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El Malpensante

Ficción

La hija del Caribe

Dossier de Ficción

Ilustración de Cigarra Entinta.

Comodora Cervilla, mi abuela materna, nació en Cartagena hace 71 años. Empezó a dar sus primeras puntadas antes de aprender a escribir y desde entonces siempre lo hizo cantando y sin dedal, porque insistía en que las agujas solo pinchaban cuando tenían algo importante que decir. Por eso, cada vez que una aguja le hablaba con un picotazo, mi abuela dejaba de coser, se preparaba un agua de hierbas y llamaba a preguntar por toda la parentela, y como eran más de doscientos los que compartían su apellido, siempre había alguno enfermo o recién ennoviado que justificaba la llamada.

Ella se reía y contaba que, si tuviera que unir en una sola pieza todos sus trabajos de costura, habría tela para cubrir lo que ocupó la Gran Colombia.

La abuela se trasladó a la capital para casarse con mi abuelo cuando solo tenía catorce años, víctima de un enamoramiento que fue confundido con toda suerte de enfermedades que, por fortuna, se curaron después de pasar por el altar del brazo de aquel poeta canijo de piel de mármol. Desde el día en que lo vio, soñó con coserle un traje blanco y una camisa celeste, para que le rimaran con sus prematuras canas y con sus ojos porque siempre le bailaba la ropa. Mi abuelo, que le llevaba la delantera por tres lustros, era un lector compulsivo y un bardo romántico al que todos conocían en Cartagena como Puntoycoma, por su debilidad hacia este signo de puntuación con el cual casi siempre se duda y pocas veces se acierta. Los versos que se conservan de mi abuelo están dedicados en su mayoría a las sensuales hembras costeñas, a las que siempre bautizó con el nombre de Comodora o les dio sus rasgos, y a quienes deseaba con el pudor y el arrepentimiento de un seminarista sin vocación. Allí, en plena punta del Caribe, el sol hacía el amor con el agua del mar todos los días. Fue así como se fue tiñendo su piel transparente y se filtraron las endorfinas que le caldearon la sangre y lo inspiraron para olvidarse de ser cura y empezar a llamarse poeta.

El muchacho, convertido en lector público de versos incomprensibles, empezó a declamar en matrimonios y se armó fama por su voz profunda y potente que jamás necesitó de un micrófono. Después de pasar dos años pareando versos de aire tropical, que burbujeaban como la soda en la mente de sus oyentes, Puntoycoma se regresó a su Bogotá natal. Se trajo a Comodora, la dosis de Caribe que creyó necesaria para poder vivir en la ciudad montañosa y fría donde lo esperaban dos responsabilidades: sus hermanas menores que acababan de enterrar a su padre.

Cuando el abuelo entró a la casa para presentar a su morenita, que apenas empezaba a atravesar la pubertad, declamó un poema a Dios agradeciendo su voluntad de elegir a Comodora como la nueva espina dorsal de la casa. La niña de rizos salados y piel tostada integral encajó como mejor pudo dentro de la vida de la capital, aprendió a moverse sin meter la pata dentro de la remilgada familia en la que aterrizó y a lidiar con sus dos cuñadas, un tanto racistas, que tardaron en hablarle por considerarla una mocosita oportunista. Con los años, la alegría de Comodora empezó a iluminar la rancia oscuridad de una casa antigua, donde no se colaba ni una carcajada o el silbido del viento. Cuando cumplió dieciocho años, Comodora levantó el luto a la casa y sorprendió a las cuñadas con dos vestidos lilas que ella misma cosió encerrada en el baño, y que ellas, protestando entre dientes, finalmente lucieron cuando su hermano las obligó a ponérselos.

Diez años tuvieron que esperar para ver a Comodora embarazada, pues una extraña reacción hacía que el abuelo solo funcionara bajo el agua, pero al no tener una bañera donde cupieran los dos, tuvieron que intentarlo echándose cubos de agua en la ducha, con lo que él mantenía ligeras elevaciones intermitentes que terminaban en una eyaculación microscópica, que al final, sin el aliento suficiente, se resbalaba entre sus piernas. Tanta agua acabó por extinguir la pasión de Comodora, quien decidió cambiar los encuentros acuáticos por la jardinería, que sí le daba la seguridad de que sus semillas germinaran en flores.

Con el correr de los años, la cuñadas se volvieron bastante más receptivas con ella y se mostraron preocupadas por la desesperación en la que se encontraba su hermano, que a sus cuarenta años ya se creía impotente para procrear. Las hermanas, con sus elegantes maneras bogotanas de decir las cosas sin decirlas, dejaron bajo la almohada de mi abuelo dos tiquetes de avión a la ciudad del Caribe donde Comodora y Puntoycoma se cruzaron por primera vez. Allí, sin pudores ni vergüenzas, la joven se dejó desvestir a pleno sol en una playa desierta, y el hombre se introdujo al mismo tiempo en ella y en el mar. Echaron su último polvito en la arena, exfoliándose los traseros mientras la espuma blanca les volvía salados los besos. Puntoycoma la fertilizó con tanta pasión que tuvieron que arrastrarse por esa misma arena para separarse, pues mientras él permaneciera en contacto con el agua del mar, no había mano que pudiera bajar aquel puente levadizo convertido en piedra.

Mi madre, impaciente desde el nacimiento, vino al mundo siete meses después. El parto solo duró quince minutos, pues con solo dos empujones la abuela alumbró una cría que más parecía de perro que humana. Una maraña de pelo oscuro coronaba su diminuta cabeza, y su piel colorada ocultaba dos bultos salientes que permanecieron sellados por los párpados hasta el primer cambio de luna, congestionados como bulbos. Al abrirse, mostraron dos pepitas verdes que contrastaban con la palidez de su cara. La recién nacida, a quien le fue asignado el nombre de Sol Edad por el capricho poético de su padre, en honor a las circunstancias en que fue concebida, ganó con los años una belleza fría y distante. Su cuerpo delgado como el bambú y su piel inmaculada hicieron que Comodora se riera al reconocer los alcances de aquel empujón del abuelo. Lo cierto es que mi madre salió más parecida a Puntoycoma de lo que él mismo deseó. Era una gran oyente pero mala conversadora, y mi abuela cuenta que poseía un talento enorme para la poesía, pero no la paciencia necesaria para afinar sus versos, que casi siempre terminaban convertidos en cenizas en el patio de ropas. Hablaba poco, y las veces que su voz susurrante se escuchaba por los pasillos se debía a sus inquietantes conversaciones con Dios.

La muchacha, cada día más taciturna, empeñó su adolescencia en terminar con buenas notas el colegio y en hacerse una experta en la lectura del tarot. No se le conoció novio, solo amigas con las que nunca hablaba si había público y a quienes se unía en la silenciosa afición por la literatura y por la música en francés. Ningún hombre se atrevía a hablarle a esa mujer que lo miraba todo detrás de un libro (leía con tanta concentración que incluso se le olvidaba comer). Hermosura o elegancia nunca le faltaron: su madre la vestía con las mejores telas que se podían comprar, pero por más bella que luciese, siempre llevaba la tristeza impresa en los ojos. Comodora lo sabía e intuía que habían cometido un error imperdonable con la chiquilla al condenarla a llevar ese terrible nombre, pero prefería actuar para solucionar la soledad de su hija antes que lamentarse por ella.

Cuando Sol Edad cumplió veinte años, Comodora la envió a pasar unas vacaciones a Cartagena. La familia Cervilla se encargó de acoger a la muchacha en un cuarto que le acondicionaron para despertar su interés por el sexo opuesto: retiraron los libros de las estanterías, y hasta la luz de la mesilla de noche para asegurarse de que la joven no se refugiara en la lectura. En su lugar dejaron las preparaciones que cada uno de los Cervilla elaboró con flores, mariscos, frutas y cuanta cosa hallaron, para que la tímida jovencita se sintiera atraída hacia algún hombre. Por si fuera poco, cada tarde la hacían asistir a la tertulia, sobrenombre elegante que dieron a la reunión de primos y cuanto vecino por allí se asomaba para jugar a las cartas, cotillear y beber hasta salir a gatas de aquella casa que jamás dormía.

