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El Malpensante

Iceberg

Sin comillas

A propósito de “La piel del agua”, escrito por Juan Carlos Garay y publicado en nuestra anterior edición, una lectora envía estas ideas.

Cuando conocí a mi pareja, él estaba terminando de grabar un disco. Había un tema original que me encantaba y desconcertaba. Lo escuché muchas veces antes de atreverme a decirle a Klaus lo que ningún músico –y menos uno que está a punto de terminar un disco de originales– querría que le dijeran: la melodía se me hacía conocida. ¿De dónde?, ¿por qué? Ninguno de los dos tuvo una respuesta de inmediato. Así que, como si estuviéramos tratando de recordar el nombre borroso de un conocido lejano, buscamos la melodía en la memoria.

Yo fui la primera en dar con un indicio sobre la procedencia de la samba jazz que Klaus había compuesto. Luego de hacer un esfuerzo por ubicar las notas, le dije que se parecía al inicio de “Last Tango in Paris”, tema que Gato Barbieri escribió para la película homónima de Bernardo Bertolucci. A Klaus la comparación le pareció odiosa, pues nunca ha sido un admirador de Barbieri y, por tal razón, no admitió su influencia.

Luego de una búsqueda angustiosa que lo salvara de un eventual problema legal, aventuró otra posible solución: quizás se había inspirado en Maurice Ravel. A Ravel sí lo consideraba una autoridad y a lo mejor, de una forma inconsciente, se había basado en cuatro compases del francés. No era un delito, pues en Estados Unidos, donde vivimos, el límite legal traspasado el cual un préstamo se constituye en plagio es de seis compases. Además, según la ley de derechos de autor de este país, las obras humanas pasan al dominio público luego de setenta años. Y para ese entonces, Ravel ya llevaba muerto más de ese tiempo.

Así que la composición de Klaus venía de Ravel. Lo curioso es que lo de Barbieri y Bertolucci igualmente venía de Ravel. La línea melódica que inspiró el tema de la película también está en la Sonatina no 1, “Modéré”, compuesta en 1905 y que décadas después influenciaría a Klaus. Distintos tonos, pero una melodía idéntica. Sin embargo, la cadena de inspiraciones iba hasta Debussy, quien compuso “Rêverie” en 1890. Esta pieza, que tiene cortes melódicos parecidos y además comparte tonos exactos con la sonatina, podría haber sido el punto de partida para Ravel.

Ahora bien, no podíamos asegurar que Gato se hubiera inspirado involuntariamente en Ravel o en Debussy, pero de ser así habría sido totalmente válido. O quién sabe. ¿Qué pensarían los compositores clásicos de esto? ¿Acaso se indignarían como tantos compositores modernos que han interpuesto demandas multimillonarias a tantísimos artistas de pop (y con justa causa)?

A mí me encanta, por ejemplo, lo que hizo Richie Ray con el “Étude, op. 10, no 12” de Chopin: en vez de volcar el coro en el típico montuno de la salsa, metió a Chopin en su “Sonido bestial” y de paso lo pintó de latino. Mientras que la mayoría de salseros copiaban a los cubanos, Richie Ray les robaba todo a compositores clásicos como Bach, Mozart, Liszt o Beethoven. Aunque también lo hicieron otros, en su momento fue excitante y novedoso. La salsa de Richie Ray y Bobby Cruz es una salsa hecha de citas. Y de citas que a veces se extienden por canciones enteras, o por todo un álbum, como pasa en 1975. A mí me encantan esas obras, pero no sé qué pensar de su originalidad. ¿Acaso lo original, en este caso, consiste en la combinación de múltiples robos?, ¿lo original, entonces, como capacidad de apropiarse de lo ajeno? Este recurso no solo lo he visto en la salsa, sino también en géneros como el rock y el jazz. Es como si los clásicos estuvieran ahí para ser copiados. Y pareciera que cada referencia a sus obras comprobara que ellos ya lo han dicho todo, y que el resto nos contentamos con encontrar formas musicales que hagan perdurar sus enseñanzas. Lo paradójico es que el homenaje, a su vez, erige nuevos clásicos. Y que esos nuevos clásicos, tan distinto a como pasa en la literatura, a veces prescinden de las comillas para citar sus fuentes. Entonces registran como original lo ya dicho.

Me pregunto cómo se “leerían” las comillas de un parafraseo o una cita musical. A veces me pregunto si una frase que escribí la habré sacado de otro lado. Y me lo pregunto, sobre todo, porque no dudo que estaría mal hacerla mía, aunque haya sido una apropiación involuntaria. Los músicos, me parece, se cuestionan sobre sus influencias mucho menos que los que escriben. ¿O será que a veces prefieren dejarlas ahí, en ese velo nebuloso de la inspiración inconsciente?

Como sea, hoy en día Klaus cree que si hubiera sabido la fuente que inspiraba su “Village Samba” no habría podido terminar de escribirla. O por lo menos no de la misma forma. Quizás, si hubiera sido consciente de la influencia, no habría dejado salir de sí mismo algo que ya hacía parte de su identidad.

En fin, Juan Carlos, al leerte pensé que a lo mejor una voz particular solo puede surgir del límite entre imitación e influencia. Un pensamiento que ya estaba en mí y que de pronto recordé gracias a tu texto.

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