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El Malpensante

Breviario

Peripecia lumbar

Los giros dramáticos de una columna vertebral y la tragedia que le hacen sobrellevar a su propietaria.

Ilustración de Tom Deason.

Cuando era niña siempre me quedaba dormida frente al televisor. Veía esas películas de Disney que religiosamente pasaban a las siete de la noche, y cuando se acababan, a las nueve, yo ya estaba soñando con un rey león parlante o con un niño eterno y un hada que entraban volando por mi ventana. Mis papás ya conocían mi rutina, así que estaban acostumbrados a levantarme con suavidad y a llevarme alzada o de la mano hasta el cuarto para que pudiera volver a acostarme sin interrumpir gravemente el sueño. A medida que fui creciendo, ellos abandonaron ese hábito y yo dejé de ver películas de Disney, pero seguí quedándome dormida en el sofá. Entonces tuve que aprender a llevarme a mí misma a la cama. Pese a vivir en una casa de cinco pisos, subir dos para llegar hasta mi habitación ya era un recorrido suficientemente eterno en el que, de paso, se me quitaba el sueño. Empecé a odiar tanto el tener que levantarme de un lugar para acostarme en otro que tomé la decisión de no volver a hacerlo: si dormía en el sofá, allí amanecía al día siguiente.

Durante la adolescencia, alrededor de los catorce años, fui cayendo en cuenta del desgaste de mi cuerpo: comencé a sentir molestias en la parte baja de la columna vertebral después de estar sentada un par de horas. Había días en los que no sentía incomodidad, pero había otros en los que mi cadera y mi coxis se entumecían, y la tensión diaria que se almacena en todo el cuerpo, en todos los músculos y huesos, en mi caso parecía acumularse en esos dos únicos puntos. En un principio, lo único que me aliviaba era levantarme –con esfuerzo– y caminar de arriba abajo las escaleras y los cinco pisos de la casa. Cuando finalmente resolví ir al médico, este me miró con gravedad antes de decirme que tenía en la columna vertebral una leve curvatura en forma de S: escoliosis.

Pensar que mis huesos se ondeaban como una letra del abecedario no me dijo mucho en ese momento. Menos cuando se trataba de una letra viva y danzarina como la S, tan distinta de mi insensible espalda baja, que simulaba estar muerta cada vez que la apoyaba contra un espaldar o la tocaba con mis manos. Así como en las tragedias griegas los protagonistas sufren un cambio fatal de suerte, la escoliosis se convirtió en mi peripecia. Me volví cinco vértebras, un sacro y un coxis, y mi vida pasó a estar determinada por la molestia que sentía. Los viajes en carretera que antes amaba se convirtieron en una pesadilla porque implicaban mantenerme en la misma posición durante horas. Decidí tomarme descansos al estudiar, cambié de colchón por primera vez en la vida, renuncié a dormir en el sofá y me acostumbré a sentarme en un incómodo cojín azul en forma de donut que los médicos consideraban milagroso, pero cuya utilidad aún me cuestiono.

A pesar de los cambios que llevé a cabo, una parte de mí quiso olvidar todo lo relacionado con el diagnóstico del médico. Entré en una especie de estado de negación en la que tuve cierto éxito, al menos en lo que se refiere a borrar todos los detalles de aquella charla médica: no recuerdo de cuántos grados es la curvatura, ni qué clase de escoliosis tengo, ni ninguna de las minucias que me informó aquel doctor cuyo nombre tampoco me viene a la memoria. Una vez salí de esa primera cita, no volví a la segunda. Nunca me hice controles, así que la escoliosis podría estar empeorando sin yo saberlo.

De hecho, hace un par de semanas un dolor de espalda me encontró dormida en el sofá. Tengo que confesar que, desde inicios de este año, retomé la rutina de acostarme ahí porque comencé a trabajar y ahora me tumbo en la primera superficie cómoda que encuentro al entrar en casa. Así que volví a soñar desde las nueve de la noche, y volví a despertarme en la madrugada para hacer el recorrido de la sala a mi cama. Hice una regresión a la infancia, a actitudes y sitios conocidos, y sospecho que retomar prácticas de la niñez también es un signo inequívoco de que estoy creciendo, cambiando. El dolor que siento desde hace unas semanas también es nuevo. No es el mismo malestar que sentía durante la adolescencia y hasta hace un año. La tensión está siendo reemplazada por un dolor que ya no solo se encuentra en la parte baja de la espalda, sino en toda la columna vertebral, como si siempre estuviera sentada en el suelo, sin espaldar. Siento que estoy en un interminable juego de pato pato ganso en el que nadie me escoge para levantarme, estirar los huesos y correr; en el que soy un pato inerte.

Este dolor es un parásito que me está colonizando. Se despierta cuando me despierto, me acompaña cuando trabajo, y está tomando posesión de mí –mientras escribo esto, sentada en la silla, intento encontrar una posición que lo calme–. Ya tiene conciencia propia y está convenciendo a otras dolencias de que permanezcan conmigo, solo porque sé acostumbrarme. No encuentro otra explicación para que la inflamación producida por el esguince de tobillo que tuve hace más de un mes aún no haya desaparecido, o para que esté sintiendo un misterioso dolor en las costillas cuya razón desconozco y en el que aún no me dispongo a ahondar.

Apenas tengo veintidós años y por culpa de estos dolores he adquirido conciencia de que me estoy deteriorando. No dormir en el sofá ahora es una obligación, pero me da lo mismo. No pienso renunciar al placer nostálgico de volver a ver televisión hasta las nueve de la noche en el sofá, o de estar nuevamente bajo el radar de mis papás, que en las últimas semanas han vuelto a levantarme con suavidad al verme dormir contorsionada en el lugar equivocado.

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Mariann Estefanía Soto

Es parte del equipo editorial de "El Malpensante" y del equipo de la sección cultural de la revista digital "La Caída".

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