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El Malpensante

Iceberg

Ojo por ojo

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Desde niño, George Lozano, director de arte de El Malpensante, tuvo que lidiar con Rinitis, una molesta amiga que no abandonaba su sistema respiratorio y a la cual –decidió con la sobria edad de cuatro años– era mejor acostumbrarse. Tenían juegos como aquel en que contaba las veces que Rinitis lo hacía soplarse la nariz en un día. “Trescientas”, recuerda él, detallista. “Lo sé porque guardaba los pañuelos y luego los multiplicaba por dos. Uno se suena la nariz dos veces por pañuelo”, dice George, reflexivo. Rinitis era una amiga posesiva. A medida que George creció, los efectos de la amistad fueron propagándose por su rostro, llegando incluso a ocasionarle una rasquiña detrás de los ojos: en plena expansión, la enfermedad se había encontrado con otro habitante de la cara de George, Queratocono, una dolencia de la córnea, con la que Rinitis iba a tener que compartir a su anfitrión de ahí en adelante. Como le sucede a George cada vez que presenta a dos amigos suyos, en esta historia Queratocono y Rinitis se llevaron lo más de bien, en detrimento de nuestro director de arte.

A comienzos de marzo de este año, George se rascó el ojo derecho mientras dormía. Fue la noche en que enviamos a imprimir nuestra edición especial de vallenato, y estábamos a la expectativa de un experimento de diseño que lo tenía especialmente nervioso: habíamos corrido riesgos con los materiales, el diseño y, sobre todo, con el presupuesto. El estrés ante la posibilidad de que la materialización de la propuesta fuera un fiasco se sumó a los días lluviosos, por lo que la rinitis y el queratocono hicieron fiesta, retroalimentándose mientras George soñaba con su despido entre ríos de tinta desperdiciada.

Para alivio de nuestra tesorera, al día siguiente las pruebas de impresión confirmaron que la revista funcionaba, pero George despertó sin poder ver por su ojo derecho. Sobre la pupila había aparecido una bruma blanquiazul. Cualquiera habría entrado en pánico, pero para George la prioridad fue quedarse a revisar las pruebas de la revista y corregir detalles con el equipo hasta la noche, poniendo sobre la mesa el único ojo que podía aportar. Siempre nos decimos que esa pomposa edición vallenata con tinta dorada le costó a nuestro diseñador un ojo de la cara.

George solo fue a urgencias hasta el día siguiente, y ahí comenzó su epopeya tragicómica dentro del sistema de salud colombiano. Desde entonces, nuestro héroe ha sufrido las peripecias habituales del régimen hospatibulario, en el que cotizamos puntual y forzosamente para concursar por un servicio discrecional y extemporáneo que la EPS, generosamente, nos tira a la cara después de negárnoslo varias veces.

Resulta que George sufrió una hidropesía corneal. Cuando se rascó el ojo mientras dormía rompió algunas de las capas acuosas de la córnea, ocasionando que el líquido se colara en otros tejidos, la pérdida de transparencia y, en consecuencia, también de la visión por esa neblina blanquiazul. Además, arreció la fotofobia que siempre lo ha aquejado. “Cuando hay más luz es cuando menos veo”, explica George, que siempre ha tenido un poco de miedo a los reflectores, y anda en la trastienda de El Malpensante.

En la mayoría de casos clínicos, el edema que produce la hidropesía, esa bruma azulada, desaparece por sí solo en cuestión de semanas, y nada más requiere de antiinflamatorios y solución salina. Es una enfermedad aguda. Pero tal vez fue su combinación con el queratocono, que ya mencioné antes, una enfermedad crónica que adelgaza la córnea y le va dando una forma de cono, al tiempo que la hace más susceptible a fragmentarse, lo que ha provocado que después de tantos meses George siga en el punto de inicio. En síntesis, debe realizarse un trasplante de córnea.

Con nuestro director de arte, que se viene encargando del diseño de la revista desde octubre de 2017, El Malpensante ha ido transformando su propuesta gráfica de una manera que a muchos nos entusiasma, y que a otros agobia por ser por momentos más exigente (o impenetrable). George es uno de esos raros diseñadores que no se toma el diseño como un trabajo secundario sino como su principal ocupación creativa. Tampoco cree que el diseño esté supeditado a principios básicos como la legibilidad y la lecturabilidad, para desgracia de muchos. En todo caso, George crea a través del diseño gráfico, así no todas sus criaturas sean igual de afortunadas. Es verdad que desde hace meses tiene que medir y equilibrar el campo de visión con un solo ojo, acentuando aquel defecto de la visión humana que los anatomistas llaman “punto ciego”. Es cierto también que durante este tiempo a veces ha trabajado a ciegas, como cuando pierde el lente de contacto del ojo izquierdo, que suele pegar brincos espontáneos y extraviarse con frecuencia. En esas ocasiones, diseña en las tinieblas (cosa que explica mucho, según sus críticos). Pero quienes estamos dentro de la redacción sabemos que, en muchos de esos momentos de mayor tensión, George es presa de visiones, tiene epifanías. 

 

 

Ahora debo revelar un detalle imprevisto: George ya tiene en el ojo izquierdo, el “sano”, la córnea de otra persona. A los quince años de edad sufrió un accidente parecido al que ya conté, pero en aquella ocasión lo atendieron rápidamente, porque estaba en riesgo de perder el órgano (y porque tuvo una suerte inexplicable).

Durante los meses posteriores a la operación, veía colores diferentes a través de cada ojo. Con el tiempo su cerebro se acostumbró al cambio de percepción que traía el nuevo tejido, o quizá la córnea ajena claudicó ante los influjos de la percepción georgiana, y el efecto de distorsión fue desapareciendo o se hizo imperceptible. Es claro, nuestros órganos definen lo que podemos sentir, ver. Hace ocho meses nuestro diseñador se ve reducido a la mitad de su capacidad estética. Además, su vida tiene complicaciones estúpidas como ser arrollado por ciclistas, o tropezarse y caerse de bruces continuamente.

Ojalá todos fuéramos tan buenos como para hacer con los dos ojos lo que George Lozano hace con uno. La paciencia es la virtud del paciente, pero también su principal vicio. George se hartó de la habitual indolencia y lentitud de nuestro sistema de salud y tomó cartas en el asunto. Ocho meses y varios derechos de petición después, finalmente se enteró de que quedó en el puesto 427 en la lista de trasplantes de córnea de su EPS. Y que este año se habían realizado alrededor de cincuenta. O sea, a George le quedarían entre cuatro y seis años de espera. Se asesoró con médicos y cirujanos que ha pagado de su bolsillo, y consiguió gestionar un trasplante en una institución privada, cosa que sorpresivamente es legal y avalada por la Superintendencia de Salud. La lista de espera es de solo unas diez personas, lo cual significa tan solo mes y medio de espera en lugar de cuatro años.

Y al fin hemos llegado a la razón de este editorial. Para que el procedimiento se lleve a cabo, George debe juntar 10 millones de pesos, y como eso excede por mucho las modestas sumas que le generan sus buenos oficios editoriales, hemos decidido realizar una colecta.

Una vez realizada la cirugía, conservará su ojo mental, digamos, una percepción memorizada, y además verá los colores como tres personas diferentes: como las dos que donaron cada córnea, y como él mismo veía las cosas antes, con aquella imagen que conserva en su ojo mental. En ese sentido, será como si tuviéramos a tres personas con diferentes sensibilidades diseñando los siguientes números de El Malpensante. ¿No les emociona ese conflicto interno?, ¿las posibilidades que hay en su síntesis?

Si usted quiere aportar a la colecta, ingrese a https://vaki.co/vaki/unacorneaparageorge. O si le es más cómodo, puede hacer una transferencia a la cuenta de ahorros de Bancolombia 03938647258 (a nombre de George Lozano, C.C. 1032372299). Los amigos, admiradores y opositores de George le estaremos agradecidos.

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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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