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El Malpensante

Iceberg

El vallenato se tomará el mundo

La reputada crítica Marta Traba lanzó dardos contra el género que la Cacica amaba, y esta se le midió a la pulla con una mordaz y cómica respuesta.

Carta publicada en El Espectador, el 8 de marzo de 1969.

En un artículo de 2002, la periodista Jackie Urzola afirmó que, luego de la publicación de Cien años de soledad, Consuelo Araújo “aprovechó que los intelectuales capitalinos estaban enloquecidos con el olor a Macondo para ofrecerles la posibilidad de vivir y sentirse también actores de ese mundo alucinante”. Así las cosas, ella y sus amigos construyeron no solo un gran evento alrededor de esta música sino también, y creo que esto es muchísimo más importante, toda una mitología –y hablo de mitología como una ficción– en la que, como escribió José Jorge Dangond, “los juglares se convirtieron en reyes; la música en ciencia –por cuenta de Vallenatología, el libro de Consuelo– y una familia con más de dos músicos, en dinastía”. El ágora de toda esta ficción era (es) la parranda; y el Olimpo, el festival.

Con el Festival de la Leyenda Vallenata se consiguió el objetivo de sus creadores: posicionar a Valledupar en el mapa nacional. Además, supuso un antes y un después en un momento en el que la ciudad estaba ávida de esperanza; sus creadores imaginaron un concepto y demostraron que, más que imitar otros modelos, debemos inventarlos, conjugando el carácter propio –el acento local, lo singular– con la proyección global. El festival también demostró que una infraestructura cultural puede ser fundamental en el proceso de transformación de una sociedad, pues poco a poco se convirtió en un catalizador de la modernidad a la vez que en exponente y motor del cambio que ha contribuido a crear una ciudad más abierta y cosmopolita, donde la cultura tiene un papel preponderante. Y lo más importante: nos dio una identidad, no solo a los nacidos en la ciudad de Valledupar, sino también a los nacidos dentro del marco del Valle de Upar.

En la “Carta Vallenata” que trae esta edición de El Malpensante, la primera que escribió para El Espectador, Consuelo ya había pronosticado, desde finales de los años sesenta, lo que con el correr de los años sucedió: en apenas un par de décadas, el vallenato se convirtió en la música que más se oye hoy en toda la nación, de Ipiales a Uribia, del golfo de Morrosquillo a Arauca. Esta columna es, además, un reflejo fiel del carácter aguerrido y provocador de la Cacica. El cuento de su autoría que se publica páginas más adelante retrata también a una mujer feminista que, desde muy joven, trató de tú a tú a los hombres en una región arraigadamente machista y misógina. Una mujer que, sin duda, hoy tendría una posición determinante en el movimiento #MeToo.

Consuelo Araújo Noguera, Cecilia Caballero de López “la Niña Ceci” (der.) y Alfonso López Michelsen (centro). Campaña presidencial de López, plaza de las Madres en Valledupar (circa 1973).

 

Estimada Marta:

Por primera vez en la vida echo de menos un cartón de bachillerato y un título universitario, que ahora me darían alguna autoridad intelectual para enfrentarme de igual a igual contigo y responder –sin temor a quedar en el asfalto– la desafortunada nota de presentación que escribiste para el disco de la formidable Eliana y que El Espectador publica en su edición del 28 de febrero, página 4-b. Pero aun así, inculta, semignorante y cuasianalfabeta, me atrevo a hacerte unas observaciones sobre lo que has escrito, primero, porque me exaspera tu absurdo sistema (muy conocido de todos) de ensalzar a unos menoscabando a otros; y segundo, porque a pesar de que respeto tus profundos y casi infalibles conocimientos sobre lo divino y lo humano, considero que en esta ocasión se “te escarchó el perol” cuando te atreves –después de anunciar que tu “cultura sobre música popular es nula y corresponde a la generación de Bing Crosby y Vereda Tropical...” – a afirmar sin reato alguno, en una especie de lamento que tampoco creo sincero, que “los bambucos clásicos fueron olvidados por la improvisación y el descuido literario y gramatical de la historia privada o policíaca de los vallenatos”.

Me extraña, más que importarme, que una persona de tan altos niveles culturales como los tuyos no guarde y practique la vieja y prudente norma de no hablar (escribir, en este caso) de lo que no se conoce. Y si Escalona, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta, Gustavo Gutiérrez, Alejo Durán y los demás no se atreverían a entrar en el sacro templo privado de tus conocimientos pictóricos, intelectuales y artísticos en general... ¿no te parece un tanto infantil, por no decirte que bastante vanidoso, que tú hagas sobre la música vallenata una aseveración ligera, ilógica, sin el más mínimo conocimiento de ella...? ¿Cómo puedes caer en el error tremendo de anunciarte como una nulidad en música popular, primero, y pasar inmediatamente a sentar cátedra sobre temas musicales en general, llevándote de paso, en medio del torrencial aguacero de conceptos, a los nadaístas, los Beatles, la castidad, las gentes que rezan, “la perversión del gusto del pueblo colombiano”, el subdesarrollo y todo ese palabrerío hueco que está de moda, rematando con un anatema sobre la música vallenata que ni siquiera conoces?

Francamente me deja perpleja tu capacidad de contradicción, y de todo ese sartal de cosas que dices solo logro afirmarme más en la impresión que tenía –cuando analizaba tu estilo de escritora– de que cuantas veces endiosas a determinada persona (pintor, escultor, cantante, etc.) no es simple casualidad el que otra caiga bajo la piqueta demoledora de tu concepto infalible. Y esto de ahora me confirma el supuesto de que no puedes pegar un ladrillo sin que simultáneamente derribes una pared.

No veo la necesidad de que para hacer un elogio de Eliana tengas que referirte al vallenato hablando de historia privada o policíaca... En eso estás cometiendo un gravísimo error, más grave cuanto más inexacta es tu afirmación. Entérate primero. “El vallenato es –y esta afortunada expresión de alguien que no recuerdo lo define mejor que ninguna otra– la crónica, hecha música, de todo un pueblo”. No se puede hablar de historia privada dentro de la música vallenata, así se refiera uno a determinada canción que mencione con nombre propio a alguien, porque lo que nuestros compositores cantan y refieren es un suceso, que bien lo pudo protagonizar alguien determinado, pero que es en sí el reflejo de mil sucesos más, iguales, ocurridos a otras tantas personas.

El que Rafael Escalona diga en su canto que va a hacerle una casa en el aire a su hija Ada Luz no significa que trate de referir la historia privada de sus intenciones paternas con su primogénita, sino que está contando por medio de un paseo el recóndito temor que sentimos todos los padres al proteger a nuestras hijas de los pretendientes indeseables, cuando están en la edad del amor. Y así son todos nuestros cantos: descriptivos, anecdóticos, históricos, porque con ello suplimos durante muchos años la carencia de periódicos, de radiorreceptores, de comunicaciones, mientras escribíamos con notas musicales la historia de una buena parte del territorio nacional, donde afortunadamente todavía estamos viviendo la vida apacible, bucólica –y subdesarrollada si quieres– de la provincia colombiana.

En cuanto a lo que tan despectivamente llamas “descuido literario y gramatical“, me parece Marta que, como dicen los cachacos, “se te fueron las de andar”... Tú, que has leído tanto, conoces sin duda alguna el Romancero gitano, ¿verdad? Y también El cancionero de Antioquia, de Antonio J. Restrepo. Pero no te has tomado el trabajo quizá de leer con detenimiento la letra de “La custodia de Badillo” o de “El playonero”, o de “La patillalera”, de Escalona, y posiblemente no conoces tampoco “La cita” o “Recuerdos de Patillal” de Tobías Enrique Pumarejo. Pero si algún día les haces el honor de detener tus ojos en ellos, descubrirás que, dentro del estilo llano y sencillo de las frases, la composición se ajusta a las más elementales normas gramaticales y me atrevo a decirte que literarias también, porque yo entiendo que literatura no quiere decir necesariamente grandilocuencia, rimbombancia o ampulosidad.

En lo único que aciertas es cuando te refieres a la improvisación y en eso precisamente radica el mayor encanto y el “agarre” que la música vallenata tiene en el mundo entero. Gracias a Dios podemos decir nosotros que Escalona no conoce una sola nota del pentagrama ni es un intelectual puro ni impuro. Menos mal que Tobías Enrique Pumarejo es un hombre modesto, campechano, sencillo y dedicado al campo. Siquiera que Emiliano Zuleta, Toño Salas y Alejo Durán son de extracción popular y origen humilde. Afortunadamente, Francisco el Hombre no conocía la O por lo redonda y su autógrafo (no te escandalices Marta) era un sonoro salivazo, que estampaba donde quería. Y a pesar de eso, derrotó al mismísimo diablo tocándole el Credo al revés, cuando este lo desafió a un duelo musical en el viejo camino de Guacoche. (¡Y eso que, como tú misma sabes, el diablo sabe más por viejo que por diablo y ya puedes figurarte cuántas sinfonías de Beethoven, cuántas fugas de Bach, cuántas polonesas de Chopin y cuánta música de Mozart, Wagner, Liszt y Debussy conocería Satanás...!)

Si no fuera por todas estas circunstancias especiales, el vallenato no existiría ni estaría dándole la vuelta al mundo como la mejor expresión musical de un pueblo, al igual que los mexicanos con sus rancheras, los españoles con su flamenco y los argentinos con su tango (no con sus intelectuales...).

El día que nuestros compositores salgan de las aulas universitarias con una gramática y una enciclopedia bajo los brazos a “elaborar”, que no a componer, la música vallenata... ese día desapareceremos de la vanguardia del folclor nacional que ahora estamos ocupando, y que ocuparemos mucho tiempo, gracias precisamente a la sencillez, la autenticidad, la originalidad rudimentaria de nuestros cantos. Ten la seguridad de que nosotros sabemos exactamente lo que somos y estamos orgullosos de ello sin vivir añorando cosas ajenas ni falseando el gusto natural para presumir de cultos.

Dejemos así, pero te prometo que será con vallenatos, y no con los espacios ambientales y las obtusas conferencias sobre arte, con lo que nos tomaremos el mundo.

(Derecha) Rafael Escalona mira con cariño a la Cacica. Su larga amistad daría como fruto Escalona, el hombre y el mito que publicaría en 1998, tres  años antes de ser asesinada. El guion de la telenovela Escalona se inspiró en ese libro.

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Comentarios a esta entrada

Oscar Enrique Alfonso

Interesantísimo lo del "agarre". Una impresionante categoría estética. Me imagino un comentario de Diderot, en uno de los salones, basado en ese concepto. Soberbio aporte a la cultura nacional. Teoría y práctica del agarre de la Cacica... Perfecto.

Su comentario

Consuelo Araújo Noguera

Política, escritora y gestora cultural. Junto a Miriam Pupo de Lacouture, Rafael Escalona y Alfonso López Michelsen fundó el Festival de la Leyenda Vallenata, y se ganó el mote de ?la Cacica?.

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