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El Malpensante

Ficción

La teoría del marinero holandés o Welcome to Babylonia

Dossier de Ficción

Ilustraciones de Sako-Asko.

Este cronista ha sostenido la teoría del marinero holandés. Dicha teoría, destilada tras largas sesiones de billar con un par de amigos a quienes dejaré pasar de incógnitos, consiste en afirmar que lo que necesitan ciertas mujeres que van por la vida estudiando a desgano una carrera intermedia –dentistería, digamos–, y que son pálidas aunque sorprendentemente bellas bajo el manto de la juventud, es que las encierren una semana en un hotel de los bajos fondos de Ámsterdam con un marinero holandés. Aparte de esconder la llave durante ese lapso, se han de agregar a la receta cantidades ilimitadas de champaña francesa –la marca es opcional, Veuve Clicquot, por ejemplo, u otra de categoría semejante, eso sí brut y helada– y suficientes arreos para la lid, como espejos en el techo y una pantalla gigante de video con amplia selección de escenas de la vida extramarital.

Aclaro, en anticipo a las suspicacias, que un auténtico marinero holandés, tatuado el torso con el nombre de “Marlene” y curtido a rabiar por las damas de alquiler conocidas en la intemperie de los grandes puertos de cuatro o cinco continentes, no se interesará demasiado en su compañera de encierro y en un principio le propondrá que pasen el tiempo jugando al ajedrez (hay que agregar un tablero y unas piezas). Pero a la larga, como solo se permite llevar una muda de ropa...

Concluida la semana y perdidas por voluntad mutua las tres o cuatro virginidades que ofrece la naturaleza a la inventiva humana, estas mujeres salen flacas y florecidas. A poco trecho abandonan la carrera intermedia –de hecho hay demasiados dentistas en el mundo–, hacen a un lado el desgano y abren, por así decirlo, un vivero. En síntesis, se vuelven útiles a la sociedad.

Ahora bien, si la teoría del marinero holandés es correcta, en el caso de Gabriela García, mi pálida vecina de tantos años, se cumplió el corolario: en vez de una semana la dejaron diez días, y se malió.

Tal vez convenga proceder primero a un repaso de la familia García, que durante quince años fue vecina de la mía, hace otros tantos. El padre, don Roberto García y García, era un corredor de bolsa guapo y borrachón, hábil para ju...

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Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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