Google+
El Malpensante

Crónica

De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho

No todo el mundo puede poner ambos pies en el suelo al levantarse. Por si esto fuera poco, está el extraño vagabundear que gente como El Mocho debe emprender a diario para sobrevivir en este país del Sagrado Corazón. He aquí su crónica.

 salcedo ramos alberto cronica

Fotografías de Andrés Lejona

 

—Mira, El Mocho tiene muchas cosas que contar. Sin vanidad, jefe, sin vanidad. No te lo digo por vanidad. Cuando uno ha sido degenerado los recuerdos duelen. 

Un señor con cara de vendedor de pólizas pasa en ese momento por el Muelle de los Pegasos, con unos zapatos que parecen recién salidos de la erupción de un volcán. El Mocho lo descubre. En seguida, haciendo un gran esfuerzo por hablar claro, le plantea su oferta.

—Venga, jefe, y le dejo esos zapatos como nuevos.

Pero el señor parece sordo. O no está interesado en el servicio, porque sigue de largo con su tranco acelerado.

Desde su banquito de lustrabotas, El Mocho refunfuña.

—Y después se queja de la situación el muy puerco.

Luego se dirige de nuevo al periodista.

—Además, el tipo tiene más maletín que educación.

¡Vendedor con esos zapatos tan cochinos! ¿Qué le costaba contestarme, aunque dijera que no? ¡Si por lo menos hubiera llevado los zapatos limpios! El Mocho espanta a algunos, pero lo único que quiere es trabajar, viejo.

El aire huele a chorros de alcohol y a ceniza de tabaco rancio. El Mocho, entre tanto, luce pasmado y quebradizo, hablando más con las intenciones que con las palabras.

Tiradas en el piso, las muletas producen la impresión de un par de banderas derrotadas. En cambio, la botella de licor barato que consume con avidez tiene la apariencia de un estandarte, único punto de apoyo que El Mocho precisa para su doloroso viaje emocional.

—La gente no conoce al diablo. ¿Cuáles cachos, jefe, cuáles cachos? El diablo no se parece a un hombrecito con cachos y trinche.

Diagonal al Muelle de los Pegasos, por la Puerta del Reloj, un grupo de seres enrojecidos confirma que el sol cumple su oficio. Por esta época del año suelen llegar a Cartagena, y riegan chucherías por el piso, se bañan en las fuentes públicas, se encaraman en cuanto monumento encuentran a tiro de fotografía. Si gastan mucho dinero en la ciudad, ciertos líderes locales piensan que son unos visitantes divertidísimos, pero si no gastan nada, esos mismos líderes pegarán el grito en el cielo contra los turistas tacaños y bandoleros que atentan contra un Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad.

—… los turistas tampoco se parecen al diablo. Vienen sucios y ni zapatos traen. ¡Mochooo, lo tuyo no es con gente descalza!

Hace una pausa y enciende un nuevo cigarrillo. Para saber cuántos se ha fumado en el rato, habría que revisar la cajetilla de 20 unidades que abrió hace poco más de media hora.

—El diablo es la plata. La gente cree que el hombre despilfarrador quema la plata. No, no… la plata es el diablo y no tiene cachos. La plata es la que lo quema a uno… el mismito diablo.

Desde hace rato el periodista tiene la idea de que la voz de El Mocho la ha escuchado antes en alguna parte. Y ahora, cuando se preguntan dónde pudo haber sido, el hombre lo mira de nuevo con cara de asombro.

—Ah, se me olvidaba que tú viniste. Sabes qué, jefe, yo tengo muchas historias. A las dos de la tarde casi siempre estoy borracho… pero vente cualquier día de estos por la mañana, para que oigas mi película en ayunas.


En la madrugada del seis de septiembre de 1983, Luis Alfredo Loaiza Gómez les llevaba por fin la mercancía a los marineros suecos que había contactado una semana antes.

Después de muchos contratiempos, logró reunir el pedido: 26 mujeres preferiblemente morenas que no sobrepasaran los 20 años. Pero ahora el riesgo consistía en que los marinos suecos hubieran partido y se estropeara un negocio prometedor.

Aunque los suecos le habían pagado la mitad de la comisión. Loaiza consideraba su deber tratar de encontrarlos como fuera. Satisfacerlos significaba, además de quedar como un hombre de palabra, recibir el otro cincuenta por ciento de la negociación, más la comisión que tendrían que darle las mujeres por haberles conseguido trabajo.

 No era justo, se decía Loaiza, mientras zumbaba el motor fuera de borda de la laocha, que hasta en un asunto como la prostitución fuera a correr de puerto en puerto la acusación de que los colombianos son una partida de estafadores. Esas cosas, pensaba, no le convienen al país. 

Por eso le había pedido al conductor de la nave que anduviera lo más rápido posible. 

Sin embargo, el clima general en la lancha no era de preocupación sino de jolgorio.

Más que una sencilla lancha de 115 caballos de fuerza, aquello parecía un destemplado prostíbulo acuático, lleno de humo, drogas y la histeria soez de las prostitutas aglomeradas en sus ratos de ocio.

“Los suecos tiene fama de bien armados”, dijo Loaiza, mareado y cómico, desde el centro de la embarcación. Así que canten ahora todo lo que puedan, porque ahorita van es a berrear”.

Las chicas chirriaron y Loaiza, que a duras penas se podría sostener, propuso la canción de rutina:

las mujeres dicen

negro es mal color

monos rubios sí les gustan

aunque tengan mal olor.

Sacudiendo la pelvis, siguió el curso procaz de la tonada:

revolea, revolea, revoleático.

Y ellas:

el sueco matemático-

Era un juego conocido en el que solo cambiaba, según el caso, la nacionalidad del matemático: unas veces era holandés; otras gringo, y así.


Cuando el barco que esperaba era un pesquero japonés, el cambio era brusco. Loaiza, tambaleante y payaso, como siempre, gritaba: “Los japoneses con sus cositas inofensivas. Si quieren chillar, muchachas, chillen ahora, porque ahorita se van a ganar es suave la platica”.

Las chicas, apegadas al libreto, explotaban en una carcajada, y Loaiza proponía la canción.

chinito no se va pa´la China ni se va pa´Japón.

Y ellas:

chinito se va es a molil.

La lancha, a la que llamaban El Expresso del Placer, casi llegaba al sitio convenido con los marinos suecos cuando empezaron las cabriolas de vértigo que arrojaron a Luis Loaiza al mar.


Fueron 115 caballos de fuerza, hermano. Y a la velocidad que íbamos puedes jurar que simplemente no me tocaba morir ese día. Uno tiene su día, eso no es invento. Si te equivocas de día, entonces quedas vivo y dices que fue un milagro. Claro que, en serio, yo sí creo que los milagros existen.

Yo pienso que en el fondo Dios se dio cuenta de que yo he sido un degenerando que no le ha hecho mal a nadie. Ser degenerado me ha perjudicado a mí, no a los demás.

Dios hizo todo y yo puse la intuición. Cuando me caí al agua, preciso debajo del motor, ahí ya no estaba ni borracho, ni trabado, ni nada. Me dejé hundir, porque pensaba y sigo pensando que es mejor morir ahogado que rebanado como si uno fuera mortadela. Eso me salvó. Si hubiera forcejeado con el motor, no estaría echando el cuento.

Como estábamos cerca de la costa, más temprano que tarde llegué a tierra firme, y ahí fue donde me di cuenta de que la hélice del motor me había cortado el pie, a la altura del tobillo. 

Fue una sorpresa, como te digo, pero no sentí dolor. Después me dolía más el corazón que la pierna.

¡El corazón, qué bonito! Todo el mundo habla del corazón. Algún día te hablaré de mi corazón, porque yo también tengo, y muy bueno. Lo que pasa es que se lo aposté a la plata y la plata es el mismito diablo. Antes de perder el pie, la plata me había cortado el corazón, y eso, aunque uno sea cínico y actúe como si no le importara nada, algún día duele.

Desde que me volé de mi casa en Santa Rosa de Osos, Antioquia, siendo todavía un pelado de 18 años, tenía en la mira el propósito de conseguir plata, costara lo que costara. La plata es lo que menos vale, pero es lo que más cuesta. Es el diablo.

Recuerdo que cuando llegué a Santa Marta, en 1973, me sentí en el paraíso. Yo venía de una tierra donde la religión es una camisa de fuerza, toda llena de iglesias, conventos y monjas, y encontrarme de pronto con que era verdad que existía el mar me causó mucha alegría. La gente de mi tierra es muy linda, pero triste, y yo estaba cansado de ser triste. Acá en el Caribe la gente dice las groserías más largas y no se siente pecadora, ni piensa que, por eso, Dios le va a envenenar la comida. Podrás imaginarte que cuando vi el mar, nada más que con verlo, hermano, supe que a Santa Rosa de Osos, no volvería jamás.

Me puse a trabajar en seguida con un inspector de playas que se llamaba don Víctor Montenegro y tenía un restaurante de comida marina. Ahí fue donde descubrí que a pesar de que en mi tierra vivía callado y sufrido, no hay una cosa que más me guste en la vida que hablar mierda. El caribe es para hablar, loco, en las oficinas públicas, en las calles de esquina a esquina—, en los restaurantes, en las notarías. Acá lo que estorba no es el ruido sino el silencio. El murmullo es sospechoso y gracias a Dios no se usa ni en los moteles. Te lo digo porque yo trabajé en un motel en Santa Marta y allí era donde más palabrotas y gritos oía. 

El caso es que me volví un as de la habladuría de mierda y me gané a la gente. Antes de ser mocho, mejor dicho, cuando todavía era Lucho, yo era un tipo que parecía untado de azúcar. La gente parecía mosca detrás de mí. Y no actuaba para caerle bien a nadie, sino que soy así. Yo parezco caribeño.

Era tanto el carisma con el que yo atendía a la gente en ese restaurante, que un día llegaron tres tipos de los duros de la marihuana y me propusieron trabajo. Claro, me dijeron que acá tenía que ser simpático como yo era, pero no tan hablador, y por la plata que pagaban hasta me hubiera cosido la boca, hermano.

Bueno, es una exageración, porque yo soy hablador, no sapo.

En esa época la ganancia de la marihuana era como un chorro de agua cuando se deja el grifo abierto: plata líquida y circulante. Y así como la gente nunca cree que se pueda acabar el agua que sale por la llave, tampoco cree que la plata que cae de esa manera se acabe. Pero se acaba. Eso sí: también acaba con la gente. La plata es la que lo quema a uno, no uno a la plata.


Fíjate que la mayoría de esa gente acaba mal, quemada por la plata. El que queda vivo es porque tiene suerte y debería agradecerle a Dios. El problema es que uno es débil, degenerado. Como que uno nace con eso.

El negocio fue bueno mientras los gringos aprendían a sembrar su propia marihuana. Después la plata se volvió humo. O quizás fue antes. Es que había mucha gente bruta para los negocios, hermano: fíjate que muchos tipos mandaban para Estados Unidos un barco lleno de marihuana y, con lo que se ganaban en el cruce, hacían después unas parrandas de días enteros. Como se suponía que eran unas fiestas finas, no se brindaba marihuana sino perico, cocaína. Una sola totuma de aquel perico valía lo que valía la mitad del cargamento de marihuana que coronó en el barco.

O los tipos no sabían sumar ni restar o eran más degenerados que yo. Para no alargarte el cuento, lo que me hizo venir para Cartagena, en 1980, fue el fin de la llamada bonanza marimbera. Aquí pasé de narcotrafricante a nalgotraficante.


No puede haber en el mundo un ilustrador de calzados que acuda a su sitio de trabajo tan temprano como Luis Alfredo Loaiza Gómez.

La razón es sencilla: su puesto de operaciones queda en el Muelle de los Pegasos, a escasos 20 metros de los barcos anclados que le sirven de dormitorio. De modo que él sí podría afirmar literalmente que del sueño al trabajo no hay más que un paso, aunque en vez de eso prefiere decir que es tal vez el único colombiano que madruga a echar cepillo, sin ser arribista.

Uno lo ve y no puede dejar de pensar en que se trata de un hombre obligado por las circunstancias a levantarse con el pie derecho. Motivo suficiente para concluir que hay agüeros con más prestigio que sentido.

Además, es un hombre que paga a precio de irreverencia el privilegio de vivir y tener oficina en el sector amurallado de Cartagena, que otros pagan en mucho dinero contante y sonante.

Recién bañado y fluido, si tuviera parche en algún ojo y una prótesis de madera en la pierna cercenada, podría hacerse pasar por un corsario emergido dese el fondo de la historia, para instaurar un poco de la presencia humada del pasado allí donde solo parecen quedar las piedras de las fortificaciones y monumentos.

El pirata que a esta hora, 6:15 de la mañana, llega al Muelle de los Pegasos, no trae un baúl lleno de oro sino su humilde cajón de betunes y cepillos. Su bigote tiene huella de errancia más no de saqueos.

—Jefe, si quiere le embolo esos zapatos mientras hablamos. Así conversa uno mejor. Yo creo que un barbero y un embolador, si son inteligentes, se gozan el trabajo. Todo está en que aprendan a hablar y a escuchar.

Piensa uno que con estos zapatos, aunque no estén tan sucios como los del presunto vendedor de pólizas de las víspera, debe ser muy difícil ser periodista.

—Para hablar conmigo es mejor por la mañana. Por la tarde estoy nostálgico.

Tampoco es que gratuito pensar que si en vez de perder el pie izquierdo el lustrador de calzado hubiera perdido la lengua, quizá se habría suicidado.

—Un embolador que sabe escuchar, aprende muchas cosas. Yo he visto aquí a unos señores soltando unos rollos geniales. Si un tipo no es filósofo mientras le limpian los zapatos, en porque nunca va a ser filósofo.

—Uy, viejo Mocho, estás cotizado: entrevista con grabadora y todo. ¿Eso dónde va a salir publicado?

El que habla es un vendedor de agua de coco que se dispone a acomodarse en el muelle, a la espera de los turistas deshidratados que más tarde partirán hacia las islas de la bahía en Cartagena.

El hombre se dirige al periodista.

—A este Mocho lo queremos mucho. Es mal hablado, a veces se aparta de uno para estar solo, pero no se mete con nadie. Aquí siempre hay roces, problemas y El Mocho nunca está metido. ¿Ya te contó la historia de las putas?

Desde su banquito, Loaiza sonríe, agradecido.

—Me gusta que la gente me reconozca. Ya vas a ver cómo me saludan. Parezco un político en tiempo de elecciones.

—Bien, Mocho, hablamos —dice el de los cocos.

—Las putas. Yo hablo mucho de ellas, porque las aprecio y las admiro. Pero, ya ves, por estar arreando putas fue que me pasó lo que me pasó. Después del accidente quedé amargado, hasta que decidí volver al mar, a lo mismo de antes, sin suerte. Con mi pierna mocha ahuyentaba a los marinos.

Al periodista le sigue pareciendo haber escuchado esa voz de Loaiza en otra parte. ¿Dónde habrá sido?

—Tal vez el muñón de su pierna no actuaba tanto sobre los ojos sino sobre las conciencias de los marinos.

—Qué sé yo. Andaba muy amargado. Entonces apareció un amigo que yo quiero mucho. Se llama Norberto Molina. Y me dijo: “Mira, Mocho, yo no te voy a dar plata, porque un hombre que le regala plata a otro hombre o es huevón o es marica. Además, tú eres un hombre útil. Más bien coge esa caja y estos cepillos y ponte a trabajar”. Así se me ha ido pasando la amargura. No del todo, claro.


En una ciudad turística la prostitución es un negociazo, feje, porque el que viene de afuera trae platica de la dura y no se pone a regatear precios. Un italiano llega a Cartagena y ve una morenota de éstas y es como si viera a una diosa, menos aburrida que una diosa de las de verdad, porque no es casta. Fíjate tú que hasta un actor de la talla de Franco Nero dejó un hijo por acá.

Jefe, las negras son un imán para los rubios y la mezcla sale buena. Si no, imagínate lo aburrido que sería un mundo en blanco y negro, como las películas de antes. Entonces, claro, el marino viene con dólares y sin mujer, arrecho como un putas, y gasta. Mi negocio era que siempre sabía lo que el tipo quería y dónde se encontraba.

Si el cliente no era rubio sino, digamos, trigueño, se le podía vender la idea de una rubia. Cuestión de psicología. También había que analizar el tiempo que llevaban los marinos mar adentro. Si era demasiado tiempo, los tipos se le medían a cualquier cosa, porque ya venían viendo visiones, imaginando en cada ola un par de sabrosas nalgas de mujer.

Yo estaba pilas, sabía cuándo llegaban los barcos y adónde, y hasta allá iba yo con las chicas. Ganaba por punta y punta. Ellas me daban una comisión por llevarlas adónde estaba el billete y los marinos me daban otra por llevarles el placer

Pero la plata que uno se gana así, termina quemándolo a uno. Y lo jodido es que la plata no se acaba sino que cambia de diseño. ¿Dónde estarán los billetes esos que me gané arreando putas? ¿Dónde estarán, Dios mío? Ojalá supiera quién los tiene para decirle que se cuide. Que la plata es el mismo diablo.

No me preguntes quiénes eran esas mujeres. Qué carajo me importaba a mí de dónde fueran. Lo que me interesaba es que trabajaran como putas. Sé que había algunas de buena familia, no solo de aquí de Cartagena, que trabajaban bajo cuerda, sino de otras ciudades. En esto había putas de las públicas y de las tapadas. Las tapadas son las que viven con papi y mami y reciben por correo cartas que dicen en el sobre “Señorita Rosa Rodríguez”. No sé más. Ni me interesa.

La gente cree que todas las mujeres que se meten a putas van detrás del dinero. Fíjate que no. Algunas lo que están es huyendo de un despecho, porque lo que pasa es que cuando el amor no funciona deja a la gente vuelta mierda. Es como si la mujer dijera que ya que no sirvió como esposa o como novia, entonces va a ver si sirve para puta. Sí, hermano, sí: pisotear a una mujer es el camino más fácil para volver puta. O zorra. Por eso odio a los hombres que las tratan mal. Las mujeres, así sean putas, vinieron al mundo para recibir afecto, no porrazos.

Los golpes dejémoslos para nosotros los hombres.

Ah, haciendo memoria, sabes que, una sola vez le pegué a una puta. Por pura necesidad.

Fue una puta gorda que se me cayó al agua, en un accidente parecido al mío, con la suerte para ella de que no cayó debajo el motor. Cuando me tiré al agua para salvarla, la gorda me abrazó con una fuerza de gorila impresionante, que si no me avispo nos ahogamos los dos. Tuve que meterle una trompada en la mandíbula para que me soltara. Antes de aporrearla, no hubo manera e convencerla de que si no me soltaba nos moriríamos ambos. Así que me tocó pegarle en la punta de la barbilla. Es la única vez que le he pegado a una mujer. La única.

Así que para mí las putas eran negocio y eran gente. Yo también era negocio para ellas. Y también gente. Cuando me acostaba con alguna, no me cobraba. Eso sería como si tú quisieras enseñar a tu papá a hacer hijos. Me tocaba, viejo, me tocaba. Tú sabes, como hombre, que músculo que no se utiliza se atrofia. Pero nunca he sabido que haya dejado algún hijo por ahí. Pienso que no. Mejor así, porque no hubiera sido algo apropiado para ese pelado. Imagínate: su madre puta y yo un degenerado que no ha podido dejar ni el trago ni la droga.

No es que para que una mujer me guste tenga que ser puta, sino que ese era el medio en el que me movía, Enamorado he estado una sola vez y si te cuento de quién te vas a caer de espaldas: toda una reina, una dama, una señora joven y bonita que, como dice la canción, me castiga. Tiene algo en su boca, que al verla que cruza…



Mire qué ironía, yo amándola tanto

Y usted tiene dueñoooooo


Aquí se burlan de mí, no de mala fe, pero se burlan, porque hablo mucho de las putas. Son mis amigas. Durante los dos meses que estuve hospitalizado, nunca dejaron de visitarme y todavía es la hora que pasan por aquí para saludarme. A veces meto a alguna de ellas, que me comprende y me quiere, en una de esas lanchas. Es un programita romántico, con buen panorama de mar a los lados, y sale baratísimo.

Perdóname que insista. Fíjate en esto otro: mi relación con ellas iba más allá del negocio. Por aquí vienen y me traen un jaboncito, un champú, detallitos que te pueden mostrar que no son los seres podridos que la gente dice.

Los que son podridos son los clientes, pero ellas cargan la mala fama. El sexo es como la droga, si andas con plata mendigándolo por ahí alguien te lo va a vender. Los tipos la gastan de manera miserable. Así es, hermano, ponte a pensar en eso.

Las mujeres que escogieron esta vida son víctimas de todos nosotros y encima les reprochamos.

Ah, eso sí: No te pongas a preguntarle la edad a las putas, porque se te puede formar un problema bien teso. Si saber la edad de una mujer común y corriente es un lío, ahora imagínate tú lo jodido que eso resulta en el caso de una puta. Yo he visto a mujeres de estas, cuarentonas, a las que ni Mandrake les hace decir que tienen más de 20 años. El que no conozca las reglas y quiera dárselas de muy estricto con los calendarios, puede coger un botellazo en la cabeza. Además, ¿para qué esa maricada de averiguarles la edad a las mujeres? Si ellas dicen que son 22, son 22, aunque sean 37. Total, la mujer es más sabrosa cuando se le lleva la corriente.

En esto lo que pasa es que desgraciadamente a las putas mayores de 25 años se les considera ancianitas en el mercado. Las de treinta y pico ni se diga. ¡Y eso que son las más sabrosas! Nadie va a convencer a un cliente de que una puta de 38 años apenas tiene meses de uso.

 

¿Siete meses de uso? Suena brutal.

Oyendo su monólogo sobre las prostitutas el periodista aclara por fin la inquietud que tenía desde cuando Loaiza le habló por primera vez: su voz es idéntica a la del futbolista Faustino Asprilla, una voz de púber callejero en ebullición, una voz consentida de muchacho apaleado.

Lo inquietante no es, sin embargo, el tono de la voz, sino esas fluctuaciones tan bruscas entre lo tierno y lo grosero, entre el cinismo y la autoflagelación.

Por primera vez le veo una cara untada de felicidad.

Como parte de la tortura a la que me quiere someter, se calla un momento para colocarse el zapato que ha estado brillando de manera obsesiva. Una nueva mirada alrededor y, sin embargo, no se observa el zapato huérfano de su pie izquierdo.

—Mira, cuando me accidenté, estuve dos meses recluido en el Hospital Universitario de Cartagena. Por esos días, me acuerdo, como si fuera hoy, se realizó el Concurso Nacional de Belleza, una cosa que no me gustaba pero que me tocó ver, obligado por las circunstancias. Al muchacho que estaba conmigo en la pieza, sus familiares le habían traído desde Valledupar un televisor y los dos nos vimos el reinado ése de principio a fin. Él decía que ganaba la Señorita Santander. A mí me gustaba la de Bolívar, que fue la que ganó. Yo tengo un ojo clínico para la belleza de la mujer. Hasta podría ser jurado de ese concurso.

—¡No me diga que su amor fue Susana Caldas!... o Ángela Patricia Janiot.

—¡No jodaaaa, y después dicen que no ven reinados, ahhhh! Está bien: no te pude
joder. Es Susana Caldas. ¡Por Dios que a ella no le va a gustar la declaración de un tipo como yo!

—No me parece malo.

— A mí tampoco. A la que no le va a gustar es a ella. Pero quiere aclararte que éste es
un amor sin esperanzas. Es más: no pienso decirle nada, si llegaran a presentármela. ¡Qué se va a fijar ella en un pobre mocho como yo!

—¿Y antes hubiera podido conquistarla?

—De pronto, jefe, de pronto. Porque yo estaba enamorado limpiamente y ése era mi mejor capital. Físicamente no le hubiera gustado, de eso estoy seguro. Pero con detalles, con una florecita, una serenatica una mirada de amor sincero, que ella viera que yo me corregía del todo sólo por quererla… ¡quien sabe! Hermano, cuando uno tiene amor por dentro todo es posible. El problema es que nunca tuve un amor de donde agarrarme, un motivo, uno solito, para no vivir como si la vida fuera un suicidio que se cumple minuto a minuto. Uno debe tener motivos por los que valga la pena vivir. Lástima que, aunque lo sé no me sirva para nada, porque estoy acabado. Lástima que no tengo motivos para reírme las 24 horas del día, cómo sería mi deseo.

