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El Malpensante

Breviario

¿Qué hacemos con los Snorkel?

Nuevas Voces

En las gavetas de cualquier alacena hay una madame, una bolsa dueña de las otras, que por azares del destino y una mano arbitraria tuvo que resignarse a no ser la elegida, a ser la madrastra que entre sus dos poderosos brazos de polietileno guarda a las otras, las pequeñas, prácticas y llamativas bolsas de plástico. Las envidia en el mismo grado que las protege; se ha convertido en madre por obligación y, cada vez que de su vientre sacan alguno de sus retoños no paridos, sufre en silencio. No porque se marchen, sino por no ser ella la que abandona el nido, nido en el que ella misma se convirtió.

Intenta imaginar qué pasa con las que logran salir de sus entrañas. Algunas, las más desafortunadas, terminan protegiendo los dedos del dueño de casa para que recoja con extremo cuidado los excrementos de Kaiser, que bate su cola con pleitesía mientras la bolsa, antes airosa, pierde la guerra, embarrada, derrotada y sin un atisbo de dignidad.

Pero no todo es mierda porque, por más que sean bolsas plásticas y lleven en su átomos la 

fatídica condición de no ser reciclables, algunas terminan siendo tan útiles como un improvisado impermeable, o en el mejor de los casos como una modesta cometa que algún niño ingenioso logra anclar en el cielo mientras sueña con un colegio en donde no conozcan a
Baldor.

Por fin llegó su turno, después de un año, cinco meses y tres días y medio. La escogieron, tuvieron que inducirle un parto, doloroso pero esperanzador; retiraron de ella las siete bolsas que en ese momento exacto tenía. Fue un placer culposo, no lo niega.

Terminaron usándola para guardar unos viejos snorkel. Nuestra madame se sentía realizada mientras, recostada en la ventana trasera de aquel Renault, veía su vida pasar. Llegaron, la playa de Coveñas los esperaba con un sol que el filo implacable del horizonte cortaba justo por la mitad. Los niños salieron corriendo, medio desnudos y con los flotadores a medio inflar. Los padres, con la madurez insípida que solo trae la adultez, se quedaron atrás descargando las maletas.

El viento, leguleyo del destino, hizo de las suyas. Ya sin el peso y la responsabilidad de llevar algo en su interior, la madame voló y sin querer, pero queriendo, se introdujo en los pliegues de unas olas que la hicieron desaparecer para siempre.

Preguntaron por ella, siendo las sei...

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Kyara Ortega Méndez

Estudió publicidad y comunicación en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha escrito cuentos infantiles publicados en Revista Cucú.

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