El hermano de Comodora se esmeró tanto en mejorar los poderes afrodisíacos de su crema de algas marinas con pescado, que Sol Edad tuvo que ser ingresada un fin de semana en el hospital por las fuertes diarreas que le causó el dichoso compuesto erótico. Cuatro días restaban para que Sol Edad volviera con las manos y el cuerpo vacíos a enfriarse de nuevo en la capital. Los pronósticos no podían ir peor, y mi madre estaba harta de desayunar sin poder quejarse de los bebedizos de hierbas y animales triturados en un puré que se tragaba con la nariz tapada.

Después de ayudarles en la preparación del almuerzo de despedida, Sol Edad se fue hasta la playa para ver por última vez ese mar grisáceo al que no había querido entrar, pero su piel, intolerante a cualquier tipo de calor, empezó a picarle y en sus piernas aparecieron unas ronchas que fueron escalando por sus lechosas pantorrillas. No tuvo más remedio que desprenderse de su ropa y sumergirse en el agua, esperando a que la sal le curase con dolor el escozor. Nadando se sintió dentro de un vientre cálido, placentero, y tuvo la sensación de pertenecer más al mar que a la tierra. Dirigió sus ojos hacia la arena cuando vio aproximarse a un muchacho atlético de pelo largo que se movía con gracia por esa playa desierta, exhibiendo con chulería una cría de tiburón.

La mujer, irradiando confianza y belleza, emergió desnuda para verlo de cerca y le habló con una voz que ni ella misma reconoció, emitiendo por cada letra un sonido voluptuoso.

El muchacho, encandilado por ese cuerpo que se hacía más hermoso con cada vocal redonda que ella pronunciaba, empezó a sentir que la mujer despedía un fuerte olor a miel y pescado, otro efecto inesperado de las pócimas libidinosas, y arrojó el tiburón a la arena.

Dos meses después, la familia Cervilla se movilizó completa a Bogotá para asistir al matrimonio de la pareja. Fue una fiesta en la que los costeños celebraron con raudales de ron y champaña el éxito de los brebajes familiares y que, bien entrada la noche, sirvió para conocer y copiar los misteriosos ingredientes de la fórmula buscamarido que le dieron a Sol Edad, quien pasó toda la noche de bodas vomitando, hecho que algunos achacaron a su reciente estado de buena esperanza.

El chico del tiburón se enamoró rápidamente de Sol Edad con sus escasos veinte años y renunció a salir de fiesta para convertirse en padre de familia, sin saber muy bien qué era eso que se le venía encima.

Mi padre la complacía con todo el amor y ella, más que con ninguna otra persona, disfrutó de tener compañía, de ducharse con alguien y de enseñarle sus preciados discos en francés. Le hizo todas las confidencias que a nadie más compartió y juntos gozaron de su pasión por el sexo, aunque a la abuela le pareciera que no eligieran los mejores sitios para quererse y los encontrara cada tanto en el garaje, en el patio y hasta en las escaleras practicando para alcanzar el éxtasis, en extrañas posiciones, y con una barrigota en el medio.

Junto a la abuela Comodora, mi padre entrevistó a más de cincuenta mujeres, obstinado en encontrar la comadrona más experimentada para asistir el parto de su hijo, pues la recién casada se negó a dar a luz en un hospital, después de que su instintiva interpretación del tarot le creara un pavor inexplicable por aquel lugar.

A las cuatro de la tarde llegaron las contracciones y el parto comenzó. La comadrona y la abuela tenían a Sol Edad despatarrada dando alaridos sobre una cama, mientras se esforzaban por romper la bolsa amniótica con los dedos. Sobre el barreño de metal cayó una cascada de agua que hizo parecer que mi madre explotaba. Cuando mi padre vio aquello, decidió abandonar la habitación y se sentó a llorar sus nervios frente al televisor con una botella de whisky. La abuela, con un cubito de hielo sobre los labios de su hija, le daba ánimos para que pujara; entre tanto, la comadrona le marcaba el ritmo de los salvajes empujones que la estaban partiendo en dos.

Llegó la noche y mi cabeza se asomó por las piernas de mi mamá, pero por más que ambas intentaron extraerme del repentino río de sangre que expulsó mi madre, mi cuerpo no salía.

Mi padre se había bebido más de una botella, y la abuela le impidió a pellizcos sentarse al volante para llevar a su mujer al hospital. La ambulancia se hizo esperar más de veinte minutos. Todos permanecieron cerca de la cama escuchando pujar a Sol Edad, quien empezó a llorar por el daño que le producía el bebé atorado en el vientre. De camino al hospital, siguió perdiendo sangre y lágrimas. De sus ojos iracundos brotaban copiosas lágrimas que se le metían en la boca cuando chillaba. Fue dentro de esa ambulancia, me dijo años después la abuela, que Sol Edad se dejó llevar por el pánico. Entre tanto, yo resistía las múltiples posiciones en que la comadrona me acomodaba como tapón de la hemorragia.

Después de escuchar los gritos de mi madre, que le decía a Dios que su bebé la iba a matar, metieron de nuevo mi cabeza, quizá para que no sintiera el peso de sus horribles palabras. El obstetra se encargó del resto. Por suerte, sintió debilidad por mí. Intentó que mi madre pujara un poco más, pues yo lo había saludado con mi primer llanto, pero, al cabo de cuarenta minutos, sus energías la desampararon y mis caderas se quedaron atascadas. A la fuerza, el doctor volvió a meterme dentro de ese vientre rojo, y mi abuela diría después que me sintió llorar dentro de la carne de mi madre, y espantada se puso a rezar.

Con un corte en el abdomen, el doctor puso fin al dolor de mi mamá; me extrajeron, con un hombro dislocado, de un cuerpo que nunca dejó de sangrar. La abuela lo intuía: el cordón umbilical no tenía la longitud suficiente para dejarme salir de ahí, de mi madre, quien justo en el momento de mi nacimiento, murió.

Mi padre me visitó diez fines de semana, lo que aguantó. De ahí en adelante fue el huésped más esperado de la casa en Bogotá, pero el menos frecuente. Se marchó de noche, después de celebrar mi memorable bautizo.

La accidentada ceremonia, que reunió a la familia más cercana, terminó en una encendida discusión entre mi padre y la abuela Comodora. Todo se debió a que el cura, cuando derramó el agua helada sobre mi cabeza, cambió el libreto de mi vida, y en lugar de bautizarme como todos ya me llamaban, dijo Soledad, cumpliendo el único deseo de mi padre. Eligió una sola palabra, no las dos que fracturaban el nombre de mi madre. Mi abuela, aguantando la rabia de aquel cambio de última hora, despidió a su yerno a carterazos y le dijo que ella me educaría con la condición de que él no metiera nunca más sus narices en las decisiones. Mi padre aseguró que no había mejores manos para cuidarme que las de mi abuela, la única que no perdió la alegría y la entereza después de que mi madre se trepara a leer en una nube, como siempre creí en mi infancia.

Cuando Puntoycoma se enteró de que su única hija se había desangrado en el parto, lloró en público y renunció a sus poemas. El abuelo había entrado de lleno en una pavorosa depresión. Comodora, en cambio, recibió a su nieta como si de un ángel se tratara y le pidió al abuelo que se fuera a Cartagena para buscarle respuesta a su dolor y a su repentina crisis de fe. Su mujer le planchó tres camisas y dos pantalones y los guardó con mimo dentro de un maletín. Al pasar seis meses, las vecinas de la casa de mi abuela en Cartagena dijeron que lo habían visto caminando descalzo por la calle, pero como todos sabían que aquel hombre luchaba contra un dolor concentrado, más agudo y fermentado cada noche que pasaba, le perdonaron esa y las otras locuras que lo vieron cometer. La abuela, que lo conocía mejor de lo que él mismo se conocía, sabía que no recibiría una llamada del abuelo hasta que no se sintiera vivo de nuevo. Para tener noticias de lo que quedaba de su marido, que para ese entonces ya parecía un saco de huesos, Comodora hizo uso de una larga cadena de conocidos, que incluía a los vecinos, para que le narraran por carta las andanzas de un bardo esquelético que regresaba columpiándose en zigzag entre las paredes, en compañía de un pestazo a tabaco y ron. Un viejo inofensivo que escribía apoyado en sus rodillas, que se fumaba hasta las piedras y blasfemaba cuando se le subían los tragos, pero dueño de una extraña galantería que le valió para ganarse el cariño de los vecinos que además de relatar sus pasos los cuidaban.

La abuela, entretanto, compensó la pena de alejarse del abuelo multiplicando el amor que llevaba dentro. Cuidó de mí con tanto acierto y bondad que las tías juraron que nunca tuve que aprender a llorar, y revivió dentro de ella el esplendor de sus años de madre. Dedicó las más tiernas canciones a su nieta, le dio de nuevo todos los besos y la misma comprensión que a su hija.

El resultado de este alud amoroso, unido a su afinada intuición, hizo de mí un plácido bebé con un crecimiento maravilloso, algo que alimentó la felicidad de mi abuela y el peso de ambas. Las pestañas me subían firmes y onduladas, mostraba una sonrisa perenne por la que se asomó un diente con solo cuatro meses, y los rizos, suaves y colorados, salían de mi cabeza como manojos de fideos.

A la abuela le preocupaba que yo no hubiese saboreado la leche materna, pero eso le dio impulso para crear una fórmula alimenticia rica y poderosa que consiguió hacerme pasar de la extrema delgadez del día de mi nacimiento a tener los muslos tan rollizos, que se vio obligada a modificar la receta para que pudiera gatear.

Tan bien se criaba la nieta, que las vecinas primerizas y las mujeres en vísperas de dar a luz le pidieron, a cambio de su futura leche materna, presenciar la preparación del batido magistral y de los aceites con los que me masajeaba. Las clases se impartían por las mañanas en el patio, donde Comodora había desafiado el clima para conseguir sembrados de arroz, árboles de cerezo, plátano, aguacate, saúco, calabaza, plantas de sábila, hierbabuena, ajo, guaraná y marihuana.

Cuando cumplí tres años, se dio cuenta de que ese mismo tiempo que le permitió a los cerezos crecer hasta el patio de los vecinos, y que a mí me permitió aprender a nadar, a su marido le estaba chupando el alma. Me dejó al cuidado de mis tías, a las que el olfato les había dicho que su hermano estaba sufriendo más de lo que le tocaba, y se fue a buscar a Puntoycoma.

El abuelo yacía en un catre percudido de excrementos, del que no quiso salir ni para saludarla. El hombre, con el rostro ajado como un estropajo, levantó la cara mostrándole los huecos de una dentadura que otrora hubiera sido llamada perfecta. Contra las encías sostenía un cigarrillo sin filtro que despedía un olor intenso, haciendo más nauseabundo su hábitat de bestia humana. Comodora se acercó para darle un beso en la frente y pidió a sus hermanos que le ayudaran a sacar el catre de la casa pues fue imposible despegarlo de Puntoycoma, quien se resistió con todas sus fuerzas a abandonarlo. El abuelo gritó que lo dejaran morir. Como una estrella de mar que devora a su presa, estiró sus extremidades sobre el colchón, y en medio de la acera se quedó con los empeines encadenados y vociferando versos sin sentido. Ocho días pasó tirado en la calle sobre el colchón, durmió bajo el sol inclemente y una tormenta tropical le lavó la cara y mojó los trapos con los que se cubría, pero esto solo sirvió para revivir la peste de su orina.

Para combatir la tragedia en la que se había convertido la vida del abuelo, los vecinos del barrio reunieron dinero y convocaron un concurso. El hombre o mujer que consiguiera levantarlo se llevaría a su casa un lechón.

