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El Malpensante

Artículo

Carta de un escritor advenedizo a Eduardo Halfon en la que Fëdor Dostoievski responde a todas las preguntas bañado en lágrimas

Un escritor caleño empobrecido en el primer mundo despierta de un coma y lee a un colega guatemalteco. Mientras, su novia con gonorrea lo acecha.

 

Ilustraciones de Diego Cadena

1

Llevaba una semana internado en el Hospital Pellegrin de Burdeos, y mientras esperaba a que se me desinflamara el cerebro leí de un tajo El ángel literario, un libro sucinto, en apariencia intelectualoide, pero al mismo tiempo descarnado y con la densidad necesaria para desatar crisis literario-existenciales. Aunque de cierto modo, también es un libro esperanzador: una mano sale de la oscuridad circundante y cae como un fardo sobre tu hombro. Su presión acaba de hundirte o te obliga a continuar trasegando en medio de las dudas.

En una especie de ensayo novelado –con hibridaciones de diario, entrevista y cuento–, Eduardo Halfon se entrega a una empresa imposible: por un lado, saber por qué se escribe, y por otro, descifrar el enigma del despertar narrativo (el suyo y el de otros autores: Hesse, Carver, Hemingway, Piglia y Nabokov). ¿Pero existe en realidad ese momento en que la divinidad de las letras sobrevuela nuestras vidas para arrojarnos al pozo sin fondo de la literatura?

El resultado es un libro –armado con minucia de relojero– que cautiva no solo por la sacrificada nobleza de su causa; también porque se va escribiendo a medida que persigue la estela de su indagación. En una tensión creciente, su redacción engendra el testimonio de su propia gestación. Si no es el primero en hacerlo, El ángel literario por lo menos sí contribuye a consolidar en Hispanoamérica la tendencia contemporánea de los relatos que narran su making-of.

Las cosas ocurrieron así:

Durante mi convalecencia, el asistente social que venía a visitarme por las tardes, al ver que me hundía en el tedio, me hizo un favor fenomenal: se las arregló para hacerme llegar los libros de Halfon que habían quedado en mi habitación (yo era uno de esos pacientes por debajo de la línea de pobreza y –lo ignoraba– tenía derecho a ese tipo de privilegios a pesar de ser extranjero, ¿o tal vez por eso?).

Incitado por Castellanos Moya y Rey Rosa, hacía un tiempo que le seguía la pista a autores centroamericanos. Y para el momento en que me desmayé intentando rajar por la mitad un leño de 30 kilogramos, Halfon encabezaba mi lista de espera porque, aparte de Monterroso, hasta entonces no había leído a ningún otro guatemalteco. Durante los días que les tomaría a mi nervio vestibular y a mi neocórtex recuperar su volumen normal, leería también Signor Hoffman y El boxeador polaco.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir:

El olfato de Halfon para rastrear las vetas psicológicas profundas, y su rica capacidad fabuladora para despertar del Hades biográfico a dichos narradores consagrados, convirtieron mi lectura de El ángel literario en un paliativo de la sensación de aislamiento que envuelve el oficio literario. No obstante, poco después su toxicidad operó con efecto retardado: me dejó insomne un par de noches en que fui carcomido por la sospecha de que obstinarme en escribir era la más equivocada de mis decisiones.

Preguntas del tipo: ¿en qué momento se me ocurrió que lo mío era escribir?, ¿cuál es el evento que me define como escritor, el que me catapultó a la escritura?, o incluso: ¿a partir de qué momento de mi escritura comienzo a ser escritor?, cuyas respuestas creía zanjadas, recobraron su fuerza maligna.

Por fortuna, tenía a mano otro librito igualmente sucinto, aunque no tan descarnado ni existencial, pero sí, digamos, con la poesía y el antídoto necesarios para neutralizar el germen de la duda que El ángel literario había depositado en mi estropeada masa encefálica.

Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto (2003), un ensayo de László Földényi. Esa era mi carta fuerte, y se me antojó jugarla aunque ya la partida hubiera terminado. En la literatura nunca es demasiado tarde, pensé con indulgencia, tal vez inspirado por el savoir-faire de las enfermeras que cuidaban de mi cráneo con esmero.

Entonces se me ocurrió escribirle una carta a Eduardo Halfon en la que, además de darle las gracias por el sufrimiento ocasionado, me permitiría darle una respuesta a su libro, la cual sería a la vez una especie de continuación del mismo. Una respuesta tardía, naturalmente, porque el libro había sido publicado en 2001 cuando el autor tenía más o menos la edad que tengo ahora, y yo era un pobre púber que intentaba escribir en español como Wordsworth había escrito en inglés sus sonetos.

Lo más probable, pensé, era que a estas alturas de su vida, con casi cincuenta años, el asunto de ese libro debía de importarle un bledo a Halfon; acaso representaba la necedad de un espejismo juvenil que había terminado en el descalabro de una de sus primeras publicaciones. Y en efecto. Pero como no tenía nada más que hacer, ni nada que perder mientras los médicos me hacían resonancias magnéticas y me ponían a responder cuestionarios psicométricos, me puse a escribir la carta.

 

Reposo cerebral y antiinflamatorios, solo eso me había ordenado el neurólogo. Y dejar de seguir ganándome la vida a punta de hachazos.

Así habían estado ocurriendo las cosas:

Las cosas en Burdeos iban peor, mi pobreza crecía como verdolaga en playa y, de ñapa, acababa de ganarme un trauma craneoencefálico (leve, pero trauma al fin y al cabo) por haber querido convertirme en leñador de la noche a la mañana.

Había vuelto a irme de París huyendo de las deudas, de Bárbara y el doctorado, pero sobre todo intentando evadirme del corrosivo sentimiento de humillación que constantemente me produce esa ciudad.

Aunque, al cabo de los años, el doloroso aprendizaje de mi vida parisina me había revelado que seguía autocompadeciéndome más de lo debido, mi mecanismo de defensa seguía siendo el mismo: frente a su indiferencia pétrea, dolido, provinciano, yo me la pasaba diciendo en la Sorbona que su grandeza era solo la de sus ruinas, la espectralidad de un esplendor que ya no estaba ahí. Una especie de paquete chileno de la cultura porque, como decía Oswald Spengler, el ciclo vital de dicha civilización ya se había consumado, y lo que veíamos y admirábamos era pura decadencia.

Resentimiento: sentirme tan ineluctablemente pequeño habiendo llegado ahí como un escritorzuelo que se sentía tan grande. París, su mérito: las cosas en su justa proporción. París-Balzac: “grandes pretensiones, pequeñas realidades”. Pero me tomaría años entenderlo, quiero decir, aún tenía que empezar a dejar de ser joven.

Juan Gabriel Vásquez –quizá nuestra mejor ficha para un muy improbable segundo Nobel– dice que es una ciudad maravillosa que te devuelve lo mismo que le das: si fracasas, solo te escupe derrota; lo contrario, si acaso triunfas. Pero, ¿quién triunfa en París? Además, ¿quién dice que París quiere recibir alguna cosa? Kertész, mucho más lúcido y curtido, en su ensayo L’Holocaust comme culture, dijo que todas las ciudades cosmopolitas son crueles, indiferentes, sentimentales y brutales; espirituales y estúpidas. En ese orden de ideas. Y me parece que no le faltaba razón. En París, espiritualidad y barbarie coexisten en desiguales proporciones.