— ¿Usted sufre por ella?

—No, al contrario. Ella es lo único que tengo para alegrarme de vez en cuando. A veces la he visto pasar por aquí cuando va para el Centro de Convenciones, y he bajado la vista para no darme cuenta que ella ni siquiera me determina. Lo único que yo le diría, con el alma de mi alma, es gracias. Ella no sabe que me ha dado un motivo de alegría.

— ¿De dónde pudo salir ese enamoramiento?

Su rostro persevera en la felicidad con una concentración tal que, si se acabara el mundo, si los ríos se llenaran de cucarachas espantosas y los árboles se cayera, y Cartagena fuera borrada del mapa y él quedara solo en su pequeño espacio, solo con sus cepillos y sus betunes, seguiría hablando de su amor sin parar y sin notar lo que había ocurrido a su alrededor.

—Con una mujer así, me hubiera compuesto. Yo quiero decirle solamente que le doy las gracias. Yo no quiero que me pare bolas. Quizás si me parara bolas me moriría de susto. Me daría mucho miedo.

El patetismo de sus últimas palabras lo desvía del río de su monólogo feliz y le hace clavar, de nuevo, los ojos en el periodista. Ahora es él quien pregunta.

— Dime: ¿tú crees que es bueno querer así?

—Todos hemos tenido amores platónicos.

—Eso es lo malo. Aunque te digo una cosa: cuando uno ama así no sufre. Los que sufren son los otros, los que se juran amor eterno.

—Le preguntaba ahorita de dónde pudo haber salido ese amor.

—La gente quizás piensa que la quiero por bonita. Fíjate que no. Me gusta por decente, por educada, por tierna. También por linda, claro, Es la mujer más linda que ha brotado en el planeta Tierra. Yo sé mucho sobre la vida de ella: tengo una colección de entrevistas que le han hecho en los periódicos.

— Cuando una persona mira el amor de esa manera no puede ser tan “degenerada”.

— ¡Quién sabe! Yo quemé mi vida con la plata y ya no hay nada que hacer. Vivía de farra en farra, embarcaba marihuana hacia el exterior, vendía el sexo de las putas, le di la espalda a mi vieja. No, loco, te agradezco lo que me dices, pero no te creo ni cinco. Yo soy al revés de todo el mundo, porque mi pesadilla no es dormido si no despierto.

Después, no dijo ni una palabra más. Se quedó pensativo, con la cabeza hundida en el piso, la botella de aguardiente en las manos.

El periodista supo que había llegado la hora de marcharse. Más tarde imaginó a Loaiza colocando una corona sobre las sienes de la mujer más linda que ha brotado del planeta Tierra. Y deseó, con toda su alma, que El Mocho pudiera alguna vez imaginar lo mismo.

Página 1 de 1

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Alberto Salcedo Ramos

En 2011 obtuvo su quinto Premio Simón Bolívar por el artículo 'La eterna parranda de Diomedes'.

Mayo de 2013
Edición No.141

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Clubland


Por Ignacio Peyró


Publicado en la edición

No. 206



Un prosélito español disecciona los méritos culinarios de la conservadora cocina de los clubes ingleses, casas lejos de casa, y las comodidades palaciegas que otorga su membres&ia [...]

Yo sabía...


Por Consuelo Araújo Noguera


Publicado en la edición

No. 205



Su labor como gestora cultural y ministra hizo que su ficción fuera soslayada. En este inquietante relato, una mujer le canta la tabla a cierto representante del machismo regional.  & [...]

Bitácora


Por Danielle Lafaurie


Publicado en la edición

No. 209



Un recorrido por los parajes que visitó Ruven Afanador mientras tomaba las fotos que componen este especial. [...]

La abolición del lector


Por Jaime Alberto Vélez


Publicado en la edición

No. 207



. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores