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El Malpensante

Crónica

Lo insustituible

Tras la firma de los acuerdos de paz y la puesta en marcha del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), la calma en la región del río Guayabero, en el sur del Meta y el norte del Guaviare, hoy no existe. Quienes se acogieron a la sustitución de sus cultivos, en la orilla del Meta, dicen que el gobierno los embaucó; mientras que quienes no firmaron esos acuerdos, en la orilla del Guaviare, optaron por organizarse y sacar del territorio a la fuerza pública. En ambas orillas hay miedo y rabia. En ambas hay enfrentamientos de la población civil con la policía y el ejército. En ambas presionan los grupos al margen de la ley.

Fotografías de María Alejandra Gómez.

Se llama Alfredo.

Para llegar hasta su casa, en la vereda El Danubio, perteneciente al municipio de Puerto Rico, Meta, hay que recorrer una trocha que se filtra entre pastizales con brochazos de selva, atravesar el río Ariari en planchón, pasar puentes improvisados de madera y tragar polvo rojo mientras se avanza en una moto.

La casa es una construcción de tablas, en la que todo es áspero, desgastado, precario: un catre viejo, un toldillo, una cocina de leña, tres ollas ennegrecidas, una letrina. Alfredo la levantó hace un año, porque antes vivía un poco más adentro, a diez minutos a pie, en territorio del Parque de la Macarena. Al comprometerse con el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), también tuvo que salir de la zona de reserva forestal y comenzar a trabajar en tierra ajena, arrendada, hasta que logró conseguir este lote y puso manos a la obra en lo que sabe: hacer que broten plantas del suelo. Con los primeros dos pagos del PNIS –los únicos que recibió– consiguió insumos y semillas de maracuyá, cacao y plátano. Aró la tierra, sembró las semillas, construyó un sistema de tutorado –palos conectados con alambre, de los que se pueden agarrar las enredaderas del maracuyá–, regó el terreno, lo abonó. Vio germinar sus plantas. Las vio morir.

Detrás de la casa está la hectárea que cultivó. Pasamos por debajo del alambrado que aún sostiene unas pocas enredaderas del maracuyá. Alfredo jala un fruto y lo desprende con facilidad. El maracuyá en su mano es una esfera irregular y pecosa. La piel de la fruta tiene un tono amarillento interrumpido por costras de color marrón. Alfredo la hace girar entre los dedos y se queda mirándola. Resopla, baja la mano, sus dedos aflojan y el maracuyá cae a la tierra revuelta. Alfredo baja la cabeza y escupe. Se pasa el dorso de la mano por la boca, levanta la mirada y contempla, al fondo, sus bienes terrenales: una parcela arrasada, las plantas del plátano encorvadas y con un tono negruzco en las hojas, el cacao seco. Entonces hace su inventario:

–Todo esto ya ha perdido la flor, el grajo manchó el fruto y ya no sale bueno para el comerci...

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Julián Isaza

En 2009 ganó el Premio Rey de España con la crónica "Atlas es chocoano". En 2017 ganó un Premio Simón Bolívar de periodismo por su crónica "El vuelo del pterodáctilo". Dirige la revista "Directo Bogotá".

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