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El Malpensante

Perfil

Eunice Odio: una historia de amor

La poeta acusada de “nunca salir de casa” pese a tener varias nacionalidades, y de “moralista” por los beatnik con quienes se amistaba, fue una mente brillante que se fugó a causa de una muerte temprana. Nos decidimos a perseguir el derrotero de su “resplandiciente” obra.

La poeta costarricense en su adolescencia.

Descubrí que Odio es uno de los cientos de apellidos que figuran en la lista dada a conocer por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España para orientación de quienes puedan demostrar ancestros sefarditas y soliciten en consecuencia la nacionalidad española. La curiosidad me llevó a mirar arriba de la lista, y sí, también figura allí el apellido Amor. Todo un referente en la obra de una mujer que se apellidaba Odio.

La primera vez que leí su nombre fue en octubre de 1984, en San José de Costa Rica, donde pasé un mes en un desempeño profesional. Una colega de la Radio Universidad me preguntó qué conocía de la literatura costarricense y con harta vergüenza tuve que confesarle que nada más que Mamita Yunai, la novela de Carlos Luis Fallas. Horas más tarde me trajo al hotel un cerro de libros cuyos autores me eran totalmente desconocidos: Ana Istarú (que desde entonces se convirtió en una de mis más grandes amistades), Marjorie Ross (quien andando el tiempo también llegó a ser una gran amiga y la persona que me facilitó casi toda la bibliografía que manejé para escribir este texto), amén de Jorge Debravo, Joaquín Gutiérrez, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio... y aún recuerdo que al leer este nombre pensé que tenía que tratarse de un seudónimo. Pero no lo era, y su poesía me subyugó desde la primera lectura.

Una de las miradas más lúcidas a esa poesía es la del finísimo crítico canario Jorge Rodríguez Padrón en El barco de la luna: clave femenina de la poesía hispanoamericana (Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2005), que parte de la contemplación de una foto de Eunice:

 

Un mentón firme, apretado y retador; una mirada agresiva, unos labios prontos a callar, atenazados por rabia o impotencia. Opulencia de su presencia, ocupando toda la superficie de la fotografía. La fíbula en el pecho, una ostentación o premonición. Es contra, frente a la existencia que aguarda, donde esta mujer se sitúa. Apenas dejada aquella soledad, el gesto se dulcifica, no tan duros los ojos, por más que no haya ternura; tal vez una revelación cegadora la obligue a entornarl...

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Columnista de "El Espectador". En 2018 publicó el libro de cuentos "La bufanda de Cambridge".

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