Alguien sin importancia a quien Vila-Matas cita en su libro sobre París dijo que después de vivir ahí, uno es incapaz de vivir en cualquier otra ciudad, incluso en la misma París. Vaya. ¿Cómo terminar de entender semejante formulación? Lo cierto es que la frasecita lleva por dentro el tufillo de una sensiblería destinada a descrestar a jovenzuelos subdesarrollados que salen por primera vez de su país.

La lucidez: ni sobredimensionar ni subestimar. Pero ante todo, no sobredimensionar. Sufriríamos menos. Después de vivir en Cali, uno es capaz de vivir en muchos otros sitios. Menos en Cali, eso sí.

 

Naturalmente, lo anterior no tiene ninguna relación con el hecho de que hasta entonces yo no había conseguido otra cosa que fracasar en París.

Acababa de abandonar el doctorado de la manera menos honrosa posible, y todavía me tomaría meses reponerme de los estragos de una “relación abierta” en la que rápidamente el “amor libre” pasó del triángulo al cuadrado, luego al hexágono y de ahí a una geometría intrincada que condujo a las venéreas.

Nada del otro mundo, objetó Bárbara, mi amor mediterráneo, una valenciana fanática del sexo y los opiáceos en cuya forma de amar se conjugaban dos elementos recónditos, aunque no necesariamente antagónicos: la nobleza del punkero y la abyección del hippie.

Para eso teníamos a unas pocas cuadras el Instituto Pasteur, estuvo diciéndome toda una semana para levantarme el ánimo: ¿Gonorrea? Síííí, pero poquito. Peor era una gripa. Dos pinchazos, y de vuelta a la rumba porque Francia se derrumba, decía, y yo sentía que la quería en esos momentos en que la veía tan convencida del rol de destruir su propia vida –y de paso la mía–.

Esbelta, fibrosa, castaña-rubia, lo tenía todo para el porno. Y por supuesto, a mí me faltaban la experiencia y las agallas para sortear el peligro que implicaba un espécimen tan irresistible y venenoso. En una asociación feminista de Montreuil –uno de los bastiones del comunismo francés–, Bárbara practicaba yoga tres veces por semana. No con el propósito de alcanzar el nirvana, sino con el de desarrollar la elasticidad necesaria para ejecutar las posturas más exigentes del Kama-sutra. Lo suyo eran las asanas feministas, me decía con cierta hostilidad de género. Y que en las artes amatorias, más que el deseo mismo, espacio y respiración eran las dos cosas esenciales para satisfacer su vitalidad acrobática y cachonda.

Un día, paseando por el muelle de Saint-Bernard, me pidió que volviéramos a casa para cambiarse de ropa. ¿Fisuras en el dique?, le pregunté. No seas tonto, cariño, me dijo. Y enseguida me explicó: se había pasado la tarde entera en la Biblioteca Nacional de Francia leyendo los diarios en que Anaïs Nin revela sus amoríos triangulares con Henry Miller.

Con el frío, llevar las bragas tan empapadas era un verdadero fastidio. Eso dijo. Entonces le aconsejé, para ese tipo de lecturas, andar con calzones de repuesto en su mochila. Y me hizo caso. Porque era una chica fenomenal, Bárbara.

A veces tengo pesadillas kafkianas en las que deambulo entre luces crepusculares por los pasillos de un departamento parisiense, en relativa calma, como si no buscara nada, hasta que de súbito se abre una puerta que conduce a una cama sobre la que yace una langosta enorme, patas-arriba y sudorosa, con su típico color naranja incandescente, dotada de una cabeza humana. La de Bárbara, desde luego.

Curioso, lo que me horroriza del sueño no es la metamorfosis misma ni la viscosidad del monstruo, sino la lasciva cadencia con que el crustáceo mueve sus extremidades para traerme de vuelta a su seno.

Clásicos del psicoanálisis: probablemente mi trabajo no consista en dejar de temerle, sino en humanizar la bestia; lograr que Bárbara vuelva a ser ella entera. Pero para qué, si ya no está. Al final, después de tantas separaciones y reconciliaciones, terminó marchándose con unos cirqueros endemoniados a recorrer el este de Europa.

 

Me parece ahora que no hay otra forma de irse de París que emprendiendo la fuga. En un momento dado, todos huyen de ella. Claro, algunos, muchos, para regresar poco después a sus pies. Es, digamos, una toxina adictiva. Y así me marché yo, fugándome de mi tesis doctoral, de la posibilidad de un nuevo contagio, y los meses de arriendo que tenía sin cancelar.

A la mierda Colfuturo y su crédito-beca, dije entonces, y sin contarle nada a Bárbara, me largué con mis libros adonde hubiera menos hostilidad para leerlos.

 

2

Burdeos –la ciudad de moda en Francia, el mejor destino turístico del mundo en 2016– me esperaba. Desde 2015, cada año unas 10 mil personas llegan de todos los rincones del país atraídas por su pujanza. Remodelada y transformada en nuevo polo turístico a un ritmo vertiginoso, por la derecha moderada de Alain Juppé –una derecha culta, dicen acá–, su metamorfosis ha sido sorprendente.

En menos de quince años: tres líneas de tranvía; un puente chic y ultramoderno que se desgonza para dejar pasar cruceros; recuperación de los muelles y de las riberas del río Garona para convertirlos en zonas verdes peatonales; remodelación frenética del centro histórico y las plazas emblemáticas, y una línea de tren de alta velocidad que desde 2018 conecta a Burdeos con París en poco más de dos horas.

Hace veinte años era una ciudad rancia, revejida, sin interés. Actualmente es una metrópolis luminosa, aseada y despiadada que rebosa de turistas.

Lógicamente, además de los réditos decimonónicos provenientes del comercio del vino, nuevos flujos de capital se han integrado a su dinámica económica: el año pasado la policía decomisó una cantidad inaudita de toneladas de cocaína (adivinen de dónde) en la bahía de Arcachón. Nuevos clientes, nuevas rutas (ese negocio algún día será más viejo que el de la prostitución. Con perdón).

Y hay mucha gente que quiere pescar en ese río revuelto.

Y allí había llegado yo, a esconderme de Bárbara y mis acreedores, pero también en busca de las condiciones ideales para seguir escribiendo. ¿En una ciudad ferozmente encarecida cuyo metro cuadrado, según cálculos notariales oficiales, ha aumentado de precio en un 248% en los últimos veinte años?

Sí. Porque eso también era escribir, me decía yo mientras enumeraba las ventajas con aire casi soñador: vivir en una urbe de talla humana donde se puede ir a todo lado en bicicleta, que está cerca del mar, de España, de Lascaux, de las Landas de Napoleón, de los Pirineos, sin sospechar que lo único que me esperaba era seguir empobreciéndome al módico precio de continuar viviendo con cierta intensidad.

Y de casi reventarme los sesos rajando madera a domicilio en caserones de madames jubiladas, viudas e inmisericordemente solitarias que terminaban de vivir sus vidas en una Francia en la que yo nunca había penetrado.

 

3

Lo primero era dejarle en claro a Eduardo Halfon que mi misiva no pretendía lisonjear su trabajo con lugares comunes o babosadas de lector incauto. Nada de yo estaba destinado a ese libro, o aun peor, hace tiempo que ese texto orbitaba a mi alrededor y todavía no me decidía a ir a su encuentro, sino saludar su valentía, por un lado, y por otro, señalarle que a pesar de todo, no obstante la insolubilidad de la pregunta primordial de su libro, yo había encontrado algo esperanzador en él, en su búsqueda.

Luego le dije que, como él, Sabato y tantos otros, en su momento yo también había abandonado la ingeniería electrónica para consagrar mi vida a las letras. Que era un lletraferit irredento, y me había venido a Francia no por la guerra ni esas cosas, sino por hartazgo de la provincia, en una suerte de autoexilio cultural, aspirando a una vida otra, que era lo que yo creía que le hacía falta a mi espíritu para macerar lo que tenía que decir antes de poder sellar mi propio modo de expresión.

(Cosas de juventud: entonces no, pero ahora sí sé. La cantidad de talento es inversamente proporcional al número de planes. Existe una rivalidad intrínseca entre ambas cosas.)

En fin.

Visto desde la otra orilla, decirle a un escritor profesional que uno escribe, cuando no ha escrito nada, es como cuando alguien que acabas de conocer te dice: ¿una partidita?, y solo con la jugada de apertura te das cuenta de que juega al ajedrez como un puerco.

Por ende, decirle a alguien que escribo, cuando no he escrito nada, equivale a sentir anticipadamente pena ajena... pero por mí mismo.

En todo caso, a Halfon se lo dije. Es decir, maticé enseguida, que estaba aprendiendo a escribir y creía estar habitado por ese mismo cosmos que recrea su libro.

Las dudas campean y exploraciones análogas me acechan, le dije, y que por esa razón El ángel literario caía como anillo al dedo precisamente en ese momento de mi vida en que yo había tomado la decisión de no abandonar la escritura, a pesar de que todo lo demás pareciera confabularse para el desastre.

Que lo estaba intentando, le aclaré, pero con resultados desconcertantemente modestos (y no hablaba solo de publicaciones). Releer centenares de veces, pulir y desbastar otras tantas, tomarse constantemente el pulso, aligerar párrafos, sopesar un verbo, y al final, como Wilde, después de pasarse un día entero quitándola y reubicándola, volver a poner la coma en el nervio vivo de la frase. Que, como en el capítulo de su libro consagrado a Hemingway, en esas estaba: “Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera”. Producir monolitos. ¡Cosa tan jodida! Pero ya no había vuelta atrás.

 

4

Ocurre en barrios ruinosos y empobrecidos de los grandes núcleos urbanos. La sociología anglosajona lo llamó en su momento gentrificación: una especie de elitización residencial que relocaliza las masas demográficas.

Su halitosis la sentí de inmediato: los magrebíes del popular barrio Saint-Michel –único lugar donde alguien como yo, sin dossier, sin fiadores y desempleado, podía encontrar un alojamiento– han tenido que ir cerrando sus negocios porque ya no les alcanza para pagar el alquiler de los locales.

El reencauche de Burdeos los ha ido empujando hacia la periferia, y en su lugar han ido llegando los bobós (bourgeois-bohèmes) con sus salones de té, barberías hipster, working cafés, tiendas vintage, y librerías iluminadas en exceso que parecen claustros psiquiátricos o quirófanos. Cada vez son menos las épiceries de cilantro, menta y dátiles, los okupas, los comederos de tajine –los corrientazos de los argelinos–, las marroquinerías, y los mercados de pulgas donde los gitanos hacen su agosto revendiendo lo que les sobra a los ricos o a los muertos de Burdeos.

Menos mugre, en últimas.

Y es que esta ciudad lleva más de una década sometida a un blanqueamiento monumental. Cientos de miles de euros –y litros de agua– siguen invirtiéndose en retirar el hollín que la polución centenaria ha ido asentando en la piedra caliza de sus fachadas. Un fenómeno típicamente europeo corregido con cirugía plástica: del negro rata mojada, a un beige levemente bronceado. Después de la nebulización que arrancó la cochambre de sus edificios señoriales, la ciudad le sonríe al mundo con dentadura renovada, sin mácula.

Es, a su modo, otro boom inmobiliario que hace que se esfumen los pobres.

Porque hay otro detalle: también se ha ido vaciando.

“La Bella Durmiente”–por la sobrecogedora quietud de su centro histórico– y su enmohecida burguesía no solo observan atónitas las estampidas de asiáticos que llegan con sus jurgos de dinero y eructos estruendosos a comprar cosechas Saint-Émilion para luego sacarse selfies con sus botellas de 12 mil euros por las callejuelas empedradas del barrio donde creció Montaigne.

No. También contemplan con impotencia cómo se le van desalojando las entrañas a esta dormilona que ya no duerme tanto. Con la llegada de Airbnb, la ciudad ya no requiere de hoteles; ella misma se ha ido convirtiendo en uno: en importante proporción, los apartamentos de los barrios céntricos ya no se proponen para habitar, sino para transitar por ellos. La tendencia rampante es subarrendar. Los inquilinos se van por unos días a casa de un amigo o un familiar, y a espaldas del propietario subalquilan cuantas veces pueden, en el curso del mes, para que sea la misma propiedad –y no ellos– la que se encargue de pagar el arriendo.

 

Así, a medida que descubría la ciudad presa de este sismo urbanístico, mi imagen de Burdeos se iba retiñendo de desgaste y desesperación: además de pasarme tardes enteras deambulando por sus calles en busca de un lugar dónde vivir, también debía ignorar los embates telefónicos de Bárbara –quien valiéndose de chantajes y púdicas promesas, desde París había lanzado una cruzada temeraria para dar con mi paradero–.

 

5

Luego le dije a Halfon que, en efecto, su libro era un despropósito, en eso estábamos de acuerdo, y que me parecía casi heroico haberlo concluido habiendo cargado desde el principio con el peso de su imposibilidad. Porque lo más probable, o lo más verosímil, es que no se pueda saber en qué momento uno se vuelve escritor. No hay un momento sino una acumulación de incidentes que pueden tener nombre propio, ser identificables o resultar sencillamente opacos para el sujeto mismo o el biógrafo. ¿Es la conclusión o el inicio de algo el instante en que nos damos cuenta de que somos escritores? ¿Tiene uno que enterarse?

Vistas así las cosas, Halfon parecería haber llegado en psicología literaria a lo que Heisenberg en lógica. Hay cosas que, aunque se saben ciertas, no se pueden demostrar.

Formularse semejante pregunta, ¿en qué momento se da el despertar narrativo?, obedece a una pulsión esquizoide y por tanto resulta una trampa mental. Sin embargo, el verdadero disparate radica en intentar hacer un buen libro para responderla no solo con relación a uno mismo, sino respecto de otros escritores. Hurgar en la vida ajena, en esa discontinuidad y en ese amalgamamiento azarosos, no podría ni siquiera compararse a buscar una aguja en un pajar.

