose o insultándose, sino inclinados cortésmente para darle la bienvenida al visitante. Y es que si hay en la historia de la literatura una rivalidad, una rencilla, un odio mutuo dignos de atención fueron los que protagonizaron estos señores de la peluca, los satines bordados, las polveras y los libros. Rousseau era dieciocho años menor que Voltaire. Fue aquel, por lo tanto, quien hizo el papel de discípulo durante un tiempo. El joven vio en el adulto al genio y lo convirtió en su faro en el aprendizaje de la escritura. Así lo dice en sus Confesiones: “Nada de lo que escribía Voltaire se nos escapaba. El gusto que me daban estas lecturas me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia”. Por ello, los primeros acercamientos entre los dos estuvieron definidos por la humildad roussoniana y la vanidad volteriana. ¡Ah, la vanidad de Voltaire! Quizás su inteligencia, tantos acosos padecidos y esa capacidad titánica de trabajo en un organismo tan lábil expliquen esa vanidad que a veces tomó visos de grandilocuencia insoportable. Porque Voltaire deseaba que la corona de laurel se depositara únicamente sobre sus parietales. René Pomeau dilucida así la oposición de estos dos temperamentos: al examinarse moralmente, Rousseau se consideraba con frecuencia un ser malo; mientras que Voltaire no se examinaba nunca y se consideró siempre bueno. La riña alcanzó cotas extremas –cartas inflamadas, ensayos venenosos, insultos bastos, chismes que pretendían acabar con la respetabilidad del uno y del otro– cuando ambos cohabitaron en los predios del lago Lemán. Hay quienes dicen que la región era muy pequeña para albergar al mismo tiempo a dos gigantes. El hecho de que un enciclopedista, como Rousseau, hubiese atacado a sus compañeros de labor –D’Alembert había escrito con la anuencia de Voltaire una cínica entrada de la Enciclopedia dedicada a la represiva Ginebra– le pareció a Voltaire una traición imperdonable. Para él, Rousseau era simplemente un retrógrado. Pero, además, estaba el hecho de que la ruptura de este con el cristianismo no había sido la esperada por Voltaire. De todas formas, sus ideas religiosas eran parecidas: ambos se consideraban deístas, no creían en los milagros ni en la divinidad del Cristo y pensaban que el bien humano era el mismo para todos. Tampoco se puede ignorar, en el marco de estas diferencias, que el uno abogaba por el predominio del sentimiento, mientras para el otro la razón debía ser la reina, lo cual explica el romanticismo del primero y el clasicismo del segundo. Por otra parte, está la manera en que ambos concebían al hombre y su medio. Para Rousseau este era corrompido por las instituciones sociales y el sentido de la propiedad, mientras que Voltaire consideraba que estos representaban los altos emblemas de la civilización. Ellos, que tanto habrían de influir sobre las transformaciones futuras que les esperaban a Francia y a Europa, hasta donde se sabe jamás se encontraron. Solo lo han hecho en algunas historietas ilustradas y en estos aposentos de la memoria cultural. Pero comenzaron a unirse en los panfletos revolucionarios que los reconciliaron y en los de la Restauración, que los injuriaron. Hasta que sus restos fueron depositados, uno al lado del otro, en el Panteón de París. Los huesos de ambos, así culminaría su relación conflictiva, terminaron saqueados por monarquistas fanáticos y arrojados en algún vertedero de la ciudad.

El recorrido que hago por las salas y alcobas del castillo me provoca una impresión incómoda: Voltaire no tenía buen gusto en cuestiones pictóricas. Las paredes están adornadas por esos cuadros alegóricos, tan propios del siglo XVIII, en los que él mismo y su enemigo Rousseau, otra vez abrazados, derrotan al fanatismo. Hay otro, un adefesio llamado El triunfo de Voltaire, donde este, dueño de dos cabezas, es coronado por Melpómene y Apolo en medio de una multitud de admiradores y enemigos del héroe. Otros más son escenas de la antigüedad mitológica. En ellos, Venus y otras divinidades aparecen como mujeres regordetas, de mejillas sonrosadas, senos minúsculos y vientres abultados. Así le gustaban las mujeres a Voltaire. Y lo supongo así porque son similares las imágenes de sus dos amantes más notables: madame de Châtelet y madame Denis. Una buena parte de los cuadros muestra al hombre en diferentes épocas de su vida. De estos últimos, el que más me atrae, situado en la habitación principal, es el Voltaire de Quentin de La Tour. El escritor está de perfil, pero mira de frente. Su peluca es larga y un poco cenicienta. Es la época de sus cuarenta años, cuando vivía refugiado en el castillo de Cirey, pues la publicación de sus Cartas filosóficas había desencadenado represalias. El rostro, radiante; los ojos, de un café benevolente; hecha de poderosa largura la nariz; los labios pintarrajeados trazando un mohín de sagacidad. El mentón partido y recién afeitado revela la impronta de los polvos nobles. Y luego, el cuerpo erguido, ataviado con una camisa de seda y una casaca de gruesos bordados de oro. En su mano, el objeto que lo hizo siempre un personaje temerario: un libro de hojas púrpuras.

Otro cuadro de la habitación me remite a los amores de Voltaire. Se trata de Madame de Châtelet, pintado por Marie-Anne Loir. Émilie fue la mujer que lo protegió en su castillo de Cirey. Estaba casada con un marqués militar, pero esto no le impidió establecer una relación con el ya afamado autor. De hecho, se sabía del carácter libertino de la fémina en los ambientes que ella frecuentaba en París. Ambos estudiaron a Newton en su retiro aristocrático, y Émilie fue la primera que tradujo al francés los Principios matemáticos. Amaban a Inglaterra por su liberalismo, y dicen que fue Voltaire quien le enseñó a ella las obras de Pope y Shakespeare. Organizaron en el castillo una vasta biblioteca que todos los sabios de la época elogiaron sin hesitaciones cuando pasaron por allí. Vivieron los años más agitados de la vida del Voltaire poeta y dramaturgo, coronada de éxitos y viajes por las cortes de Bélgica, Prusia y Francia. Los dos se presentaron al concurso que ofrecía la Academia de las Ciencias con unas memorias sobre la propagación del fuego, pero fueron rechazados por unanimidad. A Voltaire le encantaba que ella tocara el clavecín y realizara delante suyo los ejercicios de equitación, esgrima y gimnasia. Leían juntos lo que escribían y no eran ajenos al juego de cartas y al vino de champagne y a los manjares porque se consideraban un par de filósofos voluptuosos. De esos días surgió “El mundano”, poema que confiesa la inclinación de su autor por el lujo, los placeres, la limpieza y el ornamento. En fin, ambos se amaron con fervor apasionado y también con lucidez razonable. Max Gallo, uno de los últimos biógrafos de Voltaire, dice que esa fue una “relación feliz y seria”, llevada por dos seres que nunca consumieron sus vidas en futilidades y gozaron sin remordimientos. Hasta que aparecieron en escena madame Denis, la sobrina de Voltaire, por un lado, y el joven marqués de Saint-Lambert, por el otro. Entonces la estabilidad de la pareja se vino abajo. Saint-Lambert embarazó a Émilie y días después del parto murieron ella y la criatura. Voltaire quedó desolado. Una tras otra, sobrevinieron más vicisitudes. En ese, el mejor de los mundos posibles que tanto alababan Leibniz y Pope, Voltaire y su obra fueron atacados con encono. Estas nuevas persecuciones habían sido ordenadas por Federico ii, su antiguo protector y amigo. Voltaire y su sobrina fueron detenidos y humillados en Fráncfort. Para completar el mapa de las desdichas, ocurrió el terremoto de Lisboa, estalló la guerra entre Francia e Inglaterra por territorios de América del Norte e inició la guerra de los Siete Años. Todo esto, no obstante, hubo de servir de algo a la literatura. Voltaire escribió Cándido que, de todo lo que salió de su caudalosa pluma, es lo más perenne.

Observo, por unos minutos, la estrecha cama del escritor, con su cabecera y cortinaje de flores doradas. En lugar de las imágenes religiosas que usualmente velan por el dormir de los humanos, hay un cuadro cuya temática define una de las últimas luchas emprendidas por Voltaire. Su título: La desgraciada familia Calas, de autor anónimo. Los integrantes de la familia, trajeados con el negro sobrio de los luteranos, están escuchando la lectura de un acta en la cual se le devuelve la dignidad a Jean Calas, el protestante de Toulouse sobre quien cayó el rayo terrible de la justicia de esos años. Voltaire, desde Ferney, había realizado una requisitoria minuciosa para restablecerle el honor a ese hombre a quien se acusó y se condenó a la tortura y a la muerte por el suicidio de uno de sus hijos, recientemente convertido a la religión católica. Jean Calas y su familia eran, según un tribunal aberrante, los culpables de una muerte ocurrida, en realidad, por la desesperación de una personalidad atormentada que buscaba trabajo y no podía conseguirlo debido a su procedencia hugonota. Cómo se tomaba en serio lo que hacía Voltaire en la vigilia, concluyo. En vez de un ícono religioso, había escogido la representación pictórica de una de sus luchas más memorables. Y no se equivocó, porque el caso Calas motivó la escritura de otra de las obras esenciales de Voltaire, el Tratado sobre la tolerancia. Es a partir de este libro que el combate en torno a un tema álgido, el de las represiones religiosas, habría de ganarlo la sensatez y no el abuso de la institución eclesiástica. Este es, pasados los siglos, el gran triunfo de Voltaire. Esa pelea que había iniciado con la aparición de las Cartas filosóficas y que logró plena madurez en el Tratado.

Después de pronunciar aquella frase que todas las mentes del mundo deberían tener como emblema, y que según parece no es de Voltaire sino de uno de sus biógrafos, pero que de todas formas reúne la esencia de su actuar: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, me dispongo a salir del castillo. Cruzo otras salas donde más muebles de adornos vegetales y más cuadros de alegorías antiguas marcan el periplo de la visita. Busco una ventana para observar el tilo bajo el cual a Voltaire le gustaba escribir en las jornadas estivales. Pero como no encuentro rastros de ese rincón, me encamino hacia las terrazas. Respiro profundo para inundarme de la transparencia de la intemperie. Apoyo mis manos en las balaustradas enanas. Una nubecilla de mosquitos revolotea sobre un arbusto florecido. Mis ojos abarcan los Alpes lejanos. Uno de los riscos de allá, tengo entendido, es el Monte Blanco. Busco a alguien para que me despeje la duda, pero no hay nadie cerca. Las estatuas de Lambert, ubicadas en las terrazas, me llaman con sus movimientos detenidos. Son personajes afectos a ese romanticismo sentimental que Voltaire no habría aprobado. Una Virginia, salida del libro de Bernardin de Saint-Pierre, yace en medio de una inocencia palpitante de deseo. Me aproximo a la adolescente, que ahora juguetea con un pajarillo entre sus manos, y percibo una vez más las montañas nevadas. En ellas creo ver, trazada con levedad, la sonrisa de Voltaire.

 

El Retiro, agosto de 2018

Página 1 de 4

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Pablo Montoya

(barrancabermeja, 1963). Escritor y filósofo con estudios de música. Ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2015 y del Premio José María Arguedas de Casa de las Américas en 2017 por su novela Tríptico de la infamia. En 2016 recibió, además, el Premio José Donoso como reconocimiento al conjunto de su obra.

Octubre 2018
Edición No.201

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Reina, esclava o mujer


Por Fernanda Melchor


Publicado en la edición

No. 202



Seis años después de ser nombrada soberana del Carnaval de Veracruz, Evangelina Tejera es acusada de asesinar a sus dos hijos. Los hechos que horrorizaron al puerto, y que originaron un [...]

El Sur


Por Fernanda Trías


Publicado en la edición

No. 207



Este fragmento es el comienzo de la novela La ciudad invencible, que acaba de publicar Laguna Libros. [...]

Edgar Degas


Por


Publicado en la edición

No. 141



Con este texto podra saber más sobre Edgar Degas y animarse a ver el documental que presenta Cine Colombia [...]

Ajiaco caliente


Por Kevin Nieto


Publicado en la edición

No. 206



Una receta para la sopa desencadena una persecución en la época de la  violencia bipartidista. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores