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El Malpensante

Ficción

Los calzones rosa de Gretchen

Un cuentazo

Ilustraciones de Santiago Guevara

Gretchen giraba como los trompos bajo la lluvia tibia de verano, y yo la observaba sin perder de vista sus movimientos porque temía que se elevara hasta las nubes y nunca más la volviera a encontrar.

–Tú no sabes girar tan bien como yo –me decía Gretchen con la falda hasta la barriga.

–Lo que pasa es que las mujeres giran y los hombres rodamos –le respondía yo, y juntos rodábamos cuesta abajo por la colina que daba a la catedral Hofkirche, liderados por sus calzones rosa que presidieron el paso de mi vida por la infancia, la guerra y el infierno.

Cuando se es joven, pocas cosas tienen tanta importancia como para recordarlas por siempre. Besar a mi prima Gretchen debajo de las escaleras en la casa de la abuela es una de ellas, así como los baldados de agua fría que nos echaba mamá cuando nos encontraba practicando el acto de la reproducción.

–¿Quieren que les pase lo mismo que a la tía Klara? –nos preguntaba mamá, preocupada más que nosotros por nuestro futuro.

La tía Klara era popular en la familia por haberse casado con su primo Alois y engendrar a los primos Paula y Adi, la primera retrasada mental y el segundo absolutamente loco. Antes de conocer al primo Adi yo sabía lo que era el miedo, pero después de conocerlo tuve pesadillas durante una semana y empecé a mojar la cama de nuevo. Yo tenía diez años de edad cuando lo vi por primera y última vez; mamá llegó a casa con un hombre pálido de ojos muy azules. Ella quería que lo conociera porque era un hombre muy importante y nosotros éramos sus parientes.

Mamá decía que el primo Adi era además un loco rematado. Pero “siempre es bueno conocer a las personas que pueden llevarte lejos en la vida”, era su opinión; sin embargo, mi hermano Gregor se volvió un poco loco después de conocerlo, al igual que toda Alemania, y empezó a pelear con todo el mundo al son de la voz de Adi por la radio. Papá vivía en esa época y le pareció bien que Gregor siguiera los pasos del primo Adi. Él los siguió tan bien, que se fue al infierno junto con todos nosotros.

Yo no creía que combinar genes con tu prima cuando ella es hermosa y tú la amas pudiera volverte loco. Mamá y los papás de Gretchen eran de otro parecer. Mamá pensaba en mis primos Adi y Paula, y los papás de Gretchen pensaban en la tía Klara y Alois, y Gretchen y yo no pensábamos en nada que no fuera combinar nuestros genes porque nos amábamos y ella era hermosa. Pensábamos tanto en ello que los papás de Gretchen la enviaron a un internado en Nueva York para que nadie pensara más al respecto. Entonces dejaron todos de pensar en ello aunque yo la tenía presente en cada uno de mis recuerdos.

Hablando de recuerdos, no recuerdo cómo empezó todo porque cuando una gran guerra estalla, todo lo que conoces deja de existir y quisieras que aquello que permanece no hubiera existido jamás. La parte que yo quería que siguiera existiendo eran los giros de Gretchen bajo la lluvia de verano y el edificio del Zwinger, donde le bajé los calzones por última vez. La muerte de mi hermano Gregor en la batalla de Stalingrado y mamá convertida en bruma y escombro junto con otro medio millón de personas aquella fea noche de febrero son la parte que desearía que no hubiera existido jamás. Pero existe porque la lluvia tibia de verano cae sobre la pila de escombros en que se convirtió Dresde, y nada de lo que haga me llevará atrás en el tiempo, cuando todo lo que debía hacer era girar como un trompo para ser feliz.

El tiempo pasaba y mi recuerdo de Gretchen se hacía más fuerte. Entonces, un día durante la guerra cuando no había nada más que hacer salvo pensar, recordar y extrañar, pensé: “¡Las mujeres giran y los hombres rodamos!”. Justo en ese momento un obús americano dio de lleno contra el capitán de mi regimiento y mi amigo Fritz convirtiéndolos en bruma y escombro al instante. No supe cómo no me convertí yo mismo en bruma y escombro puesto que me encontraba junto a ellos dos. Sin embargo, volé muy lejos de allí, tan lejos que estaba a siete metros de distancia cuando pude ver lo que quedó del capitán y lo que no quedó de mi amigo Fritz. Entonces me vi solo en aquella carnicería mundial con un millar de balas rozándome las sienes, pero estaba tan solo que no había nadie de mi bando que alejara las balas de mi pobre humanidad. Arrojé mi rifle a un estanque para patos junto con el brazalete que diseñó el primo Adi antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial, y corrí como nunca lo había hecho hasta verme lejos de cualquier atisbo de civilización, solo en aquel bosque tenebroso, repitiendo en el tormento infernal de mis pensamientos. “Las mujeres giran y los hombres rodamos, las mujeres giran y los hombres rodamos”.

Debí ocultarme durante el día y correr en la noche, sin tener a nadie con quién hablar ni nada que comer más que lo que podía recoger de los árboles y robar de las granjas, porquerizas en su mayoría. Las ciudades eran demasiado peligrosas para deambular por ellas en busca de alguien que me pudiera sacar de Alemania, enviar lejos de Europa, de África e inclusive de Asia, ¡del mundo entero! Y es que, repleto como estaba de locos furiosos ungidos de un heroísmo asesino, no había con quién hablar ni adónde ir salvo a esa América en donde Gretchen vivía desde antes de que las cosas cambiaran para siempre y dejáramos de ser aquello que algún día fuimos.

De haber sabido lo que iba a suceder, me hubiera largado antes de que nos pusieran uniforme y nos obligaran a disparar contra pobres diablos cuya lengua desconocíamos. Pero fue muy tarde cuando entendí que las cosas iban en serio. Entre bombardeos y disparos de gracia en la nuca, me vi envuelto por los aromas de la guerra: a pólvora, a mierda y a carne podrida. A donde vayas te llevas el hedor, siempre en la nariz, detrás de las orejas, acompañando el bang bang de los fusiles y el bum bum de los obuses.

Comprendí que debía salir de allí cuando hice las cosas horribles que hoy recuerdo con repugnancia. Gretchen no me hubiera reconocido con mi uniforme lleno de barro y la cara manchada de sangre, y es que, ¿quién era ese monstruo que me miraba del otro lado del espejo? Una noche me encontré a la legión del infierno mirándome de vuelta, pero todavía necesitaba otro empujón antes de decidirme a desertar: lo de Fritz y el capitán. Esa fue mi señal, lo que les pasó en el bosque. Fritz era de Dresde como yo. Lo conocía desde la infancia; también él amaba a Gretchen y habló de casarse con ella porque no compartían la misma sangre y no había riesgo de tener hijos retrasados. El capitán era un berlinés tan jodido como el resto de los oficiales, y me alegró verlo sin cabeza y sin piernas; pero Fritz, mi buen amigo Fritz... No quedó de él más que el recuerdo. Habíamos hablado de Gretchen la noche anterior a su muerte y de lo mucho que él la amaba.

–¿Has sabido algo de ella? –me preguntó con su aliento apestando a muerte, porque durante la guerra todos estábamos más muertos que vivos y lo que nos salía de adentro era la manifestación podrida de nuestras brutalidades.

–Hace meses que no llegan cartas de América ni de ningún otro lugar que no sea Alemania –respondí.

–Entonces, ¿no sabes si todavía querrá casarse conmigo?

Evité sus ojos pálidos porque sentí como si un obús me hubiera dado de lleno en la cara. Aquel imbécil de Fritz, con su aliento a mierda fresca incluso desde antes de la guerra, había hablado con Gretchen de matrimonio y ella le dijo que sí. ¿Cómo era posible? Ella me dio sus calzones para que se los guardara hasta que nos volviéramos a ver a su regreso de América. ¿Acaso le había dado a Fritz unos calzones de otro color? ¿Amarillos tal vez, como un cometa rasgando el lecho infinito del cielo azul?

–Fritz –le dije–, Gretchen me confesó que tenía intenciones de convertirse en monja porque los hombres le repugnan.

La cara de Fritz se puso verde y luego amarilla porque sabía que Gretchen me confiaba todo lo que le pasaba por la cabeza. Claro que no se imaginaba que lo que le pasaba por la cabeza a Gretchen era combinar sus genes conmigo, o al menos eso creía yo antes de escuchar las palabras de Fritz llenas de muerte y mentiras, porque, ¿cómo podía Gretchen estar con alguien que no fuera yo? Y Fritz, ¡oh Dios mío! Juro que le deseé una muerte horrible en ese preciso momento, para que saliera de la vida de Gretchen y no fuera a ser verdad todo lo que su boca me decía: una mentira. Definitivamente así quedaría para siempre, una bocanada de halitosis y nada más, su mentira llena de pólvora y barro, porque eso fue todo lo que quedó de mi amigo Fritz en aquel bosque de las Ardenas embadurnado de niebla y muerte.

