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El Malpensante

Ensayo

Esa música del diablo

Dele vuelta a su crucifijo más cercano y prepárase para asistir a ese cruce de caminos entre el Mississippi y el Magdalena, donde se encuentran el blues y el vallenato.

Ilustración de Cigarra Entinta.

Tras una larga conversación telefónica que tuve años atrás con Andrés, un amigo de infancia, me soltó una bomba que tardé en asimilar, una bomba llena de datos que me incrustaron sus esquirlas en forma de detalles quisquillosos que en el momento no entendí bien. Me dijo que en las canciones de Robert Johnson las guitarras eran terribles, endemoniadas y bellas. Aseguraba oír más de una, a pesar de que Johnson era solista y tenía solo una al momento de hacer sus precarias grabaciones en un hotel de Texas en 1936. También me dijo que esas composiciones eran producto del “herético” canto de un hombre narrando lo que la historia no le ha dejado decir, y que ese paganismo aplica para la música llanera o para alguna carranga, pero que sin lugar a duda también para el vallenato viejo.

Ahora estoy de acuerdo con él: la música popular es pagana, teniendo en cuenta que lo pagano no siempre fue lo que estaba por fuera de la religión oficial. Paganus también traduce “aldeano” o “campesino”, y cuando el cristianismo arrasó con los otros dioses en la Edad Media este otro sentido fue debilitándose. No vengo a decir nada nuevo –ese privilegio tal vez solo lo tuviera Adán, como anotaba Mark Twain–, solo quiero resaltar que tal ruralismo de la música popular hermana al blues y el vallenato. Dos ritmos que en sus inicios engulleron instrumentos que atravesaron mares, pero fueron agarrando forma como géneros al bajar por agua dulce: el vallenato a las orillas del Magdalena y sus afluentes, y el blues por el Mississippi. Dos ritmos que comparten instrumentos de aire, que respiran: el acordeón y la armónica. Dos ritmos que evolucionaron conforme más vagabunda era la naturaleza de sus canciones y sus primeros compositores, que nacieron marginados de las tonadas de la institución musical. En Colombia, mientras el centro encumbraba los aires andinos con sus guabinas y pasillos, el vallenato merodeaba por el Caribe con gaitas, tamboras y guitarras lejos de esa música de salón. En Estados Unidos, al predecible sonsonete citadino de Tin Pan Alley, el blues respondió con su áspera nota azul y triste. Recogió los lamentos de los esclavos de la...

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Lina Alonso

Hace parte del equipo editorial de El Malpensante. Ha colaborado con Vice, Razón Pública y El Espectador. En Twitter e Instagram @linalonsoc

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