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El Malpensante

Cine

El festival internacional de cine sin Cartagena

¿Por qué uno de los eventos cinematográficos más longevos e importantes de Latinoamérica no promueve el trabajo de realizadores de Cartagena, la ciudad que le sirve de escenografía?

Delegaciones de la industria cinematográfica arribando al Teatro Cartagena en la noche de clausura del primer festival (1960).

Una noche de febrero, en 2015, un muchacho cobrizo de ojos sombríos logra introducirse en la sala de urgencias del Hospital de Bocagrande, en Cartagena. Usa una bata blanca como camuflaje para evadir al personal médico y camina derecho hacia uno de los cubículos. Detrás de una de esas cortinas encuentra a Marta Yances, su amiga y colega, quien yace sobre una camilla.

 Marta es productora del cortometraje El extraño caso del vampiro vegetariano, que después de tres años de producción deben terminar de filmar esa misma semana, durante el Carnaval de Barranquilla. David Covo, el muchacho, codirige la película. Aunque en ese momento ya han usado todo el presupuesto que ganaron en una convocatoria de Proimágenes y no tienen el dinero para terminar de grabar la última escena, David le dice a Marta que ya está todo resuelto para el rodaje, que se mejore pronto, y se despide. Un par de días después, un sábado de carnaval, Marta muere de manera súbita por un cáncer diagnosticado recientemente.

 La película quedó en el tintero y tomó más de dos años terminarla. Fue la última producida por Marta, que por treinta años participó en varios de los proyectos cinematográficos del Caribe. Y fue escrita y dirigida por Luis Ernesto Arocha, quien es recordado por su irreverencia, por ser pionero del cine experimental en Colombia, por su recorrido en plazas como Nueva Orleans y Nueva York, donde alguna vez expuso su trabajo con Andy Warhol, y por ser parte del Grupo de La Cueva. Luis Ernesto también moriría durante el proceso de posproducción, en noviembre de 2016.

Cuando David termina el corto de 29 minutos, le propone al Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) que lo incluya en la programación como homenaje a Luis Ernesto y Marta, pero el festival hace a un lado su propuesta. “Los criterios de selección en los festivales dependen de las personas que programan, y uno programa lo que considera que merece estar ahí”, comenta David, con discreción.

Cuenta la historia que, en 1955, la Alcaldía de Cartagena dio la orden de instalar un impuesto sobre el valor de las entradas a cine. Con el dinero recaudado pagarían la carroza de la Reina Popular de ese año y un viaje a Miami para la ganadora. Frente al nuevo arancel, escribió Ricardo Chica en su libro Cuando las negras de Chambacú se querían parecer a María Félix, las 29 salas de cine de la ciudad entraron en huelga y el público empezó a estrilar: que por qué tan caro, que quién podía pagar esa barbaridad, que si no era ir a cine, qué más se podía hacer en las noches calientes de la ciudad. El impuesto fue eliminado y las salas reabrieron para darle continuidad a una tradición que ya había arraigado. Desde agosto de 1897, cuando un representante de la Casa Lumière de París presentó la primera proyección en la ciudad (la segunda en el país), las tramas mexicanas, hollywoodenses, y de vez en cuando caribes, europeas o suramericanas, marcaron el estilo de vida de los cartageneros.

 A finales de los cuarenta, un muchacho llamado Víctor Nieto alquiló una casa abandonada en el barrio Pie de la Popa y en los siguientes años la adaptó para hacer una sala de cine. La bautizó igual que un proyecto radial en el que ya trabajaba: Miramar. Para Nieto no bastó que en la siguiente década el lugar se convirtiera en un privilegiado punto de encuentro para los jóvenes de la ciudad. Atendiendo su negocio, un día se enteró de que en Mar del Plata (Argentina) había un festival de cine anual. Entonces, según su hijo Gerardo, Víctor se alió con el dueño del casino de la ciudad, que también tenía otro en Mar del Plata, y logró traer a Cartagena a uno de los organizadores de aquel evento. Víctor aprendió del invitado y en 1960 inauguró el Festival Internacional de Cine de Cartagena, con apoyo de la Alcaldía y un grupo empresarial interesado en invertirle al turismo local. “Cuando él se da cuenta de que necesita entregar un trofeo, busca en la historia de la ciudad y encuentra a la India Catalina por ahí escondida, como la querida de Pedro de Heredia. Entonces, contrata a un escultor, Héctor Lombana, y crean la estatuilla que se entrega desde los inicios. Después otro escultor, Eladio Gil, hace una versión grande, que es la misma que está ahora en Puerto Duro”, apunta Gerardo sobre una de las imágenes más representativas de la ciudad.

 Durante las siguientes seis décadas, el festival se convirtió en el escenario por el que grandes estrellas del cine internacional, como Greta Garbo, Jack Nicholson, María Félix y Werner Herzog, tocaron suelo suramericano. Los reflectores sirvieron además para iluminar a varias generaciones de cineastas del Caribe colombiano y sus proyectos. En su ponencia de 2001 para el Observatorio del Caribe, Marta Yances mencionó, entre otros, a Gastón Lemaitre y Luis Mogollón, quienes a mediados de los sesenta hicieron la primera película animada de Colombia: Faustino y su vida atormentada. En la programación de los ochenta se presentaron trabajos como Garabato y La fiesta de Ricardo Cifuentes, que retrataron la discriminación social y racial de Cartagena en el marco de bacanales caribeñas. Durante esos mismos años, según narró María Teresa Ripoll, gracias al lobby y al trabajo de Víctor Nieto hijo, la FIAPCF (Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos, por sus siglas en francés) reconoció al festival como un evento competitivo con respecto al cine iberoamericano, y la organización asumió el rol de plataforma para un movimiento regional que en los últimos quince años ha crecido exponencialmente.

Miembros de la primera junta directiva del ficci: Joaquín Franco Burgos, Víctor Nieto, José Barbieri y Aurelio Martínez Canabal (1960).
Equipo de El extraño caso del vampiro vegetariano. Marta Yances (de Fucsia) y David Covo, abrazados (2016). Cortesía de David Covo.

El FICCI también ha sido la cuna de una prole de jóvenes creadores locales a la que pertenece David Covo. Por eso, para él, filmar El extraño caso del vampiro vegetariano fue como hacerle un guiño al cine experimental que se presentaba en el festival entre los sesenta y los ochenta, y abrir un portal en el que se le dio voz a los tradicionalmente marginados. La película cuenta entre líneas la historia de Luis Ernesto, que es la de un cineasta homosexual en una región homofóbica y en medio de una epidemia de sida que arrasó con gran parte de sus amigos. Como siempre manifestó Marta, debió haber sido un homenaje a él en vida, una mirada atrás, un disfrute del pasado. Entrar a la cartelera del FICCI habría sido un detalle de afecto de la organización por aquellos años en los que el proyecto de don Víctor, como le decían a su creador, aún estaba madurando. Por el contrario, el corto quedó fuera y el episodio se convirtió en una gota más en un vaso ya rebosado para quienes en el pasado sintieron que el FICCI era un hogar y una escuela.

 Es la mañana del primer viernes de marzo de 2018 y la versión número 58 del FICCI está en apogeo. Esta vez, la locación es el Institución Educativa Ambientalista del barrio San José de los Campanos, al suroriente de Cartagena. A pocas cuadras hay una avenida de dos carriles por la que pasan buses y camiones que van y vienen de la zona industrial de la ciudad. Los vehículos levantan polvo en este barrio que en las últimas dos décadas ha cedido el verde de sus espacios para llenarse de concreto, de condominios y conjuntos cerrados de clase obrera.

 Mientras decenas de niños hacen fila en el patio para votar por su personero, en un salón del segundo piso un grupo de unos cincuenta adolescentes espera a que comience la proyección. Dentro de la sección “Cine en los barrios”, los chicos verán El silencio de los fusiles, un documental sobre la negociación de paz entre el gobierno colombiano y la otrora guerrilla de las farc, realizado por la colombiana Natalia Orozco y coproducido por rcn. Van a ser las nueve de la mañana. La proyección debía comenzar a las ocho, pero el sonido no funciona.

 A las 9:30 de la mañana, un muchacho hace una introducción a la película, la rectora agradece al festival por llevar cine al colegio y por fin comienza la función. Pasan dos horas. Alrededor de quince chicos se quedan dormidos. Una niña le pregunta a la maestra: “Profe, ¿el posconflicto es después del conflicto?”, y la profesora responde asintiendo con la cabeza. Algunos alumnos hablan entre ellos, unos cinco miran hacia la pantalla. Tres de estos –Rosa, Joaquín y Andrea– prefirieron sentarse en la primera fila del salón antes que irse a la última, en donde están sus amigos.

 Cuando termina la proyección, los chicos apuntan que el cine sirve para aprender sobre otras realidades y para imaginar sus vidas en el futuro. “Me pareció interesante el documental, pero no creo en el proceso de paz. Si ni siquiera hay paz en mi barrio, ¿cómo va a haber paz con los guerrilleros?”, dice Rosa. “A mí me gusta más ver televisión, sobre todo el programa de las Kardashian porque son unas hermanas muy unidas”, añade Andrea. “El cine asiático y el árabe son mis favoritos. El año pasado vi Los tres idiotas... pero, la verdad, nunca he visto una película en la que los personajes se parezcan a mí”, concluye Joaquín.

Ninguno de los tres ha visto aún una película cartagenera.

 La sección “Cine en los barrios” fue un sueño de Jorge García Usta, quien por años constituyó uno de los grandes pilares del festival, y le dio un valor especial a lo largo de casi dos décadas. Se trata de un espacio coordinado durante varios años por Ángela Bueno y programado casi exclusivamente por cineastas cartageneros como David Covo y Jhon Narváez, conocidos como equipo por su trabajo en Tornado, una maratón de producción que hasta hace un tiempo convocaba a realizadores para que hicieran cortos sobre Cartagena.

 La cara de Jhon es cada vez más conocida, no solo en la ciudad, sino en todo el mundo. Durante el Festival de Cannes de 2018 se presentó Pájaros de verano, la película más reciente de los directores Cristina Gallego y Ciro Guerra, protagonizada por Jhon. Después de participar de cerca en las actividades del FICCI, Jhon comenta que trabajó sobre todo en la cualificación de la programación de “Cine en los barrios”. “Antes solo se presentaban los descartes del festival. Pero después tuvimos acceso a todos los cortos que la gente enviaba y de ahí empezábamos a hacer nuestra selección. A veces coincidía con la selección oficial del festival”, cuenta Jhon un jueves en la tarde, unas semanas después del cierre del FICCI 58, mientras espera a que comience la película del cineclub del Museo Histórico de Cartagena.

 Según él, “Cine en los barrios” es el espacio idóneo para presentar filmes cartageneros, aunque advierte que no debería ser excluyente ni exclusivo, ya que el cine local podría estar en todas las secciones si tiene calidad. “Me vi Pantera Negra (la película de Marvel) hace poco con mis dos sobrinos pequeños y los vi emocionados. Se sintieron representados”, explica Jhon. Para eso también sirve el cine, “para crear identidad y ciudadanía”. Su reflexión me recuerda las palabras del psicoanalista martiniqués Frantz Fanon, en su libro Piel negra, máscaras blancas: cada sociedad requiere de sus propios recursos culturales para hacer catarsis, una forma en la que, de tanto en tanto, se pueda uno sacar lo que tiene reprimido adentro.

Sin embargo, de las películas que se presentaron en esta edición del festival, solo una era de un realizador cartagenero: La Boquilla, mi paraíso, un corto producido por la Fundación Ecoprogreso y dirigido por Danny Holguín, llegó a “Cine en los barrios” después de presentarse en otros festivales de Estados Unidos y en el Festival Internacional de Cine de Pasto. No todas las producciones locales tuvieron el mismo destino. Trabajos como La suerte del salao, de la productora cartagenera María Teresa Gaviria y el director Felipe Holguín, no fueron seleccionados en Cartagena, a pesar de haber recibido el Premio Lucía del Festival de Cine de Gibara en Cuba y de ser invitados a participar en otras muestras como el Festival de Cine Latino en Nueva York, el de San Diego, Chicago y Marsella. El largometraje El Piedra, del director cartagenero Rafael Martínez, que fue reconocido como la mejor película en el Bogotá Audiovisual Market (bam) y anunciado en la separata especial que el diario El Espectador dedicó al FICCI, tampoco fue proyectado. Según comenta el jefe de programación del festival, Pedro Adrián Zuluaga, “la que se dio alrededor de El Piedra fue una discusión importante, en la que se consideró el sentido de reproducir representaciones paternalistas de la pobreza en Cartagena... O [mejor dicho], el sinsentido”. Para Zuluaga, pensar que un festival de una ciudad debe ser rehén de un cine local solo por compromiso “es dañino y paternalista”.

