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El Malpensante

Breviario

Uno nunca sabe de qué color amanecerá el duelo

Un hombre mira la foto de la primera comunión de su hermano muerto, recuerda a Séneca y se pregunta cómo haría él para alegrarse en medio del dolor.

Foto del día en que Teo hizo su primera comunión.

En casa siempre fuimos ajenos a las convenciones rituales del catolicismo y de cualquier otra religión. La fe de mis padres –como la mayoría de la fe religiosa popular de la gente del Caribe– siempre estuvo en diálogo con cosas que no encajaban en la ortodoxia de las iglesias: en días de tormenta se podía invocar al dios católico y rezar un Padre nuestro o un Credo, pero también corríamos a cubrir los espejos con sábanas, y aprendí, como una travesura infantil, a poner a escondidas una escoba al revés en un rincón de la casa para ahuyentar las visitas incómodas. Que yo recuerde, nunca íbamos a misa –salvo por consideración con un vecino muerto– ni a ningún culto evangélico o protestante. Estoy seguro de que en la extensa prole de once hermanos hay algunos que nunca fueron bautizados y la única que se casó por la Iglesia católica fue mi hermana mayor, más por insistencia de Abigail Escalona, la dueña de la finca donde trabajaban mis padres, que por contemplación familiar al sacramento. Y sí, mi padre y mi madre se casaron, ya mayores, después de cincuenta años de vivir juntos, no porque tuvieran remordimiento o temor al castigo divino por haber vivido tanto tiempo amancebados en pecado nefando, sino como una forma de confirmar, en un arrebato de nostalgia pícara y resignada, lo mucho que se habían querido.

En esta escasez de liturgias religiosas, la primera comunión de mi hermano Teobaldo, el único de nosotros que la hizo, fue siempre un hito familiar. A los últimos de la legión aquel acontecimiento nos llegó a través de una foto en blanco y negro por la que siempre sentí una devoción inexplicable. En realidad la vi pocas veces. La mayor parte del tiempo estuvo por ahí, guardada en baúles o en álbumes familiares, lejos de mi alcance infantil. Luego  pensé que Carlos, mi hermano mayor, fotógrafo y arcano de las imágenes que alcanzaban el prestigio de históricas en la familia, había cargado con ella –junto con sus esperanzas–, para Venezuela. Yo empecé a olvidarla. Hace tres meses, cuando mi hermano Teo –como le decíamos todos–...

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Javier Ortiz Cassiani

Es candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador habitual de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante.

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