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El Malpensante

Iceberg

Las cartas de Evo

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La noche del 5 de noviembre de 2019 las operaciones del Aeropuerto Internacional El Alto quedaron suspendidas. Un grupo de partidarios de Evo Morales, más nerviosos que furiosos, ocupó la terminal de pasajeros para impedir que Luis Fernando Camacho, quien acababa de aterrizar en la ciudad, llevara una carta hasta el Palacio de Gobierno. Las fuerzas de seguridad lograron controlar la situación, pero obligaron a Camacho a volver a Santa Cruz llevándose consigo la carta.

Algunos manifestantes mostraban angustia y respondían con cólera a los periodistas. Para ellos, la carta sin firma ondeaba como una pesadilla en esa noche fría. Camacho, un novel dirigente cívico de Santa Cruz, logró llegar al día siguiente a La Paz, pero no depositó la carta en la Secretaría del Palacio; insistió en entregarla en persona porque necesitaba la firma de Evo Morales. Era la carta con la que Evo renunciaría a la Presidencia.

En efecto, era una pesadilla: la posibilidad de disolver el poder con un garabato apurado sobre el papel. Esa imagen, que angustiaba a los manifestantes del aeropuerto, debió hundir en la desesperación a Evo Morales.

Nadie había tenido más poder que él en Bolivia. Después de ganar por mayoría absoluta las elecciones adelantadas de 2005, controló totalmente la elaboración de una nueva constitución, que terminó por imponer en 2009 para ganar dos elecciones más, amparado por los tribunales de Justicia y Electoral que él controlaba. En su largo mandato, Morales fue eliminando la separación de poderes y concentró en él mismo las decisiones y designaciones. Todos los ejecutivos de entidades públicas fueron interinos, porque de ese modo podía despedirlos en cualquier momento. Tampoco dejó la presidencia de los sindicatos cocaleros ni la administración del programa Bolivia Cambia, Evo Cumple, con el que financiaba canales de riego, canchas de fútbol, festivales musicales o la reparación de escuelas.

Luego de apuradas reuniones con ministros o diplomáticos, casi siempre de madrugada, su jornada transcurría en el helicóptero o el avión presidencial, viajando a cualquier confín. Parecía ser amigo de todos, hacía bromas y se burlaba fácilmente de la gente; jugaba tanto como regañaba a sus compañeros de sindicato o a los miembros de su gabinete. El mundo giraba en torno de él.

Tanto carisma político tenía un secreto económico: la billetera estatal.

Por pura casualidad, Morales llegó al poder cuando habían concluido las negociaciones para que se perdonara la deuda externa del país, cuando empezaba a operar un enorme ducto para exportar gas al Brasil con base en un contrato que llevó 25 años de negociaciones, y cuando la Minera San Cristóbal iniciaba trabajos en el primer gran yacimiento minero que se explotara en los últimos 70 años. Por si fuera poco, el despegue económico de China e India aumentó la demanda de bienes primarios, cuyos precios subieron a niveles sin precedentes. El dinero fluyó a borbotones.

Como predica el dicho, con dinero, hasta la pobreza es llevadera. Ese fue el secreto del éxito económico del gobierno de Morales. No hay una sola de sus políticas a la que se le pueda atribuir ni siquiera una parte de ese enorme éxito. Incluso las políticas sociales de los bonos y subsidios o los seguros de salud para ancianos, madres y niños se originaron en los gobiernos neoliberales que él tanto denostaba. Lo que sí hubo en su gestión fue una cosecha abundante en terrenos que se habían abonado y sembrado antes de su llegada.

Los ingresos públicos de Bolivia aumentaron casi cinco veces en los años de Morales. Se dilapidaron en fábricas que todavía no funcionan, en proyectos faraónicos como el museo dedicado a ensalzar la figura del caudillo, y en los gastos que implicaban sus constantes viajes en helicópteros y jets de lujo que así como un día lo llevaban a una comunidad aislada en nuestro país para bailar con la gente, otro día lo llevaban a la inauguración del Mundial de Fútbol de Rusia.

Era tal la popularidad de Evo que la opinión pública internacional pasó por alto sus “pequeñas” travesuras. Algunas verdaderamente sangrientas, como la quema de la Gobernación de Cochabamba y el linchamiento de Christian Urresti (enero de 2007); la represión en La Calancha, cuando el gobierno trataba de imponer una nueva constitución, y murieron tres universitarios (Sucre, noviembre de 2007); la masacre de Porvenir, que dejó quince muertos (Pando, 11 de septiembre de 2008); el asesinato de Eduardo Rózsa y su gente en Santa Cruz (16 de abril de 2009), o la represión de indígenas en Chaparina (septiembre de 2011).

En 2014, Morales se postuló a las elecciones presidenciales, a pesar de que su propia constitución limitaba el ejercicio de la Presidencia a máximo dos períodos. En febrero de 2016, Morales perdió un referendo convocado por él mismo para modificar esa norma y de esa forma buscar un nuevo mandato. El pueblo dijo no, pero él ignoró la decisión con el argumento de que no se podía limitar su derecho humano a ser elegido. Impuso así su candidatura por cuarta vez. Para asegurar su victoria limitó la competencia electoral, debilitó los partidos de la oposición y, como le fue insuficiente, recurrió al fraude electoral.

Las nuevas generaciones no se lo toleraron y salieron a las calles a realizar marchas y bloqueos, más simbólicos que efectivos, pero visibles y de vigoroso mensaje: basta de mentiras. De esas protestas, alegres pero firmes, surgieron nuevos liderazgos como los de Luis Fernando Camacho y Marco Antonio Pumari, de Potosí.

A la protesta de los jóvenes se fueron sumando juntas de vecinos, sindicatos, asociaciones profesionales, amas de casa, agrupaciones religiosas y empresariales, comunidades campesinas, comerciantes y empleados. La madrugada del 10 de noviembre una misión de la OEA confirmó que los votantes habían sido engañados y Morales lo admitió sin decirlo, ofreciendo nuevas elecciones. Le llovieron entonces las demandas de renuncia. Cuando finalmente también lo pidió la Central Obrera Boliviana, apenas una sombra del legendario “poder dual” del pasado, y que operaba al ritmo de la prebenda, ya todo estaba consumado. Una sugerencia de los generales, que le reiteraron a Morales su negativa a intervenir en el conflicto, dio a sus defensores la excusa que necesitaban para ampararse en un supuesto golpe militar, y le dio al caudillo el pretexto final para huir.

El 11 de noviembre, Camacho y Pumari finalmente entraron a un silencioso Palacio Quemado para dejar la carta de renuncia. Evo Morales ya no estaba allá para firmarla. En ese momento esperaba ansioso el avión que lo llevaría fuera del país.

 Dejaba otra carta, firmada, que tampoco entraría en los registros de la historia. Los senadores y diputados no la leerían nunca, porque su renuncia ya era innecesaria. Había abandonado el cargo y huía del país.

 

—Roberto Laserna

 

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Roberto Laserna

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