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El Malpensante

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Monopolio

Historia de un juego sucio

Ruedan los dados, amigos y familiares avanzan en las casillas del tablero en pos de la riqueza individual. Ignoran que su pasatiempo surgió como una herramienta pedagógica para explicar las desigualdades del capitalismo, que los “inventores” del juego terminarían poniendo en práctica.

Ilustraciones de Sako-Asko

Entré al supermercado pensando que febrero era el mes más feliz de todos. Para navegar por mi vida de estudiante extranjero, me había acostumbrado a dividir el monto que podía gastar de mi salario entre los días del mes, para definir un presupuesto diario, y así era más fácil abstenerme de antojos innecesarios de lunes a jueves y reclamar mi premio en cerveza el fin de semana. Febrero ofrecía la felicidad en forma de un denominador menor. Febrero era feliz porque aceleraba el siguiente pago. Febrero, en definitiva, era la mismísima felicidad: feliz porque es breve.

Tanto habré pensado en presupuestos y salarios que el señor Monopoly me oyó. Todos sabemos de quién hablo: cabeza redonda, sombrero de copa, traje negro, mostacho blanco en punta, posible primo lejano del señor Pringles y prototipo del banquero multimillonario. Ahí estaba, justo a la entrada del supermercado, en un cartel que acaparaba la pared, ofreciéndome la mano para cerrar un trato que parecía inevitable aunque yo no conociera los términos. El señor Monopoly extendía su mano con tanto ímpetu que su brazo casi accedía a la tercera dimensión. Su gesto me recordaba el dedo acusador del tío Sam, pero, contrario a la expresión transparente en el rostro de este, el señor Monopoly exhibía una sonrisa ambigua que se alargaba con el bigote. Me aseguré de proteger la flaca billetera en mi bolsillo y lo esquivé como pude.

El antojo del día: un frasco de mantequilla de maní. Febrero permitía ese tipo de cosas. En el mostrador se alineaban tres marcas contendientes: Jif, Peter Pan y Planters. Un escalofrío recorrió mi pierna a la altura del bolsillo cuando reconocí en el último frasco a otro pariente del señor Monopoly: el señor Peanut, ese maní petulante que usa monóculo, bastón y sombrero. La similitud fastidiosa lo dejaba por fuera de la competencia. Casi de inmediato me decidí por Jif, no solo porque el logo del frasco prescindía de cualquier rostro engañoso, sino también porque Peter Pan es otro personaje siniestro del que no quiero despotricar aquí en aras de la unidad temática.

Una mujer sonr...

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Economista y escritor habitual. Ha colaborado también con Cartel Urbano

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