 Hace dos décadas, cuando don Víctor lideraba el festival, se creó la sección “Nuevos creadores”, que según comenta Gerardo Nieto fue pensada para que los cineastas cartageneros presentaran sus cortos. “El cuento de mi papá, más que el cine, era el amor por la ciudad”, dice. Pero después de que el Senado de la República declarara el festival como Patrimonio Cultural del país en 2012, la categoría se convirtió en un espacio nacional y se diluyó la iniciativa local. Ante el vacío no solo cartagenero sino caribe en la programación, cabe preguntar: ¿por qué tanta ausencia en un evento creado por cartageneros?, ¿cuál es la cara local detrás del evento y cuáles son sus intereses?, ¿quién toma la decisión de qué va y qué no va en ese cartel tan codiciado?

En la esquina de la plaza de la Merced de la Ciudad Amurallada se levanta el Teatro Adolfo Mejía, una de las sedes del festival. Son las tres de la tarde y, adentro, una marejada de espectadores se alivia del calor con el aire acondicionado helado y se sienta a ver Virus tropical, la película animada del director Santiago Caicedo. Han hecho una fila que le dio la vuelta a la cuadra, por más de una hora, bajo un sol canicular que insola pieles pálidas. Es el sábado del FICCI 58, y Diana Bustamante, directora artística del Festival, se toma unos minutos para conversar. Hace un rato terminó la función de las once de la mañana. Vimos la bella y tediosa película Zama, de la directora argentina Lucrecia Martel.

Carlos Serrato, protagonista de El extraño caso del vampiro vegetariano, con ganas de probar la sangre añeja de Luis Ernesto Arrocha. Cortesía de David Covo.

Luis Ernesto Arocha y Carlos Serrato toman un descanso de la jornada de grabación, frente al mausoleo de la familia del director.

  “No hay un proceso exacto de selección. Yo arranco a ver películas desde el Festival de Cannes. La mayoría de las ‘gemas’ vienen de allá”, cuenta Diana frente a la entrada al teatro, refiriéndose a una de las secciones del FICCI en la que se presentan películas laureadas en otros certámenes. Esta es la cuarta edición dirigida por Diana, quien ya había sido pupila de Monika Wagenberg, una bogotana que desde finales de la década de 2000 lideró junto a la cartagenera Lina Rodríguez la reconfiguración que condujo a lo que el evento es en la actualidad: una ventana al mundo del cine nacional que cuenta con un presupuesto de más de 10.000 millones de pesos y deja el 75% de su presupuesto a la industria turística local.

 “Nosotros nacimos en Cartagena, la ciudad nos alberga, llevamos su nombre, pero también tenemos la responsabilidad de ser un festival nacional. Creo que la pregunta es: ¿por qué hay tan poca oferta caribeña, o cartagenera?”, dice Diana. Sobre los proyectos locales que ha visto últimamente, piensa que una película no indicada dentro de una selección podría hacerles daño tanto a la pieza como al director. “A lo mejor esto no se resuelve con la creación de una sección caribeña o cartagenera, sino con otra clase de espacio donde, además de ver las cosas, se discutan”, contesta cuando se le pregunta sobre otros eventos de este tipo, como el Festival Internacional de Cine de Morelia, en el que hay una sección exclusiva para el cine local.

 Su reflexión coincide parcialmente con la de Carlos Gutiérrez, director ejecutivo de Cinema Tropical, una organización que fundó con Wagenberg hace diecisiete años en Estados Unidos. Cinema Tropical fue la responsable de proyectar la función de preestreno de la película Amores perros, dirigida por el mexicano Alejandro González Iñárritu. De ahí en adelante han trabajado para asegurar el éxito que tiene hoy en día el cine latinoamericano en ese país. Para Carlos, “el trabajo de los festivales es ser una plataforma del cine nacional, que además impulse la industria regional. En ese sentido, el de Cartagena ha sido fundamental”. Días después de la clausura del FICCI, Gutiérrez comentó por teléfono desde Nueva York que es cierto que la producción cinematográfica está centrada en las capitales, pero que eso está cambiando en algunos lugares como Recife en Brasil, Córdoba en Argentina, o Guadalajara en México. “El de Morelia tiene la sección ‘Cine michoacano’ porque el festival cuenta con apoyo del gobierno estatal”, explica Carlos. Esta es una iniciativa y requisito del financiador público, el estado de Michoacán –del que Morelia es la capital–, que se hacen posibles gracias a la alianza con la cadena mexicana de teatros de cine Cinépolis y otros patrocinadores.

 Antes de regresar a la sala del Teatro Adolfo Mejía, Diana me habla sobre El extraño caso del vampiro vegetariano: “Es un proyecto interesante. David Covo había trabajado en la programación de ‘Cine en los barrios’ y nosotros recomendamos que se presentara ahí, pero luego no sé qué pasó”. Para ella, el festival tiene una deuda con Luis Ernesto Arocha y Marta Yances, pero aunque este año la línea del FICCI haya sido, en palabras de Diana, “lo monstruoso, los proscrito, lo raro y una reivindicación con lo queer desde la identidad sexual”, El extraño caso del vampiro vegetariano, tan monstruosa como queer, no estuvo en la programación. La película se presentó por primera vez en Cartagena durante los días del festival, pero en una programación paralela del cineclub del Museo Histórico.

 Abril de 2018. Un mes después del cierre del festival número 58, la junta directiva de la organización decide no renovar el contrato de Diana Bustamante como directora artística del festival (lo que también desencadena la renuncia de Pedro Adrián Zuluaga como jefe de programación) y en julio se anuncia que el cineasta Felipe Aljure asumirá el cargo. En una conversación telefónica días después del anuncio, Felipe recuerda desde Bogotá el lanzamiento de la película Bandoleros, dirigida por el cartagenero Erlin Salgado. Durante aquel festival de 2006, la película, filmada con menos de 500 mil pesos y con la cámara de un celular en el barrio La Esperanza de Cartagena, se presentó dos veces y ambas proyecciones estaban repletas. Cuenta Felipe que la gente se reía y comentaba, confrontada por el ardor que da mirarse en un espejo después de años de no hacerlo. “En este país hacer nación siempre es difícil. Con territorios tan apartados de la infraestructura estatal surge la sensación de no pertenencia. Sin embargo, el deporte, la televisión y el cine mantienen los lazos unidos”, dice Felipe. Sobre la posibilidad de abrir espacios para el cine cartagenero y caribeño, Felipe dice que “la sensación al final de la versión 59 del FICCI debe ser que es un evento en el que todo sector cabe”.

 El presupuesto dirigido a la industria cinematográfica en Barranquilla se aproxima a los 600 millones de pesos y sirve para realizar cortometrajes y sostener una agenda anual de cine. Mientras tanto, el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena de Indias (ipcc) ha podido gestionar por este mismo concepto una sola entrega de 10 millones de pesos en catorce años. Jaime Sánchez, presidente del Consejo de Cine de Cartagena explica que, aunque este organismo fue uno de los cuatro primeros creados en Colombia en 1998 gracias a la Ley Cinematográfica, es también uno de los más relegados.

 Según Sánchez, los dineros asignados por el Distrito para la gestión de cine se van por completo en el festival, lo que deja por fuera requerimientos del gremio como la creación de una Comisión Fílmica, necesaria para que las varias producciones que llegan a la ciudad se filmen con un equipo humano local, en lugar de traerlo de otras ciudades del país. El proyecto se ha presentado varias veces al Concejo de la ciudad desde los noventa. Incluso el mismo Gerardo Nieto registró la Comisión en la Cámara de Comercio hace treinta años, pero no ha conseguido gestionar fondos de la Alcaldía. El ipcc señala que el presupuesto del Distrito para cultura es limitado y deja en la misma precariedad a otros gremios como el gastronómico o la organización de las Fiestas de Independencia. Esto en una ciudad turística por excelencia. Capital de un departamento que en 2016 sumó en el rubro de comercio, reparación, restaurantes y hoteles una suma de 3,3 billones de pesos, el 10% del pib departamental.

 Jaime Abello Banfi, miembro de la junta directiva del FICCI y director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, confirma la información que ofrece Jaime Sánchez y la amplía. De un presupuesto total de alrededor de 10.000 millones de pesos, las entidades públicas aportan entre dinero y servicios aproximadamente una cuarta parte del presupuesto. El mayor patrocinador es el Ministerio de Cultura; luego está la Gobernación de Bolívar con un aporte aproximado de 1.000 millones, invertidos en hacer la caravana que lleva cine a todos los rincones del departamento durante el transcurso del año. La Alcaldía de Cartagena le suma a esa cuenta un aporte casi simbólico de solo 50 millones. Según el informe de presupuesto de 2017, los casi 7.000 millones restantes vienen de una contribución privada que encabeza la Organización Ardila Lülle.

 Abello Banfi comenta en medio de una tarde de cine en el festival número 58: “A diferencia del Hay Festival (un congreso literario que se realiza en Cartagena, pero se organiza en Inglaterra) y del Festival de Música Clásica (un evento que se organiza desde Bogotá), el FICCI tiene sede en Cartagena y cuenta con una junta directiva compuesta, en su mayoría, por cartageneros”. En los últimos diez años, desde que Lina Rodríguez es directora general, se han logrado gestionar más recursos de la empresa privada y el gobierno nacional. Con más capital para crecer, ha mejorado la nómina que mantiene viva a la organización durante todo el año. Las cifras son alentadoras. En 2003, don Víctor tuvo que cerrar la oficina y liquidar al personal porque las deudas del festival acababan con sus bolsillos y los de la junta directiva. Los aportes del Ministerio de Cultura no superaban los 300 millones de pesos, la Alcaldía aportaba minucias, y los hoteles, restaurantes y entidades locales como el Centro de Convenciones dejaron de contribuir con sus servicios. Luego vino Gabriel García Márquez. Gracias a su colaboración, se logró conectar el festival con grupos empresariales como el de Ardila Lülle y la organización empezó a respirar de nuevo.

 En 2008 llegó Lina Rodríguez. Fue para la edición número 48 que asumió la gerencia general, unos meses antes del fallecimiento de don Víctor. Apoyada entonces por la junta directiva, Lina se alió con varios actores de la vida pública y privada del país, como Paula Moreno, entonces ministra de Cultura; Claudia Triana, de Proimágenes, y el crítico de cine Orlando Mora. Este último asumió la primera dirección artística del festival con asesoría de Monika Wagenberg. A partir de la edición número 51, Monika asumió la dirección artística y llevó al festival a lo que los críticos culturales del país han llamado la “renovación del FICCI”. “Si en la edición número 58 el festival ha llegado a la mayoría de edad con todas sus luchas y crisis de seis décadas, el cine nacional está entrando en su adolescencia”, dice ahora Lina Rodríguez, diez años después de asumir aquel reto, y recuerda que cuando llegó a la organización aún no había una categoría para el cine colombiano.

 “Cuando comenzó la competencia de cine colombiano no hacíamos filtro porque se producía tan poco que se proyectaba todo lo que llegaba”, recuerda Lina. Actualmente en Colombia se realizan más de 40 películas al año, el cine entró en los últimos años a la agenda de las políticas públicas del país y la empresa privada invierte en este gremio como una oportunidad tributaria y comercial. Los proyectos nacionales entran a un mercado latinoamericano que tiene una cartelera de 600 películas anuales. Tres cuartas partes de esa torta regional están ocupadas por proyectos mexicanos, argentinos y brasileños. Sobre la falta de participación local en la programación de este año, Lina dijo: “Como organización queremos sanear las heridas que los realizadores locales puedan tener con el festival. Está en nuestra naturaleza crear espacio para la ciudad también”, y enfatiza que uno de los éxitos de su gestión radica en la gratuidad de la programación del festival. Una característica que genera entusiastas filas interminables. No hay abasto para tanta gente.