Al pie de la cama del abuelo colgaron de un poste una campana metálica para que retumbara en el caso de que alguien superara el reto, y las reglas impuestas por Comodora fueron muy claras: estaba prohibida la violencia, ya fuera verbal o física, y se dejó encargado al niño Viviano, el monaguillo sordo de la parroquia, de asegurarse de que nadie robara la comida o el agua del poeta. El hombre, debilitado y más enjuto cada día, comía con la voracidad de un perro ciego, olisqueaba y mascaba todo lo que le echaban en su cama, incluyendo una raspa que un pescador desprevenido le trajo pensando que podría mejorar el menú de arroz que le preparaba diariamente su mujer. Pero las espinas se clavaron en su garganta tejiendo una red por donde no pudo pasar el aire. Puntoycoma abrió su boca como un ternero adolorido, emitió un mugido pavoroso que presagió ante la inerte multitud su punto final, y en esas estaba Dios, dejándole ver su túnel blanco y su video, editado especialmente para ese día, cuando de repente el niño Viviano saltó como una fiera sobre su espalda provocándole un vómito milagroso que le salvó la vida.

El cencerro sonó una madrugada de domingo. Todos los vecinos salieron tan vestidos o desvestidos como los pilló el campanazo y vieron que el abuelo Puntoycoma y su cama habían desaparecido. Un hilo de sangre les marcó el camino que rastrearon en silencio hasta llegar a la arena de la playa, donde encontraron la litera hecha pedazos. La abuela Comodora pidió que volviesen a sus casas, desgarrada de dolor se mantuvo de pie frente a la orilla del Caribe, creyendo que en cualquier momento el agua le devolvería a su poeta, pero al caer la tarde, después de un diálogo silencioso con el mar, supo que el agua se quedaría con él, y en sus brazos entendería por fin la muerte.

El cura, como no creía que se tratara de un suicidio, celebró una homilía en su nombre, a la que asistieron afligidos y algo desconcertados los parroquianos, congregados para despedir al loco que demostró tener más fuerza que todos juntos. Al terminar, hicieron una lectura de sus poemas en la playa, con las cosas que el muerto más disfrutó en vida: ron, tabaco y música. Todo terminó a las cinco de la mañana, cuando el niño Viviano arrojó la campana al mar, dejando una estela de sonidos que reverberó bajo las aguas calientes del Caribe.

No quedó huella del paso final del abuelo por Cartagena, pues para mi abuela significó su perdición y reía al decir que no hay peor costeño que el que se empeña en serlo a la fuerza.

Después de leer los poemas, papeles donde quedó dormida la ostentosa voz del abuelo, Comodora intuyó que esos pechos turgentes y esas caderas de mulata acrisolada podían ser de otras mujeres, muchachas sin escrúpulos que se desvistieron para restregar sus encantos sobre la piel del poeta. Comodora se indignó, pero después pensó en lo difícil y mañoso que fue su marido para consumar, y vino su enorme carcajada al pensar que, si quiso ser infiel, jamás pudo llevarlas a la cama como él hubiera deseado. Todos esos papeles que hablaban de muslos vibrando como tambores y vientres cavernosos quedaron sepultados en una caja de aluminio oxidada, a merced del tiempo y la humedad del tejado.

Ahora la caja la tengo yo. Cuando la destapo sale el olor del mar tibio en el que se conocieron mis abuelos, el mismo mar en el que mis padres perdieron la cabeza, en donde todo empezó. Y suena esa música francesa que conmovía a mi madre, y resuena el animoso golpeteo que usaba mi padre cuando me visitaba, mientras quedo hipnotizada al contemplar esos hongos casi líquidos que parece como si nunca fueran a terminar de comerse las palabras de mi abuelo Puntoycoma.

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María Paz Ruiz Gil

Periodista, tuitera y escritora radicada en España. Doctora Corazón de la revista Cromos. En 2012 publicó su primera novela, Soledad, una colombiana en Madrid, con Ediciones B.

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