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El Malpensante

Portafolio gráfico

Lucía vestida de reina

¿Cómo se transforma la belleza? a través de su lente, el hijo redescubre el paso de la madre por dos reinados y explora su experiencia bajo la corona. el prestigio, el vestido, la juventud y los aplausos hacen parte de los muchos recuerdos que gracias a este íntimo homenaje han dejado de desvanecerse.

Hasta hace un par de años la belleza que veía en mi madre –acreditada por dos reinados y enmarcada en una cultura que tiende a sobrevalorar lo bello– había sido para mí apenas un rasgo, un detalle biográfico entre muchos otros que recuerdo y que me enorgullecen de su diversa trayectoria: reina, empresaria, ejecutiva, ama de casa, chef y escritora. Pero eso que yo sentía anecdótico –que mi mamá hubiera sido señorita Caldas en 1973 y luego reina de la XX Feria de Manizales en 1974– la hizo especial. No es exagerado decir que, sobre todo en esa época, ser la reina de la Feria de Manizales era equivalente a un título oficial de la nobleza cafetera y taurina; un honor casi político que ponía a familias enteras en la pirámide del prestigio y la admiración.

 Entre las evidencias materiales de sus reinados estaban las coronas, el cetro, las bandas, algunos vestidos, y en especial uno blanco que ella mantenía guardado en un baúl de su apartamento en Manizales. En el año 2015, mientras hacía el proyecto “Zoología real”, durante una residencia artística con el Colectivo +1, abrí de nuevo el baúl de Olga Lucía Jaramillo, mi mamá. Allí encontré un objeto que recordé haber visto en mi infancia: un álbum negro, grueso, con esquinas repujadas en metal, que contenía todas las fotos y artículos de la época de sus reinados: recortes de prensa del diario La Patria y la revista Cromos, fotos, cartas, invitaciones, telegramas, calcomanías y folletos. Intuí por primera vez las múltiples dimensiones y el potencial del material que tenía entre manos y tomé fotos de su contenido sin tener muy claro qué iba a hacer con ellas.

Un año después descubrí la vocación de las fotos que había tomado del álbum. Haría un fotolibro que hiciera homenaje a mi madre y a todas las dimensiones de su experiencia como reina de belleza. Lo temporal, lo estético, lo político y lo emocional. Una reinterpretación de su álbum con las censuras, preguntas y apreciaciones del hijo que esta vez también es el fotógrafo.

Pero, ¿cómo ver a mi madre con unos ojos distintos a los del hijo?, cómo explorarla desde una perspectiva artística? Intervenir algo tan puro como la mamá de uno y sus recuerdos puede sentirse casi como una profanación. Alterar, subvertir el orden de las imágenes, censurar o destacar torpemente, en este caso a mi madre, explica la intervención como técnica y como concepto, una de mis prácticas frecuentes como arquitecto y fotógrafo.

Mantuve entonces algunos materiales que ella usó en el objeto original, como el papel mantequilla, los pliegues en las hojas y una pluma, e intervine las fotografías que había tomado hacía un año con joyas y objetos que mi mamá usó cuando era reina. Recuerdo haberla visto un día cualquiera peinándose en la cama de su cuarto y eligiendo alhajas de su cajita de joyas. Le dije: “Prestame esas joyas, loquita”, y comencé a ubicarlas sobre las fotografías –sus recuerdos– componiendo las nuevas imágenes que ahora hacen parte del libro Lucía.

También sentí que el proyecto necesitaba imágenes contemporáneas de su protagonista. Teníamos fotos intervenidas de los años setenta, pero de la Olga Lucía de ahora, esa que evidencia el paso del tiempo y el cambio, no había registro. Entonces convencí a mi mamá de que se pusiera su vestido de coronación blanco, su cetro y su corona y que posara para mí: “Me dio mucha pereza hacer esas fotos, pero la insistencia de este muchacho es incomparable y el amor de madre doblega cualquier vanidad. Me pareció que era interesante mostrar cómo cambiamos, cómo el tiempo va dejando sus estragos y cómo podemos ser auténticos al envejecer. La belleza es un atributo pasajero. No tenemos que tratar de retenerla con ansiedad”. Los objetos salidos del baúl conservan su brillo, cosa que no ocurre con la piel de mi madre. Hay pecas y el vestido ya no cierra. De otra forma, todavía es hermosa.

Lucía se realizó en la incubadora de fotolibros de La Hydra en Ciudad de México y fue finalista del Cosmos pdf Award de Arles, de Fiebre Photobook en Madrid y en la IV Feria de Fotolibros de Viena. También tuvo una mención de honor en el Felifa de Buenos Aires. Cuando estuvo terminado, le mostré la maqueta a mi mamá y le pedí que hiciera un texto o un poema a propósito del resultado. Una parte dice así: “Olga lucía su traje de gala. Lucía juventud, lucía su mirada... Ahora, los ecos del ayer corren el velo del espejo donde alguna vez se miró el vestido... el cristal está sombrío”.

Este álbum, al igual que el libro, es una conversación entre mi mamá y yo. Su historia y sus recuerdos mezclados con el hijo admirador de su madre y el fotógrafo que busca expresarse a través de una visión propia. Un todo sobre mi madre, si prefieren.

 

L: Cuando las jovencitas cumplíamos 18, nos presentaban “en sociedad” en el Baile Blanco, una fiesta del Club Manizales. Mi hermano me regaló un vestido hermoso, estrené peinado y desfilé, y ahí me vieron los del concurso de belleza. Al cabo de unos meses ya estaba metida en el cuento. Pasé de usar tenis a los tacones, al maquillaje, y sonreía mucho, me tocaba taparme la cara con las manos para descansar.

S: ¿Te acuerdas cuando te eligieron Señorita Caldas?

L: De eso no me acuerdo sino del bikini rosado que tenía. Por esa época me dieron las llaves de la ciudad y esas bobadas. Aunque ser reina de tu ciudad es muy bonito.

S: Mami, ¿y ese que te mira iba a ser mi papá o qué?

L: ¡Bobo! Ese era el vigilante. Tenía, eso sí, un edecán que me echaba los perros. Esas fotos fueron en un desfile en el Club Naval de Cartagena, en un show donde había un tipo que pidió una voluntaria, o sea yo. Me senté en el piso y con una flauta controlaba una culebra que me pasaba por las piernas.

S: Este retrato es uno de los más fuertes del proyecto. Taparte el rostro fue como tapar esa idea clásica de la belleza. ¡Quedaste como una momia!

 L: En cambio, la foto que más me gusta es la del vestido que no cierra.

 S: ¿Y qué piensas de los reinados?

L: En los setenta, tener una reina en la familia era un acto de sociedad. Yo era muy inexperta y me tocó enfrentarme a los “aviones” de los grandes departamentos, con barras gigantescas y mucho dinero en influencias. Lo disfruté, pero me quedó el remordimiento de no haber escuchado la súplica de mi mamá la noche de la coronación: “Nena, no te pongas ese vestido rojo, ponte el vestido blanco por favor...”. No le hice caso y me pesó. Luego llegó la experiencia de la Feria de Manizales. Ser la reina de tu ciudad es algo muy lindo. Los reinados eran más naturales, menos “armados”. No había tanto mercantilismo ni tanto bisturí como sí hubo unos años después, cuando el narcotráfico irrumpió en todas las esferas de la vida pública colombiana –incluidos los reinados– con más visibilidad en Antioquia y el Eje Cafetero.

 S: ¿Y de la belleza qué piensas?

L: Todo es pasajero, hijo. El tiempo va dejando sus estragos y podemos ser auténticos al envejecer. Por eso nunca me pongo bótox, ni me avergüenzo de mis arrugas, de los gorditos, del cambio. Lo único que no resisto son las canas, ¡las odio!. El nombre del libro me pareció más romántico y coherente con esa transformación: ¡Lucía! Aunque miráme esta feúra de arrugas.

S: Mami, ¿y te has dado cuenta de que en esa foto acostada se te ven los calzones?

L: ¡Hijo!

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Santiago Escobar-Jaramillo

Fotógrafo freelance, x-Photographer de Fujifilm, y miembro de Colectivo +1, La Hydra y Urban Photographers.

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