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El Malpensante

Artículo

Las Antillas: fragmentos de la memoria épica

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

El Gran Caribe es un protagonista en sí mismo y no el reflejo nostálgico de otros territorios.

Ilustración de Nicolás Castell

 

Felicity es una ciudad de Trinidad situada en la orilla de la gran llanura central del Caroní, donde aún se cultiva azúcar y adonde los cortadores de caña fueron llevados tras la emancipación, de modo que la pequeña población de Felicity es de origen indio. La tarde en que visité esta ciudad con un grupo de amigos estadounidenses, todos los rostros que veíamos en las calles eran indios, lo cual, como espero demostrar, resultaba hermoso y conmovedor, pues esa tarde de sábado se iba a representar el Ramleela, la dramatización épica de la epopeya hindú del Ramayana, y los actores de la aldea ya se congregaban en un campo jalonado por banderas de colores, como una moderna gasolinera, y hermosos niños indios, vestidos de rojo y negro, lanzaban caprichosamente sus flechas a la luz de la tarde. Las montañas bajas y azuladas en la línea del horizonte, la hierba brillante, las nubes que habrían de adquirir su colorido antes de que se fuese la luz. ¡Felicity! Qué dulce nombre anglosajón para un recuerdo épico.

Bajo un cobertizo abierto, en un extremo del campo, había dos enormes estructuras de bambú que parecían gigantescas jaulas. Eran parte del cuerpo de un dios, sus piernas o sus muslos que, bien apuntalados y erguidos, constituían una efigie colosal. Esta efigie sería quemada al final de la epopeya. Las estructuras de caña evocaban de inmediato un recuerdo por lo demás previsible: el soneto de Shelley sobre la estatua caída de Ozymandias y su imperio, ese “naufragio colosal” en su vacío desierto.

Los percusionistas habían encendido una hoguera bajo el cobertizo y tensaban junto a las llamas las pieles de esos instrumentos que llamaban “tablas”. El fuego color azafrán, la hierba brillante y las estructuras entretejidas a mano del dios fragmentado que arderían más tarde no se hallaban en un desierto sobre el que finalmente se hubiera derramado el poder imperial, sino que formaban parte de un ritual: el de la primavera que, como el de la cosecha, se escenifica todos los años y cuya finalidad es la repetición, la renovación mediante la destrucción por el fuego.

Las deidades entraban en el campo. Lo que solemos llamar “música india”...

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