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El Malpensante

Ficción

El funeral más grande de la historia del mundo

El funeral de Michael Jackson, el 7 de julio de 2009, rebasó los 2.500 millones de espectadores. Eso lo convierte en la emisión televisiva más vista de la historia al superar en audiencia la transmisión de la llegada a la Luna de la misión espacial Apolo 11, en julio de 1969.

Ilustraciones de Aldo Jarillo.

MUERTO EN VIDA

Era la hora de la siesta en una clínica de puertas abiertas, de esas en las que uno puede entrar y salir a voluntad. Mi problema aquel año, pero también antes en 2005 y en 2007, y después en 2010, y de 2012 a 2016, era justamente ese: la voluntad. La había perdido y no la encontraba por ninguna parte.

Cuando los noticieros confirmaron la muerte de Michael, el rumor llevaba horas circulando. Hasta memes había, elevándose cómicos por encima del duelo. Y sin embargo, nadie era capaz de creerlo todavía. Seguro que ustedes tampoco. Era imposible que se fuera así, tan de repente, tan temprano.

Michael se había muerto y yo tenía una pregunta atragantada, desde hacía varios años, acá. Y había crecido tanto esa pregunta, que ya no era capaz de mirar sin verla o de pensar sin sentirla. Antes no hubiera tenido el valor de hacerla... la pregunta, pero me dije que había llegado la hora. Saqué mis pocas pertenencias del placard y me puse a llenar una valija sobre mi cama.

Un amigo, que conocía mi historia con Michael, intentó disuadirme.

Me dijo:

–¿Qué estás haciendo? Ya es tarde.

Dijo más, dijo:

–¡Está muerto!

Es verdad, pensé, el Rey está muerto. Me costaba mucho pensar, y la muerte de un rey anuncia un cambio de orden.

Con su cuerpo blando, mi amigo bloqueaba la puerta y mi nueva o renacida voluntad. “Amigo” no es la palabra justa para describir mi relación con él. Escribo esto y no puedo acordarme de su nombre. Compartimos habitación unos meses en aquella clínica, hablábamos horas tirados en la oscuridad y me vio llorar una vez.

Entonces dije:

–Nunca es tarde.

Era el tipo de frases que usaban los supervisores. La mayoría de las veces resultaban inocuas. Las menos, se sentía como atravesar un cementerio convencido de que nunca me tocaría a mí. Dije:

–Yo también estoy muerto. ¿Acaso no me ves?

Y él:

–¿De qué estás hablando, flaco?

Este amigo, cuyo nombre viaja ahora hacia la punta de mi lengua, trajo un cenicero de la mesita de luz que separaba nuestras camas. Fumar tabaco era el único vicio permitido en aquella clínica. Daba igual que abriéramos puertas y ventanas, el humo tenía la costumbre de rodearnos e instalarse como niebla de escenario.

Puso el cenicero de metal contra los agujeros de mi nariz. Dijo:

–¿Ves? ¿Ves que estás vivo?

No habrá esperanza para nosotros, los deprimidos, mientras una mancha de vapor puede ser considerada prueba de vida. Al ver que yo no reaccionaba, mi amigo empezó a sacudirme por los hombros. Dije:

–Yo lo que estoy es muerto en vida.

Fue el aplomo con que organicé mi equipaje lo que lo hizo desistir. Se corrió lejos de la puerta y se volvió una masa negra y quieta en la esquina más alejada de la habitación, pero al despedirse introdujo un puñado de pastillas en mi bolso de mano. Iban a servirme allá afuera.

–Una por mí –dijo.

Cuando salí a la calle, las nubes brillaban por su ausencia. Caminé infinidad de cuadras y crucé dos parques y un río hasta encontrar un taxi. Caminaba y no dejaba de pensar en esta idea: que yo estaba muerto en vida y que por eso tenía derecho de hablar con un muerto.

 

EL SUEÑO DEL VUELO

El primer vuelo a Los Ángeles estaba sobrevendido. Esperé al siguiente.

Durante la noche, arrullado por una leve turbulencia, conseguí dormir profundo por primera vez en años. Dormido, se dieron las condiciones para soñar. Y lo que soñé fue que avanzaba hacia atrás. No parecía haber influjo del vuelo en el sueño. Al contrario, este sucedía en tierra, a ras del mar, y parado sobre mis dos piernas. A derecha e izquierda, por andariveles invisibles, otros hombres retrocedían hacia delante, lo que multiplicaba la sensación de desajuste.

El sueño duraba mucho tiempo o quizá se repetía una y otra vez, en un bucle sin marcas que indicasen principio o final. Yo me daba cuenta por la angustia, la angustia era la medida de la duración de aquel sueño.

Desperté a la mujer que viajaba junto a mí; quería saber su opinión. Los sueños son importantes si uno está yendo a hablar con un muerto. Dijo:

–¿Por qué me está hablando?¿Por qué me despertó?

El antifaz le dibujaba un segundo par de párpados negros sobre la frente. La mujer llamó a la azafata y exigió que la reubicaran en otro asiento.

Yo me estiré en la fila de tres asientos y volví a dormirme. Por la mañana, entendí que la imagen del sueño era en realidad una caminata lunar. Una danza, entonces. Y la danza es una manifestación de alegría en cualquier cultura, incluso en la cultura que inventan los sueños.

 

PAÍS DE MANOS CON ISLAS

La tarde en que lo conocí, Michael me confió su secreto, que resultó ser el mismo mío, sin que fuera un secreto. Lo que en mí era público y notorio, en él todavía era oscuro y vedado.

Eso fue antes de la confesión en lo de Oprah. Entonces yo tenía nueve o diez años. Quitándose el guante, acercó su mano salpicada de manchas a la mía. Las dos manos, tan cerca la una de la otra, parecían el mapa de un país formado únicamente por islas.

Ahora digo que es un país en el que yo hubiera podido vivir. Pero en ese entonces dije:

–¿Es verdad eso de los baños en leche?

Fue lo primero que se me ocurrió preguntarle. Él era negro, de eso no cabe duda, pero estaba dejando de serlo.

La mujer de la fundación, que había organizado el encuentro, se descompuso al escuchar mi pregunta. Hubo que sentarla y traerle agua. Alguien improvisó un abanico con un libro.

Michael soltó una risita blanca, tan blanca como él era blanco, si entienden lo que quiero decir. Y me dio este consejo, que todavía conservo. Dijo:

–La leche es únicamente para tomarla o para hacerse bigotes de vez en cuando.

Fuimos amigos inseparables desde entonces.

 

EL VENDEDOR DE NOTICIAS

Nunca supe cómo o de quién obtuvo mi nombre. Tampoco pregunté.

Hay voces sin cara, voces tan hondas que serán siempre voces en el teléfono. Esta voz de la que hablo no debería tener cara. Y si la tiene, queda anulada por el estremecimiento que me producía escucharla.

El dueño de la voz estaba en la industria de vender noticias. Rehuía el título de periodista para explicarse a sí mismo, desconozco si por vergüenza o por un respeto ancestral al oficio. Al parecer, tampoco pertenecía a ningún medio. Trabajaba en la intemperie de los independientes, vendiendo primicias y reportajes a quien pagara mejor.

Una vez por año, este vendedor de noticias llamaba a casa y hablaba con mis padres. En realidad, uno hablaba y la otra escuchaba, o al revés, una hablaba y el otro escuchaba. Había una rara violencia en su forma de sisear las preguntas, en la ondulación de sus argumentos. Aunque yo no fuese el destinatario de sus llamadas, tenía la certeza de que eran acerca de mí. Había un misterio y ese misterio me envolvía, dejándome más solo que nunca, porque yo estaba en el centro de aquel misterio y no había nadie ahí conmigo.

Me acuerdo de la atmósfera que se formaba después de esas llamadas. La mirada perdida de mis padres en los ángulos del techo. Las evasivas. El rodeo lento a los muebles. El abatimiento con que afrontaban cada actividad, por insignificante que fuera: raspar una mancha o secarse el pelo mojado.

Cuando cumplí los dieciocho, el vendedor de noticias empezó a llamarme a mí. Cada año, yo repetía mecánicamente la misma respuesta que habían dado mis padres. Sabía las consecuencias de hablar con aquella voz.

 

NEVERLAND, DULCE HOGAR

Neverland se convirtió en mi hogar una temporada.

Que yo sepa, no hubo nunca una invitación formal. Simplemente empezaron a sucederse los días y después los días se apilaban de a siete, en semanas. Nadie sugería que mi visita se había extendido demasiado, nadie venía a buscarme. Me dieron una habitación arriba, en una de las casas de huéspedes.

En Neverland intuí lo que era ser feliz. Me sentía protegido, lejos de la mezquindad de mi familia.

Todavía tengo nítido en mi cabeza el plano detallado de sus edificios y jardines. Podría dibujarlo ahora mismo para ustedes. Mitad zoológico, mitad parque de diversiones, cada curva por donde pasaba su tren revelaba una maravilla distinta. Al norte quedaban las jaulas de los animales grandes. El tigre. El oso. La pantera. Había un espacio circular, de tierra apisonada, para los elefantes, y uno igual, justo enfrente, para las jirafas. Acá había una cancha de básquet. Allá estaba el museo. Por acá, el cuarto de los masajes. Como los animales de la granja eran inofensivos, en las tardes andaban sueltos. Corderos y gallinas. La rueda de la fortuna, que no paraba de girar nunca, ni de noche, era la construcción más alta del rancho. Servía de orientación cuando nos perdíamos por sus senderos sinuosos. Junto al lago había una estación de tren con unos flamencos fosforescentes, estilizados, como de utilería. Acá estaban los baños, allá el restaurante, ahí el serpentario y de este lado la tirolesa que hendía un túnel verde entre los árboles.

Me acuerdo del anfiteatro y su abanico de gradas a la intemperie.

Me acuerdo del carrusel con sus caballos de crines doradas. Daban la impresión de haber sido atravesados por lanzas perpendiculares.

Me acuerdo de la casa principal, con sus amplios salones y las escaleras de caoba. Yo descendía lentamente por esas escaleras, en diagonal, y me gustaba simular que la casa era mía.

 

UNA LENTA VICTORIA

Mi llamada fue la lenta victoria del vendedor de noticias.

No reía aquella voz, al menos yo nunca la oí reír, pero de haber reído, habría reído mejor.

En unas pocas horas me había conseguido el acceso y fue razonable con el resto de mis demandas. Me encontraría con su productor la mañana siguiente, a unas pocas calles del Staples Center. Las preguntas me las enviaría por correo electrónico. Acordamos que la entrevista sería al final, cuando todo terminara.

Solo por un instante de toda la comunicación sentí que la voz titubeaba. Dio varias vueltas para finalmente preguntar si yo tenía alguna idea rara en la cabeza. Por rara supongo que quiso decir criminal. Desplegó su preocupación enumerando mis internaciones de 2003 a 2008. Era impresionante lo que sabía: toda información sensible y privada, que implicaba sexo o pagos a enfermeros y a secretarias de cada hospicio en el que yo había estado. Y aun así, expuesto de ese modo, el historial de mis diagnósticos parecía incompleto. ¿Por qué será que siempre resulta limitado cualquier esfuerzo por circunscribir la enfermedad mental?

Le aclaré a la voz que solo pretendía despedirme. Hacer las paces con el muerto o con la muerte.

 

LOS NIÑOS ENFERMOS

Me hubiera gustado ser el único niño en Neverland, pero eso no estaba en discusión. Siempre hubo otros, antes y después de mí.

De mi temporada allá, tengo el recuerdo intermitente de unos diez o quince niños que nos seguían a todas partes. A Michael y a mí. Darme la vuelta y verlos me hacía pensar en un escuadrón cansado y herido al final de una guerra que ha durado demasiado. Se movían despacio, arrastraban un pie o se tropezaban, no les alcanzaba el aire en los pulmones. Estaban siempre unos pasos detrás de nosotros. A veces parecían a punto de alcanzarnos, pero no nos alcanzaban.

Gradualmente fui entendiendo que sus enfermedades eran más graves que la mía. No estaban en la piel. Iban por dentro, por la sangre o la linfa, ocultas en la información de las células. Además de cáncer, había en Neverland todo tipo de síndromes, algunos muy extraños, incurables, con probabilidad de sobrevida de uno en cien mil o en un millón. Eran casos que dejaban mudos a los médicos, a los que tanto les gusta hablar.

Esos niños no duraban mucho tiempo entre nosotros: unas semanas, a lo sumo un par de meses. Después se marchaban, yo permanecía. No tenía sentido encariñarme con ellos, oscuramente intuía su final. Fui adquiriendo el léxico ambiguo y la piel gruesa del oncólogo pediatra.

Me acuerdo de Olivia, pelada a los seis. Su madre conservaba sus mechones rubios cenicientos en una cajita. A Olivia le gustaba pegarlos sobre sus autorretratos en crayón. Decía:

–Así era yo. Hasta el año pasado. A mis cinco.

Y giraba el dibujo en la mesa para que lo viéramos todos.

Cuando se cansaba de dibujar, se quedaba dormida sobre el papel, su cabecita sin pelo rodeada de lápices, como una corona en dos dimensiones. Entonces, la madre de Olivia peinaba los mechones y los devolvía a la cajita.

Me acuerdo de Robert, el niño viejo que se arrugaba a la velocidad de la luz. Su inteligencia, en cambio, se correspondía con su edad.

En Neverland, los barbijos, las muletas, las sillas de ruedas y los tubos de oxígeno debían quedarse afuera, en los pasillos, en el salón reservado a los padres. Era un derecho o un privilegio: estábamos en aquel lugar fuera del tiempo para divertirnos, para olvidarnos de la enfermedad y de la muerte.

Tocar a los otros era importante, curativo. Se estimulaban los abrazos prolongados de grupo. Dormíamos todos juntos largas siestas, como cachorros, en una cama suave y sin límites.

Todo el tiempo nos decían:

–No llores. No hay por qué llorar.

Pero tanto esfuerzo por sobreponerse al dolor era extenuante, a veces. El mundo de los adultos no tenía cabida en Neverland.

Una tarde de cine, en la tibia oscuridad de la sala, un niño me tocó la pierna. Dijo: “Yo no voy a llegar a ser grande”.

Usó la palabra “grande” en vez de la palabra “adulto”, que no eran intercambiables. Por el tiempo de vida que le quedaba –unos seis meses– calculé que podríamos comer toneladas de hamburguesas y papas fritas con mayonesa. Engordar juntos hasta ser grandes, no adultos. Y quizás reventar.

 

 

STAPLES CENTER

En las pantallas sobre Figueroa Street avanzaba un cortejo de autos negros que se extendía por kilómetros. Desde la perspectiva de los helicópteros, parecía una hilera de hormigas, listas para comerse un cadáver.

Usamos uno de los accesos traseros del Staples Center para evitar la multitud que se agolpaba contra las barreras. El productor me entregó el gafete con mi nombre. Tenía mi foto también, una muy vieja, que yo no recordaba haberme tomado. Los controles funcionaban como un embudo, filtrando a los asistentes por sus niveles de acceso. Avanzábamos a empujones. Todo el mundo gritaba su propio nombre y el nombre de Michael y de allegados a Michael como contraseña inútil. Alguien a quien yo había sonreído un instante, siempre se quedaba atrás. Tres veces me pidieron el gafete, tres veces me palparon, tres veces no encontraron nada. Las pastillas de mi amigo, cuyo nombre se me escapa pero estoy seguro de que empezaba con F o P, iban en una bolsita, apretada entre los cachetes del culo. Sin embargo, algo dentro de mí parecía a punto de explotar. A cada rato, yo mismo me abría la camisa para comprobar que no tenía nada.

Pasando la última puerta quedamos del lado de las estrellas y los parientes. En ese momento me alcanzó el fragor de la música. Como todavía no estábamos en el recinto principal, viajaba sorda y amortiguada por muros y puertas cerradas. Vibraba en las tablas del piso, bajo la alfombra, haciéndome cosquillas en las plantas de los pies.

Había pasado tantos años evitándola, tanto tiempo con terror a escucharla en la radio de un taxi, en los parlantes del gimnasio, bailando en una fiesta, hundido en el bar... ¿Y ahora qué? Ahora no pasaba nada: no era capaz de sentir ninguna emoción, ni de delimitar ningún sentimiento.

Con Michael muerto, ya no hacía daño la música; era independiente de él.

Me dejé influir, me remolqué hacia los días remotos de mi infancia. Primero fue solo la melodía, previa a las palabras y que empecé a tararear por fonética, hasta que apareció por fin el estribillo, su mensaje ingenuo y simplón, intacto en mi cabeza.

 

SOBRENOMBRES

Los dos teníamos multitud de sobrenombres. Era algo que compartíamos, que nos hermanaba más allá del vitiligo.

Él era Doo Doo, MJ, el Enguantado, el Rey, el Rey del Pop, Cabeza de Manzana, Turd, Señor Exitoso. Olor se lo puso Quincy Jones por su olfato infalible para las canciones. Wacko Jacko era el único que Michael detestaba, porque se lo había puesto la prensa amarilla. Periodistas amarillos como la voz amarilla que me llamaba.

A mí, en esa escuela horrible, me decían Hombre de Fuego, Parches, Mármol, Salpicón, Dálmata 102. Solíamos hacer listas, a ver quién de los dos tenía más sobrenombres. Los escribíamos en papeles antes de pegárselos al otro con saliva en la frente. Los peores eran los inventados por nosotros, los que nadie se había atrevido a decirnos. Supongo que es más fácil ser cruel con uno mismo.

Ahora sé que los sobrenombres se acumulan encima de tu nombre. No complementan, no agregan nada. Te perforan, te hunden. Es el peso invencible de los estereotipos. La gente te pone sobrenombres para ocultar tu verdadero nombre, incluso aquellos que pretenden hacerlo con afecto.

Como me dicen no es como me llamo. Wacko Jacko. Wacko él. Wacko yo. Wackos todos.

¿Por qué será que siempre tengo que dar explicaciones? No estoy quemado. Ni salpicado por la nada. No soy un dálmata ni un cruce con jirafa. No es una forma rara de cáncer. Tampoco son pecas. Ni son islas en mi piel.

Mi nombre es mi nombre. Y tu nombre era tu nombre.

 

LA TRANSFORMACIÓN

Iluminado desde atrás, envuelto en el humo de los escenarios, lo vi caminar hacia nosotros. Técnicos y asistentes se cruzaban en mi visión, interrumpiéndola, pero era él. Era Michael. No había posibilidad de que fuera alguien más.

Entonces el funeral era un simulacro. Una advertencia para aquellos que lo habían abandonado, para aquellos que daban por sentado que él siempre estaría con nosotros. Él era el único capaz de montar un espectáculo semejante. Una moraleja del tamaño del mar, pero un mar sin profundidad, hecho enteramente de orillas, igual que sus canciones.

¿Era él? Tenía la forma de un ángel de nieve, pero estaba de pie y hecho de luz por el efecto de los reflectores a sus espaldas. Y la silueta negra dentro del ángel de luz era la de una mujer. ¿Eso tiene sentido para ustedes?

Pensé que quizás aquel había sido siempre su deseo: volver como mujer. No era una locura pensarlo: la delicadeza de su voz, los rasgos cambiantes de su cara, la fina androginia de su cuerpo, el impulso maternal que lo abarcaba todo.

Al acercarse, la visión se deshizo y los pensamientos se evaporaron: era la hermana, La Toya, cuyas cirugías remedaban los rasgos de Michael por azar o voluntad. Cuando la tuve lo suficientemente cerca, entendí las palabras que había codificadas en sus gritos. La Toya decía:

–¡Era mi hermano! Yo quería cantar. Yo merezco cantar. Cantarle a él. A mi dolor.

Me lo decía a mí y a cada persona que se cruzaba en dirección a los camerinos.

 

LA PIEL INHUMANA

Una vez toqué su cara sin querer y tuve la impresión de que su piel había dejado de ser humana.

Fue un mediodía. Qué importa si de un lunes o de un sábado. No había distinciones de ese tipo en Neverland. Todos los días eran nunca jamás.

Estábamos tirados en el jardín, protegidos del sol bajo un enorme paraguas negro. Al girarlo, sus varillas brillaban, lanzando rápidos reflejos sobre la superficie de las cosas. Los otros niños descansaban cerca, extenuados, formando un semicírculo con los conejos que habíamos soltado un rato antes. Un día normal en Neverland podía ser así: liberar conejos antes de la siesta.

Me volví hacia Michael. Ya no había señales del vitiligo, ese secreto a medias que nos había unido al principio de nuestra amistad. Ahora era completamente blanco, de un blanco nórdico, casi polar. La intensidad del blanco de una piel que no estuvo nunca en contacto con el sol pero que sabe el truco de cómo refractar la luz.

Yo había retirado mi mano de su cara, pero él la atajó en el aire para colocarla otra vez sobre su mentón. No me resistí. No tenía sentido resistirse con él. El material de su piel era un plástico pálido, maleable, áspero. Daba una sensación como la de manipular plastilina, pero mezclada con arena, por la barba incipiente. De haber hecho fuerza con mis dedos habría podido crear una forma nueva. Una cara nueva para Michael, un monstruo distinto.

 

LA RELIGIÓN DE LA FAMA

La fama era el punto ciego de la vida junto a Michael. Yo no sabía lo que era la fama. De los que estábamos a su alrededor ninguno sabía. Ni sus asistentes, ni los jardineros, ni los productores, ni los abogados, ni los cuidadores de animales, ni los niños enfermos que llegaban cada día a las puertas de Neverland.

Diana Ross y Elizabeth Taylor, sus grandes amigas, probablemente lo sabían. Solían visitarlo a menudo y al vernos se quedaban calladas, con las tazas de té o café en suspenso, incómodas con nuestra presencia. Para nosotros, niños sin pasado y sin cultura, ellas no eran más que dos pobres viejas, próximas a la muerte.

Y la fama es como la muerte: solo los muertos saben en realidad cómo es, aunque se necesite de los vivos para atestiguarla. Pero la muerte es la gran igualadora. La fama no. La fama es la nueva religión de la tierra. Cuesta reconocerlo porque estamos en la cresta del tiempo y hace falta precipitarse al fondo de la historia para que se vuelva evidente. Los famosos son los dioses de esa nueva religión. O sus sumos sacerdotes. Saben mejor que nadie que el paraíso queda de este lado de la experiencia y no más allá, por más que exista un más allá.

Odian la muerte más que nosotros y la retrasan todo lo que es humanamente posible, porque al irse dejarán la fama atrás.

 

EL FUTURO BRILLANTE

A mi madre le gustaba decir que mi futuro era brillante. Tan brillante era que sus predicciones me dejaron ciego.

Ese brillo del futuro era como las luces altas de un auto que corre a la velocidad de los accidentes. Ese futuro hizo que me saliera del camino. Me deslicé por la banquina, di trompos. Un remolino de fierros, plástico y vidrios de colores. Autopartes: las partes de mi auto que se desintegraba. Desbarranqué y fui a dar a un pozo muy hondo y muy oscuro.

Que mi futuro era brillante le gustaba decir a mi madre. A mi padre no, él nunca decía nada. Todavía sigo ahí. Tengo las manos duras al volante de ese futuro.

Hubo un tiempo en que robaba y cometía delitos minúsculos. Con la cabeza cubierta, dejaba mensajes en las paredes de los edificios de gobierno. Vendía porros ya armados, perfectamente cilíndricos, como cigarrillos de verdad. Esa era mi firma. Por acumulación de situaciones me creía un gran criminal, pero no infundía miedo sino decepción.

Robaba discos en las tiendas. Todos de Michael, por supuesto. Pósters. Guantes negros o dorados con piedras incrustadas. Disfraces. Pelucas. Memorabilia barata.

Un policía me preguntó una vez por qué lo hacía. Estaba al tanto de que yo no tenía necesidad, de que en mi casa sobraba el dinero. La necesidad no siempre es la semilla del delito, pero eso él, que era policía y no sociólogo, no podía entenderlo. Gracias a la habilidad de mi madre yo tenía una puerta giratoria en la justicia de menores.

Algunas noches me las arreglaba para meterme en un terreno baldío. Caminaba por un sendero sinuoso entre bolsas negras, carcasas de electrodomésticos y desechos de un laboratorio cercano hasta un pequeño claro sin basura. Ahí mismo, rodeado de gatos, encendía una alta hoguera con todas esas cosas robadas. 

 

 

EL TERROR

Vi un grupo de niños en sillas de ruedas, en el corredor junto a las gradas inferiores. Era la procesión más triste del funeral. Llevaban carteles con mensajes de despedida y lloraban con un desconsuelo inaudito, como si lo hubieran conocido, pero yo sabía que eso era imposible. En los últimos años, Michael había estado alejado de niños que no fueran los suyos. Finalmente aceptó el consejo de sus abogados. Arreciaban las denuncias.

En fila rota, los niños parecían los vagones de un tren invertebrado. Sus madres, pasmadas, empujaban las sillas de ruedas. Sentían pena por sus hijos. ¿Por qué tanto dolor? ¿Es sano tanto dolor, tan pequeños? ¿Habían hecho bien en llevarlos? Seguro se preguntaban si sus hijos llorarían así por ellas cuando llegara la hora. Yo creo que también se preguntaban si ellas llorarían así por sus hijos, con esa desesperación, si su hora llegara antes. Con solo verlos a ellos, era una posibilidad muy alta.

No me gustan los niños. Nunca me gustaron. Ni antes cuando era uno de ellos, ni ahora que hace tiempo no lo soy. Me alejo en cuanto los veo acercarse. Lo peor es estar a solas con uno. No sé qué hacer, no sé cómo ahuecar los brazos para cargar uno muy pequeño, no sé responder sus preguntas a esa edad infame en que empiezan a hacerlas. Por eso no veo a mis sobrinos. Por eso no conozco a los hijos de mis amigos. No respondo correos electrónicos. No escucho los mensajes en el contestador. Rompo las invitaciones que pasan por debajo de mi puerta. Falto sistemáticamente a bautismos, cumpleaños y recitales infantiles. Perdí un amigo por rechazar el fingido honor de apadrinar un bebé al que no me ata ningún vínculo.

Pero la realidad es que me dan miedo los niños.

Admitirlo me traslada instantáneamente al borde de un acantilado. Nunca he estado en uno; es un acantilado hecho con recortes de sueños, pero se siente real. Cuando estoy ahí, me es imposible mirar al frente, siento que por mi cara cruzan violentas corrientes de aire y que abajo las olas son negras, con la espuma parda, y muerden el fondo del abismo.

Un psiquiatra me dijo una vez que un porcentaje altísimo de los abusadores fueron abusados de niños.

El lugar común más oscuro y más terrible al que se pueda llegar.

¿Lo decía por Michael? ¿Lo decía por mí?

El vicio del círculo.

Este psiquiatra del que les hablo me daba pastillas. Cada una era un premio al final de una sesión terapéutica. Me daba mis pastillas y también abría la puertita de un aparador a sus espaldas para presumir su arsenal. No todas las enfermedades mentales tenían su pastilla, pero una gran mayoría sí. Me decía:

–Esta es para la ansiedad. Esta es para los delirios. Esta es para callar voces. Todas, menos la tuya. Esta es para reconocer los bordes de la realidad. Esta te deja embotado, viviendo en un país con niebla permanente.

Eran de colores y de tamaños variables, comprimidos o en cápsula, algunas más redondas, otras más ovaladas. Y podían combinarse: dos de esta con una de esas, esta con aquella. Pero lo que tenía prohibido hacer era tomarlas todas juntas.

 

LOS QUE CANTARON Y LOS QUE NO

Cantó Mariah Carey. Cantó Lionel Richie. Cantó John Mayer. Pero no cantaron Beyoncé, ni Sting, ni Madonna. No cantó Axl Rose. No cantó Robert Plant.

Estoy seguro de que todos querían cantar. Todo el mundo debería haber cantado en ese funeral, pero era imposible que cantaran todos. No había tiempo. Un funeral no puede durar lo mismo que una vida. Un duelo, en cambio, puede extenderse por años. El dolor también. O al menos la melancolía, que es la resaca del dolor.

Cantó Usher y mientras cantaba se le quebró la voz. Cantó Stevie Wonder. Cantó Jennifer Hudson.

No cantó Whitney Houston, a quien entonces le quedaban todavía tres años por vivir. Ni su madre que es Cissy Houston, ni su prima que es Dionne Warwick, ni su madrina que era Aretha Franklin.

No cantaron Prince ni Bowie, que hoy también están muertos, pero entonces estaban vivos y no cantaron.

No cantó Elton John. No cantó Mary J. Blige. No cantó Tina Turner, que sobrevivirá a todos y apuesto todo lo que me queda que llegará a los cien años.

¿Por qué no cantó Diana Ross, que era su gran amiga?

No cantó Paul McCartney. Cantaron sus hermanos, que llevaban unos guantes resplandecientes como homenaje, pero no cantaron sus hermanas. Queen Latifah recitó un poema de Maya Angelou. Brooke Shields dijo unas palabras que olvidé rápidamente. No tocó Slash.

Cantó Smokey Robinson. Cantaron los niños del coro de Andraé Crouch.

No cantaron Akon, ni Eminem, ni Drake.

Y tampoco cantaron todos los que murieron antes, por más que distinguí sus caras encima de las últimas gradas. Elvis. Sinatra. Joplin. Hendrix. Formaban una constelación cerca del techo del Staples Center. Juro que los vi. Pero ninguno cantó. No cantó Elvis. No cantó Sinatra. No tocó Hendrix. No cantó Joplin. Ni Kurt Cobain. Cobain ni vivo hubiera cantado en ese funeral, supongo. Ni todos los muertos jóvenes, ni todos los muertos viejos.

No cantó Lennon. No cantó Pavarotti. No cantó Ray Charles.

Porque ya estaban muertos. Quizá porque solo los vivos acostumbran hacer tributos a los muertos. O porque los que ya están muertos saben que no tiene sentido cantarle a la muerte.

 

LAS RUINAS

Pienso en el rancho con frecuencia. También le decíamos así: el rancho, para no tener que aludir siempre a Peter Pan, que hoy es una referencia incómoda.

Estará en ruinas ahora, hipotecado y embargado incontables veces. Con los animales muertos o tristes, en un exilio de zoológicos lejanos. Con los motores y engranajes de sus juegos ya inservibles por la corrosión del óxido. Sería un peligro subirse a uno de ellos en una tarde como la de hoy.

Pero déjenme decirles algo. Neverland fue la propiedad privada más espectacular de su época, comparable en escala y concepto a los grandes palacios y castillos de la historia. Se medía con Windsor. Se medía con Versalles. Con Neuschwanstein. Con la Casa de la Cascada. Con el Palacio Apostólico. Con el Potala de los lamas. Se medía con la casa inteligente de Bill Gates.

Neverland fue el sueño de un niño loco. Un niño loco que envejeció y murió apestado por querer seguir siendo un niño rodeado de niños.

Neverland fue el último deseo de los niños enfermos de Estados Unidos. Un templo a la convalecencia feliz, la refutación de todos los hospitales pediátricos. Era el lugar del tiempo sin transcurrir, donde la muerte detenía o al menos ralentizaba su reloj.

 

EL NIÑO ALBINO

Ya me acordé del nombre de mi amigo, pero me lo reservo. Porque de lo que también me acuerdo ahora es que no era tan amigo mío.

Compartimos habitación un tiempo, eso es cierto, y desde nuestras camas enfrentadas, boca arriba, hablábamos horas en la oscuridad. Y cuando la oscuridad de la noche empata la interior es más fácil que los egos se aplaquen.

La única vez que me vio llorar, este amigo me había contado una historia que yo pensé era falsa. Todavía lo pienso, y además creo que está repleta de estereotipos. Pero también era triste y en esa tristeza había un núcleo de belleza moral, que para mí es uno de los procedimientos de la verdad.

Mi amigo la contaba así:

Empieza con un antropólogo llegando a una aldea aislada en el corazón de África. Es la primera visita de un hombre blanco en mucho tiempo, en décadas probablemente, lo cual es curioso, porque estamos a finales de los ochenta. El antropólogo es recibido con honores de mago o semidiós, y esa misma noche se organiza una danza alrededor del fuego. Son los hombres los que dan inicio a la ceremonia, inclinados sobre sus tambores. Tienen los torsos pintados con polvos de colores y el golpeteo de las palmas sobre los parches de antílope le da un tono de inminencia a la noche. A continuación, es el turno de las mujeres, que forman un círculo y triplican en cantidad a los hombres. La mortalidad entre los hombres en un pueblo guerrero es alta, piensa el antropólogo. Las tetas de las mujeres se bambolean con la cadencia de las chispas, haciendo sombra sobre las faldas de rafia. Por último, para coronar la bienvenida, aparecen los niños, un montón de niños, un torrente de niños escuálidos y panzones. Los más pequeños llevan collares con colmillos de mamíferos indeterminados. Los más grandes, en cambio, llevan collares con muelas de cuatro puntas, que parecen humanas. Se colocan en el centro, entre los hombres y las mujeres, casi pegados al fuego. Bailan con tanta gracia que rompen en pedazos la solemnidad del evento. Todos se ríen con sus movimientos y saltos imprevisibles. Sobre todo el antropólogo, que desde su trono de honor chifla y aplaude y ríe cada vez más fuerte.

Entre los niños de la aldea, el antropólogo descubre que hay un niño albino. El niño resplandece en el enjambre de cuerpos negros. Por esa peculiaridad, que excede la mera cuestión médica, le parece más especial y más frágil que los otros niños. El antropólogo, que no solo es blanco, sino también estadounidense y melómano, lo apoda Michael Jackson. Estamos al final de los ochenta y Michael Jackson es la persona más famosa del mundo.

Tu nombre occidental, le dice el antropólogo. Tu nombre negro y blanco, le dice al niño negro y albino.

En su equipaje, el antropólogo trae un walkman, que por entonces es un invento relativamente reciente. Dentro del walkman –y por eso es importante en esta historia– hay un caset con música de Michael Jackson. La mañana siguiente de la bienvenida los niños forman una fila delante de la tienda del antropólogo. Este sale, saluda con una leve inclinación de la cabeza, y por turnos le coloca los auriculares a cada niño y pone una canción. No una canción entera, unos cuantos acordes apenas. Estamos en el corazón de África y el antropólogo no sabe en qué momento podrá conseguir una provisión de pilas nuevas. Los niños pasan, consecutivamente, del terror a la curiosidad, de la curiosidad a la fascinación. ¿Qué será ese objeto que parece un gran escarabajo muerto y que produce voces y tambores y sonidos de viento? Los niños se ponen a bailar con la música y luego con el recuerdo de la música, sincronizando sus movimientos. El antropólogo festeja igual que la noche anterior: chifla, aplaude y ríe.

Además de verlo frágil y especial, al antropólogo le parece que el niño albino baila mejor que los otros. No se detiene a pensar que quizá sea un espejismo del contraste. Enfatizado por los cuerpos oscuros, el niño albino da la impresión de flotar varios centímetros por encima del suelo. Mueve frenéticamente los pies levantando polvo, mientras el resto de su cuerpo, de las rodillas para arriba, permanece estático.

Durante su estancia en la aldea, el antropólogo desarrolla una amistad especial con el niño albino. Pasan muchas tardes juntos, con la compañía lejana de los otros niños. A veces se quedan solos. Entonces recorren las planicies que rodean la aldea, el bosque que resuena con el zumbido de los insectos, la costa del exiguo río. La noche antes de su partida, el antropólogo invita al niño albino a su tienda. Se acuestan uno al lado del otro, en silencio pero sin sueño, sin tocarse pero despiertos, hasta la salida del sol. Por la mañana, le regala al niño albino el walkman con el caset de Michael Jackson y unas pocas pilas de repuesto. Le enseña cómo usarlo: cómo cambiar de lado el caset, cómo rebobinar, cómo cambiar las pilas, y le advierte que en algún momento, cuando la última de las pilas se acabe, el walkman dejará de funcionar. El antropólogo besa la frente del niño albino y se aleja por donde vino, sin volverse.

Muchos años después, supongamos que a mediados de los 2000, el antropólogo vuelve a visitar la aldea. Pero la aldea ya no es una aldea: ahora es una pequeña ciudad, ruinosa y contaminada, y aparece en los mapas con el nombre cambiado. Hay fábricas y curtiembres junto al río, todavía más exiguo que antes, y el humo de los hornos sube en grandes bocanadas al cielo. Esta vez, el antropólogo es recibido con frialdad. Después del artículo que publicó sobre esa tribu aislada en el corazón de África, llegaron otros hombres blancos y otros hombres negros que parecían hombres blancos en sus formas. Esos hombres blancos y negros trajeron la modernidad a la aldea, que en África equivale a expolio y devastación. Los niños del pasado son ahora hombres jóvenes. Usan ropa occidental, se ganan la vida como obreros o vendedores ambulantes, y tienen hijos de la misma edad que ellos tenían en la primera visita del antropólogo. No reconoce a ninguno porque ahora hay muchos otros jóvenes venidos de otras partes, o quizá porque la vida en África es dura y borra rápido los rasgos infantiles.

El antropólogo busca al niño albino que ahora ya debería ser un joven albino. A cada lugar que va pregunta por él. Pregunta diciendo su nombre verdadero y también el nombre que él le puso en su día, su nombre negro y blanco: Michael Jackson. Los jóvenes y también los viejos se cruzan miradas furtivas, callando lo que saben. Ese silencio lleno de ojos hincha el misterio con malos presentimientos. Descorazonado, el antropólogo deambula por la ciudad vieja, cuyos contornos son los mismos que tuvo alguna vez la aldea, y recorre también la ciudad nueva, que creció como anexo en forma de anillo. No encuentra a nadie que sepa o se atreva a contarle el destino del niño albino. Empieza a desesperarse. No duerme. Se emborracha. Se involucra en altercados.

Hasta que una noche se topa con un viejo harapiento en las proximidades del mercado. Lo reconoce: es un antiguo guerrero, uno de los hombres que danzó junto al fuego en su primera visita. El antropólogo le ofrece unas monedas por información, que el viejo rechaza. Sin proponérselo, los dos hombres se ponen a pasear juntos por la ciudad. Atraviesan calles vacías, calles atestadas, pasajes secretos. Se internan por los pasillos de otros mercados. Se detienen en las plazas para ver el cielo resplandeciente de estrellas. Hablan durante toda la noche. Pareciera que no va a amanecer hasta que se diga todo lo que necesita ser dicho, pero es sobre todo el viejo quien habla; el antropólogo se dedica a escuchar y a imaginar con los ojos abiertos. Va superponiendo anécdotas y acontecimientos a lugares específicos. El viejo refiere la historia de la ciudad, su transformación en los últimos veinte años. Habla de la flecha invisible del progreso, de nuevos hábitos insólitos. Habla de la aparición de las clases sociales y de una pobreza diferente, expuesta y palpable como nunca antes. Habla de guerras mortíferas, con armas lejanas que impiden el combate cuerpo a cuerpo. Habla de rebeliones y de golpes de Estado, del vaivén imaginario de fronteras invisibles a los ojos. Habla de la muerte de los peces en el río y de enfermedades desconocidas.

Al amanecer, con el sol despuntando sobre las últimas casas y con el antropólogo a punto de darse por vencido, el viejo llega al punto de la historia que involucra al niño albino. A modo de introducción, aunque esto ya debiera saberlo un antropólogo, relata que en ciertas partes de África los niños albinos son asociados a propiedades mágicas. Sus nacimientos esporádicos despiertan por igual resquemor y admiración, y la mayoría de las veces su suerte acaba atada a la atmósfera de época. Si las cosechas son abundantes, si el agua no escasea, si las guerras son raudas y se ganan sin demasiados muertos, entonces los niños albinos son venerados como agentes de prosperidad. En cambio, si se trata de un año malo, si se encadenan las derrotas, si las sequías se extienden más de lo esperado o arrecian enfermedades que se creían erradicadas, rápidamente son vistos como síntomas de desgracia.

El viejo cuenta que luego de que el antropólogo abandonara la aldea, el niño albino solía pasearse con su walkman, bailando solo, como poseído. Los otros niños recelaban de él, incapaces de olvidar aquel embrujo de voces e instrumentos. Los adultos, que no conocían su mecanismo ni su magia, veían con estupor el espectáculo silencioso. Este ritual del niño albino se extendió mucho tiempo, meses, mientras el walkman tuvo pilas, y continuó después, probablemente por años, con el recuerdo de la música de Michael Jackson. Y entonces un día llegaron los hombres blancos y los hombres negros con modales de blancos. La aldea empezó a crecer y a cambiar y una mitad de los pobladores sintió que esos cambios eran trágicos, y asociaron ese destino atroz a la visita del antropólogo y al objeto que parecía un gran escarabajo muerto.

Una noche, que el viejo harapiento recuerda con excepcional nitidez, sucede lo que el antropólogo ha temido desde el principio. Una turba de hombres y mujeres de la aldea irrumpe en la casa de la familia que tiene un hijo albino. Hay un breve simulacro de juicio, sin desfile de testigos ni defensa. El tribunal está conformado por tres viejos héroes de guerra. La rápida sentencia es inapelable. La madre del niño albino llora, abrazada a su hijo, que no comprende del todo lo que ocurre. La turba caótica se organiza, cada quien con su rol asignado. Algunos cantan y tocan instrumentos. Unos gritan consignas bélicas, presentando sus armas. Otros lloran con un lamento excesivo, sin derramar una sola lágrima. Con el consentimiento amargo del padre, el niño albino es maniatado y llevado en andas por la aldea hacia el río. A través de un corredor humano, le lanzan piedras, huesos, lo azotan con ramas llenas de espinas...

Pero el final de la historia ya no lo oye el antropólogo, que se ha adelantado al viejo harapiento. Camina rápido, por momentos corre con tal de perderlo, y busca una salida hacia al río. La calle con pendiente hacia la playa impulsa su cuerpo que de pronto se ha quedado sin fuerzas. Se deja llevar hasta el río. En la orilla, ve el reguero de peces muertos, que parecen cuchillos flotantes; ve manchas tornasoladas de aceite y lanchas que transportan basura a contracorriente. Huele el aire fétido de las curtiembres y ve el humo que sale de las chimeneas en volutas densas. Entonces el antropólogo se pone a pensar en su culpa. Quiere circunscribirla, medirla, sopesarla. Se pregunta por su culpa. Piensa en el niño albino, lo recuerda, lo arma de nuevo como un rompecabezas, e intenta llorar. Aprieta los ojos, forzándose a llorar, pero no lo consigue: el antropólogo no llora. Es incapaz de llorar por la muerte del niño albino. Entonces dice: “Adiós, Michael Jackson, tu nombre occidental, tu nombre negro y blanco”.

 

EL ESPEJO DEL BAÑO

En el espejo del baño, un hombre se mojaba las lágrimas. En vez de secárselas, se tiraba agua en la cara y lloraba a chorros.

Yo acababa de sacarme las pastillas del culo.

Me conmueve ese dolor desmesurado de los negros, sin estafa en su sobreactuación.

Cuando se quitó las manos de la cara, supe que ya había visto a aquel hombre una vez. La mitad de los invitados en aquel sector eran famosos, todas sus caras resultaban familiares, pero la intuición de haber compartido unas mismas coordenadas con alguien es distinta. Esta era la segunda vez con aquel hombre, estaba seguro. Por su comportamiento, me di cuenta de que él a mí no me reconocía. Y estaba bien: yo no era nadie.

A través del espejo, me sonrió, satisfecho de su llanto. La media luna de sus dientes resplandecía en su cara oscura.

Para serles sincero, no sé qué es lo que traslucía mi expresión. Mi silueta estaba en el mismo espejo junto a la de él, pero en el lugar de mi cara había una mancha líquida, de bordes romos.

En ese momento recordé. Era uno de los abogados del equipo de Johnnie Cochran. Había estado en casa una vez, hacía muchos años. Sobre la mesa del comedor había papeles, y mis padres los firmaban, uno detrás de otro.

Me tragué todas las pastillas juntas y dije al espejo:

–Quiero devolverlo todo.

Él dijo:

–¿Perdón?

–Me cagó profundamente la vida.

–¿Qué cosa? –preguntó.

Yo respondí:

–Ya no lo quiero más.

Aquella tarde mis padres no dejaban de firmar papeles.

El hombre no entendía de qué le estaba hablando.

Dije más, dije:

–Hubiera preferido tener mi propio juicio.

Debe haber pocas personas en el mundo que pronuncien su apellido con asco. Los hijos de asesinos, de violadores, de terroristas. Los hijos de estafadores.

Quizá en ese momento recordó quién era yo. Ahora eran sus palabras las que sonaban como si vinieran del otro lado del espejo. Dijo:

–Tenía por lo menos cincuenta demandas al año. La mayoría eran de paternidad, lo cual es absurdo, dado su poco interés en las mujeres. Otras eran por plagio. Músicos ignotos, de sellos microscópicos, que juraban haber prefigurado una de sus canciones. Ninguna llegaba a juicio.

Antes de volver al funeral, volvió a mojarse las lágrimas. Lloraba a chorros, pero no dijo nada de mí ni de los otros niños.

 

EL ÚLTIMO DÍA

No supe que mi último día en Neverland sería el último.

Eso es lo peor que tienen las últimas veces de casi todo: no saber. Nadie me previno, no vi indicios en los movimientos de la casa. Como mis berrinches eran legendarios, mis padres me ocultaron esa información. Querían evitarse un disgusto mayor. Aparecieron una mañana. Me necesitaban un tiempo en casa, dijeron pisándose uno al otro, señal de que mentían. Mi madre, al parecer, estaba enferma, tosió débilmente y se envolvió el pecho a la altura del corazón.

Dije:

–¿Y qué?

Todos estábamos enfermos allá. Por el hábito, ya no le temíamos a la muerte.

Yo amaba Neverland. Nadie debería irse de un lugar amado sin la oportunidad de decir adiós. De haber sabido hubiera hecho las cosas diferente aquel día. Furioso porque habían venido a recogerme sin avisar, permanecí todo el tiempo quieto en un rincón, con la mirada a la altura de los pies. Mis padres iban y venían, cargando en las manos mi ropa y mis regalos.

Tenía infinidad de regalos de Michael.

Me fui de Neverland y no di un último recorrido, ni un último paseo en tren. No me despedí de los animales. No pude ver otra película en la sala de cine. No volví a escuchar el eco de mi voz en el anfiteatro.

Se abrieron las puertas doradas de Neverland, el escudo con el unicornio y el león coronado, y se cerraron a mis espaldas por última vez.

Tampoco Michael se despidió de mí. No sé dónde estaba aquel día.

 

UNA MONTAÑA DE BASURA BLANCA

Era el final de la ceremonia y yo no había hecho mi pregunta.

Los hermanos de Michael enfilaban el cajón hacia la salida. Parecían mayordomos, de negro estricto, elegantísimos con sus guantes.

Ahora todo el mundo estaba de pie.

A lo lejos, vi al productor que me llamaba. Pronto sería la hora de la entrevista en televisión nacional. Bajo el efecto de las pastillas, sentí que las preguntas del correo electrónico empezaban a mezclarse con mi pregunta. Fingí no verlo y me escabullí hasta quedar del otro lado del escenario, cerca del corredor por donde avanzaba el cajón.

Delante de mí, dándome la espalda, había un hombre de unos dos metros. Era tan alto y blanco que me pareció una montaña de basura blanca. Toqué su mano y, al darse vuelta, le pedí que me alzara sobre sus hombros. Había estado llorando, pero me lanzó una risa dura, cínica, mientras giraba sus ojos en el sentido de las agujas del reloj. Entonces me abrí la camisa para mostrarle las islas de mis manchas. Dije:

–Vitiligo

Dijo:

–¿Qué?

–Yo lo conocí –dije–. Fui uno de sus niños, allá en Neverland.

Instantáneamente me creyó. No sé por qué. No hubo necesidad de presentar pruebas. Sin preguntarme nada más, dejó que pusiera el pie sobre su rodilla y me impulsé.

Allá arriba yo era una prolongación de su torso y de su cabeza. Quizás me vieron desde sus casas, ustedes que no pudieron ir. Formábamos un monstruo ridículo, pero la vista era hermosa: una especie de balcón privado, alto, giratorio. Yo espoleaba a la montaña de basura blanca en las costillas para que avanzara hacia el cajón.

Como un pararrayos, me llegaba el dolor del mundo en descargas. Yo tenía la capacidad de transformar el dolor en otra cosa. Conocía a cada espectador por su nombre.

En el mar de cabezas a mis pies distinguí a los hombres de seguridad, unos cinco o seis, que se acercaban. Venían por mí. No había un camino directo. Daban rodeos como en un laberinto, porque el público, muy triste, formaba paredes impenetrables. Los veía comunicarse por sus cucarachas, una mano en el oído y la otra señalándome. Me fulminaban con sus ojos duros, deshidratados, que no habían derramado ni una sola lágrima en toda la ceremonia. Si hubieran podido dispararme lo habrían hecho.

La montaña de basura blanca me apretó los tobillos para advertirme. Era mi cómplice y en ese momento entendí que estaría conmigo hasta el final. También noté que estaba asustado: mis pantalones iban absorbiendo el sudor de su nuca. Con un segundo apretón me comunicó que si pensaba a hacer algo debía hacerlo ahora.

Fue entonces que acudí a una fuerza abstracta. Digo abstracta porque era una fuerza que estaba fuera de mí. La conjuré con el pensamiento, pero no era mía. Me acoplé a ella, que es distinto. Parado sobre los hombros de la montaña de basura blanca, me estiré todavía más hasta casi descoyuntarme los huesos. Yo era la rama más extendida del árbol.

El cajón estaba a punto de pasar junto a mí.

Parecía que Michael iba a despertarse y abrir la tapa desde el interior. Parecía que las flores rojas caerían al piso y que la música se detendría y que todos los asistentes se quedarían mudos. Millones de espectadores tenían sus caras pegadas a las pantallas de sus televisores y parecía que todos estaban esperando esa escena. Que Michael se levantara de entre los muertos. Que me mirara como solo él me había mirado. Que me diera la palabra. Y parecía que yo haría por fin mi pregunta.

Estuve tan cerca. Arañé el aire que envolvía el cajón.

Siguió de largo, cerrado.

Los hombres de seguridad rodeaban a la montaña de basura blanca.

Pronto lo derribarían. Si un árbol cae en un bosque y 2.500 millones de espectadores están ahí para verlo y oírlo... ¿Sucedió? ¿Sucede eternamente?

Entonces volví a pensar en aquella idea que había tenido al salir de la clínica. Y en su reverso. Que yo estaba muerto en vida, y él, que estaba recién muerto, ya era una leyenda, y empezaba a vivir en la muerte. 

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Tomás Sánchez Bellocchio

Es publicista, guionista y escritor. Hizo la maestría en escritura creativa de la Universidad Pompeu Fabra.

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