Un lindo viaje literario por la vida de Carver, Nabokov y Herman Hesse, sí, pero una improcedencia editorial, sin duda.

Para terminar de entrar en materia, no pude resistirme a hablarle de Sándor Márai: el caso es interesante porque en los relatos autobiográficos explora y reflexiona ampliamente sobre su relación con la escritura. Como Halfon, merodea por la misma cuestión, pero desde otro ángulo, el de la neurosis. Trabaja con rigor su formación como escritor, los mecanismos ocultos que lo arrojaron a la palabra escrita, los autores que lo marcaron, sus fantasmas, escudriña sin tapujos su infancia. No obstante, Márai se cuida de meter la pluma en la trampa de ¿por qué escribo?

Intuye, a lo mejor, el beneficio irrisorio que trae la respuesta. ¿O le faltó coraje para preguntárselo?

Hay escritores, gente, con pronunciado apetito por torturarse.

Ahora bien, lo esperanzador en la autotortura de Halfon no es únicamente su compañía desinteresada a lo largo y ancho de un piélago de dudas equivalente, en una soledad equiparable, sino más bien esto:

No hay duda de que sabía desde el principio que el destino de su pregunta, como del libro mismo, era irse desvaneciendo en su propia vaguedad, en su falta de sustento en el mundo físico.

Por eso, uno de los objetivos de mi carta fue averiguar si había visto la otra variante; no la ganadora, sino la que conducía a unas tablas decentes. Entonces le pregunté si se había dado cuenta de que, en lugar de dejarla desintegrarse en la nada, existía la posibilidad de someter la cuestión a una presión extra, y de ese modo atomizarla en una serie de preguntillas menos crípticas, con mayores chances de respuesta.

¿Qué tipo de escritor es el que se aboca a esa tentativa desgarradora? ¿Por qué unos se lo preguntan y otros no?

¿Escritores literarios, con una excesiva curiosidad por la ficción? ¿Lectores obsesos, demasiado devotos de las Letras? ¿Esa casta de narradores que el incisivo Karl Kraus fustigó con excelso sarcasmo al afirmar que un escritor que pasa demasiado tiempo leyendo es como un camarero que pasa demasiado tiempo comiendo?

No, le dije a Halfon, me parecía que no, porque Borges sería un contraejemplo insuperable. Él no había sido un torturador de su propia persona, lo suyo había sido un trueque cojonudo con la fortuna: desde muy temprano se había resignado a no ser feliz a cambio de juegos mentales con espejos y laberintos, de filigranas imaginativas y desdoblamientos de variado tipo; el universo diseminado en los tomos de una biblioteca infinita, por la ausencia del amor y de la carne. En absoluto un autor existencial, el antinovelista por antonomasia.

¿Qué tipo de escritores son esos entonces, los que se torturan y leen más de lo debido? ¿Cómo definir su phylum?               

Pues bien, le anuncié a Halfon con cierta sumisión, aunque frágil, yo tenía una hipótesis.

 

6

Que no fuera imbécil y olvidara lo de la infección, me decía Bárbara gritando por el teléfono, que tuviera cojones y asumiera como un verdadero escritor el precio a pagar por ser libre. Que recordara a Henry Miller y sus Trópicos, eso sí era un sacro varón que había honrado el principio fundamental del ars litterae llevando a cabo una pesquisa con insobornable libertad. ¿O es que la eclosión de unas putas bacterias en los genitales te ha convertido en timorato? Que le dijera dónde estaba, y ella vendría a rescatarme, con el mismo amor, sin rencores. Era solo una crisis, todos las tenemos, que me tranquilizara. Haríamos borrón y cuenta nueva, y a lo mejor podríamos quedarnos un tiempo dondequiera que me encontrara. Yo tenía razón, París nos estaba asfixiando.

 

Después de verme terminar la conversación también a los gritos, el sudanés me dijo: vete al campo. De la etnia nuer, la cara llena de cicatrices intimidantes, y con aires supersticiosos convincentes, me aseguró que tuviera cuidado, esa mujer podría matarme.

Nos ganábamos la vida pelando verdura en uno de los restaurantes más usureros de la ciudad. Moussá había penetrado en Europa por Gibraltar, y antes que en Francia, había pasado varios años en Barcelona. Y ahora esperábamos a que nos llegara el turno para subir a ver una pocilga de once metros cuadrados, en un séptimo piso sin ascensor ni ventanas –solo una claraboya amarillenta en el cielorraso–.

Gradaciones de la pobreza: a pesar de estar mal aislada, prácticamente podrida por la humedad, de carecer de calefacción y tener toilettes turcos externos, compartidos por una decena de habitantes, cuando la vio, la chambrita, como dice Santiago Gamboa, al sudanés le pareció un negocio razonable.

Entonces, la bronca, el fastidio. Mi banda de Moebius de la desgracia: huyendo de París retornaba a ella.

Porque a mi llegada, Burdeos, laboriosa, ya había igualado a su hermana mayor en marrullas inmobiliarias: primero revisan tus desprendibles de pago para asegurarse de que ganás por lo menos tres veces el monto del alquiler. Si no, no pasás (en ningún otro país he presentado tanto papel falso: ¡lo que sería de mi vida sin Paint!). Luego, como hay decenas de personas tras el mismo inmueble, la visita se hace por tandas; de cinco en cinco van entrando en fila india, sumisas y apretujadas como reses. Y ven lo que hay que ver en un par de minutos: porque once metros cuadrados con mansardas se recorren en breve.

Formas de la soledad: decenas de personas esperando en el andén, en medio del frío o bajo la lluvia, con su dossier en la mano, fumando sin ansia, conscientes de la precariedad de sus posibilidades, ignorando qué hacer con la derrota.

 

La Réole no está mal, me dijo Moussá cuando nos despedíamos. Con su cara que parecía la versión alquitranada de una máscara precolombina, me explicó que en las viñas había mucho trabajo al black porque era el período de las vendimias y, por fortuna, en esa región de Francia todavía existía un buen número de explotaciones vinícolas donde la uva se recogía a mano.

Ahí, me dijo, con toda seguridad encontraría trabajo. Es más, insistió, conocía a alguien que podría emplearme para meterle mano al pourri noble.

¿El qué?, le pregunté con desconfianza pensando que se burlaba de mis miserias. Pero su sonrisa fraterna, en medio de sus rayas carnosas, me desarrugó el ceño de inmediato.

Lo que a mí siempre me había tocado en Francia:

La podredumbre, pero noble. En ciertos microclimas húmedos del valle del Garona, donde se combinan efluvios oceánicos, suelos arcilloso-calcáreos y otoños bipolares con mañanas heladas, pero tardes harto soleadas, cierto tipo de uva suele dejarse madurar hasta el límite de la descomposición. Cuando alcanza su superávit de azúcar, el fruto es atacado por un hongo milagroso que a medida que lo deshidrata le va otorgando a su cáscara una coloración grisácea, al principio, y luego violácea. Después, de la pulpa de esta uva tardía, casi podrida, se producen vinos corpulentos y empalagosos, peligrosamente alicorados, cuyo color se asemeja a orina de borracho.

Vástagos de lo que se pudre con nobleza son los celebérrimos sauternes y monbazillac, con los que en Navidad millones de franceses atiborran sus vientres de foie gras.

Y sucedió lo que debía suceder:

Yo, que todavía a los treinta años me flagelaba con el sofisma de que no había nacido para semejantes ministerios, fui atacado por algo muy parecido a la felicidad. Quiero decir: nunca antes le encontré tantos beneficios a mi pobreza; nunca antes o después volví a sentirme tan lejos de ella, ni me fue tan indiferente, ni la encontré tan insulsa, tan indigna de mí, que cuando trabajé –por un salario fecal– en las cosechas de Cadillac, Preignac y Cérons.

Es cierto: uberización de las vendimias, explotación incompasiva de inmigrantes inermes. Pero entonces no era posible que me importara. En mi ser gobernaba una levedad ineluctable; me desprendía de cientos de ataduras (además, marcharme 80 kilómetros al sureste de Burdeos reducía prácticamente a cero las posibilidades de que Bárbara me encontrara).

Pasaron muchas cosas:

Mi relativa perdición me inmunizó primero contra lo que más me atormentaba: la vergüenza de ser un colombiano de clase media muy venido a menos, empobrecido y atrapado en Francia, que seguía dándose ínfulas de escritor, sin haber escrito nada. Luego, me liberó de la parte más ridícula de la metafísica de mi identidad nacional: ya no necesité burlarme de lo que me define, para poder completar mi propia definición.

Chambonadas de la ideología: por un lado, muy temprano te convencen en la escuela, en casa, de que el tuyo es un país grandioso, con dos océanos, todos los pisos térmicos, riquezas de todo tipo; gente aguerrida, aventajada. La panacea de la evolución. Pero por otro, tampoco tardan en iniciarte en la propia irrisión: la burla de uno mismo para decir que uno no es eso, sino mejor. Definirse a medias, o quedarse a medio camino de la definición: pordebajearse para ser más. ¿Una falsa falsa modestia? O tal vez un pueblo azorado por la necesidad de definirse al revés.

En fin.

Duró poco la fiesta, pero durante un tiempo fue como si todo lo demás no persiguiera otro propósito que el de ofrendarse a la desnudez de mi existencia. Y recibí:

Un atardecer, perdido entre cientos de hectáreas de viñas enrojecidas por las primeras pinceladas del otoño, hice el amor sobre una espesa colcha de hojas amarillas con una campesina de cincuenta y pico de años que tiraba como una de treinta: una girondina noblemente podrida que, mientras galopaba sobre mi sexo, se divirtió deslizando racimos de uvas por las curvaturas de sus senos antes de llenarse la boca con el fruto de Baco.

Una uva de polvo, como para ir relegando a Bárbara al olvido.

¿Meterle mano? Yo al pourri noble le metí el corazón. Porque mientras vivía lo que me correspondía vivir, es decir, mientras me dejaba arropar por la dicha de esa ilusión pasajera, algo me decía que, a pesar de todo, ciertas piezas importantes del rompecabezas de mi vida en Francia por fin encajaban unas con otras. Y que, aunque más temprano que tarde todo volvería a desajustarse, yo debía sentir agradecimiento por la libertad que se me concedía para despedirme de mi juventud como se me antojaba.

¿Camino a una purificación dostoievskiana? Sería exagerar. De cualquier modo, el error era craso: abandonar el doctorado tan intempestivamente y marcharme al sur del país, ¿para seguir penando?

Era sin duda uno de esos momentos turbios de la juventud en que se cree que, por el bien propio, lo mejor es obrar en contra de los propios intereses. En cualquier caso, librado a mi suerte, me sentía con el valor de mandar todo al carajo. Y me pareció entonces que estar recogiendo uva en Aquitania resultaba mucho más decente que continuar en la Sorbona momificándome en el tedio que me producían los sainetes de sus sabios recalcitrantes.

Lejos de París, la estaba sacando barata, aunque no perdía de vista que más tarde ese respiro iba a tener que reembolsarlo. Entonces aprovechaba: a veces, al final de la jornada, sentía la punzada de la escritura, y por las noches, cuando me sobraba algo de energía o la fuerza de las cosas no me arrastraba a otras vivencias, escribía.

Con resultados desastrosos. No hace mucho, Javier Cercas dijo que uno no escribe lo que quiere sino lo que puede, y que uno solo puede saber lo que es capaz de escribir cuando ya lo ha escrito. Plop, diría Condorito, y con justeza. No obstante, ese tipo de perogrulladas constituyen –más que menos– el norte de mi existencia. Son un vicio.

El caso es que durante aquellos meses no pude, no me fue posible, escribir nada. Me dediqué a otras cosas.

Fue entonces cuando unos nicaragüenses me hablaron de la posibilidad de ganar unos euros extras rajando madera a domicilio. Era el momento en que el país rural, menos rico, el de los chalecos amarillos, se preparaba para afrontar el invierno: deshollinar chimeneas y acondicionar la madera que ardería durante los meses más fríos. Y para eso estábamos les précaires, inmigrantes caídos en desgracia dispuestos a malvender la potencia de nuestros músculos tercermundistas por 40 euros el metro cúbico de leña.

Todo esto lo aprendí después en el hospital: no se corta, la leña se revienta; todo ocurre en vertical, es potencia que se transfiere con velocidad. Más que fuerza bruta, lo que se requiere es técnica para asestar el hachazo en el lugar adecuado. El tronco, que ha secado al menos por tres años, presenta vetas, rajaduras, fallas estructurales, creadas por la pérdida de humedad; un talón de Alquiles que es menester atacar.

Un detalle: para evitar crearse traumas craneoencefálicos con la vibración, la energía del golpe debe viajar en una sola dirección: pasar de los hombros a la masa del hacha, y de ahí a la madera para que esta se raje con un impacto seco y certero. No al revés; precisamente lo que ignoraba yo.

Y en esta ignorancia alcancé a reventar varias decenas de metros cúbicos, hasta que una tarde, después de dar un hachazo particularmente rabioso, sentí varias cosas al mismo tiempo en una fracción muy breve de ese mismo tiempo: un zarandeo anormal en los maxilares y en las sienes; luego un silbido muy agudo que me picoteó los tímpanos como una almarada; y antes de desplomarme, una aproximación a lo sublime: el sol bajísimo del crepúsculo iluminaba con una humildad y un decoro enternecedores el dosel del bosque que se oscurecía delante de mí.

Caí para levantarme; pero, ¿para volver?

 

7

Más que frágil, la hipótesis era pendeja. Halfon no titubearía en descalificarla por ser una fabulación desproporcionada que, en el fondo, no explicaba gran cosa. No obstante, se trataba de una antesala, una cortina de humo para lanzar el ataque frontal con Dostoievski, que esperaba con su llanto y su indignación en la retaguardia.

Es posible, le dije, que este tipo de búsqueda sobre los orígenes de su vocación surja en escritores que, como Sabato, han dejado su carrera (una en las antípodas de la creación literaria) para dedicarse a escribir, y en consecuencia les resulta necesario justificar, ante sí mismos y el mundo, ese radical cambio de bando. A algunos más que a otros, una especie de complejo inculpatorio los persigue. Llamémoslo, le propuse, el complejo del escritor advenedizo: aquel desprovisto de una pasión precoz y primigenia por las letras (los no-Borges), que se martiriza tratando de explicarse por qué demonios abandonó una carrera promisoria por la incertidumbre de la literatura.

Es una posición análoga a la de quedarse en un país extranjero y tener que enfrentarse en el largo plazo al vasto territorio de la lengua. El francés, digamos. Una sensación de insuficiencia suele acompañarme cada vez que uso este idioma. No importa cuánto haya conseguido reconocer los matices de los dialectos regionales, o captar el sentido íntimo de ciertas expresiones idiomáticas; cuando lo hablo, combato constantemente una zozobra: algo esencial falta en mi mensaje. Algo que es más que la mera palabra.

Majaderías, le dije a Eduardo Halfon, incurriendo de nuevo en el sospechoso placer de contradecirme:

Nadie es genuinamente escritor. Se tiende a creer que la vena literaria, como en el caso de Borges, obedece a una pulsión que se manifiesta muy temprano o florece en los genes. Esto es, creer que uno nace destinado a ser escritor (y solo puede lograrlo si cumple con esta condición).

Sandeces. Porque la realidad siempre ocurre de otro modo. A diferencia de los casos de genialidad precoz, la decisión de escribir –si es que la hay– se fundamenta en otros aspectos que pueden ser accidentales, traumáticos, incluso oportunistas, y no en una singular epifanía o experiencia transformadora que propulsa al individuo a la escritura. Bolaño no sabía por qué lo hacía, pero sabía que era lo mejor que podía hacer, dice Halfon en su libro. ¿Algunos autores escriben a pesar de sí mismos?

Tal vez ocurra por generación espontánea, quizá sea un accidente, una transparencia en la que nada hay que esculcar. Es posible que se trate simplemente de un odio atávico hacia la realidad (motor que mueve al hombre a la escritura). Y probablemente los Borges sean la excepción a la regla y los no-Borges sean los más.

Entonces volvíamos a lo mismo, pero por otro vericueto:

¿Se lo preguntan solo los escritores advenedizos, los acomplejados, los migrantes a un mundo que no es genuinamente suyo? Es probable que sea así (no sorprendería que los gringos ya tengan estadísticas al respecto). Ahora bien, y en eso estábamos de acuerdo, si es de ese modo, tampoco es una solución que sorprenda en paños menores al bosón de Higgs. La vida sigue tal cual.

Quedaba claro: el de Halfon era una especie de truco con cajitas chinas, una indagación embelesada rebotando entre fractales; una suerte de mise en abyme que no conducía a ninguna parte. Por eso, aunque la terca masturbación de El ángel literario me había resultado irresistible durante los primeros días de mi hospitalización, me pareció que ya era hora de acabar con el juego, y zanjar el asunto de una vez por todas.

 

8

Después del coma inducido, lo más feo de despertar en la sala de urgencias no fue la paulatina vuelta a la realidad con las clásicas intermitencias entre el letargo y la confusión de no saber dónde ni por qué, sino ese frío y repetitivo monsieur del neurólogo, que me produjo un extrañamiento de ultratumba.

Monsieur?, monsieur?, me decía cantadito pero distante, casi gutural, para ayudarme a despertar: las ondas premonitorias de un veredicto del tenebroso Belcebú, me parecieron. Y entonces arrugué todavía más los parpados.

Siglos de contrato social han vuelto a la gente de aquí muy precavida. Para decir que algo o alguien es agradable, no dicen directamente: es agradable. Dicen, saliéndose por la tangente: no es desagradable. Un modo de afirmar sin comprometerse con nadie, ni arriesgar nada. Así es el monsieur del francés, que no es equivalente al “señor” del castellano. En Francia, cualquier ciudadano masculino es un monsieur: una forma minimizada y neutra de respeto que se aplica a todos, y te recuerda que sos nada, o que no vale la pena distinguirte aun si sos lumpen, mero contribuyente o gran evasor fiscal.

Cuando abrí los ojos, me dijo a quemarropa que tenía varias zonas del cerebro afectadas por una ligera inflamación. Que era de cierta gravedad, pero en el fondo no tan grave porque se curaría por sí mismo, quedándome en cama unas tres semanas.

Lo miré, me miró, y al ver que no conseguía hacerme una idea clara de mi estado, me sugirió imaginar la fuerza de un choque automovilístico a 40 kilómetros por hora concentrándose a intervalos irregulares sobre mi masa encefálica durante horas, días.

Por fortuna se desmayó a tiempo, agregó con cierto tono de recriminación, antes de causarse un aneurisma. Hubiera sido muy tonto lisiarse de ese modo.

¿Cómo?

Sin pelos en la lengua, ante mi cara de creciente desconcierto, dijo que hubiera podido quedarme sordo, paralítico o las dos cosas, y que todavía faltaba una resonancia magnética para determinar si tenía pérdidas auditivas temporales o definitivas. U otras cosas.

¿Que... qué?

Se aclaró la voz y enseguida se dispuso a desmenuzarme lo que acababa de decir, creyendo que le había oído mal. Pero antes de que subiera el tono, le dije que había entendido; el problema era que no conseguía comprender lo que me había ocurrido, por qué estaba ahí. Y acompañé con una mueca de amargura y abandono mi deseo de saber.

Trató de tranquilizarme, por suerte, sin valerse de las habituales patrañas de la retórica médica. Creyó que si iba al grano, eso me aplomaría y al mismo tiempo terminaría de traerme de vuelta a la realidad.

Entonces volvió a la carga: le inquietaban mis oídos medios internos. Mis dos huesos temporales, dijo, habían vibrado tanto, y las ondas de los hachazos habían estrujado tanto mis cócleas, mis vestíbulos, que el cableado de mis dos nervios auditivos había terminado por inflamarse.

De nuevo: ¿¡Que qué!?

Una sobrecarga de estímulos generó un apagón en su sistema estatoacústico, dijo, y sin darme respiro, volvió a acudir a la metáfora: lo que viene luego de una fiesta electrónica muy bestia a 300 decibeles por todo el fin de semana.

Lipotimia: un blackout de la audición, y de ñapa, el colapso de mi equilibrio. Así se llamaba mi nuevo problema.

Tiene una laberintitis, dijo queriendo concluir.

Y esta vez, más fuerte: ¿¡Que cómo!?

Normativas de Murphy: al momento de mi desmayo, tenía un principio de catarro, lo cual había fragilizado aún más mis oídos. Una afección viral, agregó, en principio inocua, pero que había estado ahí para unirse a todo cuanto podía salir peor.

Tenía inflamado el laberinto, precisó con cierta grandilocuencia, esa parte del oído que se asemeja a la concha de un caracol, que si sabía lo que era, un órgano importante. Y antes siquiera de asentir, el sobresalto:

Por vez primera se me pasó por la mente que, si vivía en Francia, existía también la posibilidad de que me muriera en Francia. Quizá Moussá tenía razón y Bárbara me había transmitido una especie de maldición que me estaba arrastrando lentamente a la muerte.

Antes de salir, me dijo que me moviera lo menos posible y no intentara caminar solo porque seguramente volvería a caerme. Para eso estaba la enfermera. Que me tranquilizara, todo iba a estar bien si seguía al pie de la letra sus indicaciones.

Luego entró la enfermera, y después de preguntarme si quería vaciar mi vejiga o intestinos, quiso actualizar la dirección de mi domicilio.

Entonces se puso con preguntas capciosas; cizaña para saber si era ilegal porque me habían ingresado al hospital sin un solo documento encima: ¿era arrendatario o recibía alojamiento gratuito de parte de algún residente francés?, ¿vivía en otro país de la Unión Europea o no tenía domicilio fijo?, ¿seguía viviendo en París o estaba de paso por Burdeos?

Y entonces me hice yo mismo la pregunta, pero de un mejor modo: ¿era verdad que me había marchado de París o tan solo me encontraba lejos de allí por un tiempo indefinido?

No supe responder. ¿París o Burdeos? ¿Dónde vivía en realidad? Porque todo cuanto me había estado ocurriendo seguía siendo perfectamente parisiense; a diferencia de lo que hasta ese momento me había ofrecido Burdeos, todavía sin un talante propio ni un rasgo particular definitorio. Y me pareció que podría ser cierto eso de que no es uno el que decide cuándo se va, sino que es París la que define hasta cuándo uno se queda. Aquí o allá, por un tiempo –quizá superior a mi capacidad de supervivencia– yo seguiría viviendo ahí, aunque ya no lo quisiera. Como la muerte, la vejez o el hambre, vivir en París era un acontecimiento sobre el que yo no tenía ninguna potestad ni incidencia.

Hundí mi cabeza en la almohada, y poniendo cara de ultrajado, le pedí que me dejara en paz, estaba exhausto. Cuando despertara, le dije, proporcionaría todos los datos.

En cuanto se me desinflamara el laberinto. Entonces decidiría si París o Burdeos.

Asintió con un silencio gruñón, dio unos pasos, se detuvo bajo el umbral de la puerta, chistó, y se volvió hacia mí diciendo que casi lo olvidaba. Para usted, dijo, y me entregó un papel.

Entonces, de nuevo, las palabras de Moussá, un vértigo mortuorio en el pecho:

 

Cariño,

Sabes que aunque haga el amor con otros hombres, mi amor no pertenece a nadie más. Me ha visto el gine, y ha dicho que ya estoy lista para nuevas batallas. Iré a verte pronto. Desde Burdeos, tomaremos el Camino de Compostela. Será nuestro viaje. Caminaremos años luz.

Tuya (y de otros),

B.

 

9

Ojo a este carretazo, le dije a Halfon, con la tonta pretensión de descrestarlo. Entonces saqué de la manga de mi bata hospitalaria el as de Földényi: Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto, un texto que destacaba, a mi juicio, por su brevedad y la fuerza de su razonamiento.

En 1854, durante su exilio siberiano, Dostoievski trabó amistad con el regente del campo de prisioneros donde purgaba su pena de trabajos forzados. A pesar de su rango y de su misión, Alexander Egorovich Wrangel resultó ser un tipo generoso, de una cierta sensibilidad, quien además de compartir con Dostoievski un marcado interés por la historia era un lector aplicado. Aunque se trataba de uno de los escritores más desprestigiados de Rusia, y aún no había escrito sus obras magnas, Wrangel sentía admiración por el autor de Pobres gentes. Por eso, en poco tiempo, terminó convertido en su único proveedor de libros. A cambio de las novedades literarias provenientes de toda Europa, Dostoievski le recitaba de memoria sus poemas preferidos de Pushkin y le confiaba los planes y tropiezos de Recuerdos de la casa de los muertos, novela en la que llevaba años trabajando ardorosamente.

Una especie de síndrome de Estocolmo.

Un día, el grueso de las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal llegó a las manos del vapuleado Dostoievski. El volumen compilaba una serie de conferencias dictadas por Hegel en la Universidad de Berlín entre 1822 y 1831. Y en una de sus disertaciones el pensador alemán hablaba casualmente del rol histórico de Siberia. Por esa razón Wrangel le había llevado el libro.

El asunto llamó poderosamente la atención de Dostoievski, quien para entonces llevaba a cabo una tormentosa búsqueda: cuál era el sentido de todo ese padecimiento, el suyo y el de todos esos hombres condenados a subsistir por fuera de los márgenes de la civilización. Se entregó de inmediato a la lectura de las Lecciones creyendo que el genio hegeliano brindaría respuestas satisfactorias a la cuestión de cuál era su destino de escritor y por qué tenía que escribir ahora que no estaba muerto.

Sin embargo, lo que Hegel decía era lapidario. Sometía a Siberia a una descalificación categórica.

En la parte en que se refería a Asia, en particular a su vertiente septentrional, afirmaba que “si se considera racionalmente, es necesario retirarla de nuestro estudio ya que las características morfológicas de esta región no son propicias a la conformación de una cultura histórica, ni permiten a este actor desempeñar un rol de importancia en la Historia”.

Una imagen fútil le había servido para fraguar el sofisma de su determinismo: la Historia, un ancho y caudaloso cuerpo de agua propulsado hacia adelante en la línea del tiempo, conformado a la vez por afluentes que desempeñan un papel esencial en su evolución. En su largo recorrido, por anomalías que el mismo Hegel no se detiene a explicar, ese gran río se bifurca en brazos que abandonan su curso principal y se estancan dando lugar a los tramos muertos de la Historia.

Desde estas zonas, los pueblos no-históricos debían resignarse a contemplar el devenir del Espíritu en la matriz de las interacciones de sus actores de primera línea. A las sociedades de la periferia les correspondía contemplar el espectáculo de lejos, en el estancamiento y la pasividad.

Además de los pueblos nómadas siberianos, dentro de su saco de las sociedades parias no-históricas, Hegel incluyó también a los negros del África subsahariana y a los salvajes de América del Sur. Todos ellos, medidos con el mismo rasero, debían conformarse acaso con roles secundarios.

Solo las nacientes naciones occidentales cumplían con los requisitos para integrar el casting de la historiae universalis. Ni korowais ni chibchas contaban con la gracia suficiente para ser admitidos.

Hegel: se reserva el derecho de admisión. Siberia: un estuario del tiempo donde la condición humana carecía de interés.

Golpe bajo para el ya bastante humillado Dostoievski:

Cuando entendió lo que implicaba dicha dicotomía, rompió en llanto. Lloró al comprender que, por encontrarse estancados –y él con ellos– en las cenagosas bifurcaciones de la Historia, para los arahuacos, los congoleses y los kirguices de Siberia no había ninguna esperanza: eran pueblos condenados a la indiferencia, al colonialismo.

Lo invadió la desolación, añoró la muerte, nos dice Földényi, pero casi al mismo tiempo nació en su alma una revelación que le ayudaría a sobrevivir al destierro y, más tarde, a ganarse la inmortalidad en las letras.

Veamos:

Grande fue el cataclismo que sacudió al escritor ruso, quien todavía no cumplía treinta años. Y no era para menos, dice Földényi. Toda la ideología por la que estuvo a punto de ser fusilado ahora lo fusilaba a él: de repente se veía excluido por el mismo engranaje de ideas liberales que, en su momento, situaron a Dios por debajo de la jerarquía de las leyes naturales y más tarde concibieron el Estado de derecho. Esa misma fuerza civilizatoria, ahora en boca de Hegel, no solo le restaba importancia a su sufrimiento –y al de las tres cuartas partes de la humanidad–, sino que además negaba su posibilidad de salvación.

No obstante, Földényi cree que, sin esta humillación, es muy probable que Dostoievski no hubiese encontrado los insumos necesarios para elevar su obra a las cumbres de la literatura universal. La noche en que la segregación hegeliana pisoteó su congoja, no solo rompió en llanto; también fue arrastrado, por un camino insospechado, a la fuerza interior que le ayudaría a mantenerse con vida.

Rebelión. Y la de su genio.

Desde el pantanal non-historicum de la depresión siberiana, Dostoievski se elevó por encima de los límites de la Historia y, al contemplar en la oquedad cósmica la constelación de los paradigmas, se sublevó contra la idea de que el hombre no podía ser otra cosa que el mero producto de su historicidad. En el limbo de su no-lugar histórico, comprendió que la cruenta mecánica oculta tras la corriente de ese gran río relativizaba arbitrariamente el peso universal del dolor humano.

Un retroceso a la bestialidad, le pareció: una geopolítica del sufrimiento; el de unos importa más, el de otros cero.

Entonces, frente a la posibilidad de semejante oprobio, se desató en su alma una fe imperecedera en el milagro. Su sedición fue el milagro. Sí, esa suerte de religiosidad materialista de los ofendidos y los humillados: ese mismo fervor que lo llevaría luego a decir que, incluso en el reino de las Luces, un hombre puede –a veces debe– rehusarse a creer que dos más dos equivalen a cuatro. El milagro, sí, esa suerte de fe algorítmica, sacrificada y militante, que libra una guerra a muerte contra la animalidad del hombre.

Vio su obra Fëdor Dostoievski: inocular la sustancia de esa insurrección a las novelas que en adelante escribiría.

Respuesta colosal. Contra la miopía hegeliana, dice Földényi, la literatura dostoievskiana acogió en su seno las facciones no-históricas de la humanidad: asesinos, ludópatas, ladrones, desquiciados, apátridas, aquellos desdichados cuyo sufrimiento se había cotizado desfavorablemente en la bolsa de la Historia.

Una obra profundamente democrática, concluye el ensayista.

Y hasta ahí está bien, el relato es verosímil, la urdimbre emocional es congruente. Pero luego, para algunos, sobredimensiona, instrumentaliza la experiencia siberiana de Dostoievski con el propósito de... ¿Con qué objeto? Quizá para obligarnos a amar la democracia más dostoievskianamente.

Piruetas de la ideología. Pero ese es hilo de otra madeja.

¿Qué tipo de escritor era Dostoievski? ¿Por qué escribía? ¿Cuántas veces se hizo la susodicha pregunta? O mejor, le pregunté a Eduardo a Halfon, ¿cuándo –si es que una vez se la hizo– dejo de hacérsela?

Cuando vio su obra, diría Földényi. Porque es posible que solo existan dos tipos de escritores: los que sí y los que no ven su obra. Los primeros son locomotoras a toda máquina. Los otros se acomplejan, dudan, se hacen preguntas ñoñas.

¿Fabulación excesiva la de Földényi? Probable. Sin embargo, tal vez lo rescatable, la moraleja, consista en que, cuando se trata de males necesarios, conviene saber hacerse las preguntas correctas. Así, le dije a Halfon, lo interesante no es averiguar cuándo, por qué o en qué circunstancias se pone uno a escribir, sino a causa de qué puede uno llegar a escribir, como decía Bolaño, un libro de verdad.

¿Llegamos tarde o nos colamos a la gran fiesta de las letras? ¿Carecemos del pedigrí necesario para integrar los lazos de sangre que unen a la purísima casta de la literatura?

Bazofia. Lo que hay que hacer es romperse el lomo infatigablemente para escribir con decencia: escribir una frase verdadera. Una. Trabajar por el milagro, aunque el mismo nos arrastre a los desfiladeros del fracaso (tal vez ahí se vislumbre la obra).

Muchas gracias, le dije a Eduardo Halfon, para eso me había servido su libro y para eso nos servía a ambos el llanto de Fëdor Dostoievski, ese oráculo. La obstinación y la entereza del uno y el otro, en medio de la desolación, eran esperanza para escritorzuelos como yo, como tantos, atormentados día y noche por las dudas, sin obra ni mecenazgo: al fin y al cabo, polizones acomplejados que saltamos tarde al gran buque de la literatura.

 

10

Al ver que me hundía en la desesperación, el asistente social que venía a verme por las tardes me ayudó a fugarme del hospital. Mientras le contaba todo lo que me había estado sucediendo –incluso los consejos de Moussá, su pariente étnico–, sus ojos de anfibio se fueron abriendo hasta que quedaron como dos huevos incrustados en un charco de brea.

Después de escucharme, guardó silencio unos instantes, se apretó el belfo con el índice y el pulgar y, frunciendo el ceño, dijo que volvería por la noche.

Quizá porque ambos éramos extranjeros, y en algún momento él también se había encontrado por debajo de la línea de pobreza, regresó con una valija, cincuenta euros y una tarjeta electrónica para acceder al sótano de residuos hospitalarios. Ahí, me dijo, alguien de confianza me estaría esperando. Yo solo tenía que seguir sus instrucciones: ponerme un uniforme fluorescente, guantes y una mascarilla de protección respiratoria; luego debía empujar un contenedor lleno de desechos biológicos hasta donde él me indicara. Así lograría escaparme de Bárbara: camuflado entre la basura.

Buena suerte, me dijo estrechándome la mano. Todavía corre usted peligro, aléjese lo más que pueda.

Lo miré, nos miramos y, aunque sentí la irradiación de su solidaridad, solo fui capaz de precipitar la despedida con un exiguo merci, au revoir. Mi sed de acción me impidió decir más.

Estar libre y solo es no pensar en más nada: caminé hasta el Pont de Pierre sintiendo en las vísceras el hervor de una determinación para la cual todavía no contaba con palabras. En la cúspide del mítico puente de Napoleón, me despedí de Burdeos como quien se desprende de algo que ha usado a medias, sin un fin preciso, como aceptando la incapacidad de descifrar el principio de su utilidad. Dejé caer el teléfono en los remolinos sibilantes del Garona, y luego me marché a la estación de Saint-Jean. Desde ahí partiría en el primer tren que me condujera a alguna parte.

Horas después, en la litera maloliente de un vagón nocturno, la idea de encontrarme con mi obra se me antojó de una ridiculez pasmosa. Desde luego, todavía hacía falta que me zambullera más hondo en el fracaso para enterarme de que tampoco era esa la pregunta.

Un día se desinflamaría el laberinto. Pero antes, espirales interminables de libros, mujeres y padecimientos aún me esperaban en otros rincones de Francia. Seguía mi vida.

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Mauricio Polanco Izquierdo

Es licenciado en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle, y tiene una maestría en literatura comparada de la Sorbona. Venía intentando que publicáramos este perfil desde 2013.

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