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El Malpensante

ArtŪculo

Carta de un escritor advenedizo a Eduardo Halfon en la que FŽdor Dostoievski responde a todas las preguntas baŮado en lŠgrimas

Un escritor cale√Īo empobrecido en el primer mundo despierta de un coma y lee a un colega guatemalteco. Mientras, su novia con gonorrea lo acecha.

 Ilustraciones de Diego Cadena

1

Llevaba una semana internado en el Hospital Pellegrin de Burdeos, y mientras esperaba a que se me desinflamara el cerebro leí de un tajo El ángel literario, un libro sucinto, en apariencia intelectualoide, pero al mismo tiempo descarnado y con la densidad necesaria para desatar crisis literario-existenciales. Aunque de cierto modo, también es un libro esperanzador: una mano sale de la oscuridad circundante y cae como un fardo sobre tu hombro. Su presión acaba de hundirte o te obliga a continuar trasegando en medio de las dudas.

En una especie de ensayo novelado ‚Äďcon hibridaciones de diario, entrevista y cuento‚Äď, Eduardo Halfon se entrega a una empresa imposible: por un lado, saber por qu√© se escribe, y por otro, descifrar el enigma del despertar narrativo (el suyo y el de otros autores: Hesse, Carver, Hemingway, Piglia y Nabokov). ¬ŅPero existe en realidad ese momento en que la divinidad de las letras sobrevuela nuestras vidas para arrojarnos al pozo sin fondo de la literatura?

El resultado es un libro ‚Äďarmado con minucia de relojero‚Äď que cautiva no solo por la sacrificada nobleza de su causa; tambi√©n porque se va escribiendo a medida que persigue la estela de su indagaci√≥n. En una tensi√≥n creciente, su redacci√≥n engendra el testimonio de su propia gestaci√≥n. Si no es el primero en hacerlo, El √°ngel literario por lo menos s√≠ contribuye a consolidar en Hispanoam√©rica la tendencia contempor√°nea de los relatos que narran su making-of.

Las cosas ocurrieron así:

Durante mi convalecencia, el asistente social que ven√≠a a visitarme por las tardes, al ver que me hund√≠a en el tedio, me hizo un favor fenomenal: se las arregl√≥ para hacerme llegar los libros de Halfon que hab√≠an quedado en mi habitaci√≥n (yo era uno de esos pacientes por debajo de la l√≠nea de pobreza y ‚Äďlo ignoraba‚Äď ten√≠a derecho a ese tipo de privilegios a pesar de ser extranjero, ¬Ņo tal vez por eso?).

Incitado por Castellanos Moya y Rey Rosa, hac√≠a un tiempo que le segu√≠a la pista a autores centroamericanos. Y para el momento en que me desmay√© intentando rajar por la mitad un le√Īo de 30 kilogramos, Halfon encabezaba mi lista de espera porque, aparte de Monterroso, hasta entonces no hab√≠a le√≠do a ning√ļn otro guatemalteco. Durante los d√≠as que les tomar√≠a a mi nervio vestibular y a mi neoc√≥rtex recuperar su volumen normal, leer√≠a tambi√©n Signor Hoffman y El boxeador polaco.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir:

El olfato de Halfon para rastrear las vetas psicológicas profundas, y su rica capacidad fabuladora para despertar del Hades biográfico a dichos narradores consagrados, convirtieron mi lectura de El ángel literario en un paliativo de la sensación de aislamiento que envuelve el oficio literario. No obstante, poco después su toxicidad operó con efecto retardado: me dejó insomne un par de noches en que fui carcomido por la sospecha de que obstinarme en escribir era la más equivocada de mis decisiones.

Preguntas del tipo: ¬Ņen qu√© momento se me ocurri√≥ que lo m√≠o era escribir?, ¬Ņcu√°l es el evento que me define como escritor, el que me catapult√≥ a la escritura?, o incluso: ¬Ņa partir de qu√© momento de mi escritura comienzo a ser escritor?, cuyas respuestas cre√≠a zanjadas, recobraron su fuerza maligna.

Por fortuna, tenía a mano otro librito igualmente sucinto, aunque no tan descarnado ni existencial, pero sí, digamos, con la poesía y el antídoto necesarios para neutralizar el germen de la duda que El ángel literario había depositado en mi estropeada masa encefálica.

Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto (2003), un ensayo de László Földényi. Esa era mi carta fuerte, y se me antojó jugarla aunque ya la partida hubiera terminado. En la literatura nunca es demasiado tarde, pensé con indulgencia, tal vez inspirado por el savoir-faire de las enfermeras que cuidaban de mi cráneo con esmero.

Entonces se me ocurri√≥ escribirle una carta a Eduardo Halfon en la que, adem√°s de darle las gracias por el sufrimiento ocasionado, me permitir√≠a darle una respuesta a su libro, la cual ser√≠a a la vez una especie de continuaci√≥n del mismo. Una respuesta tard√≠a, naturalmente, porque el libro hab√≠a sido publicado en 2001 cuando el autor ten√≠a m√°s o menos la edad que tengo ahora, y yo era un pobre p√ļber que intentaba escribir en espa√Īol como Wordsworth hab√≠a escrito en ingl√©s sus sonetos.

Lo m√°s probable, pens√©, era que a estas alturas de su vida, con casi cincuenta a√Īos, el asunto de ese libro deb√≠a de importarle un bledo a Halfon; acaso representaba la necedad de un espejismo juvenil que hab√≠a terminado en el descalabro de una de sus primeras publicaciones. Y en efecto. Pero como no ten√≠a nada m√°s que hacer, ni nada que perder mientras los m√©dicos me hac√≠an resonancias magn√©ticas y me pon√≠an a responder cuestionarios psicom√©tricos, me puse a escribir la carta.

 

Reposo cerebral y antiinflamatorios, solo eso me había ordenado el neurólogo. Y dejar de seguir ganándome la vida a punta de hachazos.

Así habían estado ocurriendo las cosas:

Las cosas en Burdeos iban peor, mi pobreza crec√≠a como verdolaga en playa y, de √Īapa, acababa de ganarme un trauma craneoencef√°lico (leve, pero trauma al fin y al cabo) por haber querido convertirme en le√Īador de la noche a la ma√Īana.

Había vuelto a irme de París huyendo de las deudas, de Bárbara y el doctorado, pero sobre todo intentando evadirme del corrosivo sentimiento de humillación que constantemente me produce esa ciudad.

Aunque, al cabo de los a√Īos, el doloroso aprendizaje de mi vida parisina me hab√≠a revelado que segu√≠a autocompadeci√©ndome m√°s de lo debido, mi mecanismo de defensa segu√≠a siendo el mismo: frente a su indiferencia p√©trea, dolido, provinciano, yo me la pasaba diciendo en la Sorbona que su grandeza era solo la de sus ruinas, la espectralidad de un esplendor que ya no estaba ah√≠. Una especie de paquete chileno de la cultura porque, como dec√≠a Oswald Spengler, el ciclo vital de dicha civilizaci√≥n ya se hab√≠a consumado, y lo que ve√≠amos y admir√°bamos era pura decadencia.

Resentimiento: sentirme tan ineluctablemente peque√Īo habiendo llegado ah√≠ como un escritorzuelo que se sent√≠a tan grande. Par√≠s, su m√©rito: las cosas en su justa proporci√≥n. Par√≠s-Balzac: ‚Äúgrandes pretensiones, peque√Īas realidades‚ÄĚ. Pero me tomar√≠a a√Īos entenderlo, quiero decir, a√ļn ten√≠a que empezar a dejar de ser joven.

Juan Gabriel V√°squez ‚Äďquiz√° nuestra mejor ficha para un muy improbable segundo Nobel‚Äď dice que es una ciudad maravillosa que te devuelve lo mismo que le das: si fracasas, solo te escupe derrota; lo contrario, si acaso triunfas. Pero, ¬Ņqui√©n triunfa en Par√≠s? Adem√°s, ¬Ņqui√©n dice que Par√≠s quiere recibir alguna cosa? Kert√©sz, mucho m√°s l√ļcido y curtido, en su ensayo L‚ÄôHolocaust comme culture, dijo que todas las ciudades cosmopolitas son crueles, indiferentes, sentimentales y brutales; espirituales y est√ļpidas. En ese orden de ideas. Y me parece que no le faltaba raz√≥n. En Par√≠s, espiritualidad y barbarie coexisten en desiguales proporciones.

Alguien sin importancia a quien Vila-Matas cita en su libro sobre Par√≠s dijo que despu√©s de vivir ah√≠, uno es incapaz de vivir en cualquier otra ciudad, incluso en la misma Par√≠s. Vaya. ¬ŅC√≥mo terminar de entender semejante formulaci√≥n? Lo cierto es que la frasecita lleva por dentro el tufillo de una sensibler√≠a destinada a descrestar a jovenzuelos subdesarrollados que salen por primera vez de su pa√≠s.

La lucidez: ni sobredimensionar ni subestimar. Pero ante todo, no sobredimensionar. Sufriríamos menos. Después de vivir en Cali, uno es capaz de vivir en muchos otros sitios. Menos en Cali, eso sí.

 

Naturalmente, lo anterior no tiene ninguna relación con el hecho de que hasta entonces yo no había conseguido otra cosa que fracasar en París.

Acababa de abandonar el doctorado de la manera menos honrosa posible, y todav√≠a me tomar√≠a meses reponerme de los estragos de una ‚Äúrelaci√≥n abierta‚ÄĚ en la que r√°pidamente el ‚Äúamor libre‚ÄĚ pas√≥ del tri√°ngulo al cuadrado, luego al hex√°gono y de ah√≠ a una geometr√≠a intrincada que condujo a las ven√©reas.

Nada del otro mundo, objetó Bárbara, mi amor mediterráneo, una valenciana fanática del sexo y los opiáceos en cuya forma de amar se conjugaban dos elementos recónditos, aunque no necesariamente antagónicos: la nobleza del punkero y la abyección del hippie.

Para eso ten√≠amos a unas pocas cuadras el Instituto Pasteur, estuvo dici√©ndome toda una semana para levantarme el √°nimo: ¬ŅGonorrea? S√≠√≠√≠√≠, pero poquito. Peor era una gripa. Dos pinchazos, y de vuelta a la rumba porque Francia se derrumba, dec√≠a, y yo sent√≠a que la quer√≠a en esos momentos en que la ve√≠a tan convencida del rol de destruir su propia vida ‚Äďy de paso la m√≠a‚Äď.

Esbelta, fibrosa, casta√Īa-rubia, lo ten√≠a todo para el porno. Y por supuesto, a m√≠ me faltaban la experiencia y las agallas para sortear el peligro que implicaba un esp√©cimen tan irresistible y venenoso. En una asociaci√≥n feminista de Montreuil ‚Äďuno de los bastiones del comunismo franc√©s‚Äď, B√°rbara practicaba yoga tres veces por semana. No con el prop√≥sito de alcanzar el nirvana, sino con el de desarrollar la elasticidad necesaria para ejecutar las posturas m√°s exigentes del Kama-sutra. Lo suyo eran las asanas feministas, me dec√≠a con cierta hostilidad de g√©nero. Y que en las artes amatorias, m√°s que el deseo mismo, espacio y respiraci√≥n eran las dos cosas esenciales para satisfacer su vitalidad acrob√°tica y cachonda.

Un d√≠a, paseando por el muelle de Saint-Bernard, me pidi√≥ que volvi√©ramos a casa para cambiarse de ropa. ¬ŅFisuras en el dique?, le pregunt√©. No seas tonto, cari√Īo, me dijo. Y enseguida me explic√≥: se hab√≠a pasado la tarde entera en la Biblioteca Nacional de Francia leyendo los diarios en que Ana√Įs Nin revela sus amor√≠os triangulares con Henry Miller.

Con el frío, llevar las bragas tan empapadas era un verdadero fastidio. Eso dijo. Entonces le aconsejé, para ese tipo de lecturas, andar con calzones de repuesto en su mochila. Y me hizo caso. Porque era una chica fenomenal, Bárbara.

A veces tengo pesadillas kafkianas en las que deambulo entre luces crepusculares por los pasillos de un departamento parisiense, en relativa calma, como si no buscara nada, hasta que de s√ļbito se abre una puerta que conduce a una cama sobre la que yace una langosta enorme, patas-arriba y sudorosa, con su t√≠pico color naranja incandescente, dotada de una cabeza humana. La de B√°rbara, desde luego.

Curioso, lo que me horroriza del sue√Īo no es la metamorfosis misma ni la viscosidad del monstruo, sino la lasciva cadencia con que el crust√°ceo mueve sus extremidades para traerme de vuelta a su seno.

Clásicos del psicoanálisis: probablemente mi trabajo no consista en dejar de temerle, sino en humanizar la bestia; lograr que Bárbara vuelva a ser ella entera. Pero para qué, si ya no está. Al final, después de tantas separaciones y reconciliaciones, terminó marchándose con unos cirqueros endemoniados a recorrer el este de Europa.

 

Me parece ahora que no hay otra forma de irse de París que emprendiendo la fuga. En un momento dado, todos huyen de ella. Claro, algunos, muchos, para regresar poco después a sus pies. Es, digamos, una toxina adictiva. Y así me marché yo, fugándome de mi tesis doctoral, de la posibilidad de un nuevo contagio, y los meses de arriendo que tenía sin cancelar.

A la mierda Colfuturo y su crédito-beca, dije entonces, y sin contarle nada a Bárbara, me largué con mis libros adonde hubiera menos hostilidad para leerlos.

 

2

Burdeos ‚Äďla ciudad de moda en Francia, el mejor destino tur√≠stico del mundo en 2016‚Äď me esperaba. Desde 2015, cada a√Īo unas 10 mil personas llegan de todos los rincones del pa√≠s atra√≠das por su pujanza. Remodelada y transformada en nuevo polo tur√≠stico a un ritmo vertiginoso, por la derecha moderada de Alain Jupp√© ‚Äďuna derecha culta, dicen ac√°‚Äď, su metamorfosis ha sido sorprendente.

En menos de quince a√Īos: tres l√≠neas de tranv√≠a; un puente chic y ultramoderno que se desgonza para dejar pasar cruceros; recuperaci√≥n de los muelles y de las riberas del r√≠o Garona para convertirlos en zonas verdes peatonales; remodelaci√≥n fren√©tica del centro hist√≥rico y las plazas emblem√°ticas, y una l√≠nea de tren de alta velocidad que desde 2018 conecta a Burdeos con Par√≠s en poco m√°s de dos horas.

Hace veinte a√Īos era una ciudad rancia, revejida, sin inter√©s. Actualmente es una metr√≥polis luminosa, aseada y despiadada que rebosa de turistas.

L√≥gicamente, adem√°s de los r√©ditos decimon√≥nicos provenientes del comercio del vino, nuevos flujos de capital se han integrado a su din√°mica econ√≥mica: el a√Īo pasado la polic√≠a decomis√≥ una cantidad inaudita de toneladas de coca√≠na (adivinen de d√≥nde) en la bah√≠a de Arcach√≥n. Nuevos clientes, nuevas rutas (ese negocio alg√ļn d√≠a ser√° m√°s viejo que el de la prostituci√≥n. Con perd√≥n).

Y hay mucha gente que quiere pescar en ese río revuelto.

Y all√≠ hab√≠a llegado yo, a esconderme de B√°rbara y mis acreedores, pero tambi√©n en busca de las condiciones ideales para seguir escribiendo. ¬ŅEn una ciudad ferozmente encarecida cuyo metro cuadrado, seg√ļn c√°lculos notariales oficiales, ha aumentado de precio en un 248% en los √ļltimos veinte a√Īos?

S√≠. Porque eso tambi√©n era escribir, me dec√≠a yo mientras enumeraba las ventajas con aire casi so√Īador: vivir en una urbe de talla humana donde se puede ir a todo lado en bicicleta, que est√° cerca del mar, de Espa√Īa, de Lascaux, de las Landas de Napole√≥n, de los Pirineos, sin sospechar que lo √ļnico que me esperaba era seguir empobreci√©ndome al m√≥dico precio de continuar viviendo con cierta intensidad.

Y de casi reventarme los sesos rajando madera a domicilio en caserones de madames jubiladas, viudas e inmisericordemente solitarias que terminaban de vivir sus vidas en una Francia en la que yo nunca había penetrado.

 

3

Lo primero era dejarle en claro a Eduardo Halfon que mi misiva no pretend√≠a lisonjear su trabajo con lugares comunes o babosadas de lector incauto. Nada de yo estaba destinado a ese libro, o aun peor, hace tiempo que ese texto orbitaba a mi alrededor y todav√≠a no me decid√≠a a ir a su encuentro, sino saludar su valent√≠a, por un lado, y por otro, se√Īalarle que a pesar de todo, no obstante la insolubilidad de la pregunta primordial de su libro, yo hab√≠a encontrado algo esperanzador en √©l, en su b√ļsqueda.

Luego le dije que, como él, Sabato y tantos otros, en su momento yo también había abandonado la ingeniería electrónica para consagrar mi vida a las letras. Que era un lletraferit irredento, y me había venido a Francia no por la guerra ni esas cosas, sino por hartazgo de la provincia, en una suerte de autoexilio cultural, aspirando a una vida otra, que era lo que yo creía que le hacía falta a mi espíritu para macerar lo que tenía que decir antes de poder sellar mi propio modo de expresión.

(Cosas de juventud: entonces no, pero ahora s√≠ s√©. La cantidad de talento es inversamente proporcional al n√ļmero de planes. Existe una rivalidad intr√≠nseca entre ambas cosas.)

En fin.

Visto desde la otra orilla, decirle a un escritor profesional que uno escribe, cuando no ha escrito nada, es como cuando alguien que acabas de conocer te dice: ¬Ņuna partidita?, y solo con la jugada de apertura te das cuenta de que juega al ajedrez como un puerco.

Por ende, decirle a alguien que escribo, cuando no he escrito nada, equivale a sentir anticipadamente pena ajena... pero por mí mismo.

En todo caso, a Halfon se lo dije. Es decir, maticé enseguida, que estaba aprendiendo a escribir y creía estar habitado por ese mismo cosmos que recrea su libro.

Las dudas campean y exploraciones análogas me acechan, le dije, y que por esa razón El ángel literario caía como anillo al dedo precisamente en ese momento de mi vida en que yo había tomado la decisión de no abandonar la escritura, a pesar de que todo lo demás pareciera confabularse para el desastre.

Que lo estaba intentando, le aclar√©, pero con resultados desconcertantemente modestos (y no hablaba solo de publicaciones). Releer centenares de veces, pulir y desbastar otras tantas, tomarse constantemente el pulso, aligerar p√°rrafos, sopesar un verbo, y al final, como Wilde, despu√©s de pasarse un d√≠a entero quit√°ndola y reubic√°ndola, volver a poner la coma en el nervio vivo de la frase. Que, como en el cap√≠tulo de su libro consagrado a Hemingway, en esas estaba: ‚ÄúTodo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera‚ÄĚ. Producir monolitos. ¬°Cosa tan jodida! Pero ya no hab√≠a vuelta atr√°s.

 

4

Ocurre en barrios ruinosos y empobrecidos de los grandes n√ļcleos urbanos. La sociolog√≠a anglosajona lo llam√≥ en su momento gentrificaci√≥n: una especie de elitizaci√≥n residencial que relocaliza las masas demogr√°ficas.

Su halitosis la sent√≠ de inmediato: los magreb√≠es del popular barrio Saint-Michel ‚Äď√ļnico lugar donde alguien como yo, sin dossier, sin fiadores y desempleado, pod√≠a encontrar un alojamiento‚Äď han tenido que ir cerrando sus negocios porque ya no les alcanza para pagar el alquiler de los locales.

El reencauche de Burdeos los ha ido empujando hacia la periferia, y en su lugar han ido llegando los bob√≥s (bourgeois-boh√®mes) con sus salones de t√©, barber√≠as hipster, working caf√©s, tiendas vintage, y librer√≠as iluminadas en exceso que parecen claustros psiqui√°tricos o quir√≥fanos. Cada vez son menos las √©piceries de cilantro, menta y d√°tiles, los okupas, los comederos de tajine ‚Äďlos corrientazos de los argelinos‚Äď, las marroquiner√≠as, y los mercados de pulgas donde los gitanos hacen su agosto revendiendo lo que les sobra a los ricos o a los muertos de Burdeos.

Menos mugre, en √ļltimas.

Y es que esta ciudad lleva m√°s de una d√©cada sometida a un blanqueamiento monumental. Cientos de miles de euros ‚Äďy litros de agua‚Äď siguen invirti√©ndose en retirar el holl√≠n que la poluci√≥n centenaria ha ido asentando en la piedra caliza de sus fachadas. Un fen√≥meno t√≠picamente europeo corregido con cirug√≠a pl√°stica: del negro rata mojada, a un beige levemente bronceado. Despu√©s de la nebulizaci√≥n que arranc√≥ la cochambre de sus edificios se√Īoriales, la ciudad le sonr√≠e al mundo con dentadura renovada, sin m√°cula.

Es, a su modo, otro boom inmobiliario que hace que se esfumen los pobres.

Porque hay otro detalle: también se ha ido vaciando.

‚ÄúLa Bella Durmiente‚ÄĚ‚Äďpor la sobrecogedora quietud de su centro hist√≥rico‚Äď y su enmohecida burgues√≠a no solo observan at√≥nitas las estampidas de asi√°ticos que llegan con sus jurgos de dinero y eructos estruendosos a comprar cosechas Saint-√Čmilion para luego sacarse selfies con sus botellas de 12 mil euros por las callejuelas empedradas del barrio donde creci√≥ Montaigne.

No. Tambi√©n contemplan con impotencia c√≥mo se le van desalojando las entra√Īas a esta dormilona que ya no duerme tanto. Con la llegada de Airbnb, la ciudad ya no requiere de hoteles; ella misma se ha ido convirtiendo en uno: en importante proporci√≥n, los apartamentos de los barrios c√©ntricos ya no se proponen para habitar, sino para transitar por ellos. La tendencia rampante es subarrendar. Los inquilinos se van por unos d√≠as a casa de un amigo o un familiar, y a espaldas del propietario subalquilan cuantas veces pueden, en el curso del mes, para que sea la misma propiedad ‚Äďy no ellos‚Äď la que se encargue de pagar el arriendo.

 

As√≠, a medida que descubr√≠a la ciudad presa de este sismo urban√≠stico, mi imagen de Burdeos se iba reti√Īendo de desgaste y desesperaci√≥n: adem√°s de pasarme tardes enteras deambulando por sus calles en busca de un lugar d√≥nde vivir, tambi√©n deb√≠a ignorar los embates telef√≥nicos de B√°rbara ‚Äďquien vali√©ndose de chantajes y p√ļdicas promesas, desde Par√≠s hab√≠a lanzado una cruzada temeraria para dar con mi paradero‚Äď.

 

5

Luego le dije a Halfon que, en efecto, su libro era un desprop√≥sito, en eso est√°bamos de acuerdo, y que me parec√≠a casi heroico haberlo concluido habiendo cargado desde el principio con el peso de su imposibilidad. Porque lo m√°s probable, o lo m√°s veros√≠mil, es que no se pueda saber en qu√© momento uno se vuelve escritor. No hay un momento sino una acumulaci√≥n de incidentes que pueden tener nombre propio, ser identificables o resultar sencillamente opacos para el sujeto mismo o el bi√≥grafo. ¬ŅEs la conclusi√≥n o el inicio de algo el instante en que nos damos cuenta de que somos escritores? ¬ŅTiene uno que enterarse?

Vistas así las cosas, Halfon parecería haber llegado en psicología literaria a lo que Heisenberg en lógica. Hay cosas que, aunque se saben ciertas, no se pueden demostrar.

Formularse semejante pregunta, ¬Ņen qu√© momento se da el despertar narrativo?, obedece a una pulsi√≥n esquizoide y por tanto resulta una trampa mental. Sin embargo, el verdadero disparate radica en intentar hacer un buen libro para responderla no solo con relaci√≥n a uno mismo, sino respecto de otros escritores. Hurgar en la vida ajena, en esa discontinuidad y en ese amalgamamiento azarosos, no podr√≠a ni siquiera compararse a buscar una aguja en un pajar.

Un lindo viaje literario por la vida de Carver, Nabokov y Herman Hesse, sí, pero una improcedencia editorial, sin duda.

Para terminar de entrar en materia, no pude resistirme a hablarle de S√°ndor M√°rai: el caso es interesante porque en los relatos autobiogr√°ficos explora y reflexiona ampliamente sobre su relaci√≥n con la escritura. Como Halfon, merodea por la misma cuesti√≥n, pero desde otro √°ngulo, el de la neurosis. Trabaja con rigor su formaci√≥n como escritor, los mecanismos ocultos que lo arrojaron a la palabra escrita, los autores que lo marcaron, sus fantasmas, escudri√Īa sin tapujos su infancia. No obstante, M√°rai se cuida de meter la pluma en la trampa de ¬Ņpor qu√© escribo?

Intuye, a lo mejor, el beneficio irrisorio que trae la respuesta. ¬ŅO le falt√≥ coraje para pregunt√°rselo?

Hay escritores, gente, con pronunciado apetito por torturarse.

Ahora bien, lo esperanzador en la autotortura de Halfon no es √ļnicamente su compa√Ī√≠a desinteresada a lo largo y ancho de un pi√©lago de dudas equivalente, en una soledad equiparable, sino m√°s bien esto:

No hay duda de que sabía desde el principio que el destino de su pregunta, como del libro mismo, era irse desvaneciendo en su propia vaguedad, en su falta de sustento en el mundo físico.

Por eso, uno de los objetivos de mi carta fue averiguar si había visto la otra variante; no la ganadora, sino la que conducía a unas tablas decentes. Entonces le pregunté si se había dado cuenta de que, en lugar de dejarla desintegrarse en la nada, existía la posibilidad de someter la cuestión a una presión extra, y de ese modo atomizarla en una serie de preguntillas menos crípticas, con mayores chances de respuesta.

¬ŅQu√© tipo de escritor es el que se aboca a esa tentativa desgarradora? ¬ŅPor qu√© unos se lo preguntan y otros no?

¬ŅEscritores literarios, con una excesiva curiosidad por la ficci√≥n? ¬ŅLectores obsesos, demasiado devotos de las Letras? ¬ŅEsa casta de narradores que el incisivo Karl Kraus fustig√≥ con excelso sarcasmo al afirmar que un escritor que pasa demasiado tiempo leyendo es como un camarero que pasa demasiado tiempo comiendo?

No, le dije a Halfon, me parec√≠a que no, porque Borges ser√≠a un contraejemplo insuperable. √Čl no hab√≠a sido un torturador de su propia persona, lo suyo hab√≠a sido un trueque cojonudo con la fortuna: desde muy temprano se hab√≠a resignado a no ser feliz a cambio de juegos mentales con espejos y laberintos, de filigranas imaginativas y desdoblamientos de variado tipo; el universo diseminado en los tomos de una biblioteca infinita, por la ausencia del amor y de la carne. En absoluto un autor existencial, el antinovelista por antonomasia.

¬ŅQu√© tipo de escritores son esos entonces, los que se torturan y leen m√°s de lo debido? ¬ŅC√≥mo definir su phylum?¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†

Pues bien, le anuncié a Halfon con cierta sumisión, aunque frágil, yo tenía una hipótesis.

 

6

Que no fuera imb√©cil y olvidara lo de la infecci√≥n, me dec√≠a B√°rbara gritando por el tel√©fono, que tuviera cojones y asumiera como un verdadero escritor el precio a pagar por ser libre. Que recordara a Henry Miller y sus Tr√≥picos, eso s√≠ era un sacro var√≥n que hab√≠a honrado el principio fundamental del ars litterae llevando a cabo una pesquisa con insobornable libertad. ¬ŅO es que la eclosi√≥n de unas putas bacterias en los genitales te ha convertido en timorato? Que le dijera d√≥nde estaba, y ella vendr√≠a a rescatarme, con el mismo amor, sin rencores. Era solo una crisis, todos las tenemos, que me tranquilizara. Har√≠amos borr√≥n y cuenta nueva, y a lo mejor podr√≠amos quedarnos un tiempo dondequiera que me encontrara. Yo ten√≠a raz√≥n, Par√≠s nos estaba asfixiando.

 

Después de verme terminar la conversación también a los gritos, el sudanés me dijo: vete al campo. De la etnia nuer, la cara llena de cicatrices intimidantes, y con aires supersticiosos convincentes, me aseguró que tuviera cuidado, esa mujer podría matarme.

Nos gan√°bamos la vida pelando verdura en uno de los restaurantes m√°s usureros de la ciudad. Mouss√° hab√≠a penetrado en Europa por Gibraltar, y antes que en Francia, hab√≠a pasado varios a√Īos en Barcelona. Y ahora esper√°bamos a que nos llegara el turno para subir a ver una pocilga de once metros cuadrados, en un s√©ptimo piso sin ascensor ni ventanas ‚Äďsolo una claraboya amarillenta en el cielorraso‚Äď.

Gradaciones de la pobreza: a pesar de estar mal aislada, prácticamente podrida por la humedad, de carecer de calefacción y tener toilettes turcos externos, compartidos por una decena de habitantes, cuando la vio, la chambrita, como dice Santiago Gamboa, al sudanés le pareció un negocio razonable.

Entonces, la bronca, el fastidio. Mi banda de Moebius de la desgracia: huyendo de París retornaba a ella.

Porque a mi llegada, Burdeos, laboriosa, ya hab√≠a igualado a su hermana mayor en marrullas inmobiliarias: primero revisan tus desprendibles de pago para asegurarse de que gan√°s por lo menos tres veces el monto del alquiler. Si no, no pas√°s (en ning√ļn otro pa√≠s he presentado tanto papel falso: ¬°lo que ser√≠a de mi vida sin Paint!). Luego, como hay decenas de personas tras el mismo inmueble, la visita se hace por tandas; de cinco en cinco van entrando en fila india, sumisas y apretujadas como reses. Y ven lo que hay que ver en un par de minutos: porque once metros cuadrados con mansardas se recorren en breve.

Formas de la soledad: decenas de personas esperando en el andén, en medio del frío o bajo la lluvia, con su dossier en la mano, fumando sin ansia, conscientes de la precariedad de sus posibilidades, ignorando qué hacer con la derrota.

 

La R√©ole no est√° mal, me dijo Mouss√° cuando nos desped√≠amos. Con su cara que parec√≠a la versi√≥n alquitranada de una m√°scara precolombina, me explic√≥ que en las vi√Īas hab√≠a mucho trabajo al black porque era el per√≠odo de las vendimias y, por fortuna, en esa regi√≥n de Francia todav√≠a exist√≠a un buen n√ļmero de explotaciones vin√≠colas donde la uva se recog√≠a a mano.

Ahí, me dijo, con toda seguridad encontraría trabajo. Es más, insistió, conocía a alguien que podría emplearme para meterle mano al pourri noble.

¬ŅEl qu√©?, le pregunt√© con desconfianza pensando que se burlaba de mis miserias. Pero su sonrisa fraterna, en medio de sus rayas carnosas, me desarrug√≥ el ce√Īo de inmediato.

Lo que a mí siempre me había tocado en Francia:

La podredumbre, pero noble. En ciertos microclimas h√ļmedos del valle del Garona, donde se combinan efluvios oce√°nicos, suelos arcilloso-calc√°reos y oto√Īos bipolares con ma√Īanas heladas, pero tardes harto soleadas, cierto tipo de uva suele dejarse madurar hasta el l√≠mite de la descomposici√≥n. Cuando alcanza su super√°vit de az√ļcar, el fruto es atacado por un hongo milagroso que a medida que lo deshidrata le va otorgando a su c√°scara una coloraci√≥n gris√°cea, al principio, y luego viol√°cea. Despu√©s, de la pulpa de esta uva tard√≠a, casi podrida, se producen vinos corpulentos y empalagosos, peligrosamente alicorados, cuyo color se asemeja a orina de borracho.

Vástagos de lo que se pudre con nobleza son los celebérrimos sauternes y monbazillac, con los que en Navidad millones de franceses atiborran sus vientres de foie gras.

Y sucedió lo que debía suceder:

Yo, que todav√≠a a los treinta a√Īos me flagelaba con el sofisma de que no hab√≠a nacido para semejantes ministerios, fui atacado por algo muy parecido a la felicidad. Quiero decir: nunca antes le encontr√© tantos beneficios a mi pobreza; nunca antes o despu√©s volv√≠ a sentirme tan lejos de ella, ni me fue tan indiferente, ni la encontr√© tan insulsa, tan indigna de m√≠, que cuando trabaj√© ‚Äďpor un salario fecal‚Äď en las cosechas de Cadillac, Preignac y C√©rons.

Es cierto: uberización de las vendimias, explotación incompasiva de inmigrantes inermes. Pero entonces no era posible que me importara. En mi ser gobernaba una levedad ineluctable; me desprendía de cientos de ataduras (además, marcharme 80 kilómetros al sureste de Burdeos reducía prácticamente a cero las posibilidades de que Bárbara me encontrara).

Pasaron muchas cosas:

Mi relativa perdici√≥n me inmuniz√≥ primero contra lo que m√°s me atormentaba: la verg√ľenza de ser un colombiano de clase media muy venido a menos, empobrecido y atrapado en Francia, que segu√≠a d√°ndose √≠nfulas de escritor, sin haber escrito nada. Luego, me liber√≥ de la parte m√°s rid√≠cula de la metaf√≠sica de mi identidad nacional: ya no necesit√© burlarme de lo que me define, para poder completar mi propia definici√≥n.

Chambonadas de la ideolog√≠a: por un lado, muy temprano te convencen en la escuela, en casa, de que el tuyo es un pa√≠s grandioso, con dos oc√©anos, todos los pisos t√©rmicos, riquezas de todo tipo; gente aguerrida, aventajada. La panacea de la evoluci√≥n. Pero por otro, tampoco tardan en iniciarte en la propia irrisi√≥n: la burla de uno mismo para decir que uno no es eso, sino mejor. Definirse a medias, o quedarse a medio camino de la definici√≥n: pordebajearse para ser m√°s. ¬ŅUna falsa falsa modestia? O tal vez un pueblo azorado por la necesidad de definirse al rev√©s.

En fin.

Duró poco la fiesta, pero durante un tiempo fue como si todo lo demás no persiguiera otro propósito que el de ofrendarse a la desnudez de mi existencia. Y recibí:

Un atardecer, perdido entre cientos de hect√°reas de vi√Īas enrojecidas por las primeras pinceladas del oto√Īo, hice el amor sobre una espesa colcha de hojas amarillas con una campesina de cincuenta y pico de a√Īos que tiraba como una de treinta: una girondina noblemente podrida que, mientras galopaba sobre mi sexo, se divirti√≥ deslizando racimos de uvas por las curvaturas de sus senos antes de llenarse la boca con el fruto de Baco.

Una uva de polvo, como para ir relegando a B√°rbara al olvido.

¬ŅMeterle mano? Yo al pourri noble le met√≠ el coraz√≥n. Porque mientras viv√≠a lo que me correspond√≠a vivir, es decir, mientras me dejaba arropar por la dicha de esa ilusi√≥n pasajera, algo me dec√≠a que, a pesar de todo, ciertas piezas importantes del rompecabezas de mi vida en Francia por fin encajaban unas con otras. Y que, aunque m√°s temprano que tarde todo volver√≠a a desajustarse, yo deb√≠a sentir agradecimiento por la libertad que se me conced√≠a para despedirme de mi juventud como se me antojaba.

¬ŅCamino a una purificaci√≥n dostoievskiana? Ser√≠a exagerar. De cualquier modo, el error era craso: abandonar el doctorado tan intempestivamente y marcharme al sur del pa√≠s, ¬Ņpara seguir penando?

Era sin duda uno de esos momentos turbios de la juventud en que se cree que, por el bien propio, lo mejor es obrar en contra de los propios intereses. En cualquier caso, librado a mi suerte, me sentía con el valor de mandar todo al carajo. Y me pareció entonces que estar recogiendo uva en Aquitania resultaba mucho más decente que continuar en la Sorbona momificándome en el tedio que me producían los sainetes de sus sabios recalcitrantes.

Lejos de París, la estaba sacando barata, aunque no perdía de vista que más tarde ese respiro iba a tener que reembolsarlo. Entonces aprovechaba: a veces, al final de la jornada, sentía la punzada de la escritura, y por las noches, cuando me sobraba algo de energía o la fuerza de las cosas no me arrastraba a otras vivencias, escribía.

Con resultados desastrosos. No hace mucho, Javier Cercas dijo que uno no escribe lo que quiere sino lo que puede, y que uno solo puede saber lo que es capaz de escribir cuando ya lo ha escrito. Plop, dir√≠a Condorito, y con justeza. No obstante, ese tipo de perogrulladas constituyen ‚Äďm√°s que menos‚Äď el norte de mi existencia. Son un vicio.

El caso es que durante aquellos meses no pude, no me fue posible, escribir nada. Me dediqué a otras cosas.

Fue entonces cuando unos nicarag√ľenses me hablaron de la posibilidad de ganar unos euros extras rajando madera a domicilio. Era el momento en que el pa√≠s rural, menos rico, el de los chalecos amarillos, se preparaba para afrontar el invierno: deshollinar chimeneas y acondicionar la madera que arder√≠a durante los meses m√°s fr√≠os. Y para eso est√°bamos les pr√©caires, inmigrantes ca√≠dos en desgracia dispuestos a malvender la potencia de nuestros m√ļsculos tercermundistas por 40 euros el metro c√ļbico de le√Īa.

Todo esto lo aprend√≠ despu√©s en el hospital: no se corta, la le√Īa se revienta; todo ocurre en vertical, es potencia que se transfiere con velocidad. M√°s que fuerza bruta, lo que se requiere es t√©cnica para asestar el hachazo en el lugar adecuado. El tronco, que ha secado al menos por tres a√Īos, presenta vetas, rajaduras, fallas estructurales, creadas por la p√©rdida de humedad; un tal√≥n de Alquiles que es menester atacar.

Un detalle: para evitar crearse traumas craneoencefálicos con la vibración, la energía del golpe debe viajar en una sola dirección: pasar de los hombros a la masa del hacha, y de ahí a la madera para que esta se raje con un impacto seco y certero. No al revés; precisamente lo que ignoraba yo.

Y en esta ignorancia alcanc√© a reventar varias decenas de metros c√ļbicos, hasta que una tarde, despu√©s de dar un hachazo particularmente rabioso, sent√≠ varias cosas al mismo tiempo en una fracci√≥n muy breve de ese mismo tiempo: un zarandeo anormal en los maxilares y en las sienes; luego un silbido muy agudo que me picote√≥ los t√≠mpanos como una almarada; y antes de desplomarme, una aproximaci√≥n a lo sublime: el sol baj√≠simo del crep√ļsculo iluminaba con una humildad y un decoro enternecedores el dosel del bosque que se oscurec√≠a delante de m√≠.

Ca√≠ para levantarme; pero, ¬Ņpara volver?

 

7

Más que frágil, la hipótesis era pendeja. Halfon no titubearía en descalificarla por ser una fabulación desproporcionada que, en el fondo, no explicaba gran cosa. No obstante, se trataba de una antesala, una cortina de humo para lanzar el ataque frontal con Dostoievski, que esperaba con su llanto y su indignación en la retaguardia.

Es posible, le dije, que este tipo de b√ļsqueda sobre los or√≠genes de su vocaci√≥n surja en escritores que, como Sabato, han dejado su carrera (una en las ant√≠podas de la creaci√≥n literaria) para dedicarse a escribir, y en consecuencia les resulta necesario justificar, ante s√≠ mismos y el mundo, ese radical cambio de bando. A algunos m√°s que a otros, una especie de complejo inculpatorio los persigue. Llam√©moslo, le propuse, el complejo del escritor advenedizo: aquel desprovisto de una pasi√≥n precoz y primigenia por las letras (los no-Borges), que se martiriza tratando de explicarse por qu√© demonios abandon√≥ una carrera promisoria por la incertidumbre de la literatura.

Es una posici√≥n an√°loga a la de quedarse en un pa√≠s extranjero y tener que enfrentarse en el largo plazo al vasto territorio de la lengua. El franc√©s, digamos. Una sensaci√≥n de insuficiencia suele acompa√Īarme cada vez que uso este idioma. No importa cu√°nto haya conseguido reconocer los matices de los dialectos regionales, o captar el sentido √≠ntimo de ciertas expresiones idiom√°ticas; cuando lo hablo, combato constantemente una zozobra: algo esencial falta en mi mensaje. Algo que es m√°s que la mera palabra.

Majaderías, le dije a Eduardo Halfon, incurriendo de nuevo en el sospechoso placer de contradecirme:

Nadie es genuinamente escritor. Se tiende a creer que la vena literaria, como en el caso de Borges, obedece a una pulsión que se manifiesta muy temprano o florece en los genes. Esto es, creer que uno nace destinado a ser escritor (y solo puede lograrlo si cumple con esta condición).

Sandeces. Porque la realidad siempre ocurre de otro modo. A diferencia de los casos de genialidad precoz, la decisi√≥n de escribir ‚Äďsi es que la hay‚Äď se fundamenta en otros aspectos que pueden ser accidentales, traum√°ticos, incluso oportunistas, y no en una singular epifan√≠a o experiencia transformadora que propulsa al individuo a la escritura. Bola√Īo no sab√≠a por qu√© lo hac√≠a, pero sab√≠a que era lo mejor que pod√≠a hacer, dice Halfon en su libro. ¬ŅAlgunos autores escriben a pesar de s√≠ mismos?

Tal vez ocurra por generación espontánea, quizá sea un accidente, una transparencia en la que nada hay que esculcar. Es posible que se trate simplemente de un odio atávico hacia la realidad (motor que mueve al hombre a la escritura). Y probablemente los Borges sean la excepción a la regla y los no-Borges sean los más.

Entonces volvíamos a lo mismo, pero por otro vericueto:

¬ŅSe lo preguntan solo los escritores advenedizos, los acomplejados, los migrantes a un mundo que no es genuinamente suyo? Es probable que sea as√≠ (no sorprender√≠a que los gringos ya tengan estad√≠sticas al respecto). Ahora bien, y en eso est√°bamos de acuerdo, si es de ese modo, tampoco es una soluci√≥n que sorprenda en pa√Īos menores al bos√≥n de Higgs. La vida sigue tal cual.

Quedaba claro: el de Halfon era una especie de truco con cajitas chinas, una indagación embelesada rebotando entre fractales; una suerte de mise en abyme que no conducía a ninguna parte. Por eso, aunque la terca masturbación de El ángel literario me había resultado irresistible durante los primeros días de mi hospitalización, me pareció que ya era hora de acabar con el juego, y zanjar el asunto de una vez por todas.

 

8

Despu√©s del coma inducido, lo m√°s feo de despertar en la sala de urgencias no fue la paulatina vuelta a la realidad con las cl√°sicas intermitencias entre el letargo y la confusi√≥n de no saber d√≥nde ni por qu√©, sino ese fr√≠o y repetitivo monsieur del neur√≥logo, que me produjo un extra√Īamiento de ultratumba.

Monsieur?, monsieur?, me dec√≠a cantadito pero distante, casi gutural, para ayudarme a despertar: las ondas premonitorias de un veredicto del tenebroso Belceb√ļ, me parecieron. Y entonces arrugu√© todav√≠a m√°s los parpados.

Siglos de contrato social han vuelto a la gente de aqu√≠ muy precavida. Para decir que algo o alguien es agradable, no dicen directamente: es agradable. Dicen, sali√©ndose por la tangente: no es desagradable. Un modo de afirmar sin comprometerse con nadie, ni arriesgar nada. As√≠ es el monsieur del franc√©s, que no es equivalente al ‚Äúse√Īor‚ÄĚ del castellano. En Francia, cualquier ciudadano masculino es un monsieur: una forma minimizada y neutra de respeto que se aplica a todos, y te recuerda que sos nada, o que no vale la pena distinguirte aun si sos lumpen, mero contribuyente o gran evasor fiscal.

Cuando abrí los ojos, me dijo a quemarropa que tenía varias zonas del cerebro afectadas por una ligera inflamación. Que era de cierta gravedad, pero en el fondo no tan grave porque se curaría por sí mismo, quedándome en cama unas tres semanas.

Lo miré, me miró, y al ver que no conseguía hacerme una idea clara de mi estado, me sugirió imaginar la fuerza de un choque automovilístico a 40 kilómetros por hora concentrándose a intervalos irregulares sobre mi masa encefálica durante horas, días.

Por fortuna se desmayó a tiempo, agregó con cierto tono de recriminación, antes de causarse un aneurisma. Hubiera sido muy tonto lisiarse de ese modo.

¬ŅC√≥mo?

Sin pelos en la lengua, ante mi cara de creciente desconcierto, dijo que hubiera podido quedarme sordo, paralítico o las dos cosas, y que todavía faltaba una resonancia magnética para determinar si tenía pérdidas auditivas temporales o definitivas. U otras cosas.

¬ŅQue... qu√©?

Se aclar√≥ la voz y enseguida se dispuso a desmenuzarme lo que acababa de decir, creyendo que le hab√≠a o√≠do mal. Pero antes de que subiera el tono, le dije que hab√≠a entendido; el problema era que no consegu√≠a comprender lo que me hab√≠a ocurrido, por qu√© estaba ah√≠. Y acompa√Ī√© con una mueca de amargura y abandono mi deseo de saber.

Trat√≥ de tranquilizarme, por suerte, sin valerse de las habituales patra√Īas de la ret√≥rica m√©dica. Crey√≥ que si iba al grano, eso me aplomar√≠a y al mismo tiempo terminar√≠a de traerme de vuelta a la realidad.

Entonces volvió a la carga: le inquietaban mis oídos medios internos. Mis dos huesos temporales, dijo, habían vibrado tanto, y las ondas de los hachazos habían estrujado tanto mis cócleas, mis vestíbulos, que el cableado de mis dos nervios auditivos había terminado por inflamarse.

De nuevo: ¬Ņ¬°Que qu√©!?

Una sobrecarga de est√≠mulos gener√≥ un apag√≥n en su sistema estatoac√ļstico, dijo, y sin darme respiro, volvi√≥ a acudir a la met√°fora: lo que viene luego de una fiesta electr√≥nica muy bestia a 300 decibeles por todo el fin de semana.

Lipotimia: un blackout de la audici√≥n, y de √Īapa, el colapso de mi equilibrio. As√≠ se llamaba mi nuevo problema.

Tiene una laberintitis, dijo queriendo concluir.

Y esta vez, m√°s fuerte: ¬Ņ¬°Que c√≥mo!?

Normativas de Murphy: al momento de mi desmayo, ten√≠a un principio de catarro, lo cual hab√≠a fragilizado a√ļn m√°s mis o√≠dos. Una afecci√≥n viral, agreg√≥, en principio inocua, pero que hab√≠a estado ah√≠ para unirse a todo cuanto pod√≠a salir peor.

Tenía inflamado el laberinto, precisó con cierta grandilocuencia, esa parte del oído que se asemeja a la concha de un caracol, que si sabía lo que era, un órgano importante. Y antes siquiera de asentir, el sobresalto:

Por vez primera se me pasó por la mente que, si vivía en Francia, existía también la posibilidad de que me muriera en Francia. Quizá Moussá tenía razón y Bárbara me había transmitido una especie de maldición que me estaba arrastrando lentamente a la muerte.

Antes de salir, me dijo que me moviera lo menos posible y no intentara caminar solo porque seguramente volvería a caerme. Para eso estaba la enfermera. Que me tranquilizara, todo iba a estar bien si seguía al pie de la letra sus indicaciones.

Luego entró la enfermera, y después de preguntarme si quería vaciar mi vejiga o intestinos, quiso actualizar la dirección de mi domicilio.

Entonces se puso con preguntas capciosas; ciza√Īa para saber si era ilegal porque me hab√≠an ingresado al hospital sin un solo documento encima: ¬Ņera arrendatario o recib√≠a alojamiento gratuito de parte de alg√ļn residente franc√©s?, ¬Ņviv√≠a en otro pa√≠s de la Uni√≥n Europea o no ten√≠a domicilio fijo?, ¬Ņsegu√≠a viviendo en Par√≠s o estaba de paso por Burdeos?

Y entonces me hice yo mismo la pregunta, pero de un mejor modo: ¬Ņera verdad que me hab√≠a marchado de Par√≠s o tan solo me encontraba lejos de all√≠ por un tiempo indefinido?

No supe responder. ¬ŅPar√≠s o Burdeos? ¬ŅD√≥nde viv√≠a en realidad? Porque todo cuanto me hab√≠a estado ocurriendo segu√≠a siendo perfectamente parisiense; a diferencia de lo que hasta ese momento me hab√≠a ofrecido Burdeos, todav√≠a sin un talante propio ni un rasgo particular definitorio. Y me pareci√≥ que podr√≠a ser cierto eso de que no es uno el que decide cu√°ndo se va, sino que es Par√≠s la que define hasta cu√°ndo uno se queda. Aqu√≠ o all√°, por un tiempo ‚Äďquiz√° superior a mi capacidad de supervivencia‚Äď yo seguir√≠a viviendo ah√≠, aunque ya no lo quisiera. Como la muerte, la vejez o el hambre, vivir en Par√≠s era un acontecimiento sobre el que yo no ten√≠a ninguna potestad ni incidencia.

Hundí mi cabeza en la almohada, y poniendo cara de ultrajado, le pedí que me dejara en paz, estaba exhausto. Cuando despertara, le dije, proporcionaría todos los datos.

En cuanto se me desinflamara el laberinto. Entonces decidiría si París o Burdeos.

Asinti√≥ con un silencio gru√Ī√≥n, dio unos pasos, se detuvo bajo el umbral de la puerta, chist√≥, y se volvi√≥ hacia m√≠ diciendo que casi lo olvidaba. Para usted, dijo, y me entreg√≥ un papel.

Entonces, de nuevo, las palabras de Moussá, un vértigo mortuorio en el pecho:

 

Cari√Īo,

Sabes que aunque haga el amor con otros hombres, mi amor no pertenece a nadie m√°s. Me ha visto el gine, y ha dicho que ya estoy lista para nuevas batallas. Ir√© a verte pronto. Desde Burdeos, tomaremos el Camino de Compostela. Ser√° nuestro viaje. Caminaremos a√Īos luz.

Tuya (y de otros),

B.

 

9

Ojo a este carretazo, le dije a Halfon, con la tonta pretensión de descrestarlo. Entonces saqué de la manga de mi bata hospitalaria el as de Földényi: Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto, un texto que destacaba, a mi juicio, por su brevedad y la fuerza de su razonamiento.

En 1854, durante su exilio siberiano, Dostoievski trab√≥ amistad con el regente del campo de prisioneros donde purgaba su pena de trabajos forzados. A pesar de su rango y de su misi√≥n, Alexander Egorovich Wrangel result√≥ ser un tipo generoso, de una cierta sensibilidad, quien adem√°s de compartir con Dostoievski un marcado inter√©s por la historia era un lector aplicado. Aunque se trataba de uno de los escritores m√°s desprestigiados de Rusia, y a√ļn no hab√≠a escrito sus obras magnas, Wrangel sent√≠a admiraci√≥n por el autor de Pobres gentes. Por eso, en poco tiempo, termin√≥ convertido en su √ļnico proveedor de libros. A cambio de las novedades literarias provenientes de toda Europa, Dostoievski le recitaba de memoria sus poemas preferidos de Pushkin y le confiaba los planes y tropiezos de Recuerdos de la casa de los muertos, novela en la que llevaba a√Īos trabajando ardorosamente.

Una especie de síndrome de Estocolmo.

Un día, el grueso de las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal llegó a las manos del vapuleado Dostoievski. El volumen compilaba una serie de conferencias dictadas por Hegel en la Universidad de Berlín entre 1822 y 1831. Y en una de sus disertaciones el pensador alemán hablaba casualmente del rol histórico de Siberia. Por esa razón Wrangel le había llevado el libro.

El asunto llam√≥ poderosamente la atenci√≥n de Dostoievski, quien para entonces llevaba a cabo una tormentosa b√ļsqueda: cu√°l era el sentido de todo ese padecimiento, el suyo y el de todos esos hombres condenados a subsistir por fuera de los m√°rgenes de la civilizaci√≥n. Se entreg√≥ de inmediato a la lectura de las Lecciones creyendo que el genio hegeliano brindar√≠a respuestas satisfactorias a la cuesti√≥n de cu√°l era su destino de escritor y por qu√© ten√≠a que escribir ahora que no estaba muerto.

Sin embargo, lo que Hegel decía era lapidario. Sometía a Siberia a una descalificación categórica.

En la parte en que se refer√≠a a Asia, en particular a su vertiente septentrional, afirmaba que ‚Äúsi se considera racionalmente, es necesario retirarla de nuestro estudio ya que las caracter√≠sticas morfol√≥gicas de esta regi√≥n no son propicias a la conformaci√≥n de una cultura hist√≥rica, ni permiten a este actor desempe√Īar un rol de importancia en la Historia‚ÄĚ.

Una imagen f√ļtil le hab√≠a servido para fraguar el sofisma de su determinismo: la Historia, un ancho y caudaloso cuerpo de agua propulsado hacia adelante en la l√≠nea del tiempo, conformado a la vez por afluentes que desempe√Īan un papel esencial en su evoluci√≥n. En su largo recorrido, por anomal√≠as que el mismo Hegel no se detiene a explicar, ese gran r√≠o se bifurca en brazos que abandonan su curso principal y se estancan dando lugar a los tramos muertos de la Historia.

Desde estas zonas, los pueblos no-históricos debían resignarse a contemplar el devenir del Espíritu en la matriz de las interacciones de sus actores de primera línea. A las sociedades de la periferia les correspondía contemplar el espectáculo de lejos, en el estancamiento y la pasividad.

Adem√°s de los pueblos n√≥madas siberianos, dentro de su saco de las sociedades parias no-hist√≥ricas, Hegel incluy√≥ tambi√©n a los negros del √Āfrica subsahariana y a los salvajes de Am√©rica del Sur. Todos ellos, medidos con el mismo rasero, deb√≠an conformarse acaso con roles secundarios.

Solo las nacientes naciones occidentales cumplían con los requisitos para integrar el casting de la historiae universalis. Ni korowais ni chibchas contaban con la gracia suficiente para ser admitidos.

Hegel: se reserva el derecho de admisión. Siberia: un estuario del tiempo donde la condición humana carecía de interés.

Golpe bajo para el ya bastante humillado Dostoievski:

Cuando entendi√≥ lo que implicaba dicha dicotom√≠a, rompi√≥ en llanto. Llor√≥ al comprender que, por encontrarse estancados ‚Äďy √©l con ellos‚Äď en las cenagosas bifurcaciones de la Historia, para los arahuacos, los congoleses y los kirguices de Siberia no hab√≠a ninguna esperanza: eran pueblos condenados a la indiferencia, al colonialismo.

Lo invadi√≥ la desolaci√≥n, a√Īor√≥ la muerte, nos dice F√∂ld√©nyi, pero casi al mismo tiempo naci√≥ en su alma una revelaci√≥n que le ayudar√≠a a sobrevivir al destierro y, m√°s tarde, a ganarse la inmortalidad en las letras.

Veamos:

Grande fue el cataclismo que sacudi√≥ al escritor ruso, quien todav√≠a no cumpl√≠a treinta a√Īos. Y no era para menos, dice F√∂ld√©nyi. Toda la ideolog√≠a por la que estuvo a punto de ser fusilado ahora lo fusilaba a √©l: de repente se ve√≠a excluido por el mismo engranaje de ideas liberales que, en su momento, situaron a Dios por debajo de la jerarqu√≠a de las leyes naturales y m√°s tarde concibieron el Estado de derecho. Esa misma fuerza civilizatoria, ahora en boca de Hegel, no solo le restaba importancia a su sufrimiento ‚Äďy al de las tres cuartas partes de la humanidad‚Äď, sino que adem√°s negaba su posibilidad de salvaci√≥n.

No obstante, Földényi cree que, sin esta humillación, es muy probable que Dostoievski no hubiese encontrado los insumos necesarios para elevar su obra a las cumbres de la literatura universal. La noche en que la segregación hegeliana pisoteó su congoja, no solo rompió en llanto; también fue arrastrado, por un camino insospechado, a la fuerza interior que le ayudaría a mantenerse con vida.

Rebelión. Y la de su genio.

Desde el pantanal non-historicum de la depresión siberiana, Dostoievski se elevó por encima de los límites de la Historia y, al contemplar en la oquedad cósmica la constelación de los paradigmas, se sublevó contra la idea de que el hombre no podía ser otra cosa que el mero producto de su historicidad. En el limbo de su no-lugar histórico, comprendió que la cruenta mecánica oculta tras la corriente de ese gran río relativizaba arbitrariamente el peso universal del dolor humano.

Un retroceso a la bestialidad, le pareció: una geopolítica del sufrimiento; el de unos importa más, el de otros cero.

Entonces, frente a la posibilidad de semejante oprobio, se desat√≥ en su alma una fe imperecedera en el milagro. Su sedici√≥n fue el milagro. S√≠, esa suerte de religiosidad materialista de los ofendidos y los humillados: ese mismo fervor que lo llevar√≠a luego a decir que, incluso en el reino de las Luces, un hombre puede ‚Äďa veces debe‚Äď rehusarse a creer que dos m√°s dos equivalen a cuatro. El milagro, s√≠, esa suerte de fe algor√≠tmica, sacrificada y militante, que libra una guerra a muerte contra la animalidad del hombre.

Vio su obra F√ędor Dostoievski: inocular la sustancia de esa insurrecci√≥n a las novelas que en adelante escribir√≠a.

Respuesta colosal. Contra la miopía hegeliana, dice Földényi, la literatura dostoievskiana acogió en su seno las facciones no-históricas de la humanidad: asesinos, ludópatas, ladrones, desquiciados, apátridas, aquellos desdichados cuyo sufrimiento se había cotizado desfavorablemente en la bolsa de la Historia.

Una obra profundamente democr√°tica, concluye el ensayista.

Y hasta ah√≠ est√° bien, el relato es veros√≠mil, la urdimbre emocional es congruente. Pero luego, para algunos, sobredimensiona, instrumentaliza la experiencia siberiana de Dostoievski con el prop√≥sito de... ¬ŅCon qu√© objeto? Quiz√° para obligarnos a amar la democracia m√°s dostoievskianamente.

Piruetas de la ideología. Pero ese es hilo de otra madeja.

¬ŅQu√© tipo de escritor era Dostoievski? ¬ŅPor qu√© escrib√≠a? ¬ŅCu√°ntas veces se hizo la susodicha pregunta? O mejor, le pregunt√© a Eduardo a Halfon, ¬Ņcu√°ndo ‚Äďsi es que una vez se la hizo‚Äď dejo de hac√©rsela?

Cuando vio su obra, dir√≠a F√∂ld√©nyi. Porque es posible que solo existan dos tipos de escritores: los que s√≠ y los que no ven su obra. Los primeros son locomotoras a toda m√°quina. Los otros se acomplejan, dudan, se hacen preguntas √Īo√Īas.

¬ŅFabulaci√≥n excesiva la de F√∂ld√©nyi? Probable. Sin embargo, tal vez lo rescatable, la moraleja, consista en que, cuando se trata de males necesarios, conviene saber hacerse las preguntas correctas. As√≠, le dije a Halfon, lo interesante no es averiguar cu√°ndo, por qu√© o en qu√© circunstancias se pone uno a escribir, sino a causa de qu√© puede uno llegar a escribir, como dec√≠a Bola√Īo, un libro de verdad.

¬ŅLlegamos tarde o nos colamos a la gran fiesta de las letras? ¬ŅCarecemos del pedigr√≠ necesario para integrar los lazos de sangre que unen a la pur√≠sima casta de la literatura?

Bazofia. Lo que hay que hacer es romperse el lomo infatigablemente para escribir con decencia: escribir una frase verdadera. Una. Trabajar por el milagro, aunque el mismo nos arrastre a los desfiladeros del fracaso (tal vez ahí se vislumbre la obra).

Muchas gracias, le dije a Eduardo Halfon, para eso me hab√≠a servido su libro y para eso nos serv√≠a a ambos el llanto de F√ędor Dostoievski, ese or√°culo. La obstinaci√≥n y la entereza del uno y el otro, en medio de la desolaci√≥n, eran esperanza para escritorzuelos como yo, como tantos, atormentados d√≠a y noche por las dudas, sin obra ni mecenazgo: al fin y al cabo, polizones acomplejados que saltamos tarde al gran buque de la literatura.

 

10

Al ver que me hund√≠a en la desesperaci√≥n, el asistente social que ven√≠a a verme por las tardes me ayud√≥ a fugarme del hospital. Mientras le contaba todo lo que me hab√≠a estado sucediendo ‚Äďincluso los consejos de Mouss√°, su pariente √©tnico‚Äď, sus ojos de anfibio se fueron abriendo hasta que quedaron como dos huevos incrustados en un charco de brea.

Despu√©s de escucharme, guard√≥ silencio unos instantes, se apret√≥ el belfo con el √≠ndice y el pulgar y, frunciendo el ce√Īo, dijo que volver√≠a por la noche.

Quiz√° porque ambos √©ramos extranjeros, y en alg√ļn momento √©l tambi√©n se hab√≠a encontrado por debajo de la l√≠nea de pobreza, regres√≥ con una valija, cincuenta euros y una tarjeta electr√≥nica para acceder al s√≥tano de residuos hospitalarios. Ah√≠, me dijo, alguien de confianza me estar√≠a esperando. Yo solo ten√≠a que seguir sus instrucciones: ponerme un uniforme fluorescente, guantes y una mascarilla de protecci√≥n respiratoria; luego deb√≠a empujar un contenedor lleno de desechos biol√≥gicos hasta donde √©l me indicara. As√≠ lograr√≠a escaparme de B√°rbara: camuflado entre la basura.

Buena suerte, me dijo estrechándome la mano. Todavía corre usted peligro, aléjese lo más que pueda.

Lo miré, nos miramos y, aunque sentí la irradiación de su solidaridad, solo fui capaz de precipitar la despedida con un exiguo merci, au revoir. Mi sed de acción me impidió decir más.

Estar libre y solo es no pensar en m√°s nada: camin√© hasta el Pont de Pierre sintiendo en las v√≠sceras el hervor de una determinaci√≥n para la cual todav√≠a no contaba con palabras. En la c√ļspide del m√≠tico puente de Napole√≥n, me desped√≠ de Burdeos como quien se desprende de algo que ha usado a medias, sin un fin preciso, como aceptando la incapacidad de descifrar el principio de su utilidad. Dej√© caer el tel√©fono en los remolinos sibilantes del Garona, y luego me march√© a la estaci√≥n de Saint-Jean. Desde ah√≠ partir√≠a en el primer tren que me condujera a alguna parte.

Horas después, en la litera maloliente de un vagón nocturno, la idea de encontrarme con mi obra se me antojó de una ridiculez pasmosa. Desde luego, todavía hacía falta que me zambullera más hondo en el fracaso para enterarme de que tampoco era esa la pregunta.

Un d√≠a se desinflamar√≠a el laberinto. Pero antes, espirales interminables de libros, mujeres y padecimientos a√ļn me esperaban en otros rincones de Francia. Segu√≠a mi vida.

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Mauricio Polanco Izquierdo

Es licenciado en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle, y tiene una maestrŪa en literatura comparada de la Sorbona. VenŪa intentando que publicŠramos este perfil desde 2013.

Junio 2019
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