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El Malpensante

Iceberg

Cómo saber si eres un trol cultural

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El rencor y esa insaciable necesidad de ser reconocido por encima de todos te alimentan. Abres Facebook, aunque habías venido al escritorio para avanzar en tu nuevo libro. Haces scroll, rebasas las fotos de tus tías (esas insoportables almas bondadosas que en cada lanzamiento agotan los ejemplares de tu creación), primos, amigos cercanos (es decir, necesarios), amigos lejanos, videos de perros, de gatos escalando una pared imposible. Alguien comenta. La primera frase del post es más que suficiente para desecharlo: otra persona quejándose del clima. Así que, con la mano puesta en el ratón, vuelves a navegar en el inicio de Facebook. Otorgas unos cuantos likes, avalando las recomendaciones de otros; ignoras a los usuarios que no están a tu nivel o a quienes lo están pero han cometido el error de recomendar los libros o autores que no gozan de tu beneplácito. Leerías los mensajes de todos los que han querido contactarte, precisamente para contar con tu aprobación, pero eso sería rebajarse (si se quieren enterar de tus opiniones, de lo que piensas, de lo que reseñas, de lo que está pasando en el mundo, que lo lean en tu muro; para algo te tomaste el tiempo de escribir tus ideas). Así no es como funciona contigo. No, tú recomiendas a los que han sabido ganarte, a los que hacen la literatura que defiendes porque esa es la única, según tú y tu grupo subversivo. Tus colegas, por cierto, ya deben haber emprendido la misma búsqueda que iniciaste hace unos segundos. Y si bien sabes que por lo general las polémicas gordas y jugosas se arman en la noche, no dejas de buscar un tema, un tropezón de un usuario –ojalá alguien a quien valga la pena tirarle una piedra–, pues también tienes claro que, de correr con suerte, tú mismo podrías ser el que arma la polémica o, mejor aún, ser el mismísimo centro de esta. De ahí la necesidad de adelantarte a tus colegas (entiéndase tu grupo, tus iguales) y de entablar una pelea en la que ellos sean los que te acomoden los guantes, los que te pongan el protector dental, los que te echen agua para refrescarte, los que te masajeen, los que te estimulen. Siempre es mejor estar en el ring. Así fue que levantaste tu carrera. Hoy en día tienes más lectores cautivos en tus redes sociales que en las páginas de tus libros.

Solo ha habido una ocasión en que te rebajaste. Pasó que un seguidor te escribió y te escribió por Messenger durante varios días y, de tanto insistir, logró llamar tu atención. Estaba molesto porque tu escritura, la de tus libros, no se parecía a la de tus posts, y esta, según él, era más potente y retadora; te dijo que parecías dos personas distintas. En su momento consideraste el reclamo como algo menor, pero luego te hizo caer en cuenta de la importante labor que vienes realizando en lo que algunos de los intelectuales que lees han denominado el espejo aumentado del mundo. Al usuario, por supuesto, lo dejaste en visto, pero escribiste un manifiesto sobre la relación entre tu literatura y tu ávatar digital. Usaste palabras como “performance”, “discurso”, “hegemónico”, “disruptivo”, “persecución”, “máscara”, “otro”.

Aún no encuentras nada interesante en Facebook, mas no desistes. Es cuestión de tiempo para que alguien dé papaya, así sea una presa fácil preguntando lo que tú y tu grupo consideran obvio. Y es que nunca aceptas un no por respuesta. Promueves en tus redes los eventos a los que eres invitado y liquidas (haciendo un homenaje a la retórica) los que no te tienen en cuenta. Lo mismo haces con las listas (menos mal te incluyeron en la de las promesas de la literatura porque ay del lío que les habrías armado a esos dinosaurios intelectuales), con los premios, con las traducciones. En general rechazas cualquier cosa en la que tu nombre o el nombre de alguno de los de tu grupo falte. Y a eso llamas crítica.

Entonces (sonríes) alguien alaba una película dirigida por alguien que vale una de tus balas. Plantas en los comentarios del post una pregunta deliberadamente confusa, un anzuelo con una lombriz tan gorda que es imposible ignorarlo. Y sí, el otro muerde inmediatamente como el pez alienado que consideras que es.

Atacas.

Etiquetarías a los de tu grupo, pero ellos, como tú, están entrenados para oler la sangre. Ya vendrán cuando los necesites para que te aplaudan o para terminar de aplastar al otro, para bañarse con lo que quede del spotlight. Por el momento te concentras para asestar tu segundo golpe, uno que termine de atraer la atención de los corderos ciberespaciales. La emoción, la fiebre, te crecen mientras tecleas; tu pasión por las letras se nota en la forma en que las oprimes.

Hasta hace un momento tenías pensado escribir (entiéndase avanzar en tu nuevo libro). En otra época te habrías odiado por distraerte, por procrastinar de esa manera. Pero ahora vives de esto, así que terminas de afilar la flecha y la lanzas al corazón de tu adversario.

Hundes “publicar” en Facebook y tus libros se mueven.

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