Debí correr muy rápido y moverme ágil pero imperceptiblemente para evitar llamar la atención de las patrullas alemanas. A los americanos los vi una vez nada más, pero una vez es suficiente para que te vuelen la cabeza de un tiro. Me escondí por semanas en granjas llenas de escombros y también en algunas en buen estado. En una de ellas una señora muy amable me ofreció un plato de verduras con arroz. Sin embargo, luego de que di el primer bocado, empezó a gritar en un idioma que no reconocí. No terminé de comer a pesar de que tenía tanta hambre. Llegué a pensar en dejarme matar siempre y cuando pudiera lamer el plato al final. Después de dos semanas de pasar frío y hambre no se piensa en otra cosa más que en dormir y llenar la barriga, pero ¿Gretchen? Ella no se hubiera detenido por nada en el mundo, y yo no podía hacerlo tampoco. Prometimos permanecer juntos para siempre. Sus calzones en el bolsillo de mi chaqueta me recordaban su rostro sonrosado con el calor del verano. Tenía un tic muy gracioso que la hacía mover la nariz como un conejo. “Conejo Gretchen”, la llamaba yo para molestarla.

–¡Ya no te amo más! –me gritaba ella para vengarse de mis burlas.

–Pero si eres un conejito muy tierno –arremetía yo imitando aquel tic de nariz tan gracioso. Peleábamos en la misma medida en que nos amábamos y no dejábamos de amarnos nunca, incluso aunque peleábamos siempre. Llegábamos al punto de amenazar con quitarnos la vida si el otro no se disculpaba por el último insulto que había dejado rodar. Gretchen era más valiente que yo y por eso cumplía sus amenazas en cada ocasión, hundiendo la cara en la pila de lavar la ropa o echando un brinco desde un barranco para ilustrar de paso el alcance del pecado del orgullo.

–¡Gretchen, lo siento! –le gritaba desde la cima cuando ella terminaba de rodar cuesta abajo.

Me miraba sin dejar de sonreír mientras un hilito de sangre le bajaba por la cabeza. Era tan terca como para lanzarse al vacío sin siquiera protegerse con los brazos; yo la amaba tanto en esos momentos que me tiraba detrás de ella, rodando y estrellando mi cabeza contra la grama seca, que puede llegar a ser tan dura como una piedra. Las mujeres giran y los hombres rodamos.

Tantas cosas habían pasado desde entonces... la lluvia tibia de verano y Gretchen girando como un trompo con la falda empinada hasta el ombligo. Incluso corriendo lejos de los americanos y de todos los demás que esperaban asesinarme seguía pensando en ella; a pesar de que el resto del mundo pensara solo en muerte y destrucción durante la guerra, porque eso es lo que hace la gente cuando tiene permiso de asesinarse sin pensar siquiera en nombre de qué dios o de qué diablo comete las más horrorosas barbaridades, seguía pensando en ella.

Estaba muy cansado durante mis correrías por los bosques. Recuerdo haber considerado muy seriamente rendirme ante los americanos para que me enviaran a su país junto con Gretchen; semejante pensamiento adquirió una consistencia similar a la nieve que se me pegaba a la ropa y se me metía en las botas. Tenía tanto frío y hambre que sentí que mi amor justificaba traicionar al ejército del primo Adi.

–¡Abran paso que estoy buscando a Gretchen! –pensé en decirle a una patrulla alemana que vi pasar junto a la zanja en donde me escondía.

Afortunadamente, el miedo me sacó del marasmo y evitó que abriera la boca. Siempre había un chance de que los americanos te tomaran prisionero si aparecías con las manos en alto y terror en el rostro; no obstante, podía ser que la comida les faltase a ellos también y decidieran pegarte un tiro en la nuca en lugar de alimentarte con sus provisiones de por sí menguadas. El hambre no deja lugar a la compasión y además te pone de muy mal humor. Hacia el final de la guerra, los alemanes estaban tan malhumorados que le disparaban a cualquiera que siquiera pensara en desertar. Yo no solo lo había pensado, sino que deserté en cuerpo y alma. Simplemente no podía volver a todo ello: matar o que me mataran. No quería morirme y matar mucho menos. Debía haber otra manera y esa era huir lejos, junto a Gretchen en América. El primo Adi hubiera podido ayudarme cuando la guerra estalló y así se lo había pedido en una carta. La empecé con “querido primo” y la terminé con “prefiero morirme de amor que de un balazo en la barriga”.

El primo Adi respondió a mi carta enviando a los gendarmes para que me llevaran hasta la guerra con un fusil nuevo y un uniforme dos tallas más grande. Eso fue hace mucho tiempo, cuando mamá vivía y Gregor escribía cartas entusiastas desde el frente. Yo solía esperar al cartero en la ventana para leer todas las aventuras de mi hermano. Su espíritu heroico me tenía contagiado al igual que a todos los jóvenes de Alemania. Pero al seguirlo en el proyecto bélico dejé de estar tan entusiasmado, al menos después de ver qué le pasa a la gente tras recibir un proyectil en el culo.

Cuando Gregor murió en Rusia, Gretchen dejó de escribir desde América. Mamá escribía para contarme lo bien que estaban las cosas en casa y yo no hacía más que preguntarle por Gretchen. Algo así debió ser lo último que leyó antes de recibir dos mil toneladas de bombas explosivas en la cabeza: “¿Has sabido algo de Gretchen...?”. ¡bummm! Todo Dresde se convirtió en bruma y escombro de la noche a la mañana.

Mamá debía de leer las cartas de Gregor y las mías también en la salita de estar con una taza de té para conciliar el sueño. Cuando Gregor fue a pelear, yo continuaba en el colegio. Leíamos juntos, mamá y yo, las cartas que enviaba del frente: “Estos rusos no saben lo que les espera”, escribía Gregor antes de que las cosas se pusieran feas en verdad y dejara de escribir para siempre.

Luego vendría mi turno de pensar en lo que me esperaba. Una vez deserté, el recuerdo de Gretchen me mantuvo con vida todas esas noches de frío y hambre, huyendo de la guerra. Finalmente llegué a un puerto y soborné al capitán de un barco noruego para que me sacara de Europa. Nunca había sobornado a nadie y eso que en el ejército se aprende todo tipo de cosas como fumar y volverse putero. Sin embargo, contaba con el suficiente sentido común para saber que debía actuar con sutileza a la hora de comprar al pirata que tenía enfrente; eso era lo principal, porque fanáticos sobraban durante la guerra así como balas para los desertores.

Así que allí estaba en el puerto de Bremen por puro milagro, oculto bajo un gabán raído, durante la noche. Rodeado de criaturas siniestras con indistintas caras de informantes y de contrabandistas. Pensé que eventualmente me atraparían y de esa no me salvaría nadie: doce agujeros más en un paredón de fusilamiento.

Cuando abordé al enorme noruego de barba blanca fue por pura resignación. Sabía que era el capitán por la manera en que le hablaban los otros marineros: capitán esto, capitán lo otro.

–Capitán –le hablé por fin desde las sombras–, estoy buscando la manera de llegar a Estados Unidos.

–Yo tengo un barco muy pequeño –respondió.

–Yo tengo mil reichsmarks –respondí.

Los había robado –algo que también aprendí a hacer en la guerra– a un viejo granjero a quien tuve que rebanarle el cuello para evitar que me denunciara con los enemigos de los desertores, con los americanos, los rusos, los franceses y, por encima de todos ellos, con los alemanes. Tenían un gusto bárbaro por derramar sangre ajena ante cualquier atisbo de libertad, especialmente la mía, mi sangre y mi libertad, porque improvisar cortes marciales en contra de los desertores era algo propio de los oficiales alemanes: doce balas más una en algún bosque lleno de nieve y barro en donde nadie pudiera oírme gritar.

Viajar escondido en un barco no es ninguna fiesta tampoco; sin embargo, pocas cosas se comparan con recibir un obús en la cara, que fue lo que les pasó al capitán y a mi amigo Fritz. Uno no se imagina que a alguien puedan pasarle cosas semejantes hasta que le pasan. Entonces no se puede sentir otra cosa que no sea el temor a que te reviente un obús y desaparezcas del mundo con todo y zapatos. Al capitán le quedaron las tripas y una mano colgando de un pino, pero a Fritz no le sobrevivió ni siquiera un zapato para recordarlo, y ahora que Dresde dejó de existir también, no queda nadie en el mundo que pueda decir algo de él, y ya venidos a cuento, tampoco de Gretchen ni de mí.

Tuve mucho tiempo para pensar allí escondido en la bodega de aquel barco noruego, en un espacio tan amplio como un féretro que albergaba un tonel de ron. Contaba los tic y los tac del reloj de pulso que había pertenecido a mi padre. El capitán bajaba una vez al día con un plato de arroz y agua para rescatarme de la muerte. Nadie de la tripulación debía saber que yo estaba allí, pues ser alemán era muy peligroso durante la guerra y más si te encontrabas fuera de Alemania.

–¡Te mueres y nos tiran al agua a los dos! –me increpó el capitán cierta noche al encontrarme casi muerto en el tonel del ron–. ¿Qué hacías allí metido? –preguntó.

–Alguien vino y no supe dónde más esconderme –respondí aturdido por la asfixia y la borrachera.

El capitán decidió que lo mejor sería arrojarme por la borda antes de que alguien me descubriera y terminaran arrojándonos a los dos. En el fondo yo sabía que era lo mejor para todos, aunque le convenía más a él, de manera que le ofrecí mi segundo y último tesoro, las joyas de la familia del granjero al que degollé, para que me dejara quedarme en su camarote, escondido debajo de la cama todo el resto del viaje, desde luego, lo cual era mejor que permanecer en el tonel del ron, borracho y asfixiándome. Al capitán le pareció demasiado peligroso, pero accedió porque las perlas valían más que la moneda de un país moribundo.

–Si te descubren diré que eres un polizón y tendré que tirarte yo mismo por la borda –me dijo sin dejar de mirar las joyas.

Debía tener mucho cuidado porque un bandido de su calaña no era de fiar. En todo caso, había sido un milagro salir con vida de Alemania. No dejaba de pensar en todas las veces que estuve a un centímetro de recibir un balazo en la frente. Fritz, el capitán y todos los demás con quienes hablé de lo que haríamos después de la guerra no tuvieron la oportunidad de cargar con el cementerio a cuestas que yo llevaba en la más absoluta de las soledades. Estábamos llenos de tantos planes y sueños. Teníamos corazón de criada en ese entonces, pensando siempre que el patrón de la casa abandonaría a su mujer después de violarte detrás de la alacena. Todos nosotros, Alemania entera y la mitad de Europa fuimos la criada, y el primo Adi fue el patrón de la casa. Nos enculó pero lo que se dice bien a cada uno de nosotros, y al final se disparó en la cabeza para evitar las recriminaciones.

Vine a enterarme del suicidio del primo Adi cuando llegamos a Nueva York y el capitán me invitó a entregarle el reloj de oro de mi padre, antes de empujarme por la borda en el puerto. Que el primo Adi se hubiera volado la cabeza y Alemania hubiera capitulado me importaba un comino, al menos después de que dejaran a Dresde como un cráter lunar. Ya nada me quedaba allí salvo una pila de escombros irreconocibles con mamá, los abuelos y los papás de Gretchen debajo.

Y allí estaba yo, después de haber nadado durante una hora por esas aguas heladas y sorprendentemente crispadas, a tan pocos metros del puerto: Nueva York, mi mundo de ahora en adelante. “Soñaremos con nuestros muertos y lloraremos por lo que un día fue y nunca regresará”, recuerdo que pensé mientras admiraba esos edificios que tocaban el cielo y la Estatua de la Libertad saludándonos a los pobres diablos que llegábamos de todos los rincones del mundo con hambre, frío y sin idea de qué hacer a continuación; salvo yo, desde luego, porque a diferencia de todos los demás, yo sí que sabía qué hacer a continuación. Debía encontrar a Gretchen, eso era lo más importante. Tenía su dirección por la última carta que había recibido de ella siete meses atrás. “¿Qué le diré al verla?”, recuerdo que pensé. “¿Guten Morgen?”, “¿alles gut?”.

Estaba tan emocionado por verla después de cuatro años separados que pasé una semana entera sin dormir ni comer. Ya no tenía dinero ni joyas ni reloj ni nada que pudiera cambiar por un plato de comida, luego de que el bandido aquel, el capitán del barco noruego, me dejara en pelotas a merced de semejante ciudad tan grande, llena de edificios y carros veloces como aviones. En todo caso, las había visto peores. En los bosques de Europa debía cuidarme de los alemanes, los rusos, los franceses, los polacos, los americanos y los ingleses, y en el barco podían echarme a dormir con los peces en cualquier momento. En Nueva York era libre de caminar por las calles o de dormir en un parque; también era libre de morirme de hambre si quería, porque en Nueva York es la indiferencia la que te mata. También la gente puede matarte si abres la boca para preguntar una dirección y notan que eres alemán.

La guerra había terminado, pero yo seguía siendo alemán. Uno de esos días, la gente se reunió en la avenida Madison para decir lo que pensaba del primo Adi y de los alemanes en general. Nadie se enteraría de que Adi era mi primo, porque yo me apellido Pölzl, como mi padre y el padre de Klara. Ser alemán era bastante peligroso aun después de la guerra, pero si Adolf Hitler era tu primo, pasaba de peligroso a fatal.

