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El Malpensante

Artículo

La vida láctea

Como una larga cadena de proteínas, en este texto se cruzan la tradición familiar de preparar yogur, el triunfo de la industria láctea a nivel mundial y los inicios de la microbiología.

Para Suad Blel, molde de mi madre, madre de Mis Ojos.

 

Llevo ocho años haciendo labneh y esta es la primera vez que me sale mal. La receta ha pasado voz a voz por las mujeres de mi familia. Normalmente, cuando destapo la olla de acero inoxidable, un gel blanco con resplandores oliváceos y azules flota sobre un líquido opalino. Es la leche que se ha vuelto yogur y se alza sobre el suero. Esta vez, en cambio, el contenido es un menjurje irregular, un mar en deshielo en el que flotan y se sumergen, al ritmo en que agito la olla, los innumerables fragmentos de cuajada que deberían ser un único y elegante témpano.

Cuelo ese mar revuelto en la bolsa de algodón que me regaló mi bisabuela, con la esperanza de que en su interior las proteínas de la leche se abracen y encuentren su lugar. Pero al día siguiente, en lugar de una sustancia homogénea, dentro de la bolsa hay una desagradable masa grumosa que promete malos sabores.

Esta noche es la cena y les prometí a mis amigos darles labneh, auténtica leche cuajada libanesa. Pero la prisa y el orgullo apremian y en los pasillos de un supermercado opto por deslizar clandestinamente en el carrito, como si alguien pudiera espiar el engaño, un pote comercial y aséptico de yogur griego. ¿Acaso alguno de mis invitados notará la diferencia? Lo importante es el relato de acompañamiento, asegurar su placer haciéndoles creer que el platillo es genuino.

Esta noche, por encima del pequeño recipiente con el labneh impostor y los comentarios suspicaces de algún enterado que señala sus similitudes con el yogur griego Zörba –menos mal me deshice de la evidencia lanzando el pote por el shut de basura–, les cuento que este es el legado de mi bisabuela, quien ya no cocina con sus propias manos.

La segunda idea que me viene a la mente cuando pienso en sitty Suad, mi bisabuela, es su aire vanidoso. Sus mejillas ruborizadas aun para los trajines de la cocina, mientras transita las estanterías de sartenes y ollas, una audiencia multitudinaria de pequeños espejos metálicos. Pero lo primero que me viene a la mente cuando pienso en ella es el olor ácido de sus manos, como si toda la vida las hubiera tenido sumergidas en leche –maniobrando ese caudal lácteo para hacer labneh y el labneh para hacer queso–. Las manos de sitty h...

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Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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