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El Malpensante

Iceberg

La punta del iceberg

El editor invitado presenta esta edición.

Hace tres años, el gerente del Banco de la República en Cartagena, Jaime Bonet, me invitó a participar en la celebración de los 20 años del Centro de Estudios Económicos Regionales con una conferencia sobre el Festival de la Leyenda Vallenata. “No sé mucho al respecto”, contesté. Insistió. Me fui entonces a Valledupar a investigar sobre un tema que nunca me había interesado. Entrevisté a Cecilia Monsalvo, exdirectora del festival; a los hermanos Pavajeau Molina, quienes desde la sombra manejan los más importantes hilos de este evento; al Mono Quintero, miembro de su junta directiva; a investigadores que dominan el tema desde siempre, como Ciro Quiroz, Julio Oñate, Beto Murgas, Ricardo Gutiérrez, Iván Gil, Julio César Daza; a periodistas como Andrés Alfredo Molina y Carlos Quintero, Celso Guerra. En fin.

Presenté la conferencia, pero el gusanito del vallenato ya me había picado y me metí de lleno a investigar sobre su historia y personajes. Aprovechando que la Biblioteca Nacional adelanta cada año una gran exposición alrededor de la literatura, presenté un proyecto para investigar y exhibir una muestra sobre la historia de esta música teniendo como marco su genoma literario. Consuelo Gaitán, su directora, de inmediato lo acogió con entusiasmo.

En mayo del año pasado inauguramos la exposición “La hamaca grande”, luego de entrevistar a otros conocedores del tema y de revisar los textos, entre otros, de Tomás Darío Gutiérrez, Consuelo Araújo, Carlos Atehortúa, Jorge Nieves, Egberto Bermúdez, Rodolfo Quintero, Alberto Salcedo Ramos, Javier Ortiz Cassiani, Ernesto McCausland, a más de los escritos por los investigadores arriba citados. La Biblioteca me abrió las puertas de su centro de documentación, donde tuve acceso a revistas viejas de Semana y Cromos, y pude explorar entre su archivo de casi 50.000 fotografías de Nereo. Tatiana Duplat, entonces directora de Señal Memoria, fue también muy generosa al permitirme revisar este archivo en busca de entrevistas radiales y material televisivo hecho hace más de treinta años.

La muestra se presentó hasta diciembre del año pasado, tiempo durante el cual cada jueves tuvimos un evento alrededor del vallenato. En noviembre hablé con Andrés Hoyos y Rocio Arias Hofman sobre la posibilidad de publicar una edición especial de El Malpensante dedicada a este género musical. ¿Por qué?

A la historia del vallenato, contada de generación en generación de manera oral a partir de segundas o terceras voces (“mi papá me contó”, “mi abuelo estuvo allí”), cada persona le adiciona anécdotas de su propia cosecha. Es de esta forma como Colombia ha conocido su historia, sus personajes, la tras escena de sus cantos y hasta minucias de piquerias y anécdotas personales, ciertas o inventadas, de esta música que hace mucho tiempo dejó de ser local, incluso nacional, pues nos representa hoy en el exterior.

Es poco lo que está documentado: apenas la punta del iceberg. No me refiero a lo que sobre esta música se ha escrito, sino a aquello que trasciende la oralidad, pues hay documentos, fotografías, canciones y otras evidencias que lo confirman. Es por esto que se repiten historias que no corresponden a la realidad. Como el mito, por ejemplo, de que la guitarra antecedió al acordeón. La guitarra, de origen moro, llegó al país de la mano de los españoles. Tenía más posición social, por lo cual era más usada en algunos rincones del Valle de Upar. Sin embargo, y así aparece en crónicas y en cantos, desde antes de ser conocida como “vallenata”, esta música era conocida como “de acordeón”. La preeminencia, por tanto, está en el fuelle y no en las cuerdas.

El primer disco comercial de vallenatos fue grabado, al tiempo, con el acordeón de Abel Antonio Villa y la guitarra de Guillermo Buitrago. Para entonces, tanto los acordeones como los acordeoneros eran discriminados, lo que hacía esta música poco comercial. Guillermo Buitrago y Julio Bovea lograron luego fama nacional interpretando estos cantos con guitarra, que fue como la gente del interior los conoció. Para ellos, para la gente del interior, la guitarra sí antecedió al acordeón, pero la historia del vallenato se cuenta a partir de la llegada de este aparato a las costas guajiras. Esto habla muy bien de la fuerza del género, que buscó abrirse paso e imponerse sin importar el medio para hacerlo.

Se dice que el acordeón entró al país a principios de la década de 1860 de la mano de un alemán. Es posible. Pero es bueno tener en cuenta que Honher comenzó a fabricarlos en 1865. Por eso me inclino a creer más en la tesis de que ingresó en el pecho de un marinero que venía del Caribe.

Está documentado cuáles fueron los puertos de entrada y en qué cantidades llegó el acordeón al país a partir de 1869. El investigador samario Joaquín Viloria se valió para ello de los manifiestos de aduana de la época. Curiosamente, en ese listado no aparece Santa Marta, pero sí Cúcuta.

García Márquez llevó a creer a muchos que todo lo que dice sobre el vallenato en Cien años de soledad es cierto. ¡Y no! Hay autores anteriores a él, como el magdalenense Antonio Brugés Carmona, rescatado por Jacques Gilard, difundido por el investigador barranquillero Ariel Castillo, y con quien el escritor de Aracataca tiene más de una deuda literaria, pues treinta años antes de que él contara la leyenda de Francisco el Hombre, Brugés ya había hablado de juglares y había escrito para el diario El Tiempo la crónica de Pedro Nolasco Padilla y su enfrentamiento con el diablo. Gabo retoma ambos temas y habla de ellos a su acomodo.

A Francisco el Hombre se le identifica con Francisco Moscote o con Pacho Rada. Sin embargo, mucha gente a quien consulté, de generaciones anteriores a la mía, sostiene que antes de Cien años de soledad nunca se supo de esta leyenda. Emiliano Zuleta fue una de esas personas a las que les oí decir que nunca se tropezaron con Francisco el Hombre. Emiliano supo de esta leyenda cuando él ya era un hombre viejo. Es nuestro mito fundacional y, por tanto, lo respeto tal cual de niño lo aprendí. Pero, conociendo la vasta influencia de Faulkner en García Márquez, me cuesta trabajo no relacionar su obra con las leyendas negras del Mississippi. Así, quizá Robert Johnson, la legendaria figura del blues, no sea el mismo Francisco el Hombre, pero no hay duda de que se le parece bastante.

Lo cierto es que esta música forjó la identidad del Magdalena Grande y la cultura del Caribe colombiano, desde Castilletes hasta el golfo de Morrosquillo, pues hay un solo vallenato, sin etiquetas, ya que no se puede desconocer el gran aporte, entre otros, de un Andrés Landero, un Lisandro Meza o un Adolfo Pacheco. Luego de la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, Valledupar se convirtió en el epicentro de esta música.

Valledupar es una ciudad anclada al centro del antiguo Valle de Upar, el valle de los indígenas chimilas que limitaba al norte con Fonseca y al sur con Chiriguaná. De sol vehemente y brisa efervescente buena parte del año, los acordeones alharacan sus noches bajo el influjo del whisky y la lumbre de las estrellas. Se trata de una ciudad plana, con contados edificios y casas amplias con patios descarados que parecen haber sido diseñados en serie: extensos y sombreados, en ellos nunca faltan los taburetes inclinados contra árboles o muros, las mecedoras para refrescarse del agobiante calor y los palos de mango bajo cuyas ramas siempre se puede improvisar una parranda.

Alrededor de la ciudad reina un paisaje montañoso tupido de verde… más el decembrino amarillo de los cañaguates. Al norte, acentuando su carácter de ícono milenario, se yergue –coronado de canas– el más majestuoso de los monumentos, mimetizado la mayor parte del año tras una densa nube que parece protegerlo, visible en la magnitud de la memoria a lo largo de los meses veraneros. Es la Sierra Nevada de Santa Marta, paraíso de tradiciones y culturas ancestrales, epicentro de violencia, conocida entre los arhuacos como el Corazón del Mundo.

 “Ciertas zonas de la superficie de la tierra poseen más magia que otras”, escribió Paul Bowles sobre Tánger en su autobiográfica novela Memorias de un nómada. De Valledupar podría afirmarse igual cosa: es tan contradictoria, que resulta difícil resistirse a sus encantos. Allí la gente es al tiempo tan hospitalaria y alegre como violenta y machista.

Hace unos años, el cluster de la música vallenata, con Santander Durán a la cabeza, se apoyó en la Dirección de Patrimonio Nacional para lograr que esta manifestación cultural fuera incluida en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Uno de los artículos del Plan Especial de Salvaguarda del Ministerio de Cultura establece la necesidad de adelantar actividades que tiendan a “desarrollar la enseñanza y el conocimiento de los legados del vallenato tradicional”. A esto se une hoy El Malpensante con la edición de colección que tiene en sus manos y de la que, por desgracia, quedaron por fuera textos que hubiéramos querido incluir, como una crónica en la que Gloria Triana da cuenta de la presencia cada vez más fuerte del vallenato en Monterrey, México; o el perfil que Javier Ortiz Cassiani viene escribiendo sobre Luis Enrique Martínez, uno de los más influyentes acordeoneros de todos los tiempos; o el texto escrito por Sara Araújo, sobre el cajero Pablo López; o el de Pilar Ramírez, sobre el uso de esta música en la reconciliación nacional. Y muchos más que la falta de espacio nos impide listar.

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