Yo no tenía nada que ver con la guerra salvo por las muchas personas a quienes evacué de la vida para salvar la mía. Sin embargo, allí me encontraba: buscando a Gretchen en un momento, y al otro corriendo con tanta prisa como en los bosques congelados de las Ardenas. Afortunadamente, Nueva York es muy grande y las calles viven tan abarrotadas como el barco en el que llegué, de manera que me perdí entre una multitud de personas muy bien vestidas, venidas de cualquier parte del mundo, que caminaban sin mirar al frente. Eso era algo que me tenía impresionado: nadie miraba al frente sino al cielo. Los rascacielos no servían únicamente para llevar el progreso hasta Dios, sino para ser admirados por las personas que iban camino al trabajo. Intenté hacer lo mismo mientras corría, me refiero a mirar al cielo, pero no contaba con el entrenamiento adecuado y resulté rodando por las escaleras del metro.

En la estación del metro, mirando el letrero de las paradas, encontré la manera de llegar a la calle de Gretchen. Era muy tarde en la noche y no había nadie allí para cobrarme el tiquete de entrada; en todo caso, estaba dispuesto a evacuar de la vida a cualquiera que se interpusiera entre Gretchen y yo. Había pasado por tantas cosas para llegar hasta donde estaba que nadie podía detenerme ahora. 274 Walter Street. Cuarenta y siete calles me separaban de ella. Luego fueron diez y entonces una y por fin me bajé.

A partir de allí no fue difícil encontrar su casa. Ni siquiera pensé en arreglarme el pelo y la barba en una de los cientos de fuentes que hay aquí y allá, una en cada esquina. Me sentía mareado por los nervios y por llevar la barriga vacía durante una semana entera. Me había pasado todos esos días comiendo las migajas de pan que la gente arrojaba a las palomas en el parque. Yo mismo me sentía como una paloma, con el poder de volar y de comer lo que fuera: basura, migas de pan y a otras palomas. En las Ardenas había comido animales congelados y frutas podridas. En América las cosas debían de tener una consistencia diferente porque todo me hacía daño, únicamente las migas de pan se mantenían en mi organismo hasta que mi cuerpo las digería por completo.

Fue extraño decirle “hi” después de cuatro años de ausencia. No recuerdo ni siquiera el momento de tocar la puerta ni en qué momento ella abrió. Pasé muchos trabajos para encontrarla y sin embargo allí estábamos, juntos una vez más y para siempre. También Paul se encontraba allí con nosotros, al lado de Gretchen al pie de la puerta esperando a que yo dijera algo. Debía estar muy cambiado porque Gretchen no me reconoció por más que le hablé de la catedral Hofkirche y la lluvia tibia de verano en Dresde. Paul estaba tan confundido como yo y no dejaba de repetir “¿Gretchen?” con malestar y enojo, como si estuviéramos hablando de un secreto que nadie más que él y Gretchen debieran conocer. Gretchen tampoco sabía quién era Gretchen porque ahora se llamaba Rachel y estaba casada con Paul. Paul era de Pensilvania y Rachel de Alemania. Yo no era de ninguna parte porque mis documentos los arrojé a un estanque para patos en Alemania junto con mi fusil y el brazalete que diseñó el primo Adi.

Estoy seguro de que Gretchen se puso feliz al verme, no obstante su reacción indicó todo lo contrario a ponerse feliz. Paul seguía cuestionando sobre Gretchen a Gretchen, quien ahora se llamaba Rachel porque para casarse con un judío debía ser ella misma judía. Ella le respondía en su inglés sin acento que no debía prestarme atención.

–Es solo un extranjero vendiendo baratijas –le dijo a Paul antes de cerrarme la puerta en la cara.

Debía estar muy cambiado porque Gretchen no me reconoció. Yo mismo no me reconocía cuando me miraba al espejo, porque lo que había del otro lado eran todas las cosas horribles que hice para salir con vida de la guerra y para llegar hasta donde ella. Debía hablarle y recordarle quiénes fuimos algún día, y así lo hice. Durante horas esperé afuera de su casa, hasta que por fin salió sola. La abordé dos calles más adelante:

–¡Las mujeres giran y los hombres rodamos! –le dije queriendo recordar algo que ya no existía.

Gretchen tomó mi rostro entre sus manos y dijo con dulzura algo que nunca olvidaré:

–¡Lárgate y no vuelvas jamás!

Siguió caminando y yo la seguí, hasta que me explicó qué había pasado para que se llamara Rachel y estuviera casada con Paul.

–¿Sabes lo que nos pasaría si alguien se entera de quién era nuestro primo?

–Gretchen... ¡soy yo! ¿Qué pasó? ¿Quién es ese hijo de puta? ¿Te violó? ¡Dime la verdad!

–¡Paul es mi esposo!

Cada palabra que salía de su boca me aturdía como los cientos de obuses que me explotaron cerca sin llegar nunca a matarme. ¡Paul era su esposo! ¿Cómo había pasado? Hacía ocho meses nada más que me había escrito diciéndome lo mucho que me extrañaba y que contaba los días para que la guerra se acabara y pudiéramos estar juntos. Ahora Gretchen se llamaba Rachel y era judía. ¡Rachel! Nunca podría llamarla así porque solo había una Gretchen en el mundo y esa era mi Gretchen.

Dresde, la catedral de Hofkirche y la lluvia tibia de verano. Ninguna de las cosas que le decía guardaba sentido para ella porque habían dejado de existir; yo mismo había dejado de existir también, al menos para ella, porque el pasado es un gran desierto de azufre y cal sobre el cual no puede crecer nada, ni siquiera el recuerdo.

–¡Por favor vete! –me suplicó–. Paul no sabe quién era mi familia y mucho menos que tú vives. Le dije que estaba enamorada de mi primo y que esperaba a que la guerra terminase para regresar a Dresde y casarme contigo. Pero América entró a la guerra y todo el mundo empezó a hablar de las cosas horribles que los alemanes le hacían a la gente, no solo a los judíos y a los polacos, sino a los gitanos también y a cualquiera que no lograra subirse a un barco para salir de Europa. Paul y su familia me escondieron en el sótano cuando empezaron a deportar a los alemanes o lo que es peor, a encerrarlos en prisiones lejos, en el desierto, de donde no regresa nadie; yo quería verte, juro que solo pensaba en eso, pero después de escuchar lo que estaba haciendo el primo Adi me dio mucho miedo. Además te mandaron a pelear y no podía pensar en otra cosa que no fuera en tu muerte. A Gregor lo mataron en Rusia, ¿y a ti? Te podía pasar lo mismo, como a Fritz. ¿Estaba contigo cuando murió? Me pidió matrimonio en una carta y yo le dije que sí únicamente porque me confesó que planeaba matarse él mismo si no le pegaban un tiro primero. A ti no te iba tan mal, me aseguró; siempre te veía de buen ánimo. Quise pensar que era porque leías mis cartas y te emocionaba la idea de verme en cuanto semejante locura terminara, pero entonces pasó lo de Dresde y no supe de ti en meses. ¿Qué podía hacer? ¡Mamá y papá están muertos!, tu mamá y Gregor también se murieron, y tú, ¿cómo podía saberlo? Y ahora estás aquí, vivo, hablando conmigo y diciéndome todas estas cosas de los trompos y la lluvia de verano, pero no, nada de eso existe. Dresde ya no existe, ni la catedral de Hofkirche, ni siquiera tú estás aquí. Tampoco yo existo, al menos no la Gretchen que conociste, tu Gretchen. Ahora soy Rachel, estoy casada con Paul y espero un bebé. ¿Quieres sentirlo? A veces se mueve y entonces me olvido de todo lo demás. ¡No, no, no! Esto es imposible; podrías ser un fantasma y yo una loca. Soñé tantas veces con encontrarte en mi puerta, aunque esta no es mi puerta sino la de la familia de Paul y ahora mía, en cierto modo. Es su casa, la de su familia, y ahora es mi casa también... ¡Dios! ¡No se suponía que esto pasara así! Debía ser tu hijo y yo tu Gretchen para siempre, pero nada es para siempre; al menos lo nuestro no lo fue. Ahora vete, por favor, no quiero saber nada de ti, ni de mamá, ni de papá ni de Dresde; es demasiado, duele demasiado, tú aquí conmigo. Si hubieras llegado seis meses antes sería todo distinto, pero no podías venir antes porque la guerra lo cambió todo. Tú también cambiaste, ¿lo sabías? No te pareces a... en fin, nada de esto va a ninguna parte, hablar del pasado; pobrecito, no imagino qué debiste hacer para llegar hasta aquí. Mira, tal vez si yo... ¡no, no, no! ¡Olvídalo! ¡Olvídame a mí! Esta es la última vez que hablamos. Si vuelves a buscarme llamo a la policía y sabe Dios qué te van a hacer. Ahora vete, lárgate y no vuelvas a buscarme.

Llevaba un vestido blanco con flores rojas y un bolso también rojo que hacía juego con los tacones. Parecía un trozo de nube empapado de sangre alejándose con el vaivén del viento. La observé allí, desde donde estaba, incapaz de seguirla o de moverme siquiera. Ella no miró atrás ni una sola vez porque yo ya no existía. Yo era un extranjero vendiendo baratijas y Paul era su esposo. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Crucé medio mundo para ver a un fantasma, y yo, que también me había convertido en uno, me encontraba perdido. Sin Gretchen toda esta América que tenía para mí solo era el infierno.

Después de verla partir, corrí con mis harapos deshechos por la lluvia y la barriga vacía. Debía empezar yo solo a vivir nuevamente, olvidarme de Gretchen y de todo lo demás. Era hacer eso o brincar desde el puente de Brooklyn. Fue mi primer impulso: saltar de cabeza al Hudson o acostarme en los rieles del metro y dejar que me hiciera pedazos como le pasó a mi buen amigo Fritz con aquel obús en las Ardenas. Pero entonces pensé que nadie en el mundo podría decir algo de él o de mamá, de Gregor o incluso de mí mismo. Si desaparecía de la vida, ¿quién podría recordarme? Ser olvidado es morir del todo y por alguna razón que desconozco, no quería que nadie los olvidara, a ninguno de ellos.

No fue fácil mantenerme con vida después de ver a Gretchen alejarse para siempre. Sin embargo, lo conseguí; llegué a California y permanecí trabajando en los viñedos por un año. Me gustaban mucho el sol de California y la gente, mexicanos sonrientes en su mayoría, a quienes les importaba un comino de dónde viniera yo. Pude haberme quedado allí para siempre de no ser porque el dueño de uno de los viñedos, un americano cuyo hijo había muerto poco antes de la caída de Berlín, supo que yo era alemán e intentó evacuarme de la vida disparándome con su escopeta de dos cañones. Intenté explicarle dónde me encontraba durante la caída de Berlín, es decir, en el barco de mercancías noruego rumbo a Nueva York. No obstante, había aprendido más español que inglés de tanto pasar tiempo con mexicanos, de manera que me fue imposible juntar más de dos oraciones en inglés para salvar mi propia vida.

 No paré de correr hasta llegar a esa parte de América en donde se habla español. Entonces dejé de apellidarme Pölzl para convertirme en Rubinstein y ser tan judío como Gretchen, que ahora se llama Rachel porque se casó con un judío de nombre Paul. No puedo decir que odio a todos los judíos porque mi apellido hoy en día es Rubinstein. Únicamente odio a Paul, quien casualmente mezcló sus genes con los de Gretchen.

Es difícil hablar de la catedral Hofkirche, el edificio del Zwinger, mamá, Gregor, los calzones rosa de Gretchen, y del propio Dresde, porque ya nada de eso existe. Tampoco yo existo, al menos no el que solía ser antes de la guerra del primo Adi. Ahora me llamo diferente y soy judío porque es más fácil que ser alemán. Hoy en día tengo una granja en un lugar de América donde se habla español y mi mujer se llama Raquel. Poco le importa de dónde vengo o lo que hice durante la guerra. No es judía, pero me precio de ser tolerante con las religiones y credos de otras personas. El primo Adi opinaría lo contrario. Sin embargo, él se disparó en la cabeza hace mucho y ya nada de eso importa, únicamente Raquel, mis vacas y los calzones rosa de Gretchen ocultos con recelo en el cajón principal de mi escritorio. “Me los entregas cuando regrese”, dijo antes de subirse al barco que la llevaría lejos del primo Adi, de Dresde, de la lluvia tibia de verano y de los giros de nuestra juventud que al final la elevaron como una nube manchada de sangre hasta el cielo de América donde nunca más la volví a encontrar.

 

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Julián Silva Puentes

(San Gil, Santander) Abogado y escritor. En 2015 fue finalista del Concurso de cuentos Floreal Gorini. Ha colaborado con las revistas Número, Fusión y Dossier

Mayo 2019
Edición No.207

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4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

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Contrapunteo colombiano del azúcar y la sal


Por Nicolás Pernett


Publicado en la edición

No. 206



Una breve historia nacional de los dos condimentos que monopolizan la sensibilidad de nuestro paladar. [...]

Opioides para las masas


Por Keith Humphreys, Jonathan P. Caulkins y Vanda Felbab-Brown


Publicado en la edición

No. 212



Para fortuna o infortunio de Colombia y la región, según sea la óptica del lector, la cocaína no es una de las drogas del futuro en el mundo. [...]

Mecenas malpensantes


Por El Malpensante


Publicado en la edición

No. 207



Agradecemos a todos los que nos han apoyado a través de nuestro Fundraising. Recuerde que puede hacer su donación aquí [...]

Monos, la oscuridad fotogénica


Por Jacobo Cardona Echeverri


Publicado en la edición

No. 211



La película de Alejandro Landes entiende la violencia como un impulso que viene de la nada. Sin embargo, se pregunta el autor de este texto, ¿habrá algo más racional que la [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores