Google+
El Malpensante

Artículo

Los cinco delantales de mi abuela

Bajo los metros de tela que cubren la vida de esta mujer, también se arropa la cotidianidad de los antepasados en el archipiélago de San Andrés.

Ilustración de Tania Bernal

 

Mi abuela materna era una diminuta mujer negra con el cabello y otros rasgos de la raza blanca, que vivía orgullosa de su madre blanca, de su hermano militar, general en Nicaragua, de su marido, descendiente de judíos sefardíes, y de su hijo genio. Y le profesaba a su padre, de ancestros negros e hindúes, un distante respeto.

A su suegro, Alexander Emanuel Abrahams (1842-1912), su propia familia Abrahams, de Jamaica, lo rechazaba por haberse unido en la isla colombiana a Drecella Bernard, nieta de esclavos, y para sellar esa determinación le hicieron llegar un pesado camafeo en oro, protegido por una tapa de vidrio, con una tumba tallada en relieve. Mi abuela, por supuesto, desconocía el significado de la joya que, además, era la prueba de que la familia había celebrado para Alexander la simbólica ceremonia del “sitting shiva”. Víctor, su marido, le heredó la joya, y mi abuela le mandó a poner una pequeña argolla para usarla en una cadena y exhibirla orgullosa en su cuello en ocasiones especiales o al asistir a los servicios religiosos.

Casada a los 15 años, mi abuela tuvo cinco hijos: cuatro mujeres y un varón, y enviudó a los 25. La mayor murió joven y, según ella, los otros cuatro se malcasaron. Según ella para casarse, ante todo, debía conocerse bien a la familia del hombre o la mujer elegidos y, sobre todo, recordar la amonestación de la Biblia en 2 Corintios 6: 14-16, sobre no unirse en yugo con los incrédulos. Además, respecto al hombre, observar que su dentadura y su calzado estuvieran siempre limpios y bien cuidados, y prestar atención a su manera de cruzar las piernas al sentarse. A las mujeres les solía decir que debían saber cocinar, coser una camisa y cambiarse la ropa de dormir todas las noches.

Siempre se vestía de manga larga, falda hasta los tobillos y zapatos de tacones, pues, para ella, a las mujeres “fáciles” se las reconocía por los zapatos bajitos y las chancletas. Sin falta, y de acuerdo con la ocasión, para completar su vestimenta reservaba uno de los cinco delantales, de colores planos, sin flores, rayas o impresión alguna, cada uno de los cuales correspondía a un oficio diferente.

Mi abuela fue uno de los pilares de la Iglesia bautista...

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Hazel Robinson

La Universidad Nacional de Colombia publicó sus novelas "No give up, Maan!" (2002), "Sail Ahoy!!!" (2004) y "El príncipe de St. Katherine" (2009).

Diciembre 2019
Edición No.214

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Poemas


Por Ida Vitale


Publicado en la edición

No. 203



Ida Vitale [...]

El Sur


Por Fernanda Trías


Publicado en la edición

No. 207



Este fragmento es el comienzo de la novela La ciudad invencible, que acaba de publicar Laguna Libros. [...]

París ya no era una fiesta


Por Mauricio Polanco Izquierdo


Publicado en la edición

No. 215



Un escritor colombiano subarrienda su pequeña buhardilla francesa, luego de alquilarse él mismo a una anciana provocadora. Convertido en concubino literario, huye de una relación [...]

Doblaje (I)


Por Ezequiel Zaidenwerg


Publicado en la edición

No. 218



Una columna de Ezequiel Zaidenwerg sobre poesía y traducción   [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores