Google+
El Malpensante

Ensayo

El coleccionista de vientos

Originalmente un juguete infantil, desdeñado en Europa por su vulgaridad, el acordeón encontró en el Caribe colombiano una grandeza sin precedentes. Al punto que se convirtió en la única corona real al alcance de un pueblo pachanguero.

                                             ILUSTRACIONES TOMADAS DE MANUALES DEL SIGLO XIX

Un acordeonero es sobre todo alguien que domestica los vientos. Pero la primera vez que me pusieron un acordeón sobre el pecho yo no lo sabía. Era un niño, vivía en Valledupar, y eran los tiempos en los que se daban las puntadas finales a la estética de la bonanza marimbera y su legado de derroche. En alguna calle del barrio había una parranda con música vallenata, y cada vez que el acordeonero se tomaba un descanso, los chicos curiosos nos arremolinábamos alrededor del acordeón que dejaba reposando sobre un taburete de cuero. Era el clásico Corona iii de la fábrica alemana Hohner y, hacía rato la cofradía parrandera lo había bautizado con el nombre popular de “Tres Corona”. El rojo intenso, el nácar reluciente, la perfección del teclado, la parrilla pulida con esmero, sus pliegues en descanso recogidos simétricamente, y la certeza de que allí se escondían las melodías, nos hacían sentir una curiosidad reverencial por ese instrumento.

De pronto, llevado por los whiskies y la emoción de la parranda o quizá por la simple gracia de poner a una manada de niños fisgones en aprietos, el músico estiró el acordeón hacia nosotros. Yo estaba en la primera fila de los entrometidos, de modo que cuando el hombre sonriente tuvo aquel arrebato de generosidad festiva, la parte de atrás del instrumento quedó frente a mis narices. Suspendido por una pavorosa emoción, no me quedó más remedio que tomarlo entre mis manos y como pude lo llevé contra mi pecho. Sentí su peso, su condición de criatura escurridiza para los cortos brazos de un impúber; me embargó la extraña sensación de tener mis propios pulmones engrandecidos en las manos, y atragantado de aire tuve la impresión de que no podía respirar. Cuando por fin logré abrirlo, los fuelles del acordeón soltaron un resuello de animal cansado, y me salió un sonido destemplado como la expresión de fastidio de un instrumento musical que se sabe manipulado con torpeza. Lo que siguió fue un concierto de risas y bromas; también siguió la parranda, y a pesar de que nunca más volví a tenerlo en mis manos, siguieron ...

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Javier Ortiz Cassiani

Es candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador habitual de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante.

Marzo 2019
Edición No.205

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los calzones rosa de Gretchen


Por Julián Silva Puentes


Publicado en la edición

No. 207



Un cuentazo [...]

La continuidad del barro


Por Paul Brito


Publicado en la edición

No. 209



Elemento esencial en las  indumentarias de este especial, en el barro el artista Felipe Cuéllar encontró la plasticidad necesaria para sus creaciones, “a medio camino entre el [...]

La piel del agua


Por Juan Carlos Garay


Publicado en la edición

No. 210



Tras ver la portada de nuestra edición 198, un colaborador se percata de una metáfora recurrente en la historia gráfica, desde el surrealismo español de Dalí hasta l [...]

Cartapacio


Por Orlando Echeverri Benedetti


Publicado en la edición

No. 203



Cada una de estas notas es el germen de un gran texto. El autor de esta bitácora, escarbador de profesión, las ofrece para otros curiosos que, como él, quisieran escribirlos. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores