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El Malpensante

Breviario

Y las palabras son esquivas

Nuevas Voces

Ilustración de Cigarra Entinta

Las palabras

De niño tardé mucho en aprender a hablar. No era capaz de nombrar las cosas que me rodeaban y solo podía pronunciar una larga hilera de sílabas repetidas, como el ruido que hacen los trenes de carga al pasar por las carrileras: ca-ca-ca-ca. Cuando algo me inquietaba o me sorprendía agregaba a la monosilábica expresión los acentos necesarios para hacerme entender: “¿Ca-ca-ca-ca? ¡Ca-ca-ca-ca!”. Mis padres me llevaron al médico y compararon mi lentitud lingüística con la rapidez de mi hermana mayor, quien al año era capaz de enumerar los objetos de la casa y decir los colores de los carros. Yo estaba a punto de cumplir dos años y seguía sin hablar. Para el médico no había ningún problema: “Es un juego del niño”, dijo al terminar la consulta. De esos años vino mi primer apodo familiar: Ca-ca-ca.

La situación duró hasta finales de septiembre de 1986, una noche en que fuimos al circo que por esos días había llegado a Cúcuta. En medio de la función, cuando salieron los animales más grandes, comencé a nombrarlos, como si las palabras les diesen vida: “Elefante... león... caballo... cebra... tigre...”. Cuando salieron los payasos, también los llamé por su nombre “pa-ya-sos” y luego traté de describir lo que hacían y de anticipar lo que estaba por ocurrir. Cuentan mis padres que esa noche no paré de hablar durante todo el espectáculo. Que luego hablé de corrido durante semanas, como si todo lo callado hubiera estado contenido en mi boca. Además, como muchos familiares pensaban que tenía un problema médico, querían comprobar que me había curado y me incitaban a hablar ofreciéndome chitos y pipas –nombre que en Cúcuta se les da a los dulces–.

Esa historia que cuentan mis padres, cada vez que regreso a la ciudad, me hace pensar en lo triste que sería la vida sin palabras. ¿Cómo sería un mundo en el que todo sonara igual o se llamara de la misma forma? Pienso en un arcoíris en escala de grises o un crepúsculo blanco. Las palabras no sirven solo para nombrar la realidad, sino que la hacen posible. Por eso, ante ...

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Arturo Charria

Politólogo, literato y profesor. Es magíster en estudios culturales de la Universidad Javeriana. En 2016 fue nominado al Premio Compartir al Maestro. Actualmente es columnista de El Espectador y dirige el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación.

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