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El Malpensante

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Revoluciones del cabello

Largo, al ras, con bucles hasta la cadera... la forma en que lucimos el cabello, o su ausencia, es casi una declaración de principios. Aquí, un invitado a la Feria Internacional del Libro de Barranquilla exhibe los suyos.

Ilustración de Tom Deason.

Periódicamente amputado y a la vez objeto de incansables atenciones, el cabello no sabe qué esperar de la cabeza donde arraiga. A semejanza de lo que pasa con la salud o el dinero, solo comprenden su valor quienes disponen de muy poco.

Podríamos suponer que su cometido es el énfasis: realzar un salto, aderezar la danza, subrayar las negaciones. Otra hipótesis digna de examen sería la ocultación. Toda melena tiene, de hecho, algo de biombo. Tampoco debería descartarse lo opuesto, que su misión consista en delatarnos. Lo insinúa ese rizo ajeno en nuestra almohada.

Hay quienes rechazan dichas interpretaciones, defendiendo que la gracia del cabello radica en su absoluta falta de propósito. Según esta corriente teórica, se trataría de una especie de capricho en marcha: un crecer porque sí, un por qué no extendernos. Cabría incluso un planteamiento mixto. Infinitamente dividido en pelos discrepantes, desempeña al mismo tiempo los roles anteriores y ninguno en particular.

El cabello conoce dos temibles enemigos, la alopecia y la poesía. Una lo va debilitando; la otra lo remata. Por cada verso que se comete acerca de alguna cabellera dorada como el sol, un pelo se arroja al vacío en señal de protesta.

Al igual que en todo estilo literario, en cada peinado se enredan el temperamento, la imitación y las limitaciones. Peinarse es una actividad política. Quizá por eso nuestras revoluciones en este campo suelen terminar en decepción.

El peinado patriarcal es inflexible y un punto pegajoso. El militar se ejecuta de golpe. Siempre correcto, el burgués jamás se pasa de la raya. El rebelde corre el riesgo de despreciar unas normas para obedecer otras. De contornos más libres, el anarquista rechaza las instituciones peluqueras.

En efecto, una cabeza despeinada carece de sistema, no de principios. Solo así alcanza su plenitud. Al revolcarse en compañía adquiere cierto aire accidentalmente artístico, como el experimento de una vanguardia efímera. Cuando despierta, se alza a su antojo y toma la calle dispuesta a la infracción.

Cortarse el pelo representa una iniciativa demasiado drástica para hacernos responsables de ella: he ahí la astucia moral de las peluq...

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Andrés Neuman

Fue seleccionado por la revista británica Granta entre los 22 mejores narradores jóvenes en idioma español. Escribe regularmente en su blog Microrréplicas, considerado uno de los blogs literarios en castellano más relevantes según una encuesta de El Cultural. Sus obras han sido traducidas a más de 20 idiomas.

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