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El Malpensante

Cine

La silla varada

El tamaño de las cosas es uno de los cortometrajes seleccionados para participar en la Competencia Nacional de la próxima versión del festival Bogoshorts, en diciembre. Es, sin lugar a dudas, el favorito de este reseñista, que ve en él una grandeza minúscula, como el formato que representa.

Fotograma cortesía de Bogoshorts.

Yo, que no soy poeta, escribí hace un tiempo un poema a la silla. Y empecé por lo más evidente: “Tiene cuatro patas / como los elefantes / o las jirafas”.

Como reto autoral me obligué a honrar la precisión, pero lo hice con tan pocos escrúpulos que un par de versos después terminé hablando de mi abuelo y mi papá. La presencia de un objeto es el más claro y sincero testimonio de un ser humano. Inequívoco casi siempre. Con las palabras damos muchas vueltas, nos enredamos o conseguimos ocultarnos, pero una cuchara suele dirigirse sin dilaciones hacia la boca. Los objetos más elegantes, como la cuchara o la silla, por ejemplo, no presumen de su función, la acatan con eficiencia.

En el cortometraje El tamaño de las cosas (2019), de Carlos Felipe Montoya, seleccionado para participar en la Competencia Nacional de la próxima edición del festival Bogoshorts, un niño encuentra una vieja silla de madera en medio del bosque y se la lleva para su rancho, donde vive con su papá. El hombre se niega a conservarla, pues no les pertenece, argumenta con irrebatible lógica. A pesar de los ruegos del hijo, el padre le ordena que la devuelva. Parsimonioso, el pequeño obedece. Cuando llega la noche, los espectadores nos percatamos de que no hay muebles dentro de la casa iluminada por el fuego. Solo hay dos seres resguardándose de la intemperie en una morada sin divisiones; cuatro paredes resquebrajadas y un techo de tejas de barro y zinc. En ese momento, el padre siente lástima por el hijo que observa un rincón vacío y lo autoriza a traer la silla de nuevo. Al día siguiente, al buscarla, el niño descubre que la silla ha crecido. Es gigantesca. Entonces trepa por sus patas, que ahora son inmensas columnas, alcanza el asiento y, como un liliputiense en el país mercantil de Gulliver, se sienta en el borde de la enorme y maciza estructura, las piernas en el aire, muy lejos del suelo; los árboles alrededor como antiguos guardianes de un cuento infantil. La silla está para que nos sentemos pero, bajo estas particulares condiciones, el exceso revela una cualidad de nuestro interior. La cámara se eleva hasta hacernos conscientes de la pequeñez.

Corriendo el riesgo de ser arrastrado por la actitud autocomplaciente de la crítica cultural más convencional, que sale del paso con los diez supuestos mejores discos o libros del universo en lo corrido del mes, me atrevería a afirmar que el que describí es uno de los planos más bellos del cine colombiano reciente. La imagen despierta más fascinación que terror, el espanto que debería desprenderse de la distorsión abrupta del orden de las cosas: las distancias, los tamaños, los colores. Tras la maravilla se suele intuir un sino siniestro. Lewis Carroll era tartamudo, fue diagnosticado con epilepsia y sufrió de micropsia y macropsia, cuadros clínicos del llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. Quienes sufren este trastorno de la percepción visual y temporal ven las cosas más pequeñas o grandes de lo que son en realidad. Un estado alucinatorio asociado con migrañas, infecciones y quistes. Es decir, una anomalía dolorosa e inquietante bastante alejada de la comicidad asociada con el relato de Alicia.

En El tamaño de las cosas, el niño intenta poner al escéptico padre frente al prodigio. En un primer momento, no encuentran la silla. Como si hubiera desaparecido o se dejara al descubierto la celada de una prestidigitación. Segundos después, aparece entre los arbustos. La silla es ahora mucho más pequeña. Y aunque sería muy difícil sentarse en ella, la llevan consigo al rancho. Una vaga comprensión del mecanismo y de sus penosas consecuencias obligará al niño a tomar una decisión. Enfrentar la disrupción de una realidad que a su vez ya está fracturada.

Abstracta, poética, evocadora. La obra de Montoya deja el cauce abierto para una gran cantidad de interpretaciones sobre esas cosas espirituales de las que los más grandes creadores nunca dejan de hablar sin zozobrar en la repetición, es decir, sobre la ausencia, la pérdida, la fragilidad o la soledad. El director lo ha conseguido, la enorme silla permanece varada por mucho tiempo en nuestra cabeza.

Y aunque el aspecto fantástico sea lo que a primera vista nos seduce de la película, cierta situación, por discreta y anómala a la vez, constituye a mi parecer el elemento narrativo que hace de este corto una obra notable. La alteración perceptiva propiciada por los cambios intempestivos del tamaño de la silla podría encontrarse más cerca de los cuentos de hadas o el sinsentido propio de obras como Alicia en el País de las Maravillas que del realismo mágico, donde lo fantástico discurre de forma natural en lo cotidiano. Sin embargo una casa vacía de muebles, cuyos ocupantes toleran con estoica resignación, se antoja extrañísima como si estuvieran en un sueño, mientras la silla gigante perturba y despabila. Ese vacío es un toque surreal que desafía, sin minarla, la organización interna del relato en torno a un hecho sobrenatural. Un toque surreal perfectamente plausible en términos realistas: vivir en un mundo sin sillas podría ser tan raro como una silla que crece de repente. La contracara del asombro por la existencia del hielo en el recuerdo de Aureliano Buendía.

En este sentido hablamos de sillas, de muebles, pero también de los ojos del padre y del hijo. De cosas intangibles, de lo que puede verse a través de una pantalla. Son dos sobrevivientes, fórmulas desvaídas para conquistar un porvenir y remediar la pérdida. En eso se nos va la vida, en tratar a toda hora, sin éxito, de estar a la altura de las circunstancias.

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Jacobo Cardona Echeverri

Magíster en estética. Ganador del 12° Premio Nacional de Comunicaciones, Crítica en Arte y Cultura, de la Universidad de Antioquia. Su último libro es el poemario "Medellín City Punk" (2017).

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