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El Malpensante

Artículo

Volver a Carpentier

Montoya tiene una deuda con Carpentier, una que busca saldar pese a la irreconciliable distancia política y estética entre alumno y maestro. Durante su último viaje a la isla, cierra este ciclo sentimental rastreando a uno de los personajes más musicales del escritor, un compositor de piezas tan barrocas como las del propio Carpentier, en medio de la resquebrajada realidad de la Cuba contemporánea.

 

 

 

Ilustraciones de Gabriela Sánchez

 

Salí de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en Santiago de Cuba. Era mediodía y al firmamento, de un azul impoluto, lo surcaban pequeñas nubes multiformes. Al verlas, recordé un pasaje de La consagración de la primavera en que Enrique, su protagonista, establece un catálogo de nubes. Aquellas descripciones barrocas me hicieron pensar que en nubes como las que vi entonces se basó Alejo Carpentier para describir el cielo de las Antillas. Un cielo que, según él, así como las sierras, las selvas, las ciudades y los mares de América, podía describirse solo a través de un lenguaje profuso, afecto a la aglutinación y a la amalgama y ajeno a los horrores del vacío.

Mi propósito en Santiago no era ir a las playas, ni tomar ron al lado de una mulata, ni bailar los sones de Compay Segundo; tampoco visitar el mausoleo de José Martí. Este tipo de “cubanías” no me interesaban demasiado. Ni mucho menos las otras que recrea Senel Paz en el cuento que originó la película Fresa y chocolate de Tomás Gutiérrez Alea. Es decir, esa cubanía moldeada por la homosexualidad, la picardía habanera y la Revolución castrista. En realidad, distante de esas contingencias del Período Especial, me estimulaba un propósito más íntimo: visitar la tumba de Esteban Salas.

¿Quién es Esteban Salas? Un compositor cubano del siglo XVIII, autor de misas y motetes que demuestran una asimilación atinada del arte de Pergolesi y de Paisiello en el ámbito caribeño. Supe de Salas por La música en Cuba donde hay un capítulo magnífico, en realidad este libro de Carpentier lo es de principio a fin, dedicado a su vida de clérigo sedentario –Salas nació en La Habana y vivió casi toda su vida en Santiago–, y a su obra, que Carpentier desempolvó de los archivos de la catedral de Santiago.

No hice mayores contactos para ubicar la tumba del compositor. Tal vez porque los aprietos en la comunicación que genera Cuba para un extranjero son proverbiales. Los correos que se mandan, o no los responden o las respuestas llegan tarde. El tiempo en esas latitudes antillanas es lento como el que más, y pareciera ser, en realidad, el gran exiliado de la isla. Pero, por algunas conversaciones en La Habana con Luisa Campuzano, Graziella Pogolotti y Roberto Méndez, supuse que no era complicado localizar la tumba. Había que informarse en la catedral donde, además, reposan algunas partituras de las obras de uno de los más importantes compositores de música religiosa latinoamericana del siglo XVIII y el primer clásico de la música cubana.

El vuelo desde La Habana tuvo una contrariedad. Cuando me senté a esperar la salida del avión, un hombre se me acercó. Era joven, blanco y su piel estaba aquejada por un mal que asocié con el carate. Al descubrir mi traza de turista, me puso conversación. Su habla era atropellada y fue difícil comprender lo que decía. Sin embargo, lo traté con cierta indulgencia. Como me confundió con un europeo, tuve la torpeza de decirle que era de Medellín. Entonces se puso a bromear sobre la cocaína. Me preguntó si no tenía una buena dosis de la que él pudiera beneficiarse. Me levanté, incómodo, y fui al baño. Perdí de vista al personaje hasta que volvió a abordarme en la entrega de equipaje del aeropuerto de Santiago. De entrada, se fijó en mi reloj y me dijo que se lo diera. Necesitaba dinero para sacar a su madre enferma no sé de dónde. Su tono no era urgido, pero sí imperativo. Le respondí, y así me liberé de él, con una agresividad inesperada: lo amenacé con denunciarlo, si no me dejaba en paz, ante el policía que estaba cerca de nosotros.

Una vez más, y esto ha ocurrido en todos los viajes que he hecho a Cuba, era forastero en un país sometido al aislamiento del embargo y a una crisis económica permanente. En ninguna otra parte del mundo he sentido esa circunstancia contradictoria en mí mismo: por un lado, poseer la curiosidad más viva frente a una sociedad abigarrada de transculturaciones; y por el otro, ser asediado por personas que piden dinero y ofrecen, desde el fin del comunismo en la Unión Soviética, rumba, ron y sexo.

Mi interés por la isla mayor del Caribe, lo confieso, inició cuando encontré la obra de Alejo Carpentier. Tenía veinte años, estudiaba música en Tunja y un día cayó en mis manos Concierto barroco. Fue un amor a primera lectura que me ubicó en la certeza de que más que músico yo quería ser escritor. Las primeras líneas de este divertimento narrativo, en que la palabra “plata” lleva tras de sí toda una serie de sinestesias, me parecieron deliciosas. Recuerdo, como si la hubiera acabado de leer hace unos minutos, la impresión que me produjo Filomeno, quizás el personaje más emblemático y sin duda el más feliz de la obra carpenteriana. No sé cuántas veces he disfrutado el pasaje apoteósico en el hospicio de la Pietà, en Venecia. Aquel concierto animado por los mejores compositores barrocos de entonces –Vivaldi, Scarlatti, Haendel– y en el cual Filomeno interviene con una percusión improvisada de objetos de cocina para demostrarles a estos músicos europeos que él, crisol de simbiosis culturales, posee su propia identidad musical.

Tras esta novela me sumergí, envuelto en una embriaguez lectora, en los otros libros del escritor cubano. Fue tanto mi entusiasmo que terminé haciendo mis tesis universitarias (las de licenciatura, maestría y doctorado) sobre la música en Carpentier. Tesis que me exigieron leer no solo su obra de ficción, sino sus ensayos, sus poemas y argumentos de ballets, sus artículos periodísticos y parte de su correspondencia. Y me hicieron adentrar, al mismo tiempo, en la historia, la literatura y la música cubanas. Pasados los años, sin embargo, he terminado por distanciarme del autor de El recurso del método. En esta decisión intervino mi evolución como escritor. Supe que para encontrar mi voz era menester alejarme de ese universo ficcional que tanto me había enseñado. Debo decir, empero, que parte de este alejamiento obedece, por un lado, a mis convicciones políticas. Allí se ubica la relación conflictiva que tengo con el comunismo y su versión burocrática, militarista y totalitaria, del cual Cuba sigue siendo un singular paradigma. Pero esta distancia también se afinca en lo poco convincentes que me resultan ahora las ideas carpenterianas de que el realismo maravilloso, y su expresión barroca, son las únicas formas, o al menos las más pertinentes, que tiene el artista para expresar las esencias del continente americano.

Con todo, no he llegado al punto de reducir el realismo maravilloso a un asunto de convulsiones de cimarrones haitianos descritas para estimular la sed de exotismo de lectores europeos. Ni he concluido, como lo hacen algunos críticos colombianos, que el realismo de Carpentier es menos genuino, por ser más artificioso, que el realismo mágico de García Márquez. En realidad, considero que todo realismo es una construcción interpretativa y nace de una ilusión literaria que unos y otros (autores, lectores y críticos) toman a veces como una verdad de a puño. La intención de Carpentier, por lo demás, de hacer creer que todo es maravilloso y sorprendente en la historia de América Latina no corresponde solo al mundo del vudú de Mackandal, presente en El reino de este mundo, sino que es aplicable también a la naturaleza, a la historia, a la cotidianidad del continente. De hecho, y esto es lo que me parece coherente en su obra, la poética del realismo maravilloso surge del ámbito cubano en ¡Ecue–Yamba-O!, para desplazarse a la selva venezolana en Los pasos perdidos, al manejo del tiempo en sus cuentos y a los anacronismos que se cruzan en Concierto barroco y El arpa y la sombra. Emocionarse ante la realidad que se enfrenta y se narra, e intentar que el lector se asombre, es algo normal en la literatura desde los tiempos del Gilgamesh. Lo que sí me parece complicado es que Carpentier predique, como un cabecilla de escuela estética –de esto aprendió mucho de los sectarios surrealistas franceses–, que el realismo maravilloso y lo barroco sean las sendas por las que deba conducirse la nueva literatura latinoamericana. Ante un delta de brazos diversos como ha sido esta literatura desde la irrupción del modernismo –y en esta segunda década del siglo XXI hay evidentemente un paisaje así–, los rumbos y las propuestas de la escritura literaria habrán de ser necesariamente diversos.

La primera vez que estuve en La Habana fue en 1998. Pasé algo más de un mes recorriendo los lugares en donde había vivido Carpentier, visitando casas y bibliotecas, hablando con personas del mundo académico y artístico que lo habían conocido. Procedente de París, viajé con un par de cartas de recomendación: una de Carmen Vásquez, la última secretaria de Carpentier y quien le ayudó a recoger datos sobre Pío IX, cuya vida aparece recreada en El arpa y la sombra; y otra de Claude Fell, director de mi tesis doctoral en la Sorbona Nueva. Con ambas recomendaciones, Lilia de Carpentier me recibió con amabilidad. Indagué en la biblioteca de la fundación que ella creó con el apoyo del gobierno castrista. Fue en esa casa de La Habana Vieja, de azules espléndidos y aposentos acogedores, que se basaron los primeros capítulos de El siglo de las luces. Aquellos en los que Carlos, Sofía y Esteban, de la mano de Victor Hughes, se asoman al gran teatro de las transformaciones sociales que sacudieron las postrimerías del siglo XVIII en el Caribe. Pero a pesar de las buenas atenciones de doña Lilia y sus recomendaciones que me llevaron a la Biblioteca Nacional, las puertas de su casa no se abrieron, ni mucho menos las de los archivos personales de su esposo. Luego supe que casi nadie –ni siquiera Luisa Campuzano, una de las más inteligentes investigadoras que ha tenido Carpentier– obtuvo acceso a esos materiales personales que arrojarían luces sobre algunos episodios de la infancia, la adolescencia y la primera juventud del escritor cubano, que siguen siendo acaso los más desconocidos.

 Después de acomodarme en un hotel del parque Céspedes, me dirigí a la catedral de Santiago. Entonces me topé con Yurley. Era el mandadero de la sacristía. Me abordó, apenas pisé el atrio, con voz cantante:

–¿Al caballero qué se le ofrece?

Era joven y hablaba rápido pero sin tragarse ninguna palabra.

–¿De qué lugar del mundo proviene? –volvió a preguntar con veloz nitidez.

Al saber mi país de origen, dijo varias veces:

–¡Colombia! ¡Gran nación!

Le estreché la mano, que estaba fría y húmeda como la de un batracio. Su rostro, en cambio, era un incendio. Había tanta hospitalidad y era tan marcada su vocalización, que sospeché en su trato algo que rozaba la anormalidad. En sus ojos, excesivamente abiertos, no demoré en hallar el encandilamiento de los desequilibrados. Y fue deducir esto cuando me di cuenta de que Yurley estaba juagado en sudor. Al mencionar a Esteban Salas, miró hacia varios lados como si buscara un indicio en la atmósfera de fuego que nos urdía. Luego entornó los ojos y se refirió a Arístides:

–Es el sacristán –dijo–, él sabrá informarle.

En el interior de la catedral me puse a mirar las columnas, mientras Yurley fue a buscar a su superior. Al templo lo cubría una incuria ineludible. Latones rojos estaban instalados en las naves laterales y albergaban a algunos obreros. Unos andamios míseros se entremezclaban e intentaban alcanzar las alturas de la cúpula central. El color que prevalecía era un amarillo deslucido, pero había máculas de cemento blanco en todas partes. De pronto, recordé el cuadro de François de Nomé que se cita en El siglo de las luces, titulado Explosión en una catedral, que es como una metáfora visual del derrumbamiento del poder aristocrático europeo para darle paso al poder burgués que habría de venir más tarde. La catedral de Santiago, con esos materiales roñosos, enfrentando una suerte de fatalidad histórica, parecía referirse también a un derrumbe. ¿Era este el del catolicismo en medio de un régimen comunista? ¿O el del mismo comunismo cubano que daba tumbos contra los vientos y las mareas de un mundo neoliberal que lo sitiaba por todas partes?

Establecía esas comparaciones, cuando Yurley se acercó para avisarme la llegada del sacristán. Arístides era un hombre viejo. Vestía bluyín y camiseta, y se sostenía en un bastón. Tenía el pelo cano y despeinado. Hubo un saludo cortés y una explicación sucinta de los motivos de mi visita. Arístides propuso que nos sentáramos en una de las bancas. Le hizo una señal al mensajero para que nos dejara solos. Tardé unos cuantos segundos en darme cuenta de que el sacristán era de una calidez entrañable. Con unas cuantas palabras, y entre risas tristes, me describió la inopia que vivía la catedral. Los trabajos de renovación eran largos, extenuantes, azarosos. Me explicó:

–Todo lo hacemos, en realidad, con donaciones de la feligresía, pues el Estado, usted sabe... Si por él fuera, los templos de Cuba serían inquilinatos o depósitos de cualquier cosa.

Esto lo dijo Arístides en voz baja, temiendo que alguien lo escuchara. Por la forma en que explicó algo de sus labores de sacristía, concluí que era un seglar que trabajaba por convicción religiosa. Agradecía a Dios de este modo y ayudaba a que los rituales del catolicismo en este sitio de la isla “no se los llevara el diablo”. Tal fue la expresión que utilizó. Después hizo un movimiento con el cayado, que picó mi curiosidad. Lo dirigió a sus pies. Estaban metidos en unas chanclas de cuero a cuyas amarraderas las coronaba un metal oxidado. Por alguna ventana entraba la luz del día, y pude ver unos dedos sucios, con uñas gruesas que semejaban costras. Arístides se rascaba con el bastón uno de esos dedos.

Gentilmente me orientó para llegar al museo de la catedral. Allí estaba Pepín.

–Dígale que va de mi parte y le mostrará las partituras de Salas –dijo el sacristán.

Mientras tanto, Arístides averiguaría el lugar exacto donde estaba la tumba del compositor. Poco después penetré la estancia sin ver a nadie. Me puse a mirar la sucesión de los atavíos y objetos religiosos expuestos aquí y allá. A primera vista, el museo parecía un mercado de pulgas tocado, además del polvo, por el orden jerárquico de la Iglesia. Pero el sofoco lo hacía más somnoliento y decrépito. Pensé que si había un lugar propicio para definir aquel tedio que agobia a los elegidos no era el palacio de Pococurante del Cándido de Voltaire, ni la celda donde es recluido el Meursault de Camus, ni los supermercados del consumo capitalista de Houellebecq, sino este museo cristiano extraviado en el trópico comunista.

Escuché, de pronto, un ruido a mi izquierda. Detrás del mostrador vi a un hombre en una silla. Se levantó, aletargado.

–¿Qué se le ofrece? –preguntó.

Seguí las recomendaciones del sacristán y me dijo, ceñudo y malaclase, que la entrada costaba un peso convertible. Mientras pagaba, expliqué que no había de qué preocuparse. Podía defenderme solo si él me decía dónde estaban las partituras de Esteban Salas. Aplastado no sé si por el calor o por mi presencia, o por el hastío clerical que allí reinaba, se dispuso a guiarme. Aunque la transformación que presentó Pepín, minutos después, ha sido una de las más inolvidables que he presenciado en criatura humana alguna.

Carpentier explica en La música en Cuba que la catedral de Santiago superó su penuria solo a mitad del siglo XVIII. Tal florecimiento, reflejado en la clásica sobriedad de la obra de Salas, estuvo acompañado a su vez por los dividendos del comercio del azúcar y el tabaco. El surgimiento de una orquesta de dieciséis intérpretes y el coro asociados a la catedral, las misas y los villancicos del mismo Salas, el interés eclesiástico y de los pudientes santiagueños, todo esto se manifestaba de algún modo, aunque ensombrecido por el paso del tiempo, en las dos salas que Pepín supo mostrarme. Las primeras explicaciones –ese cáliz colonial, aquella prenda presbiteriana, los primeros arzobispos que rigieron la catedral– salieron de la boca del guía en medio de bostezos. En la lista me quedó sonando el nombre del único santo que vivió en estos dominios, antes pródigos de fe y ahora olvidados por Dios y los hombres. Pero la presencia de una túnica de púrpuras y blancos mejor conservada y un cíngulo y una estola, y luego una serie de vírgenes dolorosas suspendidas en las paredes de una de las salas del museo, provocaron en Pepín una suerte de estremecimiento. Su memoria se despertó del todo. Las palabras se encumbraron. El cuerpo, enfundado en ropajes anchos, superó la desgana y por fin se irguió. Las mejillas y la frente, sudorosas, se tiñeron de un cierto sonrojo. Pude ver en sus ojos, finalmente, el fulgor de los creyentes. Entonces Pepín me recitó versos marianos, fragmentos de una y otra hagiografía, versículos bíblicos. Pero a mí me resultaba sugestivo –yo que descreo de las vanaglorias de la religión– que aquel hombre se arrebatara así mientras iba explicitándome cosas que, en los objetos vistos, eran una prueba más de la desolación y la vetustez.

Las partituras de Salas se exhibían en uno de los armarios de la segunda sala.

–Ahí está lo que usted busca –dijo un Pepín ceremonioso.

Me conmoví, contagiado acaso por él, con esos papeles pautados. Los bordes de las hojas estaban carcomidos. Eran algunos extractos de cantos litúrgicos y villancicos. El punto era de cagarruta. Así le decía Óscar Álvarez, mi maestro de flauta en Tunja, a la grafía un poco incomprensible de esos copistas colombianos de inicios del siglo XX cuyas partituras iban y venían por los atriles de las bandas y orquestas del país. Me acerqué al vidrio para apreciar mejor las partituras. Aventuré algún puente entre la escritura del copista santiagueño y la del copista tunjano. Tal vez los dos, como otros más desparramados por la geografía del Nuevo Mundo, descendían de algún copista español del Renacimiento. Y en vez de seguir, más con el ojo que con el oído, la sinuosidad de la melodía, evoqué esa tarea dispendiosa de copiar partituras, e imaginé redes de hombres anónimos que, a su modo, ayudaron, antes de que llegaran las imprentas especializadas, a moldear el palpitar de las historias musicales de América.

Pepín, al verme inclinado sobre las partituras, me preguntó si quería tocarlas. Lo miré de tal manera que se justificó diciendo que, así como él se emocionaba rozando a hurtadillas las vestimentas, los utensilios santos, las vírgenes, tal vez yo podría sentir lo mismo con las partituras. Le agradecí su buena voluntad. Con una llavecita abrió la vitrina. Sacó uno de los papeles y me lo pasó. Noté que sus manos temblaban. Delante de él, más que tomarlo, acaricié la superficie amarillenta.

–¿Puedo olerlo? –le pregunté.

Pepín asintió con la cabeza y cerró los ojos, mientras yo aspiraba el olor de aquella vejez guardada.

Al salir del museo de la catedral, Arístides me indicó dónde estaba la tumba de Esteban Salas. Señaló una de las calles adyacentes al parque Céspedes y me dijo que la encontraría unas cuadras abajo. Al despedirme, pedí que me dejara pagarle algo por sus servicios. Esta vez, estrechando su mano, hice la solicitud mirando a mi interlocutor a los ojos. El sacristán sonrió con dulzura cuando le conté que Pepín se había negado a recibirme cualquier cosa.

–Ni se le ocurra, caballero –le conté que me dijo cuando le estiré unos cuantos dólares–. Aquí todo se hace en nombre de nuestro señor Jesucristo. Conserve su dinero que de algo habrá de servirle.

–Es todo un santo –matizó Arístides.

Quise decir, a manera de complemento, que su gesto era una lección inolvidable de resistencia que me ofrecía la Cuba de Raúl Castro. Pero el sacristán me habló de uno de sus perros que urgía de un medicamento para aliviarse.

–Si no tuviera este tropiezo, haría lo mismo que Pepín –dijo.

 

Ilustraciones de Gabriel Sánchez

 

Al pasarle los billetes, el sacristán se detuvo y me tomó la mano. Habló de un amigo suyo que tenía un auto y podía darme, si yo aceptaba, una vuelta por Santiago y sus alrededores. Pregunté por esos alrededores. Arístides se refirió al santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Vacilé unos instantes en aceptar su propuesta. Arístides suponía, por mi interés en Salas, que yo ejercía la musicología y que, por consecuencia, era un cristiano devoto. Debería más bien, pensé, ponerme a la altura del Carpentier político, y visitar el enorme mausoleo de José Martí. O conocer ese otro santuario, el Cuartel Moncada que también estaba en Santiago, y con cuya toma había iniciado el camino del triunfo de los guerrilleros en La Habana. Pero a mí tales patrioterías desde hacía tiempo me colmaban de cansancio. Miré a Arístides, apoyado en su báculo, detallé sus pies golpeados por la desidia, y acepté el ofrecimiento. Dije sí más por curiosidad que otra cosa. Y porque me esperaba, en medio de esta vuelta a Carpentier, todo menos que tropezarme con una –para mí desconocida– faceta cubana: la de un catolicismo que el régimen comunista había pisoteado durante años asegurando, entre otras cosas, que había sido extirpado para el beneficio del hombre nuevo engendrado por la Revolución.

–Salas está en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen –precisó Arístides.

Y con sus indicaciones me dirigí hacia allá. Atravesé el parque Céspedes. En uno de los extremos aledaños a la catedral había un viejo negro, como sacado de un grabado de Frédéric Mialhe, que tocaba un tambor con baquetas y sacudía frenéticamente una maraca. Más adelante, las calles se tornaron populosas. De súbito, el calor del mediodía cedió y circuló un aire suave que transformó a la gente. Me vino entonces a la cabeza un pasaje de El siglo de las luces donde el narrador describe La Habana: “Era una población eternamente entregada al aire que la penetraba, sedienta de brisas y terrales, abierta de postigos, de celosías, de batientes, de regazos, al primer aliento fresco que pasara”. Caminé, estremecido por el viento, lleno de felicidad viajera, por las calles del centro histórico. Viendo las fachadas coloridas de las casas, sus enrejados distinguidos, los amplios techos, puertas y ventanas, me dije una vez más que los hombres de estas colonias hispánicas fueron más sobrios y sensuales, más profundos y meditativos, más dichosos y nostálgicos que nosotros, pobres criaturas devoradas por la precipitación neurótica de las urbes de hoy. Luego giré en una esquina. Me topé con un mercado y allí fue el desmadre. En unos pocos minutos me cayeron, como un enjambre de moscas, varias personas. Al menos estos venden algo, me dije, recordando al caratejo del aeropuerto. Un mulato, alto y fornido, me propuso un paseo turístico con chica incluida. Se me ocurrió decirle que era sacerdote y que tenía una cita en la iglesia del Carmen. El proxeneta se asombró, midiéndome con su mirada pero sin saber qué decir, y me dejó tranquilo.

El silencio y la estrechez del templo eran acogedores. A diferencia de la catedral, aquí todo estaba limpio y restaurado. Al sentarme en una de las bancas, sonó a través de unos parlantes una introducción de cuerdas atravesada de flautas y panderos, y enseguida entró el coro. Posiblemente era música de Salas. Me reconfortó pensarlo así, y me levanté al ver que un hombre aparecía por la nave central. Acomodó las páginas de un libro en el atril desde donde se leían los pasajes de la Biblia. Era bajo y enteco. La herencia africana se notaba en la piel y en las facciones del rostro. Supuse que, según la descripción física que Carpentier da en La música en Cuba, así habría sido Esteban Salas. Sin pronunciar palabra alguna, el hombre me señaló justo donde yo estaba parado y entró a los aposentos de la parroquia. A mis pies, la lápida decía: “R.I.P. Esteban Salas Montes de Oca. 25-XII-1725, 14-VII-1803”.

A la mañana siguiente, esperando en la cafetería del hotel al conductor recomendado por Arístides, me hicieron otra oferta. Una muchacha estaba sentada en uno de los extremos del lugar. Yo releía los apuntes que había tomado durante la noche en mi libreta a propósito de los encuentros con Yurley, Pepín y Arístides. Tracé una flecha arriba de una frase y añadí lo del bastón y los dedos del sacristán. La chica hubo de pensar otra cosa, porque me hizo llegar con el mozo un papelito. Lo abrí y leí la frase: What do you think? Al mirarla, ella me sonrió y me llamó con la mano. Extrañado al ver lo temprano –no eran todavía las nueve– que las jineteras empezaban su labor, me acerqué. Me saludó en inglés y señaló la silla para que me sentara. Le respondí en castellano. Me dijo, como si afirmara a medida que iba preguntando:

–¡¿Español... Argentino... Uruguayo?!

Y en unos cuantos minutos me lo ofreció todo, mirándome a los ojos con picardía. Diestra en el oficio, señaló que los colombianos la confundían siempre, tanto de lejos como de cerca. Era negra y esbelta y no tendría más de veinte años. Me habló de unos amigos y de un almuerzo y de un baile en la tarde y de otras cosas más. Como tenía una falda y una camisilla de color azul claro, podía ver sus muslos sólidos y su ombligo ornado de vellitos negros. Le dije que estaba comprometido con una visita al santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre. Ella sonrió con malicia.

–¿Me cambias por una virgen? –preguntó.

Le dije que de ningún modo y que podríamos vernos en la noche, sabiendo que yo tomaría el vuelo de regreso a La Habana en horas de la tarde.

El conductor se presentó cordialmente. Como los hombres de la catedral que había conocido el día anterior, este también era blanco. Parecía un actor de cine, como sacado de esas películas gringas que muestran cubanos emigrados vinculados al tráfico de droga. Pero este era un católico de verdad, nada de santería ni brujos negros, dijo. Se ganaba la vida con su carro, un Ford años cincuenta, y con el dinero que algunos familiares le mandaban desde Miami. Fuera de la pesada grandiosidad del templo dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre, poco recuerdo de esta parte del viaje. La labia del conductor, no obstante, quedó dándome vueltas en la cabeza. Su relato, mientras regresamos a Santiago, se concentró en las ignominias cometidas por el régimen contra la oposición católica. Estas comprendían detenciones, torturas (hay una caserna, por los lados de un parque al lado del cual pasamos, donde según el conductor los nuevos amos del país habían cometido sus ajusticiamientos), y sobre todo la indiferencia. Yo escuchaba esos pormenores sin opinar, porque cuando se visita un país cuya cotidianidad política solo hemos conocido por lecturas o de oídas es mejor no pronunciarse. Aunque no desconocía que en esta isla se habían dado persecuciones de tinte estalinista hacia homosexuales, políticos y artistas inconformes. De pronto, me arrebujó una solidaridad secreta hacia estos religiosos silenciados por un Estado ateo. Y reconocí en ellos la muestra de ese tipo de exiliados en el tiempo de los cuales Cuba está repleta desde hace años. Estos, al igual que muchos otros, vivían insuflados por una fe que los arrojaba, a su vez, a una añoranza de grandezas religiosas, coloniales y republicanas. Y me puse a pensar en las guisas en que el gobierno castrista, enarbolando una revolución que comenzó por liberar a un pueblo para terminar oprimiéndolo, fue eliminando cualquier posibilidad de diálogo con los intelectuales católicos tipo Lezama Lima y Gastón Baquero. Y me daba cuenta también de que estos católicos de Santiago, alejados de cualquier erudición, eran una plomiza pero al mismo tiempo valiente forma de la resistencia.

 

Ilustraciones de Gabriela Sánchez

 

Antes del regreso a Colombia, pasé un día más en La Habana. Ya había realizado lo que me propuse en este último viaje a Cuba: cerrar mi ciclo con el escritor cubano. Para ello, además, había donado varios ejemplares de La música en la obra de Alejo Carpentier, mi tesis doctoral que publiqué en Medellín doce años después de haberla defendido en París. Ante un auditorio de no más de cinco personas, y gracias al apoyo de Graziella Pogolotti, directora de la Fundación Alejo Carpentier, presenté el libro. Solo me faltaba visitar la tumba del escritor y despedirme. En el primer viaje de 1998 había estado frente a ella. Como no tenía ninguna placa, y el trabajador que consulté no sabía a quién buscaba yo, pasé un par de horas yendo y viniendo por los senderos y calles de la Necrópolis de Colón. Una mujer de edad avanzada, que ponía flores en un mausoleo abakuá, me orientó. No supe si creerle, pero la tumba gozaba de cierta magnificencia. Se me aseguró que ahí descansaba don Alejo. Así dijo la mujer.

–¿Y por qué no hay placa? –pregunté.

Ella respiró profundo y aventuró la idea de que en períodos de hambruna cualquier cosa servía para conseguir dinero.

Esta vez todo estaba debidamente marcado. No había una placa, pero sí un libro marmóreo abierto donde estaba el epitafio: “Hombre de mi tiempo soy y mi tiempo trascendente es el de la Revolución cubana”. Minutos antes me había molestado que, al cruzar la entrada del cementerio, un funcionario salido de una garita me parara en seco para cobrarme la entrada. No tenía conocimiento de ese requisito y manifesté mi sorpresa. El hombre aclaró que la tarifa era para los extranjeros. Esta vez me provocó decirle que, a pesar de mi pinta y mi acento, no me sentía extranjero en Cuba y mucho menos cuando se trataba de mi relación con un escritor como Alejo Carpentier. Quise hablarle de Esteban Salas, de Manuel Saumell, de Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona y Leo Brouwer cuya música he escuchado tantas veces. Del mismo escritor a cuya vida y obra había dedicado años de investigación. Pero me detuve. Mi reacción podía ser tan inútil como bochornosa. Contrariado, saqué el dinero y pagué. El paseo por el cementerio, por fortuna, fue calmándome la indignación. Me consolé pensando que para ver la tumba de Karl Marx también cobran. Y eso ocurre en Londres, donde no se viven los aprietos económicos de Cuba.

Mientras recorría el camposanto, bajo el plúmbeo sol de ese junio de 2013, me puse a cavilar sobre la relación que Carpentier mantuvo con la Revolución. Las palabras de la tumba me habían recordado las que Victor Hughes le dice a Esteban en El siglo de la luces. El investido de poderes, el que lleva la libertad a las Antillas amarrada a una guillotina, le espeta a quien empieza a descreer en esos proyectos de transformación social fundados en el terror: “La Revolución ha dado un objeto a mi existencia. Se me ha asignado un papel en el gran quehacer de la época. Trataré de mostrar, en él, mi máxima estatura”. Esta estatura es la traza del caudillo déspota que termina asumiendo Hughes, como emisario de la política de Robespierre en las colonias antillanas. Pero Carpentier no fue un caudillo sino un intelectual que simpatizó con el comunismo desde los años del Grupo Minorista. Su coqueteo con el republicanismo español y, en esta dirección, la simpatía por el estalinismo fueron evidentes durante su proceso de formación como escritor. Siguió, con el mayor interés, los avatares no solo de las grandes revoluciones de siglo XX, sino de la más famosa de todas, sucedida en Francia a finales del siglo XVIII. El siglo de las luces y La consagración de la primavera son las novelas más inclinadas, dentro de su producción, a describir las grandes mutaciones con las que una sociedad en crisis da paso a otra que se supone habrá de ser más benevolente con los hombres. Y a pesar de que en su vida había trabajado como publicista en empresas capitalistas y en periódicos y revistas de la alta burguesía de Cuba y Venezuela, y que escribió novelas en las que sus personajes son grandes escépticos –y ahí están como ejemplo el musicólogo de Los pasos perdidos, el estudiante de El acoso y Esteban en El siglo de las luces–, al sobrevenir el triunfo de los barbudos, Carpentier no vaciló en dejar Caracas para radicarse en La Habana.

Entonces el que tantas veces fue nihilista frente a la situación política de su país, quien había visto cómo se frustraban los anhelos del comunismo español y francés por llegar al poder en la primera mitad del siglo XX, se transformó en un revolucionario a carta cabal, es decir, en uno de esos intelectuales burócratas que son tan bien descritos por Camus en El hombre rebelde. Contribuyó a la edificación de la nueva Cuba y fue uno de los pilares de su vida cultural, entre 1959 y 1980, año en que murió. Se entusiasmó con las jornadas de alfabetización. Ayudó a que los estudios afrocubanos, en un país de arraigado racismo, se desarrollaran. Dirigió desde la Imprenta Nacional las colecciones de clásicos literarios que el nuevo gobierno publicó para aumentar los niveles de lectura en la población durante los años sesenta que, en realidad, fueron los verdaderos años revolucionarios. Desde la Casa de las Américas, Carpentier apoyó algunas voces nuevas de la literatura cubana y latinoamericana. Y durante el último período de su vida, como ministro consejero en la Embajada de Cuba en Francia, fue uno de los defensores de esa revolución que en muchos prendió luces de esperanza y en tantos otros no demoró en apagarlas.

Rafael Rojas, en Tumbas sin sosiego, un libro imprescindible para entender la compleja y vitalísima vida intelectual de Cuba frente a la Revolución, divide a los escritores de la isla en “obedientes”, “opositores” y “exiliados”. Carpentier hizo parte del primer grupo. Estuvo de acuerdo con Fidel Castro cuando este declaró, en pleno caso Padilla: “Dentro de la Revolución todo, en contra de la Revolución nada”. Creyó entender en esta divisa, que marcaría el inicio de la persecución a quienes criticaron las imposiciones del nuevo poder militar, algo necesario para preservar una política que no tardaría en derivar hacia el autoritarismo. Desde entonces manifestó lealtad hacia quien iniciaba los pasos del tirano. No es difícil concluir que esto significó haber apoyado la represión a quienes estaban en desacuerdo con los designios de Castro.

Y aquí, en cierta medida, empezaron los problemas. No para Carpentier, ya que fue entronizado como el novelista de la Revolución –así como Nicolás Guillén fue su poeta, Juan Marinello su intelectual y José Martí su precursor–, sino para los que esperaban del nuevo poder una actitud más democrática. Es verdad que a Carpentier no le tocó la caída de la Unión Soviética y su aplastante reflejo en Cuba. No presenció los modos en que su país, para capotear el hambre, volvía a convertirse en un paraíso –típica postal con palmera, mulata, ron y son– para las voraces hordas del turismo capitalista. Pero basta leer las últimas entrevistas que le hicieron y algunos de sus ensayos para darse cuenta de que defendió este proyecto político con los ojos cerrados. Como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, también se refirió a la alegría colectiva que generaba el comunismo en el mundo, como si esto fuera un síntoma inobjetable de salud social y no una manifestación de estrabismo intelectual. Y no pareció percatarse de que su Revolución comunista amada, como la burguesa que había pintado en El siglo de las luces con tonalidades grises a través de la mirada de Esteban, tomaba los rumbos del totalitarismo. Y no sobra recordar que, finalmente, siendo ya el escritor oficial del castrismo, se negó a creer lo que para esos años era una evidencia: que el comunismo asiático había dejado millones de muertos a través de sus purgas sangrientas.

Hay un verso del poema “La isla en peso” de Virgilio Piñera que me vino a la memoria cuando dejé atrás la tumba de Carpentier: “Cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia”. No cuesta sospechar que Piñera, pasado el entusiasmo que le provocaron los primeros logros revolucionarios, no encontró mayores ídolos, quiero decir, ídolos políticos o sociales en la historia de su país. De allí, acaso, la experiencia de ese tipo de orfandad existencialista presente en su obra. Alejo Carpentier, en cambio, creyó realizarse como hombre en la Revolución. Es posible que quienes caven en esta tierra se topen con él y lo conviertan en un ídolo más. O tal vez se arrojen sobre la opulencia de su lengua y su estilo ornamentado, sobre su erudición desbordante, su afrancesamiento excesivo y su militancia comunista incondicional, para burlarse de todo ello. Así lo hicieron Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres y Mea Cuba, y Reinaldo Arenas en El mundo alucinante, solo para citar los paradigmas más notables. En lo que a mí concierne, me he alejado de esas idolatrías y también de esas mofas. Las unas como las otras pertenecen a esa familia –algo así como hermanos menores peleándose con el hermano mayor– de los letrados cubanos que han sido bendecidos y maldecidos, o en todo caso traumatizados por su Revolución. Además, jamás caería en esa actitud mezquina de muchos que niegan los aciertos de una obra narrativa por divergencias políticas. Prefiero reconocer, más bien y sin olvidar que mi bandera es la completa autonomía del artista y la libertad ante cualquier poder, la gratitud del discípulo hacia el maestro.

 

El Retiro, febrero de 2020. 

 

[Este texto forma parte de Peregrinaciones literarias, un libro en preparación que El Malpensante ha venido publicando por entregas.]

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Pablo Montoya

Docente de literatura en la Universidad de Antioquia. Recibió el Premio José Donoso (2016) como reconocimiento al conjunto de su obra. En 2019, su primera novela, "La sed del ojo", fue reeditada por Penguin Random House. 

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