 Si el festival es adulto y el cine colombiano es adolescente, el gremio cartagenero está aún en pañales. En diez años de gestión, el FICCI ha tenido que dialogar con once alcaldes. Una ruleta distrital que ha llevado a un estado de desgobierno e indiferencia, especialmente en la agenda social y cultural de la ciudad. “Trabajar de la mano de un distrito así es complejo”, dice Lina. Y agrega: “La mirada crítica de la ciudad tiene que existir, pero también tiene que ser una mirada generosa porque el festival se ha volcado hacia la ciudad y el público bolivarense”. A pesar de las buenas intenciones de la organización y de no tener la obligación de arrastrar consigo al gremio de cineastas locales, lo cierto es que el FICCI es una entidad cultural de casi sesenta años con un presupuesto más de treinta veces superior que hace quince años. ¿Tiene responsabilidades como tal? El festival nació y se crio en la entraña de una ciudad donde la inversión del Estado en producción cultural es casi nula. Y eso no es un tema menor.

“Cine en los barrios”, una proyección al aire libre.

Cuando Marta se embarcó en la travesía de realizar El extraño caso del vampiro vegetariano, lo hizo porque creía que no solo sería un aporte a la memoria y un homenaje en vida a Luis Ernesto Arocha, sino que también sería rentable financieramente. Pero Marta murió antes incluso que Luis Ernesto, y sin compartir el plan para lograrlo. Motherlove era el título original del corto que Luis Ernesto había hecho unas décadas atrás en Nueva Orleans y del que no existen ya copias. Una película sobre este vampiro que se alimenta de las flores del cementerio y que cada año, en días de carnaval, consigue una víctima para que su madre vampiresa se alimente. La idea era convertir ese corto en un largometraje para que no desapareciera, como podría desaparecer Sansón y Dalila, película que hizo con Enrique Grau y de la que queda una copia en un archivo de Nueva York.

 El extraño caso del vampiro vegetariano es una película delirante, algo torpe y no es la gran obra maestra de Luis Ernesto Arocha. Lo que sí logra es probar cómo funcionan las producciones guerrilla en la región. Es un proyecto libre, arriesgado y con una mirada veterana sobre un tema que sigue siendo pertinente en el Caribe del país. Aunque no entrara en la competencia oficial, como muchas otras, la reacción de los cineastas locales frente a su ausencia en el FICCI demuestra la necesidad que tiene la ciudad de ver en las pantallas del evento películas que se realizan en su propia casa o que son producto de sus hijos. Si lo pusiéramos en términos FICCIonales, sería como si, ante la muerte de Woody Allen, el equipo del director le pidiera al Festival de Cine de Nueva York que presentara su última película y el festival se negara porque no le parece su mejor trabajo.  

Hace falta materia crítica para que la producción regional tenga una presencia abundante en la selección del festival, pero ya hay algunos avances de cara al futuro como la primera promoción de producción audiovisual con énfasis en cine de la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar. Con la nueva dirección artística, el FICCI se enfrenta en los próximos meses al reto de mantener la calidad y el prestigio cultivado por el trabajo de Víctor Nieto padre y Víctor Nieto hijo, Orlando Mora, Diana Bustamante, Monika Wagenberg y Pedro Adrián Zuluaga, y de hacerlo conversar más seriamente con Cartagena y la región Caribe. La administración pública podría abrir los ojos a los casos de éxito que demuestran que el talento local no es solo abundante sino rentable. La serie televisiva Déjala morir, que fue parcialmente producida con dinero del departamento de Bolívar y transmitida en el canal regional Telecaribe, arrasó este año con nueve premios India Catalina, los más importantes de la televisión colombiana, ganándoles a los canales privados tradicionales, rcn y Caracol.

 Mientras esto ocurre, el melancólico vampiro vegetariano, que durante años vio a sus amigos morir de sida, de tristeza o de abandono, seguirá luchando por existir. Ante la posibilidad de un nuevo escenario, Cartagena podría convertirse ahora sí en un árbol robusto que dé frutos fílmicos cada año, como soñó Víctor Nieto hace seis décadas; o seguir siendo la deslumbrante carroza que arrastra a centenares de turistas todos los años, pero que, después de la clausura de cada festival, vuelve a ser una trivial calabaza.

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Teresita Goyeneche

Fue finalista del concurso Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2017. Es columnista de La Silla Vacía y ha colaborado con medios como Vice y con la cadena Univisión.

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